Capítulo 2
—Yo me lo tomaría como un cumplido, Alexander —dijo Gregory Beechwood, mientras otro par de jóvenes damas pasaban apresuradas junto a ellos, riéndose tras sus abanicos y cuchicheando.
—A mí me parece horrible —respondió Alexander Dacre, negando con la cabeza y suspirando.
Estaban de pie en un rincón del salón de baile de Rankin Grange, y a pesar de no haber intentado seducir a nadie, ni siquiera presentarse, Alexander parecía haber captado la atención de toda la sala.
La del sexo bello, al menos. Las jóvenes intentaban atraer su atención, mientras las damas de más edad lo observaban como posible pretendiente para sus hijas, o para ellas mismas en caso de viudez. Se sentía como un animal de concurso en exposición, a la espera del mejor postor.
—Pero no es de extrañar, ¿verdad? Acabas de heredar el título de tu padre. Eres la comidilla de la alta sociedad. ¿Y acaso no es verdad universalmente reconocida que todo hombre en posesión de una buena fortuna necesita una esposa? —preguntó Gregory.
Alexander enarcó las cejas.
—No —respondió, y su amigo se rio.
—Oh, vamos, Alexander. ¿Preferirías no recibir atención alguna?
¿Y por qué no habrías de casarte? Eres un soltero codiciado y podrías elegir a cualquier mujer de las presentes.
Algunas son muy bonitas —dijo Gregory, recorriendo la sala con la mirada hasta detenerse en una joven que conversaba con una mujer mayor y un caballero.
—Toda tuya —dijo Alexander, siguiendo la mirada de su amigo.
Gregory se rio.
—Parece muy agradable, una joven encantadora —dijo, y Alexander dejó escapar un gruñido.
El matrimonio era lo último en lo que pensaba, aunque sabía que tarde o temprano tendría que cumplir con su deber en ese sentido. Pero por ahora estaba satisfecho con su vida tal como era, aunque las nuevas responsabilidades de su herencia le pesaban enormemente.
Había pasado su juventud rehuyendo las responsabilidades, pero ahora, como nuevo marqués de Cavendish, Alexander había heredado obligaciones que antes desconocía.
Le estaba costando acostumbrarse, y no tenía intención de complicar aún más las cosas metiendo a una mujer en su vida.
Se conformaba con algún coqueteo ocasional, aunque esa noche no estaba de humor para ello.
—Entonces, ¿a qué esperas? Ve a presentarte —dijo, y su amigo se rio.
—Quizás más tarde. ¿Vamos a por un poco de ponche? —preguntó Gregory, pero Alexander negó con la cabeza, mirando hacia la mesa de los refrescos, donde varias jóvenes lo observaban entre risitas.
—No... creo que prefiero estar solo un rato. ¿Me disculpas? —respondió Alexander.
Estaba cansado de que lo miraran y cuchichearan a sus espaldas.
Solo había aceptado venir al baile porque Gregory era sobrino de lady Rankin.
No tenía ganas de bailar, o más bien, no quería sacar a bailar a una mujer y no a otra, sabiendo lo fácilmente que podían despertarse los celos.
Así que se escabulló del salón de baile y respiró aliviado al encontrarse solo. Alexander conocía bien la casa.
Él y Gregory habían pasado allí muchos días felices durante la infancia, pues lady Rankin era también la madrina de Alexander. Pero justo cuando estaba a punto de subir a la paz y el refugio de la biblioteca, una voz familiar lo interrumpió.
—No puedes dejarnos aquí para que nos las apañemos solas —dijo su hermana Claire, y Alexander se volvió para encontrarse con sus hermanas gemelas, Claire y Alice, que lo miraban indignadas.
Eran diez años menores que él, en la flor de la juventud.
Criaturas encantadoras. Llevaban vestidos azules a juego y, dado su aspecto idéntico, resultaban indistinguibles para cualquiera que no las conociera.
Pero Alexander siempre sabía diferenciarlas.
Claire tenía un ligero hoyuelo en la nariz, y Alice, el más leve atisbo de un lunar en el escote.
Como Alexander, tenían el cabello rubio oscuro y los ojos de un azul brillante.
Les sonrió, aunque ellas siguieron mirándolo con indignación.
—Por si no os habéis dado cuenta, sois las dos únicas mujeres ahí dentro que no se pasan el rato mirándome con expectación —dijo, y sus hermanas hicieron pucheros al unísono.
—¿Cómo vamos a bailar si tú no estás allí? —preguntó Alice.
