Capítulo 9
A rie no dijo nada durante el camino a casa.
Estaba solo a unas calles de distancia, lo que hizo que Diana se sintiera una idiota por no haberse dado cuenta de lo cerca que había estado de su hogar.
Se llevó una mano a los labios mientras intentaba dominar sus emociones, que la recorrían con más rebeldía que los niños a los que el duque había atrapado.
John era John Wade. El mismo hombre al que había jurado ayudar a Arie a destruir. Quien, al parecer, estaba arruinando todo lo que Arie había construido. Quien no tenía reparos cuando se trataba de la familia Hondros, quien no sentía respeto por ellos ni por la vida que se habían labrado.
Pero también era el primer hombre que había despertado en ella un deseo y una pasión hasta entonces inconcebibles.
Quien le había demostrado que era algo más que la hermana de Arie Hondros, que era una mujer por derecho propio.
Un hombre que le había pedido que se casara con él…
y a quien, aún más asombroso, ella le había dicho que sí.
Diana nunca había pensado que se casaría. Se había imaginado haciéndose mayor junto a Arie, viviendo como una hermana solterona que se dedicaba a velar por el éxito de él en lugar de lograr algo por sí misma.
No se imaginaba cómo encajaría en el mundo de John Wade. Pero él decía que la deseaba… y, aunque no podía dar fe de su sinceridad, había leído el deseo que acechaba en sus ojos. Al menos eso era genuino.
Cuando se aproximaban a la mansión londinense que ella y Arie llamaban hogar, Diana habría preferido disponer de un momento a solas, retirarse a su cuarto e intentar decidir qué hacer con todo lo que sabía, con todo lo que Wade le había propuesto… en todos los sentidos.
Pero Arie, por supuesto, tenía otros planes.
Como nunca compartía atisbo alguno de su vida personal con oídos curiosos ajenos, en cuanto cruzaron la puerta, la cerró de un portazo tras de sí.
—¿En qué estabas pensando? —exigió saber.
—¿Perdón? —se giró en la entrada del vestíbulo de la mansión, justo al lado del garito.
Arie había insistido en mantener separados el negocio y la vida familiar.
Permitía que los empleados, hombres y mujeres en quienes confiaba implícitamente, vivieran en el local.
Pero reservaba la casa para la familia, solo para la familia.
Claro que estaba bastante vacía desde que sus hermanos se habían casado y se habían instalado por su cuenta.
La reacción de Arie a su deseo de hacerlo no había contribuido en absoluto a convencerlos de quedarse cerca.
Tenía suerte de que aún mantuvieran con él la relación que tenían.
Diana había hecho todo lo posible para que no hubiera rupturas definitivas en la familia.
—Enredada con John Wade, nada menos —continuó él, y ella se dio cuenta de que había dejado de escuchar lo que decía—. A menos que esto forme parte de algún plan elaborado tuyo…, ¿algo que estabas tramando a mis espaldas?
Diana mantuvo la cabeza bien alta frente a su hermano, un hombre al que no solía plantar cara, pues no era alguien que llevara bien que lo contradijeran. Pero en esto no había hecho nada malo, y no iba a permitir que la acusaran de tal cosa.
—Dime, Arie, ¿qué te preocupa más: la idea de que haya podido hacer algo sin tu aprobación, o qué realmente haya encontrado a un hombre que se interesara por mí?
—Diana, esto no es propio de ti —dijo Arie, con un dedo en el aire entre ambos mientras se acercaba a ella con paso firme, sin responder a su pregunta—. No eres esa clase de mujer.
—¿Y qué clase de mujer sería esa? —preguntó desafiante, necesitando saber a qué se refería exactamente.
—Una mujer que piensa con el corazón en vez de con la cabeza. Eres la persona más lógica que conozco. Dime, ¿adónde se ha ido esa lógica?
—Que tenga cerebro no significa que no tenga emociones, Arie.
—¿Ah, no? Pues cualquiera lo diría.
El ambiente se tensó entre ellos, por las palabras que dos personas normalmente tan compenetradas se habían lanzado. Diana fue la primera en apartar la mirada, pues el dolor que le golpeaba el pecho era difícil de soportar.
—No quiero que las cosas sean así, Arie.
—¿Qué esperabas? —preguntó él—. ¿Que te dijera lo conveniente que es esta situación?
—Lo aceptaste con Damien.
—Eso fue diferente, y lo sabes.
