La apuesta de amor del marqués Capítulo 2
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Capítulo 2

Liam no solía escuchar conversaciones ajenas, pero tampoco era de los que le hacían ascos a un regalo caído del cielo.

Aquella mañana se había detenido en la posada Dos Caminos únicamente para abrevar a sus caballos y disfrutar del almuerzo que hubiera disponible.

Había aparcado junto a una destartalada diligencia y luego advirtió al grupo de viajeros junto a las puertas que se mantuvieran bien alejados del nuevo faetón que le había regalado el duque de Wellington.

Solo quedaban cinco millas hasta Corbridge. En lo que a Liam respectaba, cuanto más pudiera retrasar su regreso a casa, mejor. Si eso lo convertía en un cobarde, que así fuera. Hartfield Manor, de la que era el nuevo señor, no iba a ir a ninguna parte.

La mujer a la que había interrumpido —una mujer que ahora lo miraba como si la hubiera acosado — inclinó la cabeza hacia un lado para evaluarlo.

Liam todavía llevaba su uniforme de regimiento, con todo el aspecto del capitán que había sido.

Seguramente pensaba que había venido a arrestarla, lo que planteaba la pregunta: ¿qué había hecho ella que justificara un arresto?

Quizá le estaba dando demasiadas vueltas, a juzgar por el momento de silencio sorprendido en que ella lo miraba boquiabierta y él le devolvía la mirada.

Hacía mucho tiempo que no se encontraba ante una Rosa Inglesa como ella.

—Discúlpeme —dijo mientras se quitaba el tricornio y se lo llevaba al pecho—.

Estaba usted preguntando por empleo, y no he podido evitar escucharla.

Si hablaba en serio, creo que tengo un puesto vacante.

—Intentó esbozar una sonrisa tranquilizadora y miró a la posadera en busca de ayuda—. A menos que me haya equivocado.

—No, eso es precisamente lo que estábamos diciendo —respondió la posadera antes de que la mujer tuviera ocasión de hacerlo.

Se echó hacia atrás sorprendida cuando Liam entró en la luz y dejó las gafas a un lado, boquiabierta—.

Buen señor, ¿no será usted el vizconde de Corbridge?

He de suponer, por su atuendo... No recibimos muchos héroes de guerra por estos lares.

Esto le pasaba por no haberse detenido en una sastrería nada más desembarcar en Sunderland.

Aunque suponía que era un buen entrenamiento.

De un modo u otro, Liam tendría que acostumbrarse a las miradas incrédulas o admiradas de la gente común ahora que había vuelto a casa.

La vida de lord nunca le había sentado bien; era parte de la razón por la que se había alistado en la Marina Real a la primera oportunidad.

La otra razón... Bueno, no tenía sentido regodearse en esos malos recuerdos ahora.

El tono casi reverente de la posadera le crispó los nervios, y la mujer de cabello oscuro se había quedado lívida a su lado, lo cual tampoco ayudaba precisamente.

—Veo que las noticias de mi regreso me preceden.

Lástima —murmuró Liam—. Sí, soy... el vizconde de Corbridge, en efecto.

—Casi se atragantó con el título, aún incómodo al esgrimirlo como propio—.

Si sabe eso, también habrá oído hablar de la restauración de Hartfield Manor, mi hogar, a menos de cinco millas de aquí —añadió para información de la posible criada, volviéndose hacia ella—.

Pronto necesitaré ampliar la plantilla. ¿Para qué esperar, si está buscando trabajo?

—Para qué esperar, en efecto... —repitió la mujer mientras bajaba la mirada al suelo, pensativa.

Un mechón de cabello oscuro le cayó sobre los ojos.

Se lo apartó, dejando a la vista unos elegantes guantes de viaje bordados.

Para haberse podido permitir un accesorio de esa calidad, debía de haber trabajado en una casa señorial.

.. o ser una consumada ladrona—. ¿Ha regresado hace poco a Inglaterra? —Añadió un «milord» a última hora.

—Llevo cuatro años fuera del país; partí en cuanto alcancé la mayoría de edad.

Estuve destinado en Francia un tiempo, antes de seguir la sombra de Bonaparte por todo el Continente.

—Chasqueó la lengua, obligando a su mente a no divagar.

Apenas hacía falta contar la historia. Su rostro era prueba suficiente de su tiempo en el extranjero.

Había envejecido diez años en cuatro—. Así que sí, acabo de regresar.

La sede ancestral de mi familia está en Corbridge.

Dadas las circunstancias... —Más pensamientos que se le escapaban—.

Sospecho que esta última misión habrá sido la definitiva.

La mujer asintió con la mirada fija en su chelín, todavía en la mano de la posadera.

—Entonces, ¿qué necesitaría de mí? Sé leer y escribir, pero aceptaré cualquier puesto dentro de lo razonable. Quizá necesite una doncella personal... ¿para su esposa...?

Sus brillantes ojos verdes lo miraron con curiosidad.

No dejaba de sorprenderlo con sus preguntas audaces.