—Gregory está ahí, ¿no? Dejad que os acompañe él, tenéis mi permiso —dijo Alexander.
Su madre le había encargado que vigilara a sus hermanas, pero Alexander solo quería estar solo, y desde luego no pensaba volver al salón de baile solo por Claire y Alice.
—Oh, pero... ¿por qué no puedes bailar con nosotras? —dijo Claire, y Alice asintió.
—Por favor, Alexander. ¿No vas a bailar? —preguntó, pero Alexander negó con la cabeza.
—No, no quiero, Alice. Solo quiero estar solo un rato —respondió Alexander, y de nuevo las gemelas hicieron pucheros al unísono.
—Bueno, si ninguna de las dos se casa nunca, seremos... seremos una carga para ti el resto de nuestras vidas, y todo será culpa tuya —dijo Claire, y ambas giraron sobre sus talones y volvieron al salón de baile con paso airado, dejando a Alexander negando con la cabeza y sonriendo.
Quería con locura a sus dos hermanas, pero no tenía intención de quedarse en el salón de baile solo para que encontraran pareja de baile.
Además, Gregory era más que capaz de acompañarlas, y Alexander confiaba plenamente en que su amigo velaría por su honor mientras él buscaba un poco de paz y tranquilidad.
Había tenido intención de ir a la biblioteca, pero en lugar de eso atravesó la casa en dirección al invernadero.
Alexander siempre había sentido fascinación por la colección de cítricos exóticos de lord Rankin, y recordaba que él y Gregory se habían metido en un buen lío una vez por coger el último limón de un árbol que después nunca volvió a dar fruto.
«Me pregunto si habrá naranjas maduras», pensó Alexander, pues solo de imaginar la dulce pulpa y el jugo de la fruta se le hacía la boca agua.
Pero cuando llegó a la puerta que daba al invernadero, donde unos escalones de baldosas descendían hacia la profusión de plantas y árboles que crecían bajo el techo de cristal, se dio cuenta de que no encontraría allí la soledad que anhelaba.
Una mujer con un vestido color melocotón estaba sentada de espaldas a él en el extremo más alejado.
Le resultaba vagamente familiar del baile de esa noche, aunque no sabía su nombre.
«¿No hay ningún lugar en esta casa donde pueda esconderme?», pensó, aunque eso era injusto, y se preguntó si la mujer también habría buscado refugio de la multitud en el invernadero.
Su cabello pelirrojo oscuro le caía por la espalda, y en ese momento se levantó para examinar una planta cercana, dejando ver una figura esbelta. Alexander sonrió: era bonita, al menos de espaldas, y durante unos instantes la observó agacharse a oler una flor y estornudar de inmediato.
—Dios mío —exclamó, y Alexander no pudo evitar reírse.
El sonido la hizo volverse sorprendida, y ahogó un grito al verlo de pie en los escalones que bajaban al invernadero.
—Perdóneme. Lamento haberla asustado. Algunas de estas plantas pueden ser bastante intensas, ¿verdad? Varias de ellas también me hacen estornudar —dijo, acercándose mientras ella se sonrojaba.
—Yo... sí, pueden serlo. Pero el aroma... es como estar en una perfumería. Es una delicia —dijo ella, mientras él señalaba una de las plantas cerca de donde se encontraba.
—Esa es una de mis favoritas: el lirio naranja. Pero siempre me maravilla todo lo que crece aquí. Es como entrar en otro mundo —dijo, y la mujer asintió.
—Por eso estoy aquí... bueno, porque quería alejarme. Del baile, quiero decir —dijo ella, volviendo a su lugar junto a uno de los naranjos.
Alexander asintió. Estaba haciendo lo mismo, aunque no había esperado encontrar a nadie más en el invernadero; confiaba en tenerlo para sí el resto de la velada. Pensaba sentarse allí y... pensar. Alexander tenía mucho en qué pensar, y últimamente apenas había tenido tiempo para hacerlo.
Su herencia había sido una sorpresa: su padre siempre había gozado de buena salud, y heredar el título tan pronto lo había conmocionado.
Ahora era responsable de la propiedad, de su madre y de sus hermanas.
Había pasado de una existencia despreocupada a una en la que el deber era primordial, y el cambio —y las expectativas— no le habían resultado fáciles.
—Yo también. ¿Puedo acompañarla? —preguntó, y la mujer asintió.
Alexander se sentó frente a ella con una sonrisa, pues no había esperado encontrarse con nadie en el invernadero, y mucho menos con una mujer tan bonita que, además, parecía no tener el menor interés en ir tras él, como tantas otras habían hecho.