Capítulo 19 #2
Había un brillo soñador en sus ojos que Becca nunca esperó que su serio sobrino generase en alguien. Sin embargo, a George no le gustó el comentario, porque frunció el ceño.
—¿Y por qué estás pensando en eso?
—Solo me agradó. ¿Podría casarme con él en unos años? —preguntó, sin tapujos.
Becca no supo qué responder.
—Dios mío, niña —intervino Ivory—. No digas eso. Si te escucha tu padre, te habrá casado a los diecisiete.
—¿Y qué tiene de malo?
—¿Cómo que qué tiene de malo? —intervino George—. Serías muy joven para casarte.
—¿Y a que edad consideras tú que debería casarme? —replicó la niña con altanería.
—Pues, como a los veinticinco.
—¿A los veinticinco? —chilló— Si quieres me caso cuando esté toda llena de arrugas. A esa edad nadie me querrá.
—Madre se casó después de los treinta, y padre la quiso así.
Patick carraspeó, sin duda un mal intento de disimular la risa. La baronesa fingió no haber escuchado mientras Ivory los observaba con indignación. Sin embargo, no tuvo tiempo de replicar, pues ellos siguieron discutiendo.
—Madre ya se había casado antes. No es lo mismo.
—Pues yo no permitiré que te cases antes de los veinticinco.
—No eres tú quien debe dar la autorización, sino mi padre.
—Pues entonces me enfrentaré a padre de ser necesario.
—Eso me gustará verlo.
La voz grave del duque llenó la estancia.
Cualquiera se hubiera intimidado, pero el niño, que evidentemente tenía su sangre con todos los defectos que eso conllevaba, alzó la cabeza orgullo y no desvió la mirada del duque ni un solo segundo, cosa que a él lejos de molestarle le complació, se notaba por el brillo orgulloso en sus ojos.
—Padre, ¿puedo casarme con el sobrino de Rebecca cuando cumpla diecisiete?
Gritsmore lo pensó.
—Supongo que puedo intentarlo.
Becca le deseaba suerte. Quizás Ray en sus momentos más calculadores podría aceptar un trato así, pero Hattie nunca lo permitiría. Y si era algo que enfadara a Hattie, Ray no lo haría.
Él niño estaba por replicar cuando Ivory intervino.
—Creo que ha llegado su hora de dormir.
La niña hizo un puchero.
—Pero Patrick ni siquiera nos ha comentado cómo conoció a su esposa. Un día estaba soltero y al otro, casado.
—Se tuvo que casar con ella porque los encontraron en una situación comprometida —intervino George. Por la expresión de todos, era evidente que nadie se los había dicho y se había enterado por otro medio.
Victoria jadeó.
—Comprometer a una dama así está mal, Patrick.
—Pero no pueden decir que no se hizo cargo de sus responsabilidades —intervino Gritsmore con malicia.
Por suerte los niños eran muy pequeños para entender el doble significado de sus palabras.
Todos, en cambio, lo miraron con dureza. La tensión entre él y Patrick era evidente, y la duquesa parecía querer sacarle los ojos a su esposo.
—Niños, a dormir —repitió, esta vez con un tono que los pequeños no se atrevieron a replicar. Se despidieron entre murmullos y desaparecieron como dos ladronzuelos que se iban después de haber causado estragos.
Becca no se atrevía a hablar. El duque tenía en sus ojos un brillo de quien se divierte fastidiando a los demás. Mientras, a Patrick se le había borrado una sonrisa, y sus hombros estaban tan tensos que Becca temía que se lastimase los músculos.
Sin saber por qué, se enfadó con el duque. No era un comentario apropiado y él lo sabía. Lo había hecho a propósito, y eso le parecía despreciable.
En ese momento, solo en ese momento, Becca se dijo que podía entender por qué Patrick no quería deberle nada.
—No tengan niños después de los treinta y cinco —comentó Ivory para aligerar el ambiente—. Ya no hay energía para eso.
No funcionó. El odio silencioso entre el duque y Patrick era papable.
El mayordomo entró oportunamente a mencionar que la cena estaba lista, y Becca caminó hacia el comedor con la impresión de que no sería una cena agradable.
Y no se equivocó.
La conversación fue liderada principalmente por la duquesa y su madre, que de tanto en tanto hacían comentarios sobre el clima, la moda y temas seguros que no le interesaban a nadie.
Intentaban incluirla, pero Becca jamás había sido buena para eso y respondía con monosílabos.
