Capítulo 10
—¿Qué quisiste decir con «otro año»? ¿Os habíais conocido antes? —preguntó Emily mientras ella y Juliette se preparaban para dormir aquella noche.
Juliette había vuelto a bailar con Alexander —y con Nicholas—, y el marqués le había asegurado que no se quedaría de brazos cruzados ahora que habían retomado el contacto. Aquello había complacido a Juliette, aunque solo fuera para que Nicholas se diera cuenta de lo que había perdido.
—Sí, nos conocimos. En el baile de lady Rankin hace un año. No te lo conté porque no parecía importante. Pero... bueno, me alegra haberlo vuelto a ver —respondió Juliette, y su prima sonrió.
—Tienes derecho a ser feliz, Juliette. ¿Por qué no intentas algo con él? Está claro que le gustas —dijo Emily.
Juliette se sonrojó. La idea se le había pasado por la cabeza, pero parecía demasiado pronto para pensar en esas cosas, sobre todo teniendo en cuenta lo que sentía por Nicholas.
Todo era tan confuso. Había pasado tanto tiempo suspirando por él y negándose a sí misma la felicidad que apenas reconocía sus propios sentimientos románticos hacia alguien que no fuera Nicholas.
—Oh, pero no creo que sea así. Es... no, él no es... —tartamudeó Juliette, mientras Emily ponía los ojos en blanco.
—Buenas noches, prima. E intenta imaginarte encontrando la felicidad que mereces —dijo Emily.
Cuando Juliette se metió en la cama aquella noche, reflexionó sobre las palabras de su prima. Emily tenía razón. Sí merecía ser feliz. Pero un encuentro en un invernadero y un par de bailes inesperados no significaban que fueran a sonar campanas de boda.
Ya se había dejado llevar antes —los años que había pasado esperando a Nicholas eran prueba de ello— y, si algo había aprendido, era a ser más cautelosa con sus sentimientos, sabiendo lo fácil que era salir herida.
Pero a pesar de esa reticencia, le agradaba la idea de volver a ver a Alexander, y cuando se quedó dormida, él fue su último pensamiento.
***
—¿Qué te pareció? Lavinia, quiero decir —preguntó Juliette mientras ella y Emily se sentaban en el salón a la mañana siguiente.
Emily sonrió.
—Es perfecta, ¿verdad? ¿O eso es lo que quiere que pensemos? —respondió.
Juliette asintió. Había algo que no terminaba de encajar en Lavinia. Emily tenía razón. Era perfecta, pero detrás de la fachada, Juliette estaba convencida de que algo más se ocultaba, a la espera de salir a la luz.
Todavía no sabía cómo se habían conocido Nicholas y Lavinia —una vaga historia sobre haberla salvado de un caballo desbocado apenas parecía creíble—, y Juliette empezaba a preguntarse si no habría algún escándalo de por medio...
—Puede que sí —respondió Juliette, justo cuando llamaron a la puerta del salón y el mayordomo entró para anunciar a dos visitantes.
—El marqués de Cavendish y lord Gregory Beechwood, milady —anunció el mayordomo.
Juliette y Emily se miraron asombradas. Juliette le había pedido a Alexander que no dejara de visitarla, pero presentarse al día siguiente del baile...
—Oh, Dios mío... —exclamó Juliette, poniéndose de pie mientras Emily hacía lo mismo.
—No estamos nada preparadas para recibirlos, ¿verdad? —dijo Emily, pero no hubo tiempo para esas cosas, pues los dos caballeros ya entraban en el salón.
Gregory llevaba un gran ramo de flores, y parecía que el propósito de la visita había sido entregárselas. Se las ofreció a Emily con una sonrisa.
—Son para ti —dijo, mientras Emily ahogaba una exclamación.
—Qué... qué preciosas —exclamó mientras Gregory le entregaba las flores: un gran ramo de rosas rojas cuyo aroma inundó el aire.
Juliette miró a Alexander. Sus ojos se encontraron, y él le sonrió con un gesto de asentimiento.
—Me temo que no me dio tiempo a comprar flores —dijo en tono de disculpa.
—Oh, no pasa nada. No esperaba... bueno, ¿no queréis sentaros? —respondió Juliette, sintiéndose bastante abrumada por la repentina aparición del desconocido, el desconocido que ya no era un desconocido...
Los cuatro se sentaron, y Juliette observó cómo Emily y Gregory solo tenían ojos el uno para el otro. Se sintió un poco incómoda, sin saber qué decir, hasta que Alexander carraspeó.
—Me preguntaba... quizás los cuatro podríamos dar un paseo por el parque —propuso.
Juliette se sintió aliviada. Era una buena idea, aunque solo fuera para evitar que Emily y Gregory se perdieran en los ojos del otro.
—Sí, magnífico. Es muy buena idea —dijo Juliette, poniéndose de pie y carraspeando.
Emily levantó la vista sorprendida, aunque Gregory seguía acaparando su atención. Él también estaba embelesado.
