La apuesta del lord perdido (Pasiones robadas 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

D iana sabía que debería decir que no. Tenía que haber algo más en aquel hombre, algún motivo por el que había decidido estar allí, a solas con ella.

No era el tipo de mujer que atraía a los hombres. No tenía ese no sé qué, no como Calli. Era la clase de mujer que un hombre apreciaba como a una hermana, como un apoyo..., pero no para nada más.

En el fondo de la mente seguía rondándole una duda insistente: si aquel hombre conocía su identidad, si estaba jugando con ella por algún otro motivo, si quería algo más de ella o si buscaba una forma de llegar hasta Arie.

Le examinó el rostro, pero no encontró ni rastro de malicia.

Era, sencillamente, un hombre entreteniendo a una mujer.

La idea hizo que un calor le floreciera en el pecho y se le extendiera por el vientre, y más abajo todavía, mientras una leve tensión le recordaba cuánto la atraía él, de un modo que no le ocurría con ningún otro hombre.

Vio el reto en sus ojos y, con la ginebra calentándole la garganta, el vientre y avivándole la confianza, irguió la espalda y le sostuvo la mirada.

—Sí.

—Bien —dijo él, y la sonrisa volvió a sus labios hasta iluminarle los ojos, de un marrón de lo más atractivo, ribeteados de un negro intenso—.

Esto es lo que propongo. Yo haré una sugerencia y tú me dirás qué te parece.

¿Qué nos jugamos, un chelín por apuesta?

Empecemos con esto. ¿Ves a ese caballero?

—Bajó la voz y se inclinó hacia ella para hablarle suavemente al oído mientras un hombre, sentado a una mesa, llamaba a la camarera—.

¿Qué crees que pedirá, un vaso alto o uno corto?

—Corto —dijo Diana con decisión, y su acompañante asintió, tan cerca que el aliento le hizo cosquillas en el cuello y ella se estremeció ligeramente.

—Muy bien —dijo—. Esperemos a ver.

Se quedaron sentados en silencio —un silencio agradable— hasta que la camarera reapareció poco después con un vaso corto en la mano.

—¡Sí! —exclamó Diana sin poder evitarlo, aunque al instante recuperó la compostura, avergonzada por su arrebato—. Quiero decir...

—Está bien —dijo él con una carcajada—. Reclama tu victoria. Yo desde luego no me corto.

Ella asintió, bajando la vista y apartándola un momento de la intensidad de sus ojos.

—De acuerdo. ¿Qué sigue?

—¿Por qué no propones tú la apuesta esta vez?

—Está bien —dijo, aunque le llevó un momento apartar la mirada de él.

Era tan... seductor. Y tan bien vestido.

De pronto se preguntó quién era, a qué se dedicaba y por qué había estado junto a la barandilla de la pista del hipódromo.

¿Sería propietario? ¿Entrenador? Era evidente que tenía medios para comprarse ropa así y, sin embargo, tenía la sensación de que no era un hombre con título. Un nuevo rico, entonces.

—La mujer de allí, la que acaba de entrar por el fondo. ¿Crees que trabaja aquí o que ha venido a encontrarse con alguien?

Él recorrió a la mujer de arriba abajo, como si pudiera deducir su identidad por la ropa.

—Es la dueña del local.

—¿Qué? —Diana lo miró con sorpresa—. No lo es.

—Apuesto a que sí. O, al menos, su marido lo es.

—Eso es mucho suponer —dijo ella—, pero es tu apuesta.

Él le guiñó un ojo con un aire de saber más que nadie que de inmediato hizo pensar a Diana que allí pasaba algo y que, evidentemente, él sabía algo que ella no, cosa que quedó confirmada cuando la mujer morena se acercó con los brazos abiertos y lo envolvió en un abrazo, aplastándole la cara contra su generoso pecho.

—¡Mira a quién me han traído hoy las carreras! —dijo, soltándolo por fin, aunque él no parecía haber salido mal parado mientras le dedicaba una de sus sonrisas, una que Diana, en muy poco tiempo, había llegado a apreciar cuando se dirigía a ella .

—Me alegro de verte, Maggie —dijo él, echándose hacia atrás en la silla e incluyendo a Diana en la conversación—. No sería un viaje de verdad a Epsom sin visitar a una de mis damas favoritas.

