Capítulo 4
—¿Dónde has estado? —susurró Emily cuando Juliette se acercó a ella, junto al borde del salón de baile.
—Estaba en el tocador —respondió Juliette, y Emily enarcó las cejas.
—¿Durante casi dos horas? Tu madre te ha estado buscando por todas partes. Tenía al pobre hombre atado en corto. Ya se ha ido, pero ella está que echa humo —dijo Emily, y Juliette sonrió.
—Bueno... mereció la pena —dijo.
Pero antes de que Emily pudiera hacer más preguntas, la madre de Juliette apareció a su lado, fulminando a Juliette con la mirada, justo cuando se apagaban las últimas notas del vals final.
—Juliette, te he estado buscando por todas partes. ¿Dónde has estado? Me has dejado en ridículo. Tuve que hablar con lord Faulkener durante una hora, inventando excusas por ti —dijo, pero Juliette se encogió de hombros.
—Yo no te pedí que inventaras excusas por mí, madre. No vine aquí a bailar con nadie —respondió Juliette, y su madre enarcó las cejas.
—Juliette, me desesperas. De verdad. ¿Por qué no puedes ser más como Emily? —exclamó, mirando a Emily, que se sonrojó.
Juliette suspiró. Su prima no había tenido una vida fácil.
Su madre, la hermana de la madre de Juliette, había muerto cuando Emily era joven, y su padre, delicado de salud, estaba confinado en casa al cuidado de una enfermera.
Emily había vivido con Juliette como una hermana durante los últimos cinco años, y las dos se llevaban bien. Pero en cuanto a ser como su prima...
—Emily no está... esperando, madre —dijo Juliette, y su madre levantó las manos al cielo.
—¿Cuántas veces tengo que decírtelo, Juliette? No va a volver. Al menos, no pronto. Quítate esas ideas de la cabeza —dijo, negando con la cabeza.
Pero Juliette no podía quitarse esos pensamientos de la cabeza.
Estaba esperando a Nicholas, y mientras lo hiciera, ningún otro hombre podía compararse.
Pero la velada que había pasado con el desconocido había sido un bálsamo.
Juliette había disfrutado de la conversación, aunque sabía que sería un escándalo revelarlo, incluso a Emily.
Se preguntó si volvería a ver al desconocido, y recorrió el salón de baile con la mirada en busca de alguna señal de él entre la luz parpadeante de las velas. Pero se había ido, y era como si todo hubiera sido un sueño: agradable, sí, pero un sueño al fin y al cabo.
—Pero no puedo quitármelos de la cabeza, madre. No puedo quitár melo a él de la cabeza —respondió Juliette, aunque cuanto más esperaba a Nicholas, más temía que su madre tuviera razón...
***
—¿Dónde estuviste realmente, Juliette? —preguntó Emily mientras las dos se preparaban para acostarse esa noche.
Juliette se sonrojó. Había pasado el trayecto en carruaje soportando las continuas reprimendas de su madre por su desaparición, pero el recuerdo de la conversación había sido tan agradable que había borrado las palabras de su madre, y el rostro del desconocido seguía ocupando sus pensamientos.
—Fui al invernadero —respondió Juliette, pues no había nada de malo en decir la verdad sobre eso.
—Y te quedaste allí sentada, sin más —insistió Emily.
—Sí... es un lugar muy agradable para estar sentada sin hacer nada —respondió Juliette.
—¿Y no fue nadie a hacerte compañía? ¿Nadie habló contigo? —preguntó Emily, enarcando las cejas, y Juliette negó con la cabeza.
—No, no vino nadie —dijo, y su prima sonrió.
—Es que estuve hablando con un hombre; bueno, él vino a hablar conmigo. Bailamos, y me dijo que su amigo había desaparecido —dijo, y Juliette se encogió de hombros.
—Seguro que fue solo una coincidencia —dijo, levantándose del tocador para meterse en la cama.
Estaba cansada, pero su mente seguía llena de pensamientos sobre la conversación que había mantenido con el desconocido. Había sido tan liberadora. Así era como imaginaba las conversaciones con Nicholas: la libertad de decir lo que quisiera, de que la escucharan...
—Juliette, sabes que tu madre tiene razón, ¿verdad? Sobre Nicholas, me refiero —dijo Emily.
A Juliette se le cayó el alma a los pies. No quería pensar en ello, o más bien, no quería pensar de forma distinta a como lo hacía: que Nicholas pronto volvería y todo sería como soñaba.
— No tiene razón, Emily. Y pensaba que estarías de mi parte en esto —respondió Juliette.
Emily la abrazó y la besó en la mejilla.
—Lo estoy. Sabes que lo estoy. Pero también soy mucho menos romántica y mucho más práctica que tú —respondió.
Juliette sonrió. En eso, su prima tenía razón.
Juliette estaba convencida de que Nicholas volvería, y cuando lo hiciera, vendría de inmediato a pedirle que se casara con él.
Vivirían felices para siempre, como en un cuento de hadas.
Eso era lo que le gustaba imaginar, aunque sabía que era una tontería hacerlo.