—No tanto —dijo encogiéndose de hombros—. Él cortejaba a una mujer, y tú usaste esa conexión para sacar partido de su familia. —Me extraña que no se te haya ocurrido lo mismo: que podría acabar con los Bronze Reapers desde dentro.
Arie resopló.
—Wade es demasiado listo para eso. Estaría al acecho, esperando el momento en que lo traicionaras.
—¿Se te ha ocurrido alguna vez que no todo el mundo está mirando detrás de cada esquina, esperando a que alguien se vuelva contra él?
—Si no piensas así, eres una idiota —escupió Arie—. Conozco a Wade mejor que nadie, y es un hombre que no deja que nada se interponga cuando quiere algo.
—En ese caso —Diana no pudo evitar decirlo—, debería venir a por mí en breve.
—No te hagas ilusiones, Diana.
—¿Por qué? ¿Porque no crees que sea la clase de mujer por la que un hombre lucharía?
—Nunca he dicho eso.
—No hacía falta.
—Esta conversación es ridícula —espetó Arie—. Hace apenas unos días acordamos que haríamos todo lo posible por acabar con la banda que amenazaba con arrebatárnoslo todo, y aquí estás, planeando acostarte con su líder. ¿Has olvidado tu pasado, Diana?
—No lo he hecho —dijo ella con cautela, preguntándose cuánto contarle a Arie.
Porque a lo largo de la conversación se le habían ocurrido algunas ideas propias.
Unas que no implicarían necesariamente una traición, pero que podían hacer coincidir su venganza con lo que tan profundamente deseaba—.
John Wade no es el hombre que pretendía obligarme a trabajar para él, a utilizarme para sacar provecho de mí. Ese era Gibson.
—Y ahora Gibson ha desaparecido. No me sorprendería que el propio Wade se lo hubiera quitado de en medio.
—Lo cual haría que lo deseara aún más —dijo Diana, ganándose una mirada cortante de Arie—.
¿Y qué? Es la verdad. —No es que sea inmune a lo que la gente es capaz de hacer cuando está suficientemente motivada.
—Diablos, quizá lo habría hecho yo misma si hubiera tenido la oportunidad.
—No puedo imaginar lo que Wade vivió con ese hombre.
—Pero dime una cosa, Arie —dijo Diana—. ¿Cómo sabes tanto de él?
Arie se puso las manos en las caderas mientras se alejaba de ella, internándose más en la casa. Diana lo siguió despacio hasta la salita, que había decorado ella misma. ¿Cómo era posible que todo en aquella casa fuese obra suya y, aun así, no terminara de sentirse como un hogar?
—Wade y yo nos conocíamos de jóvenes.
—¿Ah, sí?
—Gibson intentó reclutarme, pero yo siempre me negué.
Wade y yo, en cambio, nos llevábamos bien, corríamos juntos por las calles.
Éramos críos de doce, trece años. Dependíamos el uno del otro.
Sé que Wade no solía estar mucho con los demás niños, porque tenía que cuidar de su madre. ¿No te acuerdas de él?
—No.
Aquella historia, evidentemente, no iba a terminar bien.
—Supongo que tiene sentido. Eras demasiado pequeña para recordar a muchos de los chicos que trabajaban para Gibson o con los que yo andaba. Puede que no seamos los más morales del mundo, Diana, pero al menos hay una línea que no cruzamos. Con los Reapers no existía ninguna línea.
Diana se mordió el labio, sin querer creer que Wade hubiera hecho ninguna de las cosas que Arie insinuaba.
—Tiene que haber una razón. Me dijo que intenta cuidar de los que dependen de él. Si hasta hay niños...
—¿Niños como el que tú habrías sido? —la interrumpió Arie, casi socavando la confianza que Diana había empezado a tener en Wade.
Debió de leerle la expresión, porque soltó un resoplido.
—Exacto.
—Me ha pedido que me case con él.
— ¿Qué?
La exclamación de Arie atravesó la casa, rebotando contra las paredes con tanta fuerza que Diana se preguntó cómo las vigas no se desprendían del techo para caerles encima.
—¿Cuánto hace que lo conoces?
—Desde la carrera.
—Pero eso fue hace apenas... unos días .
La incredulidad se le veía escrita en toda la cara, y Diana se habría reído de no ser por la situación. Arie no se alteraba nunca, jamás. Que ella pudiera hacerle reaccionar así era casi motivo de orgullo.
—No puedo explicártelo, Arie —dijo, ahora con voz más suave—. Sé que parece inconcebible, pero desde el momento en que lo conocí, lo supe. A él le pasó igual. Estamos hechos el uno para el otro.
