Capítulo 2
D iana se paseaba por las afueras del hipódromo. No disfrutaba especialmente de las multitudes, y menos aún cuando eran tan grandes e imprevisibles.
Pero Arie le había dicho que hoy la necesitaba allí y, por tanto, allí estaba.
—¿Qué necesitas que haga? —le había preguntado, y él simplemente le había clavado sus ojos castaños.
—Haz lo que mejor sabes hacer. Mantén los ojos y los oídos bien abiertos y, si algo sale mal, lo arreglarás o me lo dirás y lo haré yo.
Diana había asentido. No se discutía con Arie. Escucharía cualquier información que ella pudiera proporcionarle, cosa que agradecía, pero tomaba todas las decisiones por su cuenta y, desde luego, no le gustaba que le dieran consejos que no había pedido.
No sabía qué iba a hacer para asegurarse de que Charmed ganara aquella carrera.
Tampoco quería saberlo. Lo único que le preocupaba era que no hiciera nada que pudiera dañar al caballo.
Diana sabía que no podía decir que tuviera muchos principios en la vida, pero si había algo que no toleraba era hacer daño a los animales…
o a los niños. Todos los demás podían apañárselas solos, en su opinión.
Por eso iba de un lado a otro, nerviosa.
Iba vestida de azul oscuro, con un spencer bien ceñido en un intento de pasar desapercibida.
Aunque tampoco necesitaba mucho esfuerzo para lograrlo, porque solía convertirse en parte del decorado allá donde fuera.
Sabía que, aunque para la mayoría no estaba mal, tampoco despertaba especial aprecio.
Tenía una de esas caras. Una de esas que invitaban al comentario: «Te pareces muchísimo a…
», seguido del nombre de la hija, la hermana o el amor perdido de hacía años de alguien.
Y Diana no era eso para nadie. Sí, Arie la había acogido y tenía la familia que habían creado juntos, pero incluso eso lo estaba perdiendo poco a poco.
Aunque podría haber sido peor. Podría formar parte de los Bronze Reapers.
Solo pensar en ellos y en lo que estaban haciéndole ahora a su familia hacía que le hirviera la sangre.
¿Con qué derecho llegaban para intentar arrebatarles el negocio?
El equilibrio en St. Giles llevaba mucho tiempo establecido.
Arie cuidaba de la gente y de los negocios del arrabal.
Les proporcionaba un lugar respetable donde divertirse en Aphrodite’s.
Los protegía cuando era necesario. Y cuidaba de ellos tanto como de cualquier otro.
Los Bronze Reapers eran precisamente la clase de gente de la que los habitantes de St. Giles necesitaban protección.
No seguían ningún código moral. Tomaban lo que querían, cuando querían.
Su «hogar» no era más que un burdel: atraían al barrio a nobles y ricos con la promesa de mujeres fáciles y alcohol barato, y luego les quitaban todo cuanto podían, poniendo a los niños a hacer de carteristas y usando a las mujeres para seducir a los hombres y desplumarlos de todo cuanto tenían.
Diana se estremeció, sabiendo el trato que recibían las mujeres y los niños si no hacían lo que se les ordenaba.
Recordaba el látigo que Gibson llevaba consigo, el chasquido al restallar en el aire cuando alguien no rendía como él esperaba.
Y cada vez que miraba a las mujeres… bueno, sabía lo que ella había evitado allí.
Si había algo de lo que se arrepentía en su vida, era de no haber hecho más por otras personas que habían estado en su misma situación. De no haberse vengado del hombre que la amenazó. En vez de eso, sencillamente se había marchado sin mirar atrás.
Quizá había llegado el momento de hacer algo al respecto.
—¡Diana!
Se giró en redondo, sorprendida de que la hubieran reconocido, y estuvo a punto de perder el equilibrio cuando su hermana se abalanzó sobre ella y la rodeó con los brazos.
—Calli —dijo contra el hombro de su hermana; el nombre quedó amortiguado por la fina tela de su capa—. ¿Qué haces aquí?
—¿Qué hago yo aquí? —preguntó Calli, echándose un poco hacia atrás y apartándose de Diana; sus ojos verdes estaban muy abiertos y resplandecientes, como lo habían estado desde que se casó con el duque—.
Jonathan y yo hemos traído a los niños a ver la carrera.
Estamos allí, en el carruaje, pero cuando te he visto aquí, he tenido que venir a saludarte.
—¿Por qué? Te veré el domingo en la cena.
—Ay, Diana —dijo Calli entre risas, alargando una mano para posarla sobre su brazo, aunque Diana no entendía del todo qué tenía de gracioso lo que había dicho.
Vería a Calli en apenas dos días, y no merecía la pena que su hermana cruzara corriendo todo el recinto solo para saludarla—.
Dime —añadió, inclinándose hacia ella—, ¿son ciertos los rumores sobre Charmed?
Diana no pudo evitar recorrerla con la mirada de arriba abajo mientras una punzada de celos la atravesaba.
Calli iba vestida con los satines más caros, y probablemente su capa valía más que todo el vestuario de Diana, pese a la insistencia de Arie en que comprara cuanto quisiera.
Pero eso no era lo que despertaba su envidia.
No, era el contento que rebosaba de Calli.
El disfrute de la vida. Calli siempre había conservado algo de eso, siempre había atraído a todo el mundo no solo con su belleza, sino también con su corazón tierno y su personalidad exuberante.
Ahora, todo eso se había multiplicado. Porque había conocido al amor de su vida y vivía en un mundo completamente distinto, uno que jamás debería haber sido un lugar para ella y que, sin embargo, la había acogido tal como ella lo había abrazado.
—Calli —la advirtió Diana—, sabes que no debo hablar contigo de esas cosas.
