La apuesta arriesgada del conde Capítulo 20
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Capítulo 20

Cuando Patrick despertó, estaba solo en la habitación. Aún no había amanecido, por le que la ausencia de Becca era aún más extraña.

«Se arrepintió», pensó con tristeza, aunque no permitió que la idea lo desanimara.

Tal vez se había arrepentido, pero a lo mejor estaba un poco más dispuesta a escucharlo.

Se levantó, salió del cuarto y caminó hasta su habitación.

Había una puerta que comunicaba ambos dormitorios, pero no se atrevió a usarla sin su permiso.

Tocó la puerta. No hubo respuesta. Volvió a tocar. Seguían sin responder.

Se arriesgó a entrar. Ella estaba recostada en la ventana, con la vista fija en el paisaje de fondo. La luna estaba desapareciendo, dando lugar a las luces pálidas del amanecer.

—No sé por qué tocas la puerta si aún así entras sin invitación —comentó ella con desenfado, sin ni siquiera mirarlo.

—Para demostrar que soy un caballero educado.

Ella no respondió, aunque desde donde estaba, atisbó su sonrisa. Se acercó a ella y se ubicó a su lado.

En ningún momento Becca fijó la mirada en él, pero tampoco le pidió que ser marchara, así que Patrick se limitó a observarla.

Se había colocado un camisón que hacía su mayor esfuerzo por ocultar las curvas que él ya había visto.

Tenía las mejillas sonrojadas, y el pelo lacio envuelto en una trenza improvisada que poco hacía por ocultar lo alborotado que estaba.

—¿Cómo estás? —preguntó con dulzura.

Ella lo miró solo por un segundo. Sus mejillas enrojecieron más y decidió que volver a fijar la vista en el paisaje era lo más seguro.

¿Cómo estaba? Becca no podía responder esa pregunta, porque no tenía idea de la respuesta. Sentía muchas cosas. Tenía muchos pensamientos en la cabeza, y no lograba organizar ni uno solo.

—Creo que tu administrador te ha estado robando.

Patrick parpadeó, sorprendido. Ella lo miró de reojo. Sí, era un tema que no tenía ninguna relación con lo que él le había preguntado, pero era seguro.

—¿Y has llegado a esa conclusión porque…?

Porque no había querido pensar en lo que había sucedido entre ellos, y mejor se puso a sacar cuentas.

—Gastar tres mil o tres mil doscientas libras anuales me parece demasiado. ¿Cuánto personal tienes?

Patrick tardó en responder. Tenía algo de sueño aún, y nunca había funcionado rápido recién levantado.

—¿Unos quince?

—Sé más específico.

—El mayordomo, el ama de llaves, el cocinero, tres criadas, un lacayo, el jefe de cuadras, dos jardineros, creo que tres mozos y un guardabosques. Al menos mientras no estoy allá. Se suele contratar a uno o nos criados más cuando paso la temporada en el campo. Y el administrador, por supuesto.

Becca asintió.

—Si eres un patrón justo, el criado de mayor ganará, a lo muchos sesenta libras al año, y los de menor rango, veinte.

No tienes ni quince personas a tu servicio, por lo que esos gastos no deberían superar las setecientas cincuenta libras al año, incluyendo uniforme, comida, etc.

Ahora bien, ¿cuánto le pagas al administrador?

—Doscientas cincuenta libras.

—Van mil libras. En impuestos se gasta en promedio otras quinientas, así que ya vamos por mil quinientas libras.

Te podría creer que el primero año se te fueron las otras mil quinientas libras en reparaciones de la casa que tenías descuidada, pero me es difícil creer que, en general, se gaste más de mil o mil doscientos en reparaciones.

Así que creo que tu administrador se ha estado quedando para él como mínimo, unas trescientas libras al año. Lo que me parece una fortuna.

Patrick la observó, sorprendido.

—A mi hermano una vez le pasó, y desde entonces no contrata administrador —continuó ella—.

No es difícil camuflarlo. Se pone que cada criado gana dos o tres libras más de lo que en realidad gana, se le sube una o dos libras a cada gasto de la casa, y cuando te das cuenta, te han quitado un dineral. Deberías revisar los libros de cuentas.

—Temo que no los tengo aquí.

—Entonces deberías traértelos.

