La apuesta del lord perdido (Pasiones robadas 4) Capítulo 6
23%

Capítulo 6

D iana había pasado los veintiséis años de su vida en Londres y nunca había ido a ver el Panorama. Siempre le había parecido algo demasiado frívolo, demasiado fantasioso. Siempre tenía demasiado que hacer y ninguna razón para ir simplemente por placer.

Se planteó qué decía aquello de su hombre misterioso, que disfrutara de un lugar así. ¿Era un hombre que había visto mundo o, al menos, uno interesado en explorar más por sí mismo?

Diana aguardó nerviosa en la entrada, junto al letrero que daba la bienvenida al Panorama de Robert Barker, en Leicester Square. ¿Se suponía que debía encontrarse con él fuera? ¿La estaría esperando dentro? ¿O siquiera aparecería?

Le estaba dando demasiadas vueltas. Tal vez había sido un error. Ella no era la clase de mujer que quedaba con un hombre como si la estuviera cortejando cual noble dama. Era Diana Hondros, hermana del hombre más temido de St. Giles, y allí estaba, comportándose como una debutante nerviosa.

—Debería irme —murmuró para sí, mirando a su alrededor una última vez antes de dar un paso en dirección a casa; pero entonces una mano grande y cálida se cerró en torno a su codo.

—Desde luego que no.

Se volvió de golpe.

—¿Dónde ha estado?

Las palabras se le escaparon antes de que se diera cuenta de lo que decía o de con quién estaba hablando, y enseguida se cubrió la boca con la mano enguantada.

—Lo siento. No debería haber…

Pero él se limitó a reír.

—Tiene razón. Llegué tarde. Mis disculpas.

Le ofreció el brazo.

—¿Me acompaña?

¿Quién era aquel hombre? Diana no tenía ni idea de si estaba tan por encima de ella que la descartaría con la misma rapidez con la que la había invitado a salir en cuanto averiguara quién era en realidad.

Necesitaba saberlo y, sin embargo, tenía demasiado miedo de decir nada por si aquella salida terminaba antes incluso de empezar.

Su curiosidad por los panoramas y su deseo de pasar más tiempo con él pudieron más que su interés por saber quién era, y se encontró apoyando la mano en su brazo sin hacer más preguntas.

Él le dedicó una amplia sonrisa, y un escalofrío le recorrió la espalda mientras la guiaba por un pasadizo tenuemente iluminado.

Diana no pudo evitar pensar que en su propio barrio habría encontrado más de un callejón oscuro parecido a aquel, aunque estaba segura de que ninguno habría sido ni remotamente tan romántico como aquel.

—Menuda entrada —comentó, y cuando él habló de nuevo, fue como si su voz quedara suspendida en el aire a su alrededor.

—Robert Barker la diseñó así a propósito.

—¿Por qué?

—Se supone que debe despejar la mente, ayudar a los visitantes a prepararse para lo que les espera.

—¿Ha estado aquí antes?

—Muchas veces.

Percibió la convicción en sus palabras y comprendió que debía de ser un hombre que quería explorar, aprender más sobre el mundo y todo cuanto encerraba, aunque lo hiciera desde el centro de Londres.

Por fin, llegaron ante una escalera alta, empinada y en espiral. Diana estaba lo bastante en forma para subirla, aunque no sin esfuerzo. Su acompañante la afrontó con una soltura que ella envidió y admiró a la vez.

—Es un edificio impresionante —dijo él mientras subían—. Circular, de ladrillo. Verá la columna central de apoyo cuando lleguemos arriba, y la luz entra por claraboyas de cristal.

—¿Hay que ver el panorama desde arriba?

—Hay salas de observación en el nivel inferior y en el superior. Luego podemos ver la de abajo, pero yo siempre he preferido la de arriba. Es más pequeña, pero va menos gente, porque a la mayoría no le gusta subir tanto.

—Ya veo —resopló ella.

—Debería haberle preguntado si le parecían bien tantas escaleras.

—Me las apañaré —dijo, sorprendida por la intensidad con la que, en aquel momento, decidió que lo seguiría adonde él le pidiera, aunque fuera a subir todas aquellas malditas escaleras.

Acababa de conocer al hombre; ni siquiera sabía cómo se llamaba, por el amor de Dios, y allí estaba, siguiéndolo como una loca.