—Sí... qué agradable —dijo, con la mirada aún fija en Gregory.
Alexander tomó la iniciativa. Los cuatro viajaron en el carruaje del marqués hasta Hyde Park, donde pasearon en grupo por una larga avenida arbolada, cruzándose con otras parejas que también paseaban. Emily y Gregory iban del brazo, y pronto se adelantaron, dejando a Juliette y Alexander rezagados.
—No ha hablado de otra cosa desde anoche —comentó Alexander, y Juliette sonrió.
—Hacen una pareja encantadora. Es mi mejor amiga, además de mi prima —dijo Juliette mientras caminaba junto a Alexander, preguntándose si él le ofrecería el brazo.
Resultaba extraño conversar así, ahora que por fin se conocían después de tanto tiempo.
Juliette se había preguntado a menudo por aquel «desconocido», pero ahora lo conocía.
El aire de misterio había desaparecido. Era agradable, encantador incluso, y sin embargo Juliette no podía dejar de pensar en lo que no debía.
Pensaba en Nicholas, y hasta se sorprendió comparando a los dos hombres, algo que sabía que era completamente injusto.
—Me alegro de que por fin nos hayamos presentado como es debido. Fue una tontería seguir siendo desconocidos, pero... bueno, ya se sabe cómo son las malas lenguas —dijo Alexander, y Juliette asintió.
Era cierto, y ella había evitado deliberadamente la posibilidad de una presentación precisamente por eso.
Si los veían juntos ahora, Juliette sabía lo que pasaría.
La gente haría suposiciones, y a pesar de la inocencia de su compañía —al fin y al cabo, solo hacían de carabinas de Emily y Gregory—, Juliette no tenía ninguna duda de los rumores que correrían.
—Así es. Intentaba evitar que me presentaran a ningún hombre —respondió Juliette.
Él la miró con curiosidad y sonrió.
—¿De verdad? ¿Y eso por qué? ¿No desean todas las señoritas que les presenten caballeros? —preguntó, y Juliette se rio.
—Depende del caballero en cuestión —respondió ella.
Alexander se sonrojó, y continuaron su paseo siguiendo a Emily y Gregory, que ya habían llegado al final de la avenida arbolada y estaban a punto de tomar un sendero junto al estanque de botes.
Pero al llegar a la esquina donde el camino se bifurcaba, apareció otra pareja: una pareja conocida. Eran Nicholas y Lavinia, y Juliette supo que no podría evitar hablar con ellos, por mucho que lo deseara.
—¿De paseo? Es un día precioso para ello —dijo Nicholas, saludando a las dos parejas con un gesto de cabeza y una sonrisa.
Lavinia les dedicó una sonrisa radiante, y Juliette forzó una sonrisa, sin saber qué decir, mientras Alexander hablaba por todos.
—¿Cómo íbamos a quedarnos dentro en un día así? —dijo, y Nicholas asintió.
—Desde luego. Hace demasiado buen día para encerrarse en salones sofocantes o bibliotecas. Debo confesar que echo de menos el aire del continente, pero... bueno, supongo que Hyde Park es un sustituto aceptable —respondió.
Intercambiaron más cortesías antes de separarse, y cuando Emily y Gregory siguieron caminando del brazo, Juliette volvió la vista hacia Nicholas y Lavinia y suspiró. Alexander debió de notarlo, porque la miró con expresión intrigada.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
Juliette bien podría haberlo negado, diciéndole que no pasaba nada y que se equivocaba.
Pero había mantenido sus sentimientos por Nicholas reprimidos durante tanto tiempo que sabía que necesitaba hablar con alguien de ellos.
En el invernadero, había tenido la sensación de que podía hablar con Alexander de cualquier cosa y él lo entendería.
Había surgido entre ellos una sensación de intimidad, a pesar de ser completos desconocidos. Era un sentimiento extraño, pero que volvía a experimentar ahora: como si pudiera confiar en él, aunque apenas lo conociera.
—Es solo que... bueno, creo que hay algo que no va bien entre ellos. No sabría decir qué es exactamente. Pero algo no encaja —dijo Juliette.
Pasara lo que pasara, ella se preocupaba por Nicholas, y la idea de que cometiera un error en el matrimonio le resultaba sencillamente terrible. Juliette no sabía qué estaba mal, pero algo no le cuadraba, aunque ahora temía que Alexander la tomara por tonta.
—Desde luego es curioso: regresar de Europa con una novia inglesa. Uno se pregunta qué hacía ella allí, sin acompañante. No me corresponde especular, pero... bueno, no sé. Lo que sí sé es que te preocupas por él, ¿verdad? Se te nota en los ojos —dijo Alexander, y Juliette se sonrojó.
No quería ofenderlo, ni que pensara que no tenía ningún interés en él. Pero Alexander tenía razón. Sí se preocupaba por Nicholas, y la idea de que cometiera un error terrible la aterraba, aunque no le correspondía opinar al respecto.
—Sí, me preocupo... fuimos amigos de la infancia, y... bueno, solo quiero que no sufra, nada más —dijo Juliette, y Alexander sonrió.