—No dejes que mi marido te oiga decir eso, o te despellejará, te lo aseguro.

Él soltó una de aquellas risas que, a juzgar por todo, le eran tan habituales.

—Conozco a Jackson Middleton desde que éramos niños, y he visto la destreza que tiene con los puños. Creo que por ese lado no tendré problema.

La risa de ella fue casi tan sonora como la suya mientras Diana seguía allí sentada, incómoda, preguntándose si no habría llegado el momento de marcharse.

Se había sentido algo más abierta de lo habitual por efecto de la ginebra, pero ahora había vuelto su aversión de siempre a estar en el centro de una conversación.

Debió de percibir sus ganas de marcharse, porque de pronto alargó un brazo y lo apoyó en el respaldo de su silla. No la estaba tocando, pero bien podría haberlo hecho por el estremecimiento instantáneo que le recorrió la espalda.

—¿Y quién es tu acompañante?

—Maggie, esta es... —Se interrumpió y miró a Diana con los ojos muy abiertos, mientras ambos llegaban a la misma conclusión al mismo tiempo—. La verdad es que no sé cómo te llamas —dijo.

—Diana —respondió ella, sin ningún deseo de compartir su nombre completo; por una vez solo quería ser ella misma y no estar asociada con Arie.

—Diana —repitió él; su nombre sonó como una caricia en aquella voz grave, cálida como la miel—. Como la diosa.

Diana ladeó la cabeza. Conocía el nombre de la diosa, por supuesto, pero nunca se había asociado con ella.

—Sí, supongo —dijo simplemente.

—Encantada de conocerte, Diana —dijo Maggie, mirando de uno a otro con una curiosidad evidente—. Lo que queráis, invita la casa.

—Oh, no, Maggie, no podría —protestó Wade con un firme movimiento de cabeza—. Yo...

—Después de todo lo que haces por nosotros, jamás podría cobrarte un chelín —dijo ella, levantándose del taburete mientras volvía a la parte de atrás—. No te me pierdas, ¿eh?

—Sí, sí —dijo él con un saludo.

Justo cuando la puerta se cerró tras ella, se abrió la entrada de la taberna y una avalancha de gente comenzó a invadir el local. Diana saltó del taburete con tanta brusquedad que tuvo que sujetarlo antes de que cayera.

—¿Qué sucede? —preguntó su acompañante, pero la mente de Diana ya había abandonado la taberna y había regresado al lugar donde debía estar: el hipódromo y, después, la salita del fondo del garito de juego, donde contarían el dinero, aunque no como habían planeado.

—Lo siento, debo marcharme —dijo, ajustándose el sombrero y volviendo a ponerse los guantes. Imaginaba la furia que sentiría Arie ante el resultado de la carrera. Si además descubría que no estaba donde debía, sería aún peor.

—Gracias por la copa —añadió, aun sabiendo que aquello había sido mucho más que una copa.

Por primera vez en mucho tiempo, había disfrutado de la compañía de alguien ajeno a su familia.

Se había permitido un momento para relajarse, sin preocuparse por todo lo demás que le esperaba.

Y había sido con alguien que parecía apreciarla por quien era en realidad.

Le dedicó una inclinación de cabeza, incapaz de expresar con palabras lo que sentía, antes de darse la vuelta y apresurarse hacia la puerta, tratando de abrirse paso entre la multitud.

—¡Espere! —Él le tomó la mano, y Diana sintió el impacto de su piel contra la suya.

La hizo girarse y se encontró tan cerca de él que tuvo que alzar la cabeza para mirarlo a los ojos.

Sus cuerpos casi se rozaban, y un aroma almizclado, muy masculino, la envolvió con tal intensidad que retrocedió un paso, aturdida—. ¿Puedo volver a verla?

Debería decir que no. No sabía quién era ni a qué se dedicaba, y estaba segura de que, en cuanto descubriera su verdadera identidad, no querría volver a verla jamás.

Incluso si sentía algún atisbo de deseo por ella, se asustaría, porque Arie dejaba muy claro a cualquier hombre que se cruzara en su camino que sus hermanas eran intocables.