Como había hecho desde el instante en que lo conoció. Y aquello la dejó atónita. Porque Diana era una mujer sensata. Práctica. Una mujer que prosperaba reuniendo información, volviéndose diestra y entendida en todo lo que hacía.

No una romántica atolondrada capaz de caer en la insensatez de enamorarse de un hombre a primera vista.

Dejó escapar un leve suspiro antes de apretar con fuerza los labios al notar sus ojos sobre ella.

Un hombre les salió al paso en la entrada y, cuando el acompañante de Diana pagó un chelín por cada uno, les entregó un pequeño folleto para compartir.

—¿Qué es esto? —preguntó Diana.

—Lo llaman una guía.

—¿Una guía de qué? —preguntó, alzando la vista.

—De la visión que la espera —dijo él, arqueando las cejas con aire divertido, y Diana le dio un manotazo en el brazo, aunque no pudo contener su propia sonrisa.

Y entonces jadeó; toda diversión se desvaneció al entrar en la sala.

—Pero si esto es…

Con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta, intentó abarcar todo lo que tenía ante sí, pero descubrió que no podía hacerlo como era debido, no de una sola vez, y se preguntó cómo podría lograrlo alguna vez.

—¿Increíble? —terminó él por ella.

—Sí —susurró, y él le apoyó una mano en la espalda mientras empezaba a guiarla por el cuadro—. Siento como si estuviera en la orilla del Nilo.

—Entonces Henry Barker ha conseguido lo que pretendía.

—Creía que había dicho que era Robert Barker.

—Robert era el padre de Henry —explicó—. Él diseñó el edificio. Pero su hijo, Henry, era el pintor y ha seguido los pasos de su padre.

—Ya veo —dijo ella.

Cogió la pequeña guía que les habían dado en la puerta y la sostuvo ante ambos para que pudieran verla. Inclinó la cabeza para leerlo, llevando el dedo del papel a distintos puntos del magnífico panorama circular mientras daban una vuelta completa a la sala superior.

—Bueno —dijo cuando terminaron y salieron del edificio tras una visita igual de asombrosa al panorama inferior—. ¿Qué le parece?

—Creo que me hace muy feliz que me haya traído hoy aquí —dijo al salir a la calle bañada por el sol. Viandantes de todo tipo los rodeaban, y él condujo a Diana a un lado de la calle donde no los molestaría nadie.

—Bueno, yo me alegro mucho de que haya venido.

Ella se volvió hacia él, con los nervios agolpándosele en el estómago.

—Esto suena ridículo —dijo, inclinando la cabeza hacia un lado—, pero todavía ni siquiera sé cómo se llama.

* * *

Wade no recordaba la última vez que se había sentido así.

Ni siquiera sabía si alguna vez se había sentido así.

Despreocupado. Feliz. Disfrutando de un momento para sí mismo sin verse abrumado por todas las preocupaciones de su vida.

No estaba seguro de por qué le había pedido que se reuniera con él allí.

Los panoramas eran un lugar que reservaba para sí mismo, su pequeña escapatoria del mundo que conocía.

De algún modo, contaban una historia de otro lugar, de otra época.

Había tenido el presentimiento de que ella los apreciaría.

Cómo lo había sabido, no tenía ni idea. Acababa de conocer a aquella mujer y, sin embargo, la sentía en lo más hondo de su ser. Como si hubiera reconocido un espíritu que pertenecía al suyo desde el primer momento en que se vieron.

Una mujer de la que solo conocía el nombre de Diana. Ni siquiera se había dado cuenta de que nunca le había dicho el suyo. Las palabras de su madre resonaron en su interior, y sintió el repentino deseo de compartir con ella algo más que su nombre: su propio ser.

—Ven —dijo—. Me gustaría enseñarte algo.

—¿Algo más que esto? —preguntó ella.

—No es ni de lejos tan magnífico —respondió—, la verdad. Pero te dirá mucho más sobre mí de lo que has preguntado.

Los ojos de ella se iluminaron al oír aquello, y él comprendió que estaba en lo cierto: era una mujer que valoraba el conocimiento por encima de cualquier otra cosa.

