Capítulo 3
La inesperada aparición del desconocido había sobresaltado a Juliette. Se había inclinado para oler una de las flores cuando un ruido a sus espaldas la hizo dar un respingo. Al volverse, descubrió a un hombre —uno que le resultaba vagamente familiar del baile de esa noche— que la observaba de pie.
Juliette había esperado pasar la velada a solas, pero como aquella no era su casa y el hombre conocía el lugar a la perfección, habría sido descortés echarlo.
Así que ahora se encontraba sentada frente a él bajo el techo de cristal del invernadero, preguntándose qué lo habría llevado a abandonar las intrigas del salón de baile.
—¿Por qué querría un hombre alejarse de la animación de un baile? —preguntó Juliette, y el hombre sonrió.
—Porque no soporto la atención, todas esas miradas clavadas en mí. Jovencitas tontas que se ríen detrás de sus abanicos, y sus madres, igual de ridículas, que las empujan hacia delante —dijo.
Juliette sonrió, pensando en su propia madre, que habría hecho exactamente lo mismo.
—Sí, ya veo... —respondió, al caer en la cuenta de que su madre no aprobaría que se encontrara a solas en el invernadero con un desconocido, sin carabina.
—¿Y qué hay de usted? ¿Acaso no están todas las jóvenes atractivas interesadas en el matrimonio? —preguntó él, y Juliette se sonrojó.
No se consideraba particularmente atractiva, aunque era amable por su parte decirlo.
—¿Cómo sabe que no estoy ya casada? —preguntó ella, y el desconocido se rio.
—Bueno... no lleva anillo en el dedo. Aunque sé que no todas las mujeres lo llevan —respondió él, y Juliette se rio.
—Entonces podría estarlo, aunque quizás no —respondió ella, enarcando las cejas.
Era un hombre atractivo, de cabello rubio oscuro y ojos de un azul intenso. La luz dorada del atardecer resaltaba sus apuestos rasgos: una mandíbula firme y patillas bien definidas. Era... encantador, incluso coqueto...
—Entonces no insistiré, y si prefiere que me marche, solo tiene que decirlo —dijo él, pero Juliette negó con la cabeza.
Él también había buscado refugio en el invernadero, y no había nada de malo en que lo hicieran juntos, puesto que ambos compartían el deseo de evitar que los emparejaran con otro.
Juliette no tenía intención de bailar con ninguno de los candidatos elegidos por su madre, y parecía que el desconocido sentía lo mismo.
Le intrigaba aquel hombre, y se preguntaba por qué tantas mujeres estarían interesadas en casarse con él.
—No, por favor... no lo enviaré de vuelta allí, y menos por mi causa.
Yo... bueno, mi madre quería que bailara con cierto caballero, pero me negué.
Luego se enfadará conmigo, pero merece la pena pasar la velada aquí.
¿No es preciosa la luz? —dijo Juliette, alzando la vista hacia el techo del invernadero, donde la luz del sol poniente se filtraba a través del dosel de enredaderas y cítricos, como si fuego líquido se derramara a su alrededor.
El desconocido asintió.
—Siempre me ha encantado venir aquí. Es... precioso —dijo, y Juliette hizo un gesto de asentimiento.
—¿Conoce bien la casa, entonces? —preguntó ella.
—Soy el ahijado de Lady Rankin —respondió él.
Juliette aún no sabía quién era él; su nombre no le venía a la memoria, y se sentía algo avergonzada por ello, temiendo que él diera por sentado que lo conocía.
—Ah, sí. Mi madre y Lady Rankin son amigas. He venido con ella y con mi prima Emily —dijo Juliette.
El hombre asintió y sonrió.
—Quizás... bueno... quizás sería conveniente que no nos reveláramos nuestros nombres.
Si vamos a pasar el resto de la velada aquí, refugiándonos de la tormenta del salón de baile, tal vez sea mejor que no sepamos quién es el otro, por discreción.
Estoy seguro de que no necesito explicarle cómo es la alta sociedad.
Me horrorizaría que su reputación se viera comprometida por mi causa —dijo.
Juliette asintió. Tenía razón. Si su madre supiera que había pasado la velada a solas en compañía de un hombre, no le haría ninguna gracia.
Ese tipo de noticias tenían la desagradable costumbre de crecer y convertirse en escándalo donde no lo había.
Entre los conocidos de Juliette había quienes se deleitarían manchando su nombre, y ella no tenía intención de darles esa satisfacción.
—Sí, eso sería... prudente. Y puede pensar lo que guste sobre si estoy casada o no —respondió Juliette.
El desconocido se rio.
—Entonces asumiré que es usted la condesa de Rutland y, a pesar de su evidente juventud, le asignaré cinco, no, seis hijos, todos sanos y que crecen a toda prisa —dijo, y Juliette no pudo evitar reírse ante semejante ocurrencia, tan descabellada le parecía.
La sola idea resultaba extraordinaria; la del matrimonio, inconcebible.