—¿Pero qué mierda estás diciendo?
Diana le dedicó una sonrisa triste.
—¿Sabes? Antes yo pensaba lo mismo sobre lo que habían encontrado Calli, Xander y Damien. Pero ahora entiendo mucho mejor cómo pudieron sacrificarlo todo por amor. Y tú mismo ves lo felices que son.
—No me digas que te has creído esa fantasía de estar enamorada de él.
—No, no lo estoy. Aún no podría estarlo —admitió—. Pero me estoy enamorando de él.
—¿Has olvidado todo lo que pasaste antes? ¿Lo sabe él todo?
—No —dijo en voz baja.
—¿Piensas decírselo?
—Con el tiempo —respondió.
Cuando fuese el momento adecuado. Cuando supiera que podía confiar en él.
—Eres una necia, Diana. Coge tus cosas. Ve con él. Lárgate de mi vista.
—¡Arie! —exclamó, comprendiendo por fin cómo debían de haberse sentido sus hermanos cuando Arie los había rechazado de la misma manera—. No seas así.
—¿Así cómo? ¿Molesto? ¿Frustrado porque mi propia hermana, a la que le he dado todo, me traicione de esta forma?
—No estoy traicionando a nadie —dijo, negando con la cabeza mientras se recordaba a sí misma la fanfarronería de Arie, sabiendo mejor que nadie en el mundo que, por lo general, cuando hablaba así era solo porque él mismo reaccionaba desde el dolor—.
Y yo también te lo he dado todo. Lo sabes, así que no intentes fingir que no es verdad.
Cuando él no dijo nada, supuso que al menos una parte de lo que había dicho le había calado.
—De hecho, se me ha ocurrido una idea —dijo, intentando apaciguarlo.
—Te escucho, genio.
Ella dejó pasar el comentario.
—¿Por qué no unís fuerzas tú y Wade? Entre tú y los Reapers, podríais haceros con todo St. Giles.
Necesitamos más hombres y mujeres que trabajen para nosotros.
He estado intentando encontrarlos, pero con todo lo demás que he tenido que hacer no he tenido tiempo suficiente para buscarlos de verdad.
Seguro que los Reapers tienen gente que podría ayudarte. ¿Por qué no lo intentas?
Arie la miró, inmóvil, como tallado en piedra.
—Jamás trabajaré con los Reapers.
—¿Por qué no?
—Intentaron arrebatármelo todo. Pero me rehice.
Me hice un nombre sin ayuda de nadie. Si decido ir más allá de mi propia moral para conseguir algo, lo hago.
No tengo que consultarlo con nadie ni andar cuestionándome.
Si trabajara con ellos, tendría que hacerlo de común acuerdo con otro. Y no me hace ninguna gracia.
—Claro. Porque todo lo que has hecho en tu vida lo has hecho solo.
Sí, dolía que pensara eso, pero aún más era un insulto para Diana: que todo lo que ella y sus hermanos habían aportado no hubiera significado nada para Arie, que al parecer creyera que habría podido hacerlo todo por su cuenta.
—No digo que no me hayáis ayudado —empezó él, pero Diana ya estaba negando con la cabeza.
—Creo que ya he oído bastante.
—¿Y qué se supone que significa eso?
—Que voy a hacer lo que has dicho.
—¿Qué es?
—Me quedaré contigo tres semanas.
Se le abrieron los ojos de par en par al oír sus palabras, como si acabara de comprender lo que implicaban aquellas tres semanas.
—Diana...
—Y después sí me casaré con él. Por primera vez en mi vida, Arie, un hombre me quiere por lo que soy.
He agradecido lo que has hecho por mí más de lo que podré expresar jamás.
Pero ni siquiera ahora me reconoces mérito alguno por ser yo misma, por mi dedicación a la obra de tu vida, en cualquier función que me exigieras.
Si no eres capaz de verlo, entonces más te vale quedarte solo, porque está claro que es lo único que deseas.
Sabía que sus palabras le dolían, pero él era demasiado orgulloso para mostrar que le afectaban lo más mínimo.
—Muy bien —dijo—, pero no esperes que sea yo quien te lleve al altar en tu boda.
Diana tragó saliva, porque esa era una imagen a la que siempre se había aferrado. Pero si esa era la elección de Arie, no haría nada por cambiarla.
—Pues que así sea —dijo, volviéndose para subir las escaleras con pasos pesados—. Pues que así sea.