Capítulo 18
—A Lavinia le pasaba algo esta tarde, seguro —dijo Emily, mientras las dos primas se sentaban en el jardín al atardecer, disfrutando de los últimos rayos de sol.
—Me moría por contártelo. Tienes razón —dijo Juliette, y ahora que estaban a solas, le contó a Emily lo que había sucedido entre los arbustos y lo que ella y Alexander habían oído.
Emily escuchó asombrada y sacudió la cabeza cuando Juliette terminó de explicar.
—Entonces está claro que hay algo turbio en todo esto, y ella es la culpable —dijo Emily.
—Eso parece, aunque todavía no sabemos qué —respondió Juliette.
—Pobre Nicholas. ¿Qué dijo Alexander al respecto? —preguntó Emily.
Al oír mencionar la reacción de Alexander, Juliette sintió una repentina tristeza.
Había reflexionado mucho sobre las palabras de Alexander y también sobre sus propios sentimientos.
Se preguntaba si se había aferrado demasiado pronto a la posibilidad de un romance con Alexander, dada su decepción con Nicholas.
Y después de lo que él había dicho, solo podía creer que había malinterpretado lo que había pasado entre ellos.
—Dijo... bueno, dijo que nos vendría bien. Que podríamos poner fin a la farsa —dijo, y sacudió la cabeza con tristeza.
Emily la miró con compasión.
—Oh, ya veo. Bueno... ¿le has dejado claro que no sientes nada por Nicholas? —preguntó, y Juliette asintió.
—Todo lo claro que he podido, sí. Bueno... no le he dicho exactamente... ay, no lo sé —dijo, y suspiró levantando las manos con exasperación.
Todo era tan complicado... ella lo había complicado y ahora pagaba el precio por haberse precipitado en algo que lamentaba. O más bien, no lamentaba sus sentimientos por Alexander, sino la manera en que habían surgido.
Si se hubiera contenido, el romance entre ellos podría haber surgido de forma natural. Pero tal como estaban las cosas, parecía que Alexander estaba dispuesto a romper el aparente cortejo para dejarla libre y que pudiera casarse con Nicholas, a pesar de lo que ella le había dicho.
—Deberías hablar con él, decirle lo que sientes —dijo Emily, pero Juliette negó con la cabeza.
Temía que fuera imposible, y no quería pasar la vergüenza de confesarle a Alexander algo que él no correspondería. Solo pensaría que lo estaba tratando como un premio de consolación, un sustituto de lo que realmente deseaba y no podía tener.
—No lo sé, Emily. No me parece... bien —dijo.
Pero antes de que Emily pudiera responder, un alboroto en la puerta de la terraza hizo que ambas levantaran la vista sorprendidas. Era la madre de Juliette, seguida de su padre; los dos hablaban a voces mientras Juliette y Emily se ponían de pie.
—Oh, es demasiado terrible... Pensé que le quedaban otros diez años —decía la madre de Juliette, retorciéndose las manos mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.
—Vamos, querida. Por favor, intenta calmarte —decía el padre de Juliette, pero la vizcondesa parecía inconsolable.
—¿Qué ha pasado, madre? —exclamó Juliette mientras ella y Emily se apresuraban a acercarse.
La vizcondesa sollozaba sin control, y fue el padre de Juliette quien les dio una explicación.
—Es tu abuela, Juliette. Lamento decirte que acabamos de recibir la noticia de su muerte —dijo, mientras la madre de Juliette dejaba escapar otro gemido.
—Oh, y no estuve con ella al final. Qué terrible, qué cruel... Debería haber estado allí —exclamó, mientras Juliette la rodeaba con los brazos para consolarla.
Su abuela era una mujer formidable, aunque también bondadosa.
Tras la muerte del abuelo de Juliette, había rechazado todas las ofertas de ayuda e insistido en quedarse en la finca familiar de Cornualles.
Había vivido sola —salvo por un séquito de sirvientes— durante los últimos veinte años, y la familia daba por hecho que viviría fácilmente otros veinte más.