Lo dijo como si fuera lo más evidente del mundo, y Patrick supuso que lo era. Pero jamás había sido un avezado con los números, así que no se había puesto a ver a detalle cada gasto.

—¿Lo revisarías por mí?

Ella se encogió de hombros.

—Quizás sí. No tengo mucho que hacer.

No lo miró en ningún momento, así que el le tomó con suavidad la barbilla e hizo que lo observara.

—Becca.

—¿Qué?

—Por qué has estado sacado cuentas a las cinco de la mañana.

Becca le sostuvo la mirada, pero no encontró la voz para responder con la verdad.

Se encogió de hombros con indiferencia.

—No tenía sueño.

—¿Alguna razón en particular?

Ella se alejó de él y se fue a sentar a la cama. Apoyó los codos sobre la rodilla y acunó la cabeza entre sus manos. Siguió mirando al horizonte.

—Muchas, creo. Estaba pensando en el futuro.

Él dio dos pasos hacia ella, pero optó por mantener cierta distancia para no presionarla.

—¿En qué aspecto en específico?

—En cuál será mi futuro.

—¿Cuál quieres que sea, Becca?

—Ese es el problema, nunca lo he sabido.

Se dejó caer en la cama, esta vez con la mirada fija en el techo. Parecía querer ver a cualquier lado menos a él.

—Siempre pensé que me conformaría con estar soltera, tener cierto grado de libertad, ayudar a mi hermano, consentir a mis sobrinos, y simplemente ser yo.

Sin embargo, aunque siempre supe que era la vida que más se adaptaba a mi forma de ser, también era un poco…

aburrida. No obstante, tampoco podía casarme, porque entonces tendría que organizar fiestas, llevar la casa y sonreír ante todos como si no los odiara, lo cuál me parecía aún más desgastante.

Mi esposo tendría ciertas expectativas que yo no podría cumplir, y cuando no lo hiciera, se decepcionaría, y no habría ni siquiera respeto para sostener el matrimonio.

Por lo tanto, la mejor opción seguía siendo la primera. Al menos hasta que apareciste tú.

Patrick, que estaba dando otro paso hacia ella, se paró en seco. Decidió que lo mejor era no hablar para que ella continuase.

—Yo consideré tu oferta, ¿sabes? En algún momento, sí pensé en casarme contigo, porque me ofrecías algo diferente.

Algo que no era tan horrible como me imaginé el matrimonio y que parecía mejor que la perspectiva de quedarme sola.

Veía en ti alguien con quien hablar de cosas interesantes por las noches, que no intentaría moldear mi conducta para adaptarla a sociedad y que podría ser un buen compañero. Entonces, pasó lo que pasó.

Él se sentó en el borde de la cama y la observó desde arriba. Sentía que alguien le apretaba el corazón, porque nunca había sido tan clara con lo mucho que la había herido.

—Lo siento.

Eran palabras que no servían de mucho, pero lo único que podía decir.

Ella giró la cabeza hacia él.

—Creo que puedo entenderte. Después de conocer al duque, yo tampoco hubiera querido deberle más de lo necesario.

—Suspiró—. Pero me molestando lo que hiciste, no porque no pudiera entenderte, sino porque me sentí muy tonta por confiar en ti.

Tal vez, solo tal vez, si me hubieras hablado con la verdad, yo habría accedido a ayudarte, con todos los riesgos que conllevaría ser tu esposa.

En cambio, sentí que te aprovechaste del aprecio que te tenía para engañarme.

—Becca…

—Juré que me vengaría, y no pude hacerlo, porque te empeñaste fingirte encantador.

—No estaba fingiendo.

—Pero yo necesito creer que estás fingiendo, porque si no es así, entonces no puedo odiarte.

Otro golpe duro. Patrick nunca se había sentido tan canalla.

—Lo…

—No digas más que lo sientes, ya lo sé. Quiero creer que es verdad, que esto puede ser un matrimonio diferente y que tus palabras no fueron solo un engaño.

Deseo pensar que estas semanas no me has mentido solo para que te perdone, pues, ¿qué sentido tendría embaucarme ahorita y cambiar después?

Solo nos traería a la misma situación incómoda de la que intentas salir.

—Así es. No te miento, Becca. Yo no quiero cambiarte porque me gustas tal y como eres.