¿Cómo había acabado una joven tan resuelta mendigando trabajo en una posada en medio de la nada?

Liam desechó el pensamiento e intentó no quedarse mirándola.

La mención de su «esposa» le arrancó una risa.

—No, no. —Negó con la cabeza mientras se tapaba la sonrisa con el dorso de la mano—.

Eso no será posible, pues no tengo esposa, y apenas tengo intención de tomar una.

Ya encontraremos algún lugar para usted en Hartfield Manor cuando lleguemos.

Seguramente la destinarán al fregadero o a las cocinas.

—Frunció el ceño y echó un vistazo al comedor vacío a su espalda—.

Almuerce conmigo y podremos hablar del asunto con más calma.

Metió la mano en el bolsillo y sacó la bolsa de monedas antes de que ella pudiera rechazar la oferta; entregó a la posadera un generoso medio soberano por el trabajo del mozo con los caballos y por las comidas.

Los ojos de la joven se abrieron de par en par cuando la moneda brilló entre ambos.

Quizá no estuviera tan acostumbrada al lujo como sus guantes le habían hecho suponer.

Para cuando se acomodaron en el comedor, era casi mediodía.

Se oía jaleo abajo, en las cocinas, adonde la posadera había ido a informar al cocinero de la llegada del vizconde.

Liam oyó gritos y el estruendo de sartenes volando por los aires.

De haber sabido el revuelo que iba a causar un simple almuerzo frío, habría ayunado hasta llegar a Corbridge.

Al menos le recordaba a su hogar. No a Hartfield Manor, sino a su antiguo campamento.

Nunca había habido un momento de calma en su acantonamiento en Francia, entre los combates, la planificación, el mar y las constantes pullas entre camaradas.

Se volvió hacia Connie, cuyo nombre le había preguntado al entrar en la sala.

Tenía ojos de gata, siempre vigilantes y alerta.

Liam no podía negar que era hermosa, con su piel clara y sonrosada y su largo cabello negro.

Sus labios, aunque finos, se fruncían de un modo que la hacía parecer siempre absorta en sus pensamientos.

—Dígame, entonces. ¿Es usted de la zona? —preguntó Liam, con los codos apoyados en la mesa mientras esperaban la comida—. De nacimiento no, desde luego. Sus padres debían de ser de más al sur, a juzgar por su forma de hablar.

Connie tragó saliva. Esbozó una sonrisa forzada mientras cogía la taza de té y daba un sorbo.

—Mi familia es de Londres, sí, pero me mudé a Tyne y Wear hace unos meses por trabajo.

Hubo una... oportunidad para mí... en Newcastle.

Una que desde entonces se ha esfumado. —Frunció el ceño con rabia, lo que hizo que Liam se preguntara qué habría pasado.

Suspiró hondo y dejó la taza—. Le estoy muy agradecida por su oferta, lord Corbridge.

Antes de que usted llegara, me encontraba en una situación bastante desesperada.

Todo esto parece demasiado bueno para ser verdad.

—No cante victoria tan pronto. El ama de llaves de Hartfield Manor no se anda con contemplaciones.

Se llama señora Turner. —Sonrió al recordar a Eliza.

Siempre lo había mimado y lo trataba como si fuera hijo suyo.

¿Qué edad tendría ahora? ¿Sesenta y dos?

¿Sesenta y tres?—. Su marido Sam trabaja como jardinero.

Los conocerá a ambos muy pronto. —Su sonrisa se desvaneció—.

Suponiendo que ambos sigan vivos y trabajando allí.

Hace ya algunos años que no recibo noticias de ellos.

Liam miró por la ventana, que daba a la carretera.

Entornó los ojos ante la luz del sol mientras disfrutaba de su suave calidez en la piel.

La diligencia de antes se alejaba por el camino, repleta de pasajeros.

Al igual que Liam, el mozo de cuadra los observaba partir; se había detenido a descansar en los escalones de la entrada de la posada y bebía con avidez de una cantimplora antes de secarse la boca.

En el fondo, suponía que una parte de él había echado de menos Inglaterra.

Oh, la alta sociedad podía arder en el infierno, por lo que a él concernía.

Pero la gente trabajadora del campo como Eliza y Sam, las florecientes ciudades costeras, los brezos y los serbales, el mar espumoso, la palidez de todo aquello, incluso el clima inclemente. ..

Inglaterra era su hogar, por mucho que hubiera intentado convencerse de lo contrario. Liam temía volver a enfrentarse a Hartfield Manor, pero era el único lugar en el mundo al que pertenecía ahora. Estaba atado a Corbridge por la sangre. Como su padre antes que él, tenía que vivir y morir allí.

Se le cortó la respiración cuando la posadera se acercó por detrás, con dos platos de fiambres, pan y queso, y una fuente de encurtidos y conservas. Les rellenó el té a Connie y el agua a Liam, antes de desaparecer de nuevo escaleras abajo hacia la cocina.