Pero la noticia de su muerte traía consigo la sensación de un final: siempre había estado allí, y pensar que ya no lo estaría era la más extraña de las sensaciones.
—Oh... abuela —dijo Juliette, llevándose la mano a la boca, y Emily hizo lo mismo.
Emily era prima de Juliette por parte de madre, y por tanto compartían la misma abuela. Emily había vivido con ella un tiempo tras la muerte de su propia madre, y ahora sacó el pañuelo y se secó los ojos.
—Qué terrible —exclamó, mientras la madre de Juliette seguía sollozando.
Juliette miró a su padre, que suspiró.
—Lo más probable es que celebremos el funeral en Londres; Cornualles queda demasiado lejos para esperar que venga mucha gente. Pero tu abuela insistió en vivir allí hasta el final —dijo el vizconde, negando con la cabeza.
—Fue su deseo después de que muriera mi padre; no podíamos negarle eso. Oh, pero es demasiado horrible. ¿Por qué no estuve allí? Debería haber estado allí —exclamó la madre de Juliette, y se derrumbó en otro ataque de sollozos mientras Juliette la rodeaba con el brazo.
—Vamos, madre. Entremos. Has sufrido una impresión muy fuerte —dijo, y ella y Emily acompañaron a la vizcondesa al interior, dejando al padre de Juliette negando con la cabeza.
No era un hombre emotivo, pero Juliette sabía que su madre sufriría mucho la pérdida.
Había estado muy unida a su madre y le había escrito casi a diario.
Hacía poco, había hablado de ir a Cornualles en invierno y había hecho planes para que Juliette y Emily se reunieran con ella.
Pero ahora no habría reencuentro feliz, y Juliette no podía hacer más que intentar consolar a su madre lo mejor posible.
—No podías saberlo, madre. ¿Cómo ibas a saberlo? E incluso si te hubieran avisado de una enfermedad, habrías tardado varios días en llegar a Cornualles, y para entonces podría haber sido demasiado tarde de todas formas —dijo Juliette, mirando a Emily, que asintió.
—Juliette tiene razón, tía Agatha. No debes alterarte así. No había nada más que pudieras hacer —dijo Emily.
Pasaron el resto del día dándole vueltas al asunto, y cualquier pensamiento sobre Nicholas y Alexander quedó olvidado.
La familia se vistió de luto, y Juliette y Emily cambiaron los colores vivos de sus vestidos nuevos por el negro.
Su madre no hacía más que llorar, y les tocó a Juliette y a su prima ayudar al vizconde con los preparativos del funeral.
Los días fueron pasando, y Juliette no pensó en otra cosa que en lo urgente del momento.
—Esta es la última carta, y ya ha salido en todos los periódicos. A estas alturas, quien tenga que saberlo ya lo sabrá —dijo Juliette mientras sellaba el último sobre de una pila de correspondencia que informaba del fallecimiento de su abuela a sus conocidos más lejanos.
—Y ya he encargado las flores. Le dije a tu padre que yo me ocuparía; los hombres no tienen ojo para estas cosas —dijo Emily, y Juliette sonrió.
—No. Si fuera por mi padre, la enterrarían con la menor ceremonia posible y sin el más mínimo adorno —dijo Juliette, negando con la cabeza.
—Por eso nos encargamos nosotras —respondió Emily.
Juliette asintió. Entre las dos se habían ocupado de todo, y faltando solo dos días para el funeral, ya estaba todo listo.
—Exacto. Y creo que lo hemos hecho bastante bien. Tu boda será sencilla en comparación —dijo, y Emily se sonrojó.
Estaba a punto de responder cuando llamaron a la puerta del salón. Se abrió y el mayordomo anunció a un visitante.
—El marqués de Cavendish, milady —dijo, y Juliette levantó la vista sorprendida.
