Capítulo 21
Los días siguientes fueron extraños. Como no era una dama acostumbrada a perdonar, era raro haber aceptado convivir con alguien que le había hecho daño, pero no extraño porque estuviese incómoda por ello, sino por lo contrario.
Porque no sentía que se traicionaba a sí misma al darle una oportunidad.
Él no cambió con ella. Seguía ofreciéndole un trago diferente cada noche, la invitaba a salir por allí y si Becca no quería asistir a alguna de las veladas a la que habían sido invitados, se quedaba con ella esa noche, y hablaban en la biblioteca sobre cualquier cosa.
Eran conversaciones agradables, donde compartían una intimidad distinta a la que vivían en el dormitorio. Becca recordaba por qué le había caído bien en un principio.
—¿Y si te volvieras mi administradora? —le dijo una noche en particular en la que se habían negado a asistir a una velada.
Ella, que estaba sentada frente a la chimenea viendo como el licor que tenía en la mano variaba de color con la luz, le dirigió una mirada burlona.
—No creo que los arrendatarios lleguen a respetarme lo suficiente para aceptar eso —respondió Becca—, desventajas de ser mujer.
—Entonces, yo cobró las rentas y tu llevas las cuentas.
Becca se dio cuenta de que estaba hablándole en serio.
Hacía uno días Patrick habían mandando a un hombre de confianza a la propiedad de campo, para buscar uno de los libros de cuentas.
Este había hecho ciertas indagaciones con el servicio, y después de comparar la información recopilada con la escrita en los libros, se dio cuenta de que Becca tenía razón, el administrador le estaba robando.
Se sintió como un idiota, pero, para su sorpresa, Becca le mostró su apoyo diciendo:
—Mi hermano dice que le pasa al menos a la mitad de los nobles. A muchos les aburre revisar su libro de cuentas, y a los que no, les es difícil cotejar gasto por gasto porque tienen cosas más importantes que hacer, por eso pocas veces pueden ser descubiertos.
Eso lo hizo sentir un poco mejor, pero no demasiado.
Sentía que era otro aspecto de su vida en el que había fallado.
Había despedido al administrador sin referencias y se había iniciado en la búsqueda de otro, pero Patrick ya no sentía demasiada confianza.
Entonces, recordó que la joven que tenía como esposa sacaba cuentas en la madrugada y sin ni siquiera usa papel.
¿Por qué no?
Se dio cuenta de que su propuesta la había tomado desprevenida porque tardó en responder. Se podría decir que era un logro dejar a Becca sin palabras por la sorpresa. Eso solo había sucedido cuando le arruinó su venganza sin querer.
—Podríamos ahorrarnos doscientas cincuenta libras al año. Te diría que podrías gastártelas en vestido, pero no estoy segura de que ese sea el soborno adecuado en tu caso. ¿Podrías gastártelo en libros, quizás?
Ella parpadeó, forzándose a salir de la sorpresa.
—¿Por qué?
Él se encogió de hombros.
—¿No temías que tu vida fuera aburrida? ¿No deseaba un objetivo? Podría ser un desafío interesante.
Sin duda Aunque su hermano de vez en cuando la dejaba husmear en los números, Becca nunca se había dedicado de pleno a ello.
Que él se lo ofreciera le generaba sentimientos contradictorios.
Por un lado, le daba algo de miedo, pero por otro, le emocionaba, y le gustaba que tuviera ese nivel de confianza en ella.
A cualquier hombre le hubiera parecido ridículo que una mujer se hiciese cargo de las finanzas.
Maldito fuera por ser tan diferente.
—Lo voy a pensar.
Pero terminaría diciendo que sí, y ambos lo sabían, porque quizás era lo que su vida necesitaba para dejar de ser tan monótona.
Becca se terminó el contenido de su copa, y se observaron sin decir palabra. También habían aprendido a disfrutar de los silencios sin que estos se tornaran incómodos.
—¿Cómo va tu asunto? —preguntó Becca mientras consideraba la opción de servirse otra cosa.
Había tratado en lo posible de no inmiscuirse, no porque no le interesase el tema, sino porque saber que esa fue la razón de su matrimonio aún le dejaba un sabor un tanto amargo en la boca, pero en momentos como esos le ganaba la curiosidad.
Además, sentía que ella más que nadie tenía derecho a esa información.
—Hace poco llegó otra petición de dinero. No dudo que se está divirtiendo, pero también se está confiando. Debería entregar el dinero mañana, pero mientras el me espera, el infiltrado de Gritsmore hará su trabajo. El problema debería quedar resuelto.
Becca se estremeció solo de imaginar la solución, pero era consciente de que no había opciones más amables.
Sin saberlo, sintió que le quitaban un peso de encima. A lo mejor, si ese problema desaparecía, también lo harían los resquicios del rencor.
