La apuesta arriesgada del conde Capítulo 22
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Capítulo 22

Patrick estaba nervioso.

Sentado en la biblioteca del duque de Gritsmore, esperaba que este terminara la conversación que estaba teniendo en el despacho con el hombre que había coordinado el ataque de esa noche.

Si todo había salido bien, no tendría nada más de que preocuparse. Si no… era mejor no pensar en ello.

Empezó a dar golpecitos con el pie por la impaciencia. La reunión había comenzado hacía diez minutos, y lo habían dejado deliberadamente afuera porque Gritsmore no quería que identificara a sus contactos.

Patrick no tenía tiempo para sentirse ofendido. No le importaba nada más que terminar con todo ese problema.

Observó a su madre, que estaba recostada en el sillón frente a él.

Parecía relajada, pero Patrick la conocía lo suficiente para saber que también estaba inquieta y, además, molesta por no poder participar en la reunión.

Supuso que no era para menos, cuando era su vida la que había estado en juego desde el inicio.

—¿Alguna vez te he pedido perdón, madre? Parece que no hago más que meterte en problemas —dijo con voz cansada.

—No digas tonterías —resoplo Ivory—. Todos cometemos errores.

—Pero no todos los errores te ponen en peligro de muerte.

Ella se encogió de hombros.

—Lo importante, cariño, es haber aprendido por qué se cometió un error. Lo demás carece de relevancia.

Patrick observó a su madre con una pequeña sonrisa. A veces sentía que no la había valorado lo suficiente.

—¿Eres feliz, madre?

—Claro que lo soy. Creo que te empeñas en pensar que no porque te gusta castigarte con eso, pero Víctor es un buen esposo, e intenta ser un buen padre. A veces sale algo bueno de las desgracias, ¿no lo crees?

Patrick asintió.

—¿Te ha perdonado tu esposa?

—Creo que está en proceso de hacerlo.

—Pienso que es la clase de mujer que necesitas —dijo, pensativa—, no te dejará cometer más tonterías. Cuídala y, en cuanto esto termine, sé feliz. Yo lo soy. No te castigues por siempre por un error que ya rectificaste.

Sí, Patrick suponía que eso era lo que había estado haciendo. No permitirse olvidar era una forma también de no volver a caer en lo mismo.

Su madre le sonrió y él le devolvió la sonrisa.

A lo mejor por fin podría estar en paz.

Gritsmore ocupó ese momento para entrar. Siempre había sido difícil leerle los pensamientos, por lo que Patrick no pudo sacar nada de su mal encarado semblante.

—Será mejor que regrese a casa —le dijo a Patrick sin alterarse—, y cuida bien a tu mujer.

Patrick se tensó.

—¿Qué diablos pasó?

—Logramos hacer la emboscada, acabamos con la mayoría de la banda, pero Johnny escapó. Nadie está seguro hasta que no lo localicemos. Estoy trabajando en ello.

—Me esperan otras semanas de encierro —dijo Ivory con dramatismo—. ¡Qué triste!

Gritsmore le dirigió una mirada fúrica, pero Ivory, fiel a su carácter, se limitó a sonreír.

Patrick no necesitó más explicaciones. Guiado por un mal presentimiento, se levantó del sofá y caminó a la salida.

Durante todo el trayecto, fue incapaz de controlar los nervios que le atenazaban.

No tenía que haber pasado nada, seguramente Becca estaba en su habitación, esperando con impaciencia que él regresara para que le diera los detalles de la misión.

Eran pocas las posibilidades de que Johnny se hubiera logrado infiltrar a su casa sin ayuda, pero lograba quitarse de la cabeza el mal presentimiento.

Cuando llegó a la mansión, esta estaba extrañamente silenciosa.

«Debe de haberle pedido a los criados que se fueran a dormir», se dijo. Subió las escaleras con rapidez, sintiendo que el corazón amenazaba con salírsele del pecho. Intentó convencerse de que no pasaba nada, pero no se tranquilizaría hasta ver a Becca.

Cuando llegó a su habitación, no se molestó en tocar la puerta. Abrió, y la imagen que encontró lo dejó paralizado. La doncella de Becca estaba tirada en una esquina de la habitación, inconsciente. Becca estaba atada en la silla del tocador, su y Johnny apuntaba un arma a su cabeza.

—Estoy bien —le dijo esta.

Se podía decir en su favor que estaba manteniendo bien la calma, pero Patrick no podría tener tanto autocontrol.

Verla en tal estado de vulnerabilidad estaba a punto de desquiciado.

—No lo estará por mucho tiempo si no me colaboras, Middleton.

—Ella no tiene nada que ver en esto, Johnny.

—Es verdad, dijiste que te casaste con ella por su dinero. Sin embargo, algo te debe importar, porque pareces bastante preocupado.

Patrick prefirió guardar silencio. Cualquier paso en falso en ese momento era peligroso para Becca. La observó, estaba tranquila, o lo aparentaba muy bien.

—Te dije que, si yo caía, alguno de los tuyos caería también.

Patrick se maldijo por no haber puesto más seguridad en su propia casa. Había algunos hombres del duque vigilándola, pero al parecer no suficientes.

—Déjala y podrás marcharte en paz.

—Un trato poco conveniente para mí, puesto que los hombres del duque han saqueado mi negocio, se han llevado parte del dinero que me entregaste y me han dejado sin gente de confianza.

Patrick desconocía ese detalle, pero no le extrañaba. No había nada que el duque detestase más que alguien se llevara un dinero que no se había ganado.

