Capítulo 3
C uando los caballos empezaron a colocarse, Diana supo que ya no había mucho más que pudiera hacerse. Salvo ponerse ella misma al lado de todos, había mantenido los ojos y los oídos bien abiertos, tal como le había dicho Arie, y nada había llamado la atención.
Sí había notado que algo a sus espaldas había llamado la atención de algunos caballos y jinetes, pero todo pareció volver a la normalidad con bastante rapidez.
Aun así, Diana sentía, muy dentro de sí, que algo no iba bien.
Solo que no sabía qué era. Por desgracia, no lo bastante como para comentárselo a Arie, porque Arie era un hombre que se guiaba por los hechos, no por las corazonadas.
Golpeó con nerviosismo la punta del pie contra la barandilla mientras se apoyaba en ella, hasta que esta cedió ligeramente al añadirse otro peso, y volvió la cabeza para descubrir a un hombre de pie a su lado.
Él, por supuesto, no se fijó en ella; tenía los ojos clavados en los caballos que tenían delante. La mayor parte del gentío había preferido concentrarse cerca de la línea de meta, y Diana se preguntó qué hacía él allí, junto a la salida.
Diana sabía que debería estar observando a los caballos, pero no podía apartar los ojos de aquel hombre. Había algo magnético en él, una energía que ni siquiera su evidente concentración lograba ocultar.
Llevaba el ala del sombrero levantada, lo que le daba una vista despejada del ruidoso y abarrotado hipódromo que tenía ante sí y también permitía a Diana verle bien el rostro.
Lo primero que le llamó la atención fueron sus ojos, de un marrón tan oscuro que podía perderse en ellos.
Su piel era incluso más oscura que la de Arie, y no pudo evitar preguntarse de dónde sería.
Su cabello negro estaba lleno de rizos apretados, y su boca era generosa, de las que sonríen con facilidad, aunque en aquel momento tenía los labios apretados.
Le ocurrió algo que no le había pasado jamás: se sintió atraída hacia él. Lo deseó. Deseó estar cerca de él de cualquier manera posible, mientras imágenes veloces como los latidos desbocados de su corazón le cruzaban la mente, surgidas de lo más hondo y oscuro de su deseo.
Aquello la desequilibró, provocándole un instante de vértigo en el que sintió que los pies dejaban de tocar el suelo, como si fuera a despegarse de la barandilla y salir flotando por encima de la pista.
Tomó aire y se obligó a recobrar el equilibrio.
Debería alejarse de aquel hombre que tanto la había sacudido, precipitándola a unas emociones que no tenían el menor sentido.
Pero no podía evitar preguntarse quién era, qué hacía allí y por qué parecía tan pendiente de los caballos antes siquiera de que empezara la carrera.
—¿Entrena a uno de los caballos?
Las palabras salieron de su boca antes de que se diera cuenta. Solo se había planteado la pregunta para sí, y estaba más sorprendida que nadie de haberla formulado en voz alta.
Él, sin embargo, no pareció alterarse; volvió la vista hacia ella un instante antes de devolverla a los caballos que tenía delante y empezar a responder.
Lo cual no tenía nada de sorprendente. Diana no solía llamar la atención.
—No —dijo, negando con la cabeza—. Yo no.
La bandera ondeó y los caballos salieron disparados de los cajones, pasando junto a Diana con tanta rapidez que ella se echó hacia atrás, apartándose de la barandilla, mientras el viento de su carrera la golpeaba al pasar.
—Magníficos —murmuró, pero al instante se le encendieron las mejillas al sentir la mirada del hombre sobre ella, como si hubiera percibido todo lo que había estado pensando de él y el desconcierto que aún la recorría.
Desvió los ojos hacia un lado para mirarlo, pero luego se aclaró la garganta y fingió que estaba mirando otra cosa.
—Lo son, ¿verdad? —dijo él, con una voz algo incrédula, como si no se le hubiera pasado por la cabeza hasta ese momento. Era grave, melosa, rozándole el oído cuando se inclinó hacia ella sin apartar la vista de los caballos que tronaban por la pista.
Diana no le respondió, porque no sabía qué decir, y parecía mucho más fácil perderse en lo que ocurría ante ella.
Contuvo el aliento mientras los veía avanzar, animando a Charmed, como si con una súplica muda pudiera hacer que el caballo corriera más deprisa.
Tenían tanto dinero apostado a aquel caballo, tanto en juego para su propio negocio como para el buen humor de Arie. Si Charmed perdía...
—¡Ahí va! ¡Vamos! ¡Vamos!
El hombre que tenía al lado empezó a gritar, con la respiración cada vez más entrecortada, como si estuviera dando saltos.
Cuanto más se exaltaba él, más se le encogía el estómago a Diana.
Porque era evidente que estaba animando a Queen Calico, que se destacaba del grupo junto con Charmed.
Queen Calico llevaba apenas unos trancos de ventaja y parecía dispuesta a llevarse aquello entero.