—Es curioso —comentó él después de un rato—, cómo errores del pasado pueden volver a traer consecuencias años después. ¿Por qué será, Becca? ¿Consideras que dios cree que no aprendiste bien la lección en ese entonces, y decide volver a enseñártela?
Becca sopesó la respuesta mientras decidía que sí tomaría otro trago. Esa era la clase de conversaciones que le gustaba tener con él, las que no se conformaban con lo simple, no con algo más.
—Yo creo que dios no repite lecciones a menos que se haya vuelto a incurrir en el error —dijo después de unos segundos—, lo cual no es tu caso.
No, yo pienso que intentaba enseñarte algo nuevo, pero se valió de hechos pasados para no tener que crear nuevas circunstancias.
A veces a los escritores se les acaban las ideas, o utilizan recursos de otros libros. Quizás a Dios le pase lo mismo.
Patrick se rio.
—Entonces, ¿se supone que esta era una nueva lección?
—Sí, intentaba medir qué clase de persona eres en este instante de acuerdo a la decisión que tomaras —lo provocó.
—Si es así, reprobé la prueba.
—Eso no tiene que ser malo, pues ¿no es así como se aprenden las lecciones?
Si todos tomáramos siempre las mejores decisiones y no nos equivocáramos, no tendríamos nada que aprender, y Dios no tendría que andar por allí tomándose tantas molestias para hacernos pasar un momento desagradable.
¿Ha aprendido la lección, lord Middleton?
La pregunta pretendía sonar como broma, pero Patrick sabía que solo quería rectificar la verdad.
—Sí, Becca. La he aprendido.
—A Dios le agrada saber eso. Yo también he aprendido ciertas cosas. Creo que dejaré de tomar venganza por mano propia, todo se puede complicar demasiado.
Él se inclinó hacia ella.
—¿Te arrepientes de haber iniciado ese plan?
—Es una pregunta difícil. No puedo decir que no aprendí la lección, pero como las consecuencias no han sido tan catastróficas como me imaginé, entonces ya no me pesa tanto mi forma de actuar como me pesaba hacía un mes.
—Le dirigió una mirada pícara—, pero es lo que pienso hoy.
A lo mejor mañana decido que sí me arrepiento y le prometo a Dios que no lo volveré a hacer a cambio de que me saque del problema.
—Entonces, debería asegurarme de que no sea necesario.
Le tendió una mano y Becca la aceptó con una sonrisa tímida.
No, quizás no fuera necesario.
Patrick le había dicho que sería conveniente que, los días después de ejecutar el plan, no saliera demasiado hasta confirmar que el problema había sido resuelto, así que Becca optó por visitar a su hermana antes de que se viera forzada la reclusión.
Le pareció un poco extraño estar visitando la casa donde vivía Helen.
Hasta el momento, no se había encontrado con ella, tal vez porque Becca había evitado los eventos sociales, y en los pocos a los que había asistido Helen no se encontraba. No le extrañaría que esta también la estuviera evitando, pero la suerte no podía estar siempre de su lado.
Mientras esperaba a su hermana, ella apareció en el salón. Su rostro, de por sí poco agraciado, se arrugó en una mueca de disgusto, y Becca estaba segura de que habría huido si esto no hubiera sido considerado cobarde.
—Rebecca —saludó con frialdad.
Ella había prometido no volver a tomar justicia por cuenta propia, pero tampoco era una santa para resistir la tentación que la vida acababa de servirle en bandeja.
—Puedes llamarme lady Middleton.
Helen apretó los labios.
—Estás disfrutando de esto, ¿verdad?
—Pues es lo único que puedo hacer —respondió con indiferencia.
Había terminado en un problema gigante gracias a esa venganza, lo menos que podía hacer era disfrutarla, aunque las consecuencias de todo ya no le parecieran tan trágicas.
Helen estaba fúrica. De no haber sido educada con severidad, Rebecca sabía que la hubiera abofeteado.
—¿No tienes remordimientos? Me quitaste al hombre que amaba.
—Él ni siquiera era el hombre que amabas, solo tuvo la mala fortuna de interponerse cuando te iba a confesar que había inventado todo. Por otra parte, si tú puedes dormir en paz después de lo que le hiciste a Rose, ¿por qué no podría yo no sentir remordimiento?
—Tu hermana me ha dejado claro que se encuentra muy feliz —siseó.
—Y eso te hace desdichada, porque tu intención es que no lo fuera. Obtuviste lo que te merecías, Helen, y no me pienso sentir mal por ello.
Helen apretó los puños. Si iba a replicar algo, fue interrumpido por el carraspeo de Rose. Helen las miró a las dos como si fueran la causa de sus desgracias.
—Es muy fácil para ustedes —les espetó—.
Son bonitas, de buen linaje y con una dote generosa.