Con todo lo que estaba pasando en casa, Juliette casi había olvidado lo que ocurría en el mundo exterior, y cualquier pensamiento sobre Nicholas y Lavinia había quedado en segundo plano. Se puso de pie, sin saber cómo reaccionar ante la inesperada llegada de Alexander.
—Voy a ver cómo está tu madre —dijo Emily, y Juliette no tuvo más remedio que recibir a Alexander a solas mientras Emily salía a toda prisa del salón y Alexander entraba.
—Lamento no haber venido antes. Quería dejaros tranquilos para que pudierais guardar el luto. Sentí mucho enterarme de lo de tu abuela, Juliette. Te ofrezco mis más sinceras condolencias —dijo, haciendo una breve reverencia.
—Es muy amable de tu parte —respondió Juliette.
No había esperado que viniera. No tenía ninguna obligación de hacerlo. Si aquello era una farsa, ella no tenía derecho a esperar su apoyo, aunque ahora su corazón se conmovía por el simple hecho de que estuviera allí. Era un gesto amable que agradecía, y le ofreció asiento junto a una ventana.
—Nunca se sabe bien qué hacer en estas situaciones. Estoy seguro de que ha sido muy difícil para todos. Veo que estáis en plenos preparativos —dijo, mirando las pilas de cartas sobre el escritorio.
—Emily y yo nos ofrecimos a encargarnos en lugar de mi padre. Tiene otros asuntos que atender, y mi madre... bueno, está destrozada. Se culpa por no haber estado allí —dijo Juliette, negando con la cabeza.
—Lamento oír eso, Juliette. Tu madre es una buena mujer. No debería culparse por nada. ¿Y tú? ¿Cómo... lo llevas? —preguntó él.
Había auténtica preocupación en su voz, y Juliette cayó en la cuenta de que era él, y no Nicholas, quien había venido a verla. Ni siquiera había recibido una nota de pésame de él ni de Lavinia, a pesar de que Henrietta había escrito —y visitado— varias veces en los últimos días.
—Estaba muy unida a ella; nos escribíamos a menudo. Pero no la había visto en más de un año. Me está costando asimilar su pérdida —admitió Juliette.
No había llorado como su madre, pero Juliette había sentido profundamente la pérdida de su abuela.
Organizar el funeral la había mantenido ocupada, pero a medida que se acercaba el día, no dejaba de pensar en lo que aquella pérdida significaba para ella.
El fin de una era, la certeza de que incluso lo más duradero es pasajero.
Juliette nunca había perdido a nadie cercano, y la muerte de su abuela marcaba, por así decirlo, el inicio de una nueva etapa, la conciencia del paso del tiempo.
—Con el tiempo lo superarás. A mí me pasó lo mismo cuando murió mi padre. Hay algo... inquietante en todo esto. Lo comparé con la inestabilidad de un barco: las aguas pueden estar en calma, todo va viento en popa, y de repente, todo puede cambiar —dijo él.
Juliette asintió. Era exactamente lo que sentía, y esbozó una débil sonrisa.
—Es muy amable de tu parte haber venido —dijo, pero él negó con la cabeza.
—En absoluto. Quería venir. Quería apoyarte. Y además tengo una propuesta —dijo.
Juliette lo miró sorprendida. No esperaba nada de él; no había nada que esperar. Lo suyo era un arreglo de conveniencia, y pronto terminaría.
—De verdad, no es necesario —dijo, pues Juliette estaba haciendo todo lo posible por mantener la compostura, por no dejarse llevar por vanas ilusiones.
—No, por favor, quiero ayudar. Quiero invitaros a ti, a tu madre y a tu prima a Norfolk; cuando termine el funeral, quiero decir.
Tengo intención de volver allí. No puedo alojarme con Gregory eternamente, y nuestra casa de Londres no está preparada; ya sabes lo quisquillosos que son los criados con estas cosas.
Estoy cansado de Londres, pero no estoy cansado de... ti. Perdóname, no quería decirlo así. Lo que quiero decir es que me encantaría que aceptaras. El aire fresco del campo, las vistas de las amplias playas y el mar. Para mí es un bálsamo, y creo que para ti también lo será —dijo.