—Ah —dijo Calli con una sonrisa—, eso significa que sí hay gato encerrado.
Diana puso los ojos en blanco mientras se volvía de nuevo, tratando de no perder detalle de lo que tenía delante.
—No es nada por lo que debas preocuparte.
—Muy bien. De todos modos iré a apostar por ella.
Diana no pudo evitar echarse a reír. Puede que Calli hubiera dejado atrás su antigua vida, pero eso no significaba que no siguiera aferrándose a algunas de sus costumbres de entonces.
—Te deseo mucha suerte.
—Gracias, pero no creo que hoy la necesite —dijo Calli con un guiño, y solo entonces Diana advirtió a su marido apostado detrás de ella, evidentemente sin querer perderla de vista, aunque intentando también que ella no reparara en su presencia vigilante.
Cuando Calli se alejó, Diana le dedicó una breve inclinación de cabeza, y él abrió mucho los ojos, pues evidentemente había pensado que había pasado inadvertido.
Pero a Diana no se le escapaba nada.
* * *
Wade encontró un hueco junto a la barandilla, cerca de la línea de salida. Con Edward en los establos y el resto de sus hombres repartidos por los edificios de atrás y el campo a su alrededor, tenía ojos y oídos en todas partes.
Confiaba en Queen Calico. Mientras nadie metiera mano en la carrera, todo iría bien.
Se hizo crujir los nudillos, el único gesto que delataba sus nervios. No había muchas cosas que Wade temiera en la vida. Salvo, quizá, el regreso de Gibson.
Sabía que aquel hombre no estaba muerto. Su marcha había sido demasiado oportuna, demasiado preparada. Estaba ahí fuera, al acecho. Lo que significaba que estaba huyendo de algo. Algo con lo que había dejado a Wade lidiando.
A Wade no le gustaba, y estaba haciendo todo lo posible por averiguar exactamente a qué se enfrentaba.
Pero hasta descubrirlo, convertiría a los Bronze Reapers en una organización de la que pudieran estar orgullosos.
Y eso empezaba hoy, con aquella carrera.
Ojalá tuviera una forma de ponerse en contacto con Edward y de saber qué estaba ocurriendo en los establos.
Se suponía que Tiger haría de correo entre los dos, pero hasta el momento no había ni rastro del chico, lo que significaba que probablemente seguía a Edward de un lado a otro y que no había ocurrido nada fuera de lo normal.
La forma más probable de hacer trampas sería sobrealimentar a Queen Calico o darle demasiada agua, pero los hombres que Wade había apostado allí durante los dos últimos días no habían informado de ninguna manipulación.
Sacaron a los caballos hacia la línea de salida, y Wade hizo rodar los hombros mientras los examinaba con la mirada. Estaban todos allí, incluidos Charmed y Queen Calico, uno al lado del otro en medio del grupo.
Los estudió sin advertir nada fuera de lo normal. Queen Calico parecía sana, piafando con excitación sobre las patas delanteras, como si supiera que la carrera estaba a punto de empezar. Charmed parecía igual de en forma. Entonces, ¿por qué tenía la sensación de que algo no encajaba?
—¡Señor! ¡Señor Wade!
Había estado tan concentrado que no se había fijado en Tiger, que debía de haber corrido hasta él a juzgar por lo frenéticamente que respiraba. Wade alzó una mano para frenarlo y lo sujetó por los hombros.
—¿Qué ocurre?
—El jinete —dijo entre jadeos—. No es el jinete de Queen Calico.
Wade alzó la vista con el ceño fruncido y vio que los caballos ya estaban en fila, listos para avanzar hacia la salida mientras los anunciaban.
No le quedaba tiempo. Le dio a Tiger una rápida palmada en la espalda y luego echó a andar con aire despreocupado junto a la barandilla, esperando que nadie reparara en él si parecía uno de los que debían estar allí.
Antes de que nadie pudiera detenerlo, saltó la valla con toda la discreción de que era capaz.
Esperó oír un grito, pero, al no escuchar ninguno, se apresuró hacia Queen Calico, aminorando al acercarse para no asustar al animal.
—¡Eh, tú! —dijo, señalando al jinete, que intentaba ignorarlo descaradamente hasta que Wade estuvo demasiado cerca para que pudiera seguir haciéndolo—. ¿Sabes quién soy?
—Yo… no, señor —respondió el hombre, negando con la cabeza, aunque sus nervios resultaban evidentes, algo que Queen Calico obviamente también percibió, porque empezó a golpear el suelo con las patas delanteras y a bufar.
—Tranquila —dijo Wade, acariciándole el hocico con la esperanza de calmarla.
Mantuvo la voz firme y serena al alzar la vista hacia el jinete.
—Sea lo que sea que te esté pagando Hondros, te daré el doble —dijo en voz baja, para que los demás no pudieran oírlo.
El hombre bajó la vista hacia él, abriendo tanto los ojos que Wade se preguntó cómo demonios seguían en sus órbitas.
—¿El doble?
—El doble —dijo Wade con gesto sombrío—. No pierdas esta carrera. Queen Calico la lleva dentro. Si la frenas, se desatará el infierno, cortesía de los Bronze Reapers. ¿Nos entendemos?
Clavó la mirada en el jinete, que estaba muerto de miedo y asintió con brusquedad.
—Sí.
—Bien —dijo Wade, permitiendo que sus labios se curvaran apenas un instante—. Estoy deseando cobrar mis ganancias de la apuesta.
Y, dicho eso, se metió las manos en los bolsillos y se alejó a grandes zancadas, mientras rezaba para que todo saliera bien.
Porque, si no, estaba jodido hasta las cejas.