—Eres una persona considerada, lady Juliette. Se nota. Pero... tienes que dejarle cometer sus propios errores. ¿O acaso estás enamorada de él? —preguntó Alexander.
Al oír aquello, Juliette contuvo el aliento. Era una pregunta extraordinaria, y difícilmente apropiada, aunque el rubor que le subió a las mejillas la respondió por ella.
—Yo... bueno, quizás lo estuve, sí. Pero.
.. ya no. Quiero decir... él se marchó al continente —respondió, y entonces le explicó algo del dolor que había sentido ante la decisión de Nicholas, aunque sus palabras le parecieron lamentablemente insuficientes para expresar el cúmulo de sentimientos que había experimentado en los meses y años transcurridos.
Era difícil explicar lo que aquello le había hecho sentir, aunque Juliette sabía que cargaría con las consecuencias de esos sentimientos durante mucho tiempo. No podía deshacerse sin más de lo que sentía por Nicholas.
Permanecerían, aunque sabía que ya nunca podría hacer nada al respecto. La idea de que Nicholas descubriera lo que sentía la aterraba, pero algo en Alexander le decía que podía confiar en él, aunque no tuviera motivos reales para hacerlo.
—Has sufrido mucho por lo que sientes —dijo Alexander cuando Juliette terminó de explicarse.
Ella se sonrojó y asintió, pues era la verdad.
—Sí... bueno, supongo... debes de pensar que soy una tonta —dijo, pero para su sorpresa él negó con la cabeza y sonrió.
—En absoluto. Es completamente natural sentirse... desolada. No sé si tus temores tienen algún fundamento, pero... bueno, quizás veas algo que a los demás se les escapa —dijo.
Habían dado la vuelta completa al estanque de botes, y Gregory y Emily los esperaban en el desvío hacia la avenida arbolada.
Juliette habría seguido hablando con Alexander encantada, pero no quería mantener una conversación tan personal delante de los demás, así que se vieron obligados a interrumpirla para despedirse con las cortesías de rigor.
—No puedo creer que hayamos caminado tanto rato. ¿No ha sido maravilloso? —dijo Emily, sonriéndole a Juliette, quien asintió.
Había disfrutado de su conversación con Alexander, aunque no había sido más que un desahogo de lo que sentía por Nicholas.
Se sentía mejor después de aquello, contenta de haber encontrado las palabras para expresar lo que sentía, aunque no hubiera surgido ninguna solución.
Alexander le sonrió, y ella le correspondió con un gesto de cabeza, tomándole la mano un breve instante.
—Y prométeme que me acompañarás a la ópera, Emily —dijo Gregory, y Emily asintió.
—Lo haré, sí. Podríamos ir todos —dijo, y con esa promesa, se despidieron.
Mientras Juliette y Emily regresaban por el parque, Emily no podía hablar de otra cosa que de Gregory. Habría resultado empalagoso si Juliette no hubiera tenido la mente tan ocupada con Alexander.
Él la había escuchado, escuchado de verdad, igual que en el invernadero. Había sido un cambio agradable respecto a otros hombres, incluso respecto a Nicholas, y Juliette no tenía la menor duda de que se sentía mejor tras haberse desahogado de aquella manera.
—Tú y Gregory os estáis llevando muy bien, ¿verdad? —dijo Juliette mientras caminaban a casa desde el parque. Habían preferido ir a pie en lugar de aceptar que Alexander las llevara en su carruaje.
Emily sonrió.
—Me gusta. Es... diferente a otros hombres.
—Eso mismo pensaba yo siempre de Nicholas —respondió Juliette.
—Pero resultó ser igual que los demás, ¿no? Y tú y Alexander os estabais llevando bien, ¿verdad? Debisteis de hablar más de una hora —replicó Emily.
Juliette se sonrojó. No le gustaba admitir que había pasado la mayor parte de ese tiempo hablando de Nicholas, y ahora solo podía suponer que Alexander la consideraba terriblemente tonta.
Le avergonzaba pensarlo, pues sabía que había tantas otras cosas de las que podría haber hablado, en lugar de un hombre que jamás correspondería a sus sentimientos.
—Sí, hablamos... es... muy amable —dijo, y Emily arqueó las cejas.
—¿Eso es todo? ¿No te gusta?
Juliette había pasado tanto tiempo convenciéndose de que solo tenía ojos para Nicholas —con sus pensamientos completamente centrados en él, incluso cuando otros hombres habían pasado por su vida— que la idea de permitirse pensar en otros hombres, incluso ahora, le parecía una traición.
—Yo... bueno, sí, me gusta. Es muy agradable, ¿no? —dijo, y su prima resopló.
—Oh, Juliette. Olvídate de Nicholas y disfruta. Va a casarse con Lavinia te guste o no, así que más te vale pasarlo bien mientras tanto. ¿No crees?
Juliette asintió, y en los días siguientes pensó mucho en las palabras de su prima, consciente de que tenía razón.