La vida real no era así. Pero a menudo era mejor refugiarse en un sueño que enfrentarse a la verdad, y por eso Juliette seguiría creyendo que Nicholas volvería pronto.
—Pero no puedo renunciar a la esperanza —dijo Juliette, y Emily sonrió y le dio una palmadita en la mano.
—No tienes por qué. Pero quizás sea hora de permitirte imaginar la posibilidad de algo distinto, con otra persona.
De abrirte a la posibilidad de enamorarte de alguien más.
Además, ¿cómo sabes que Nicholas no lo ha hecho?
Buenas noches, Juliette —dijo Emily, y cogiendo su vela, salió del dormitorio de Juliette.
Estas últimas palabras hicieron que Juliette cerrara los ojos y respirara hondo. La sola idea de que Nicholas se enamorara de otra la llenaba de pavor. Era imposible... ¿verdad?
—No, sé que no lo haría — se dijo, mientras se metía en la cama y se arropaba con las mantas.
Pero mientras se quedaba dormida, las palabras de su prima cobraban visos de realidad, y aunque podía resistirse a sus propios sentimientos respecto a otros hombres, no tenía ningún control sobre los de Nicholas.
***
En las semanas siguientes, Juliette se descubrió pensando a menudo en el desconocido que había conocido en el invernadero durante el baile de Lady Rankin.
Evocaba su conversación y lo que había sentido: la libertad de conversar con un hombre que la había tratado como a una igual.
Aún no sabía su nombre ni de dónde procedía.
En los bailes y cenas a los que asistía con su madre y su prima, Juliette buscaba vagamente al desconocido, con la esperanza de encontrárselo de nuevo por casualidad. No sabía por qué se sentía así, pero la embargaba una curiosidad y el deseo de volver a experimentar aquella sensación de libertad.
—¿Por qué no paras de mirar a todas partes, Juliette? ¿Esperas a alguien? —preguntó su madre una noche, durante una cena particularmente aburrida organizada por una de sus amigas, cuando Juliette se había distraído al ver a un hombre que creyó que podría ser el desconocido.
—Yo... no, no espero a nadie. Me pareció ver... bueno, da igual —dijo Juliette, pues cuando el hombre se había girado, se había dado cuenta de que no era el desconocido del invernadero.
Su madre chasqueó la lengua.
—¿Esperas ver a... Nicholas? —preguntó.
Juliette negó con la cabeza. Siempre esperaba ver a Nicholas, siempre estaba preparada para su regreso.
Cada mañana, al despertar, se preguntaba si ese sería el día en que él regresara o enviara noticias.
Cada vez que llegaba una carta, imaginaba que podría ser para ella, pero su ilusión siempre acababa en decepción.
En definitiva, Juliette vivía en un estado de expectación permanente, con la triste y creciente certeza de que quizás Nicholas nunca volvería.
—No, madre —respondió Juliette.
—Temo por ti, Juliette. Me preocupa que acabes tus días como una vieja solterona, lamentando no haber hecho nada por encontrar marido. ¿No quieres tener hijos? ¿Una familia feliz? —preguntó su madre, negando con la cabeza.
Juliette sí quería esas cosas, pero no tenía intención de forzar el asunto ni de anteponer el matrimonio a su propia felicidad.
¿Para qué tener hijos con alguien a quien no podía amar?
Le parecía un error, así que se limitó a encogerse de hombros y desestimar el comentario de su madre sin responder a su pregunta.
—Estoy segura de que no será así, madre. Es solo que... aún no he encontrado al hombre adecuado —respondió, y su madre suspiró y negó con la cabeza.
—Entonces solo me queda esperar que lo encuentres pronto, Juliette, por el bien de todos —replicó.
Pasaron los días y las semanas, los meses se transformaron en un año, llegó una nueva temporada, y seguía sin haber noticias. Juliette había dejado de preguntarle a Henrietta por su hermano, pues parecía que este había desaparecido de la faz de la tierra.
—Estará demasiado ocupado divirtiéndose —decía Henrietta cada vez que se sacaba con cautela el tema del paradero de Nicholas.
«Sí, divirtiéndose sin pensar en nadie más» , pensaba Juliette, pues un pensamiento terrible se le había metido en la cabeza y la despertaba sobresaltada en mitad de la noche.
Si Nicholas no se ponía en contacto con ella —y seguramente había tenido alguna oportunidad, al menos—, ¿significaba eso que no sentía nada por ella?
Era un pensamiento terrible, uno que había intentado desechar, diciéndose que no podía ser, que seguramente no podía ser.
Pero la semilla estaba plantada y comenzó a crecer; sus temores aumentaban día a día, hasta que acabó convenciéndose de que así era. Nicholas no iba a volver.
No la amaba. Ni siquiera le importaba lo suficiente como para escribirle. Tenía el corazón destrozado, y Juliette cayó en una profunda desesperación. Pero todo cambió una tarde, cuando menos lo esperaba: con la llegada de un visitante a quien no había visto en mucho tiempo.