—Y yo lo imaginaré a usted... con una esposa hermosa de la que está perdidamente enamorado —respondió Juliette.
El desconocido sonrió y negó con la cabeza.
—Bueno... no me importa admitir que no es verdad. No estoy casado. Soy un soltero empedernido, aunque hay muchas que preferirían que no lo fuera, siempre y cuando fueran ellas con quienes me casara —respondió el hombre.
Había un dejo de pesar en su voz, y Juliette se preguntó si quizás lo habían herido en el pasado, ya fuera por accidente o a propósito.
—Quizás sea mejor que hablemos de otra cosa. Vamos a estar aquí un buen rato, aunque no sé qué haremos cuando se ponga el sol —dijo ella.
La luz se desvanecía, y no tardaría mucho en sumirse el invernadero en la oscuridad. Cuando eso ocurriera, se verían obligados a regresar al salón de baile, aunque Juliette tenía intención de ocultarse entre las sombras el mayor tiempo posible.
—Tiene razón. Cuanto menos sepamos el uno del otro, mejor —respondió él.
Juliette reflexionó un momento, tratando de dar con algo de lo que pudieran hablar sin revelar más sobre sí mismos; no podía preguntar por su familia ni por sus relaciones. Tampoco podía hablar de las suyas. De pronto se le ocurrió una idea, y sonrió.
—¿Sabe mucho sobre las plantas del invernadero? —preguntó ella.
—Un poco, sí, solo lo que me ha contado mi madrina.
Dicen que esta es una de las mejores colecciones de cítricos del mundo.
Rivaliza con Kew y con cualquiera de los palacios reales.
Lord Rankin fue explorador en su día: trajo todos los especímenes él mismo y mandó construir el invernadero según su propio diseño. Es extraordinario, ¿verdad?
—Bastante extraordinario, sí. Reconozco algunas de las frutas, pero no todas —dijo Juliette, contemplando las exóticas piezas que colgaban de las ramas a su alrededor.
Había naranjas y limones, limas de un verde brillante y pomelos de todos los tamaños. Era una vista extraordinaria, y Juliette sentía curiosidad por saber más.
—No conozco todos sus nombres, aunque he probado algunos. De niño, una vez me metí en un lío tremendo por arrancar el último fruto de un limonero especialmente hermoso que Lord Rankin había traído de Sicilia. El árbol murió, y descubrí para mi desgracia la locura de comer limones...
Juliette se rio, imaginándose la cara que habría puesto de niño al morder la pulpa del limón ácido.
—Oh, qué horror —exclamó, frunciendo los labios.
—Sin duda me enseñó una lección: la locura de elegir lo ácido en lugar de lo dulce —respondió él, negando con la cabeza.
Aquel hombre le caía bien a Juliette. No parecía tomarse demasiado en serio y era bastante modesto, un alivio refrescante comparado con los hombres arrogantes que su madre insistía tanto en presentarle.
Se preguntó por qué estaría tan en contra de la idea del matrimonio, pues sin duda tenía encanto y era atractivo.
Quizás él estuviera pensando lo mismo sobre ella, curioso por saber si realmente estaba casada o no.
—¿Y desde entonces siempre elige lo dulce? —preguntó ella.
—Un poco de acidez puede ser agradable. Fíjese en el pomelo, por ejemplo.
No es tan dulce como una naranja, pero tampoco tan ácido como un limón.
Supongo que es un poco como la vida misma: a veces dulce y a veces ácida.
Hay que aceptar ambas cosas —dijo, alzando la vista hacia el pomelo más cercano, cuyos frutos colgaban con peso de las ramas.
—¿Cree que Lady Rankin echaría en falta uno o dos? —preguntó Juliette, pues de pronto le habían entrado ganas de probar uno, y el desconocido sonrió.
—Quizás podríamos compartir uno. Ya estamos haciendo más de lo que deberíamos. Un poco de... travesura no hará daño, ¿verdad? —preguntó, y del bolsillo de su levita sacó una pequeña navaja y se alzó para cortar el fruto más cercano de su rama.
Juliette nunca había probado un pomelo, y observó cómo él cortaba la pulpa mientras el jugo brotaba a borbotones. Tenía un tono verdoso, parecido al de una lima, pero era más grande y con forma casi de pera achatada. El desconocido cortó un trozo y se lo ofreció en la punta de la navaja.
—Está delicioso —exclamó Juliette al darle un mordisco.
—Ni demasiado dulce ni demasiado ácido —respondió el hombre mientras se cortaba un trozo.
Juliette aspiró el dulce aroma perfumado de la pulpa, deseosa de más, y entonces él cortó un gajo entero y se lo puso en las manos, ya pegajosas. Ella le sonrió: compartir aquella travesura era mucho más emocionante que bailar un vals con algún aristócrata anciano.
—Podría comerme una docena —declaró Juliette, y el hombre se echó a reír.
—Entonces sí que nos pillarían. Lord Rankin cuenta sus frutas, seguro. Pero una no hará daño —dijo, y cortó lo que quedaba del pomelo en dos trozos, ofreciéndole a ella el más grande.