Tenían un hermano que los protegiera cuando murió su padre, y un sobrino que las hubiera amparado si su hermano faltaba.
No saben lo que es tener la presión de querer casarse atormentándote cada noche, sabiendo que cada día que pasa te vuelves menos apetecible en el mercado.
Rose la miró con compasión, pero Becca no se dejó convencer.
—¿Y eso te da derecho a dañar a otros?
—En una guerra no gana el más generoso, sino el listo. No se puede tener piedad con los enemigos.
—Nunca fuimos tus enemigas, Helen —dijo Rose con tono tranquilo.
—¡Las jóvenes como ustedes siempre son enemigas de mujeres como yo!
—exclamó con enfado—. Mientras haya en el mercado una joven bonita, con clase y dinero, todos los caballeros querrán conseguir ese trofeo.
Y mientras, nosotras tendremos que mendigar por un poco de atención.
La única opción que nos queda es esperar que se casen y lograr cazar a alguien antes de que aparezca otra joya.
—Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no las derramó—.
Nunca aspiré demasiado alto. Si no hubiera habido esa confusión, jamás me habría atrevido a acercarme a lord Midletton.
Y tú, Rosemary, podrías haber tenido quien sea, y te fijaste en alguien por debajo de tus posibilidades, el único que podría aceptarme a mí.
Si me preguntas si me arrepiento, no, no lo hago, porque ninguna de ustedes s lo hace de ser las causantes de nuestras desdichas.
Que bien que la vida las haya favorecido, pero no pretendan que me alegre por ello, ni me juzguen por guardarles rencor.
Enderezó los hombros y se fue con toda la dignidad que pudo haber recogido alguien que acababa de desnudar su hermana. Becca no dijo nada, pero Rose sí quedó algo afectada.
—Estoy intentando convencer a Dom de que le devuelva su dote —comentó en voz baja—, pero él es muy rencoroso. Viene de familia, supongo. Sin embargo, creo que lo lograré. Me da un poco de pena.
A Becca también, sobre todo porque veía en ella la amargura de quien se había dejado consumir por los rencores.
¿Así habría terminado ella de haberse dejado cegar por la venganza?
Quería pensar que no. El caso de Helen diferente.
Eran años de desprecio y de sentirse inferior.
No justificaba su accionar, pero hacía difícil que pudiera actuar de otra manera.
—A mí también —confesó Becca.
—¿Te arrepientes de lo que estuviste a punto de hacer porque no salió como esperabas, o de verdad le tienes compasión?
—Soy capaz de sentir compasión, hermana. Y sobre mi matrimonio… bien, de eso quería hablar.
Becca se ruborizó un poco y se odió por ello. Pero a Rosemay le brillaron los ojos.
—Vamos a mi cuarto donde nadie nos escuche. Mandaré a traer galletas.
Huyeron a la habitación como cuando ambas estaban solteras, y solo se tenían una a la otra. Becca le contó de sus conversaciones, y de cómo había optado por darle una oportunidad.
—Una parte de mí siente que me estoy traicionando a mí misma.
—Yo pienso que solo aprendiste que todos comentemos errores, y que a veces algunas personas sí merecen ser perdonadas. Además, por lo que me cuentas, es un hombre que podría entenderte muy bien, hermana.
Becca se encogió de hombros. No quería admitirlo, no aún.
Rose la invitó a cenar y Becca aceptó.
El barón le pareció mucho menos desagradable de lo que recordaba, tal vez porque fruncía menos el ceño y sonreía muy de vez en cuando. Rose actuaba con él como si se sintiera en confianza, y eso le dio a Becca esperanzas de que a veces lo que parecía una desdicha no tenía que ser tal.
Se había hecho muy de noche cuando regresó a casa. Su hermana le ofreció que se quedara a dormir, pero Rebecca rechazó la oferta. Si Patrick no había vuelto todavía, debía estar por hacerlo, y Becca sentía bastante curiosidad por lo que hubiera acontecido esa noche.
Se montó en el carruaje y regresó a casa.
En el vestíbulo, el mayordomo le informó que el señor aún no había regresado.
Becca les dijo que podían irse a dormir, pues sabía que a Patrick no le importaría.
Subió hasta su habitación y tocó la campanilla para que su doncella la ayudara a quitarse el vestido.
Había decidido que esperaría a Patrick en la habitación de él, porque si llegaba demasiado tarde a lo mejor no se aventuraba a la de ella.
Cuando abrieron la puerta, Becca ni siquiera se volteó, asumiendo que se trataba se su doncella, a quien a veces se le olvidaba tocar.
Sin embargo, cuando se giró para pedirle que la ayudara con el vestido, no encontró a joven vivaracha que llevaba dos años trabajando con ella, sino a un hombre que la apuntaba con una pistola.
Pudo decir en su defensa que no se desmayó, pero debió haberse quedado a dormir en casa de su hermana.