—¿La casa sabe de su regreso, milord? —preguntó Connie desde el otro lado de la mesa mientras untaba mermelada de ciruela en una rebanada de pan.

Arqueó una ceja al extender la mermelada; se había quitado los guantes y dejaba ver unas manos delicadas.

Dedos largos y delgados, uñas cortas y limpias—.

Dijo que habían pasado cuatro años desde que partió de Inglaterra. ..

—Así es. Estuve luchando bajo las órdenes de Wellington hasta hace poco.

Estuve en Waterloo con el resto. —Negó con la cabeza, apartó sus pensamientos melancólicos y atacó su propio almuerzo—.

Hasta hace un año, mi padre ocupaba su puesto en Hartfield Manor.

Me enviaba alguna que otra carta, pero con todo el tiempo que pasé en el mar, no siempre era fácil localizarme.

Hace apenas una semana crucé por fin el Canal de camino a casa.

Un mes antes, envié aviso a mi primo pidiéndole que avisara a la casa de mi regreso; él se ha encargado de todo en mi ausencia.

No tenía sentido darles una fecha exacta de llegada.

—Hizo una pausa y le sonrió—. Usted también es algo viajera.

Sabrá tan bien como yo lo impredecibles que pueden ser los viajes.

Ella soltó una carcajada, como si él no supiera ni la mitad.

Le gustaba esa expresión en ella. Confiada, casi descarada.

—Me vi obligada a sentarme en el techo de una diligencia entre Leeds y Harrogate, lo cual ya fue bastante angustioso antes de que empezara a llover.

—Puso los ojos en blanco y dio un mordisco a su almuerzo—.

Así que sí, a estas alturas me considero una viajera bastante curtida.

—Una cualidad más que añadir a la larga lista, estoy seguro.

Liam levantó la vista sobresaltado; no había sido su intención sonar tan coqueto. Un caballero, incluso un soldado curtido como él, no debía permitirse bromear con una criada. La comisura de la boca de Connie se curvó en una sonrisa. Su expresión alivió parte de su culpa, pero no toda.

No volvería a cometer ese error. La había invitado a Hartfield con la única intención de ofrecerle un trabajo. No importaba lo bonita que fuera. Él no era de esos caballeros que se aprovechaban de otros en sus peores momentos. La sola idea le repugnaba.

—Lo que quise decir —continuó, aclarándose la garganta— es que no es frecuente encontrar mujeres de su condición que sepan leer y escribir. Debo preguntarle: ¿cómo aprendió?

Ella tragó con dificultad y se recostó en la silla, limpiándose la boca con la servilleta de lino.

—Bueno... —Agitó una mano en el aire—. Trabajaba para la familia de un barón en Londres.

Me convertí en la doncella personal de la baronesa cuando mi madre falleció hace dos años y ocupé su puesto.

—Frunció el ceño y se mordió el labio inferior—.

Mi padre también murió hace poco. Se suponía que Newcastle iba a ser la oportunidad de empezar de nuevo. Baste decir que no lo fue.

Por el tono de su voz, se notaba que el dolor de Connie aún estaba fresco, aunque su rostro no dejaba traslucir la pena.

Lo que fuera que hubiera sucedido en su pasado la había endurecido.

Liam guardó silencio por respeto, esperando a que dijera más si quería.

Cuando no lo hizo, le ofreció un gesto de condolencia con la cabeza.

—Le doy mi más sentido pésame, señorita Knowles —dijo—. Mi propio padre también falleció hace poco. Podemos intentar prepararnos para el duelo, pero es una experiencia incomprensible y despiadada.

Connie lo miró con los ojos muy abiertos, como si le sorprendiera que intentase compadecerse de ella. Quizás había traspasado otra línea. O quizás no estaba acostumbrada a que los demás fueran amables con ella. Se le encogió el corazón solo de pensarlo.

—Lo es —convino ella—. Completamente despiadada.

—Su voz era suave, pensativa. De repente, tomó aire y volvió a su almuerzo, evidentemente intentando cambiar de tema—.

Pero sí, la lectura y la escritura... Yo.

.. Bueno, supongo que aprendí de una institutriz en la casa.

Era una mujer maravillosa que dedicaba su tiempo libre en la planta baja a enseñar a leer a las criadas.

Mis favoritos siempre fueron los relatos emocionantes de salteadores de caminos, aunque ella intentó desesperadamente obligarme a leer los clásicos.

Eh... Obligar nos . Simplemente no conseguía aficionarme a Hamlet como a Dick Turpin.

—Se rio suavemente y ocultó la sonrisa tras la taza de té—.

Estuve atenta a los salteadores de caminos durante todo el viaje a Newcastle.

—¿Y buscaba a esos vagabundos por miedo o por emoción? —preguntó Liam, ladeando la cabeza con gesto divertido.

—Eso lo dejo a su criterio, milord. —Connie se encogió de hombros con aire provocador—. Al fin y al cabo, una mujer debe guardar algunos secretos para sí misma, incluso de su nuevo amo...