Pronto solo quedaron los trozos de piel, y el desconocido los recogió para enterrarlos en un rincón apartado del invernadero. Era el crimen perfecto, aunque dejó a Juliette con ganas de más.
—Ojalá tuviéramos un invernadero —suspiró Juliette, pues su propio jardín era aburrido en comparación, lleno de rosas, la gran pasión de su madre.
—Puede verlos usted misma en Europa, por supuesto. Los limones y las naranjas crecen en abundancia en la península italiana —dijo el hombre, y Juliette suspiró: la península italiana era donde estaba Nicholas, y ahora lo imaginó rodeado de naranjos, saciándose con su jugo y su pulpa.
—Nunca he estado allí. Me gustaría, pero... no creo que vaya nunca —dijo Juliette, negando con la cabeza con tristeza.
Cuando Nicholas anunció su intención de ir a Europa, Juliette se había permitido imaginar que la acompañaría. Casi había esperado que se lo pidiera, aunque sabía que sus padres jamás lo habrían permitido.
Un hombre y una mujer solteros no podían irse juntos de grand tour, a menos que fueran hermanos, por supuesto. Pero Juliette había imaginado una boda apresurada y la aventura de partir juntos hacia tierras lejanas. La realidad había sido muy distinta, y aquella propuesta nunca llegó...
—¿Por qué no? Yo hice mi grand tour hace algunos años: París, Viena, Verona, Venecia, Florencia, Roma. Incluso fui a la península ibérica y conocí Sevilla y algún que otro lugar más. Fue toda una aventura —dijo el hombre.
—Mi... un amigo está ahora en su grand tour —respondió Juliette.
—Y estoy seguro de que lo está disfrutando mucho.
Pero me pregunto si no debería usted volver ya.
Una cosa es que un hombre se escabulla y haga lo que le plazca en un baile, pero otra muy distinta es que lo haga una mujer.
No quiero que se meta en problemas por mi culpa ni que corra el rumor de un escándalo —dijo, y Juliette asintió.
Había disfrutado de la compañía del desconocido: no le había exigido nada ni esperado nada de ella. Habían hablado de cosas agradables, y durante un breve rato, Juliette había olvidado sus problemas, aunque la mención del grand tour le había devuelto el recuerdo de Nicholas.
—No... tiene razón. Pero... gracias —dijo Juliette, poniéndose en pie.
Parecía ridículo no saber su nombre, y sin embargo entendía la lógica de evitarlo para no arriesgarse a un escándalo.
—Gracias por permitirme compartir el santuario del invernadero —dijo él, poniéndose en pie a su vez.
Él hizo una breve reverencia, y Juliette respondió con otra, sonriendo mientras se giraba. Pero al hacerlo, sus faldas se engancharon en una de las ramas del árbol y tropezó. Sin embargo, antes de que cayera al suelo, la mano de él la sujetó, evitándole el golpe, aunque ella dejó escapar un grito.
—Oh, Dios mío —exclamó, mientras él la sostenía entre sus brazos, mirándola desde arriba con una sonrisa, sin apartar los ojos de los suyos.
—¿Estás bien? —preguntó mientras la ayudaba a incorporarse.
Su rápida reacción la había salvado. De haber caído al suelo de baldosas, Juliette podría haberse roto la muñeca o torcido el tobillo con facilidad, y la sola idea de tener que explicar semejante torpeza a su madre era impensable.
—Sí... gracias. No sé qué pasó —dijo ella. No había sido a propósito, aunque ahora que se encontraba entre sus brazos, se dio cuenta de lo fácil que sería malinterpretar la escena como algo escandaloso, pues ningún hombre la había estrechado así jamás, ni siquiera por accidente.
—Mientras estés bien —dijo él, y Juliette asintió, dio un paso atrás y se alisó el vestido.
—Oh, sí, estoy perfectamente, gracias. Ha sido una tontería por mi parte. Pero... ha sido muy agradable hablar contigo —dijo, y él le sonrió.
—Yo también he disfrutado hablando contigo. Pero deberías volver. Yo no tengo a mi madre aquí vigilándome de cerca, y aunque la tuviera, no tendría por qué hacerle caso —dijo, y le guiñó un ojo a modo de despedida.
Juliette se sonrojó. Habría permanecido encantada en compañía del desconocido.
Había sido una conversación deliciosa, una que habría prolongado con gusto si la situación lo hubiera permitido.
No sabía qué hora era, pero las sombras se alargaban y pronto oscurecería.
Dejó atrás el invernadero de naranjos, con su embriagador aroma cítrico, y se apresuró hacia el salón de baile, adonde llegó justo cuando terminaba el último baile.
Se lo había perdido todo, y ahora se preguntaba qué diría su madre al verla regresar. Pero había valido la pena, merecía incluso la ira de su madre, y sonrió al pensar en el secreto que guardaba, el secreto del desconocido en el invernadero de naranjos...