Hizo falta un duque que jamás había oído hablar de Arie Hondros para que alguien se dignara siquiera a acercarse a Calli. En cuanto a Diana…

—Sí.

¿De dónde había salido aquello? Ni siquiera había pensado la palabra antes de que escapara de sus labios.

—Bien —dijo él con una sonrisa, no la sonrisa afable de costumbre, sino una de satisfacción, de quien ya saborea lo que está por venir—. El viernes, en el Panorama de Londres. A las dos.

Por un instante, a Diana se le cortó la respiración cuando él se inclinó, y sus labios se entreabrieron en una invitación involuntaria, preguntándose si iba a besarla.

Pero entonces él parpadeó, sus deliciosas pestañas negras oscilando mientras miraba a su alrededor, como si acabara de percatarse de que no estaban solos. Negó con la cabeza al soltarla y, antes de que Diana pudiera hacer algo más ridículo de lo que ya había hecho, se giró y salió a toda prisa.

Mientras se apresuraba entre la multitud, cayó en la cuenta de algo: ni siquiera sabía su nombre.

* * *

—¿Dónde te habías metido? —Edward lo acorraló en cuanto puso un pie en la puerta trasera, algo que Wade sabía que merecía por haber desaparecido tan de repente sin dar explicación—. ¡Un momento estabas en la barandilla de la salida y al siguiente habías desaparecido!

—Lo sé, pero no importa. ¡Ganamos, Edward! ¡Lo que daría por haber visto la cara de Arie Hondros cuando se diera cuenta de que todos sus planes se habían venido abajo!

Edward le devolvió una sonrisa, aunque la de Wade se fue apagando al pensar que Hondros debía de tener una expresión parecida a la de la mujer que había estado a su lado junto a la valla.

Diana. La pobre habría apostado una fortuna en la carrera para quedar tan abatida.

Le asaltó una idea repentina y, para su sorpresa, deseó que fuera su propio dinero y no el de un marido o un benefactor cualquiera.

—Hay algo más —dijo Edward con un tono aún más sombrío.

—¿De qué se trata? —preguntó Wade, alerta al instante.

—Tu madre está aquí.

—Ya veo. —Los hombros de Wade se tensaron mientras todo el buen humor que le había proporcionado la copa con Diana se desvanecía al oír hablar de su madre.

Debería alegrarse de verla; lo sabía. Y, sin embargo, cada vez que ella volvía a aquel lugar, la culpa lo embargaba. Culpa por la suerte que le había tocado. Culpa por no haber hecho lo suficiente para darle la vida que merecía. Culpa por todo lo que ella había sacrificado para sacarlo adelante.

Hacía todo lo posible por reparar el daño que Gibson había causado, aunque no hubiera en el mundo tiempo ni dinero suficiente para lograrlo. En lugar de eso, hacía lo que podía cada día, poco a poco.

—¿Dónde está? —preguntó a Edward, que señaló hacia el fondo del edificio.

—En la sala delantera.

Wade recorrió el pasillo con paso pesado.

Desde que Gibson se marchó, había hecho todo lo posible por convertir el edificio en un hogar para quienes lo habitaban.

Antes era mitad tugurio, mitad burdel, pero él había intentado añadir algunos muebles para que, al menos, los niños tuvieran camas decentes.

Y hablando de niños, Tiger cruzó corriendo hacia su dormitorio, lo que arrancó una sonrisa a Wade.

Quizá nunca lograría controlar del todo a los niños, pero al menos ahora había ligereza en sus pasos.

No tenía muy claro cómo ocuparse de ellos adecuadamente.

Estaban Tiger, su hermana Penelope y unos cuantos más que entraban y salían, entre aquel lugar y cualquier otro al que llamaran hogar.

Wade se había convertido en su amigo, pero ninguno de ellos respetaría jamás del todo ni a él ni a nadie que pretendiera actuar como figura paterna.

Abrió la puerta de la sala, y la mujer que estaba de pie junto a la ventana, contemplando las calles de St. Giles, hizo que lo invadieran sentimientos encontrados: el calor del amor y la frialdad de la desesperación.

—Madre —dijo, y ella se giró al oír su voz, con expresión cansada, aunque los ojos le brillaron al verlo—. ¡Cuánto me alegra verte!