—¿Y tu nombre? —lo apremió ella, y él entreabrió los labios para responder, sorprendido cuando surgió su nombre de pila.

—John.

—John —repitió ella—. Me alegra conocerte.

Él no pudo evitar reírse mientras la conducía hacia un coche de alquiler, tendiéndole la mano para ayudarla a subir, pues le parecía como si la hubiera conocido toda la vida.

—Después de usted, milady —dijo, haciendo una reverencia en broma.

El hecho de que ella le tomara la mano y subiera al carruaje con él —un hombre que acababa de conocer— le reveló dos cosas.

Que confiaba en él y que estaba lejos de ser una dama de alta cuna, pues era la segunda vez que la escoltaba sin que nadie los acompañara.

Se sentó a su lado en el banco, permitiendo que su muslo rozara el costado de la pierna de ella. Diana no se apartó, y aquello lo animó, le indicó que, como mínimo, no le repugnaba.

—Dime —dijo, inclinándose hacia delante, con los codos sobre las rodillas para poder mirarla bien—, ¿quién ha permitido que una mujer con tu aspecto vague sola por las calles de Londres?

—Nadie me permite hacer nada —dijo ella con voz comedida, y él comprendió que había formulado mal la pregunta.

—Debería haberte preguntado si tienes a alguien en casa que vaya a preocuparse por dónde estás —rectificó—. Pregunto por razones puramente egoístas.

—Muy bien —dijo ella despacio. Una ligera punzada de culpa la asaltó al saber que llevaba fuera un buen rato y no le había dicho a nadie que se marchaba.

Estaba segura de que nadie lo notaría: sus hermanos tenían muchos otros asuntos de los que preocuparse—.

Vivo con mi hermano mayor, que tiene cosas mucho más importantes que hacer que preocuparse por mi paradero.

Y no, no hay ningún otro hombre al que le importe.

Una calidez empezó a filtrarse alrededor de su corazón, y Wade supo que estaba siendo ridículo, pero no pudo evitar el placer que parecía crecer, expandiéndose desde su interior hasta envolverlos a los dos en aquel carruaje.

Se arriesgó y alargó la mano para tomar la de ella.

—Me alegra oírlo —dijo, notando la ronquera de su propia voz, y cuando ella alzó el rostro hacia él, no pudo contenerse.

La miró una sola vez, a aquellos ojos castaños claros salpicados de motas verdes y doradas, que lo llamaban como una gema de valor incalculable llama a un ladrón de joyas. Sin pensarlo más, se inclinó y tomó sus labios con los suyos.

Wade sabía que debería haber sido tierno, que debería haber empezado el beso lento y suave, pero no pudo evitar lo que estaba sucediendo entre ellos. Una fuerza invisible los unía, los empujaba hacia delante mientras sus labios se encontraban y sus corazones latían al unísono.

Los labios de Wade se movieron sobre los de ella mientras sorbía, provocaba, saboreaba; su lengua separó los labios de Diana antes de jugar con la suya en un juego que solía reservarse para la antesala de la intimidad más profunda.

Pero incluso él, un hombre que nunca había sido propenso a emoción alguna, supo que aquello era más que una simple unión física.

Algo que normalmente lo habría hecho salir huyendo lo más lejos posible de ella.

Un brazo le rodeó la cintura, anclándola contra él, mientras el otro le rodeaba los hombros, atrayéndola aún más.

Ella le rodeó el cuello con un brazo y apoyó el otro sobre su pecho, sobre su corazón. Estaba a la vez vacilante y entusiasta, lo que le hizo preguntarse si habría tenido mucha experiencia con hombres antes.

Y se alegró muchísimo al suponer que no.

Ella se movió con una aparente necesidad de acercarse más, y Wade la levantó para que sus nalgas descansaran sobre su regazo.

Gimió mientras ansiaba liberarse de los pantalones y encontrarla, pero por mucho que la deseara, aquel no era el lugar, no allí, en un coche de alquiler.

Tal vez no supiera quién era ella ni qué experiencia había tenido antes, pero sabía que merecía algo mejor que aquello.

—Diana —murmuró contra sus labios mientras una de sus manos bajó hasta un pecho, luego al otro, y su pulgar acarició los pezones. Ella se arqueó contra él, y él se sintió completamente perdido.