Ella se incorporó, y, por primera vez, lo miró a los ojos sin titubear.

—Pero no sé si yo me adapte.

—¿A qué te refieres?

—A ser esposa —dijo—, porque invariablemente, habrá responsabilidades, y no sé si pueda cumplirlas. No estoy segura ni siquiera de verme como madre, y tú necesitas un heredero.

—A decir verdad, no había pensado en niños hasta que los mencionaste.

Supuso que nunca había sido su prioridad. No era que le disgustasen los niños, ni mucho menos, pero era tan difícil educarlos que lo mínimo para soportar la carga era sentirse preparado para ello.

—Podemos esperar un tiempo, mientras la idea se concibe mejor —propuso.

Ella lo miró sin entender.

—¿Se puede evitar tenerlos?

—Bueno, habría sido mejor que me dijeras esto antes de anoche, pero si no quedaste hoy embarazada se pueden hacer ciertas cosas para… reducir las posibilidades. ¿No te hablaron de ello?

—No dejé que Hattie entrara a mi cuarto la noche antes de la boda.

Él sonrió.

—¿Preferías la ignorancia?

—No. Sabía que no te iba a dejar entrar a mi cama, así que lo consideré información innecesaria.

Patrick se carcajeó sin poder evitarlo.

—La gente murmurará.

—Que lo hagan, no serán ellos quien lo criaran. ¿Alguna otra inquitud?

—¿A veces no piensas que la vida puede llegar a ser muy aburrida? Es un poco lo que me pasaba cuando estaba soltera. Tenía idea de qué podía hacer, pero no era nada que… llenase. Si no tengo como objetivo convertirme en la esposa perfecta, entonces, ¿cuál es mi objetivo?

Patrick podría entender un poco ese sentimiento de vacío.

No era no tener nada que hacer, sino no sentirse lo suficientemente bueno para hacerlo.

Ese sentimiento llevaba a detestar lo que se hacía, y entonces, venía la inconformidad.

La pregunta de si en esa monotonía transcurriría el resto de la vida.

—Creo en la vida no siempre se tiene que tener un objetivo, o no uno grande.

A veces, es solo hacer todo lo mejor que se pueda, sin caer en la presión, o en el exceso.

Y no, no creo que eso sea aburrido —continuó—, la vida en general nunca lo es.

Se presentarán algunas situaciones en el futuro que seguro nos entretendrán, y las tomaremos porque somos esa clase de personas.

Pero he aprendido que vivir tranquilo es mejor que estar en un estado de alerta o emoción constante.

A lo mejor, el sentido está en disfrutar de levantarte un día a las cinco de la mañana y mirar al amanecer con tu esposa que se ha pasado toda la noche haciendo cuentas mentales.

Ella curvó los labios y observó la ventana. La luna se había ido por completo y el cielo rosado le daba la bienvenida al sol. Patrick colocó una mano sobre la de ella y Becca lo aceptó mientras veían en silencio como la oscuridad daba paso a la luz.

—Tal vez tengas razón —murmuró ella.

—¿Me darás una oportunidad, Becca?

Hizo la pregunta con más miedo del que había sentido en su vida, porque si la respuesta era no, sentía que no habría muchas esperanzas después.

Ella lo observó. Había muchas emociones en su corazón.

Resquicios del odio sentido por la traición, recuerdos de la hermosa noche que habían pasado juntos, y también algo más, algo diferente.

Esa pequeña conexión que sintió la primera vez que habló con él a sola, ese entendimiento, ese sentimiento de que estaba con la única persona que podría comprenderla.

—¿No lo he hecho ya?

—No lo sé. Por un momento pensé que me habías usado para tu placer y abandonado luego —dijo con dramatismo.

Ella no pudo contener su carcajada.

—Eres un tonto.

—Y tú una pequeña arpía capaz de eso y más.

—Si eso crees, ¿por qué me aceptas?

—Porque prefiero un carácter calculador genuino que una amabilidad falsa. Además, supones un constante desafío, y tal y como mencionaste, la vida de vez en cuando requiere un poco de emoción.

Ella no respondió, y él la besó antes de que pudiera hacerlo. Becca no lo rechazó.

Tampoco lo apartó cuando él le rodeó el hombro con los brazos y la atrajo hacia él.

«Podría salir bien», pensó.

Y de verdad lo esperaba.