Juliette se quedó completamente desconcertada.
No había necesidad de nada de aquello, de continuar con la farsa.
Podían separarse discretamente: él a Norfolk y ella adonde quisiera.
Y sin embargo, ahora la estaba invitando a su finca de Norfolk, y a Juliette le parecía que la farsa se había convertido, una vez más, en algo real.
Era desconcertante, y por un momento estuvo tentada de rechazar la invitación.
—Oh, pero no quiero ser una molestia, ni para ti ni para tu madre. ¿Qué diría ella? —preguntó Juliette, y Alexander sonrió.
—Ella cree que es una idea maravillosa —respondió, y Juliette sonrió.
—Bueno… tendré que preguntarle a mi madre. Es su decisión, y también la de Emily. ¿Y Gregory? Los dos se llevan muy bien.
—Él también puede venir; tu madre puede hacer de carabina para los dos. Y conocerías a mis hermanas. Oh, di que sí, Juliette. Me harías muy feliz. Creo que te vendría bien. Has pasado tanto tiempo… esperando a Nicholas. Y ahora esta tragedia, también. Piensa en ti y en tu felicidad —dijo él.
Tenía razón, aunque sus palabras habían pillado a Juliette desprevenida. La llevaron a cuestionar sus conclusiones previas, y ahora se sentía aún más confundida que antes.
—Tienes razón, sí… no sé… ¿estás seguro de que no te causaremos molestias? —preguntó Juliette, pues no encontraba excusa alguna para rechazar la invitación, siempre y cuando su madre estuviera dispuesta a aceptar.
—De lo contrario, no te lo habría pedido. Creo que te hará bien. Una muerte puede pasar factura, sobre todo si es de alguien cercano. Solo quiero ayudar. Estoy seguro de que lo pasaremos de maravilla —dijo él.
Le sonrió, y Juliette le devolvió la sonrisa. Él tenía el don de hacerla sentir mejor, de infundirle una confianza que no había experimentado con ningún otro hombre. Con los demás, Juliette siempre se había sentido subordinada.
¿Acaso Nicholas no la había hecho esperar y anhelar alguna palabra suya, alguna migaja que pudiera llamar propia? Pero con Alexander no existía esa subordinación. Era él quien le hacía una petición, quien le ofrecía una invitación, y rechazarla habría sido una descortesía.
—Estoy segura de que así será —dijo ella, y él asintió.
—Entonces eso es un sí, ¿verdad? Me alegro muchísimo, Juliette. Y sé que mi madre y mis hermanas también se alegrarán. Pero no debo robarte más tiempo. Tienes mucho que hacer, y no quiero estorbarte —dijo, poniéndose de pie.
Pero en ese momento, Juliette habría deseado que se quedara, y todos los sentimientos que había intentado apartar y desestimar volvieron a ella como una oleada. Él ya había hecho tanto por ella, fuera parte de una farsa o no, y ahora solo podía sentirse agradecida también por esto.
—¿Vendrás al funeral? —preguntó, cuando él estaba a punto de marcharse.
Él la miró dubitativo.
—¿De verdad quieres que esté allí? No me gustaría entrometerme —dijo, pero Juliette asintió.
—Sí quiero que estés. Has sido un gran apoyo para mí, en todo. Me gustaría que vinieras, si no es mucho pedir.
—No es mucho pedir, en absoluto. Sería un honor —dijo, y tomándole la mano, se la llevó a los labios.
Un escalofrío recorrió a Juliette, que se sonrojó, sin atreverse apenas a imaginar lo que aquello podría significar. Cuando él se marchó, Emily regresó enseguida al salón, y Juliette la miró incrédula.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, y Juliette negó con la cabeza, como si aún no pudiera creerlo.
—Vamos a Norfolk —respondió, y Emily abrió los ojos de par en par.