—Te puedo dar más dinero. Para eso estás aquí, ¿no?

—Estoy aquí para vengarme. Quiero que veas como te quito algo que quieres.

Acercó el arma a la cabeza de Becca, y Patrick sintió que se le iba el aire. Johnny sonrió. Lo disfrutaba, y mucho.

—Sé que no voy a vivir mucho tiempo —continuó—. Quizás pequé de ambicioso confiándome, pidiéndome más dinero. De verdad creí que tenía control, y el descuido me costó caro. Pero resarciré mi error y al menos me iré con el consuelo de que vengué a mi padre.

Quitó el seguro del arma y apuntó directo a Becca.

—¡No! —gritó Patrick.

Johnny no le prestó atención.

—Vaya que eres idiota.

El comentario vino de Becca, quien fijó sus penetrantes ojos verdes en la pistola que la apuntaba como si esta no fuera más que un juguete. Patrick supuso que cada persona reaccionaba distinto cuando estaba al borde de la muerte, y Becca actuaba como ella misma: siendo impertinente y arriesgada.

—Rechazas la oportunidad de marcharte vivo y con dinero, solo por el placer de cobrar una venganza. Ni siquiera yo me he dejado cegar tanto por el rencor.

—Becca… —dijo Patrick, temiendo que ella empeorase todo.

Pero Rebecca sentía que no tenía nada de perder.

Hasta el momento, se sentía orgullosa de la forma en que había mantenido la calma, a pesar de que no sabía si su doncella seguía viva, y de que su misma vida peligraba bastante.

Había intentado mantenerse en lo posible tranquila, pues sabía que el miedo era lo que alimentaba a personas como él, y ya su esposo estaba evidenciando bastante.

Puesto que el hombre que tenía la pistola no se veía dispuesto a negociar, Becca se dijo que habría que probar otras técnicas.

—Pero no me extraña viniendo de alguien sin honor.

Jonh le dedicó una sonrisa torcida.

—Hablas mucho para estar atada a una silla.

—Y usted es un cobarde —espetó—. Me amenaza porque es la única manera que tiene de sentirse superior, nunca ha ganado nada en su vida. Creía que podía chantajear indefinidamente a un conde, ahora sabe que no, y se dio cuenta que ni siquiera es lo suficientemente listo para eso.

Patrick quería ahorcarla. ¿Qué estaba haciendo esa muchacha inconsciente?

Johnny se inclinó hacia ella, sus ojos brillando con una amenaza peligroso.

—¿Qué pretendes, niña? ¿Hacerme sentir mal? No me conoces ni sabes lo que he logrado.

—Soy de las que opina que si no se logra nada de forma honesta, en realidad no se logra nada. Cualquiera puede hacer dinero engañando y chantajeando, y más si otros hacen el trabajo sucioApuesto a que ni siquiera es capaz de ganar una partida sin hacer trampas, no tiene la inteligencia para eso.

Johnny apretó los labios. Patrick dio un paso hacia ellos, peor Johnny alzó la pistola y lo apuntó.

—Al parecer te has conseguido una joyita de esposa, Middleton. No puedes decir que no es lista. Me estás intentando provocar, ¿no? ¿Crees que voy a caer?

—Usted lo ve como provocación, yo como una verdad que no quiere aceptar. ¿Ha ganado alguna vez un juego sin trampas? ¿Sabe siquiera lo que es el dinero lícito?

—En los bajos fondos hay otras reglas.

—Supongo que eso es un no. A mí me daría vergüenza enorgullecerme de quitarle dinero a quienes al menos se molestan en pagar impuestos. Seguramente no sabe ni siquiera lo que es esforzarse.

—¡Basta! ¿Por qué no dices claramente lo que pretendes?

—Un juego, una apuesta. Si nosotros ganamos, se marchará y nos dejará en paz. Si usted gana, se habrá ganado el derecho de cobrar su venganza. Ya nos quitó mucho dinero de manera sucia, podría concedernos eso. A menos que no tenga ni un poco de fe en sus habilidades.

Johnny se carcajeó.

—Estoy tentada de dejarla ir solo porque ya tenerla como esposa debe ser un infierno. Pero admito que me hace una propuesta tentadora, no porque necesite demostrar algo, sino por su confianza. ¿Tienes mucha fe en que ganarán? ¿No te dijeron la reputación que tenía tu esposo en el juego?

A Patrick tampoco le parecía una buena idea, y no sabía qué pretendía con ella con todo eso.

—Yo confío en él —dijo, segura.

Una fe muy tonta.

—No tengo ningún mazo aquí —Interrumpió Patrick, sin saber cómo tomarse ese absurda.

La sola mención de jugar hacía que su cuerpo se pusiera en alerta.

Contenía la respiración, las manos amenazaban con temblarle y sudaba.

No, él no podía jugar. Salía mejor que lo hiciera Becca, pero dudaba que él se atreviese a desatarla, pues, por un breve instante, dos personas contra una no le era conveniente.

Johnny metió una mano en su bolsillo y sacó un mazo de cartas.

—Siempre cargo uno a la mano.

—¿Y cómo sé que no está truqueado?

—Revísalo por ti mismo.

Le tiró el mazó y Patrick lo atrapó en el aire. Mientras sacaba las cartas y veía los familiares dibujos, su corazón se aceleró. ¿Podía hacer eso?

No estaba seguro.

Observó a Becca, quien asintió, confiada.