—Oh, no —murmuró Diana tan bajo que nadie más podría oírla, sobre todo cuando la multitud empezó a rugir al llegar los caballos a la recta final—. Oh, no, no, no, no.
Cerró los ojos cuando los caballos tronaron al cruzar la meta; no necesitaba ver aparecer la bandera en la tribuna para saber cuál había cruzado primero.
Se apartó de la barandilla y apoyó la frente en las manos, apretando los ojos para excluir cuanto la rodeaba. Arie iba a ponerse hecho una furia. Contra quien, no tenía ni idea, pero aquello iba a traer cola.
—¿Se encuentra bien?
Levantó bruscamente la cabeza y se encontró con la mirada del hombre, que ahora la observaba con auténtica preocupación.
Había oído su voz, sus vítores a su lado cada vez más altos mientras su propia desdicha la consumía, pero parecía que, al verla tan abatida, él había olvidado la emoción de la victoria.
—Estoy bien —dijo, incorporándose, mientras la vergüenza la invadía por haberse derrumbado delante de un completo desconocido por una simple carrera de caballos.
—¿Está segura? —preguntó él, con los ojos llenos de bondad y de algo más..., algo que ella aborrecía por completo. La lástima.
—Perfectamente —respondió con sequedad—. Debo irme.
—Espere.
Alargó la mano y se la posó en el brazo; ella bajó la vista hacia la mano con sorpresa, incapaz de apartar los ojos de ella y de lo que estaba haciendo.
Sus manos eran grandes, fuertes, y por un segundo se lo imaginó usándolas para alzarla, para deslizarlas sobre su piel, para hacerle cosas que no tenía ningún derecho a imaginar.
Ahuyentó aquellas fantasías, con las mejillas ardiéndole solo de pensarlo, y más aún con él plantado delante.
—Venga conmigo.
—¿Cómo dice?
—Venga conmigo. Vamos a tomar algo.
—No podría.
Por muchas más razones de las que jamás podría contarle.
—¿Por qué no?
Su mirada era franca, inquisitiva, como si de verdad sintiera curiosidad por saber por qué no podía marcharse del hipódromo a tomar algo con un desconocido.
Rara vez bebía. Necesitaba estar atenta en todo momento, y si tenía las ideas nubladas, perdería la oportunidad de recabar información que pudiera ser útil para Arie.
—Porque... —empezó, pero las palabras se le atascaron en la garganta—. Porque.
—¿Lo ve? —dijo él, y una sonrisa tan encantadora, franca y afable que incluso a una mujer como ella le costaba resistirse se extendió por su rostro, marcándole hoyuelos. Le guiñó un ojo—. No tiene excusa.
Quizá, si se lo hubiera preguntado con suficiencia, si se hubiera jactado de su victoria, si la hubiera hecho sentirse amenazada de algún modo, habría dicho que no.
Pero no lo hizo. Despertó en ella una sensación cálida y trémula, una que la hacía sentirse...
vista. Era evidente que no tenía la menor idea de quién era ella.
No sabía que era la hermana de Arie Hondros.
No sabía que se pasaba la vida recabando información para su hermano y dirigiendo a todos los que trabajaban para él.
No sabía que su mente estaba siempre volcada en números, cifras, apuestas y la venta de mercancía de contrabando.
Simplemente la había mirado como a una mujer... y no había apartado la vista, no la había pasado por alto.
Solo por eso, no pudo evitar decir que sí.
* * *
No tenía ni idea de lo que ocurría.
Cada pocos segundos, Wade bajaba la vista hacia la mujer que caminaba a su lado.
Una mujer de la que no sabía nada. Que se mantenía tensa, como un resorte a punto de saltar.
Que avanzaba con un paso lento y firme, aunque era evidente que su mente estaba en otra parte por completo.
Sus ojos no se perdían detalle; giraba la cabeza al más leve sonido —y allí había muchos—, desde los gritos de la multitud en las carreras hasta los vendedores que ofrecían sus mercancías en las gradas.
Si hubiera tenido que aventurarlo, habría dicho que pertenecía a alguna familia de comerciantes.
Su ropa era de buena hechura, pero sencilla.
Llevaba un vestido azul marino oscuro, de corte recatado, con un spencer encima.
No era mujer de finas muselinas. Y luego estaba, por supuesto, el hecho de que estuviera completamente sola en un hipódromo.
No se parecía en nada a ninguna mujer por la que se hubiera sentido atraído antes.
Por eso los pensamientos que lo habían recorrido al verla no tenían absolutamente ningún sentido.
Porque, al oír su pregunta y volverse hacia ella, al contemplar por fin todo su rostro, una palabra se le había metido en la cabeza.
Una palabra que no tenía sentido.
Mía.
Había apartado aquel pensamiento tan deprisa como había llegado.
No tenía tiempo para semejantes tonterías, y siempre que ideas como aquella —ideas que no contribuían en nada a hacerlo avanzar ni a lograr lo que necesitaba, ideas nacidas de fantasías, romance y emociones inexplicables— asomaban, las apartaba de un empujón.
Tenía demasiadas cosas de las que ocuparse.