Iban por el último plato, y la conversación estaba tana aburrida que la duquesa intentó una pregunta arriesgada:
—¿Hay algo en particular que te guste, querida? ¿Pintar, bordar, cantar?
Becca arrugó el ceño.
—Hago todo eso con habilidad promedio —confesó.
—Oh, debes ser excepcional en algo.
—Se me da bien las matemáticas —dijo con indiferencia.
—Oh, sí, es muy buena haciendo cálculos —dijo Patrick a modo de broma.
Becca contuvo el impulso de lanzarle una mirada asesina.
—Una habilidad muy útil para Middleton —intervino Gritsmore.
A nadie le pasó desapercibido el doble sentido de sus palabras. La duquesa parecía querer asesinarlo allí mismo.
A Patrick se le borró la sonrisa.
—No lo creo, a él también se le da bastante bien —respondió Becca, no dándole el gusto de incomodar el ambiente.
Sin embargo, aunque no se refería a los números, y Patrick lo sabía, la duquesa sonrió y Becca entendió por qué.
Lo había defendido.
Quiso resoplar con fastidio.
Quería decir que no había sido su intención, pero una parte de ella supo que los demás lo verían así, e igual había hecho el comentario.
Pero eso no significaba nada. Era su esposo, y su deber era estar de su lado, no porque se lo mereciese, sino porque no le gustaba darles a otros el gusto de saber que era infeliz mostrando su indiferencia hacia él.
«¿Eres infeliz?», le preguntó una voz en su cabeza que Becca ignoró. No era el momento apara tales cuestionamientos.
Notó que el duque la miraba con interés y Becca temía lo que estuviera pensando. Parecía un lobo a punto de lanzar otro ataque para probar la resistencia de su víctima.
Por suerte, la loba no lo dejó.
—¿Te ha gustado la cena? —preguntó.
Y por eso era una excelente duquesa.
Becca asintió, y el ambiente perdió un poco de incomodidad.
Cuando terminaron de cenar, Gritsmore le pidió a Patrick que lo acompañase.
—No es necesario —dijo Patrick—. Te aseguro que todos en esta mesa sabemos la situación, así que puedes hablar con confianza.
Becca se sorprendió. Aunque su familia no era especialmente estricta en qué cosas debía saber una dama y que no, no era como que solieran incluirla en las reuniones masculinas. El ofrecimiento hizo que el le desagradara un poco menos, y eso no le gustó.
A Gritsmore lo que no le gustó fue la idea de que ella estuviera presente, lo supo por su mirada intensa.
—Preferiría hablarlo a solas contigo —acotó.
—No te lo tomes personal —le dijo Ivory a Becca—. Le gusta consolarse con la idea de que al menos tiene poder en este tipo de reuniones. Ven conmigo, querida. ¿Sabes jugar póker?
Becca casi sonrió cuando vio al duque tensarse por la ira.
Cualquiera se habría intimidado, pero la duquesa se limitó a sonreír y pararse de la mesa con elegancia.
Becca la siguió. Aunque la conversación le generaba curiosidad, no era tan tonta para quedarse siendo víctima del mal humor del duque.
Quizás si estaba de ánimo le preguntaría en la noche a Patrick.
Regresaron al salón. La baronesa viuda murmuró algo de que iría a descansar y Ivory le pidió a una criada que le trajera un juego de cartas.
Mientras esperaban, la conversación no distó mucho de la que habían tenido en la cena. Pasaron varios minutos hasta que una criada apareció con el mazo y varias fichas.
—Hay un juego americano, que me enseñó una vez un amigo de mi primer esposo. Se llama póquer. Siempre me pareció más entretenido que el piquet. ¿Lo has escuchado?
—Mi hermano tiene un amigo que sabe jugar todo —respondió Becca—, y es muy mala influencia.
—Me alegra entonces no tener que explicarlo.
—¿Apostaremos? —preguntó Becca. En su familia solían jugar con fichas simbólicas.
—Peniques —respondió—. Solo para mantener la emoción.
Ivory repartió dos cartas tapadas a cada una sobre la mesa de caoba pulida y luego dejó caer suavemente las primeras tres cartas comunitarias al centro: un 7 de corazones, un 10 de picas y un As de diamantes.
—Sabes, no apruebo lo que Patrick te hizo, pero estoy en el deber de decirte que no es un mal hombre —comentó mientras miraba con curiosidad sus cartas.
Deslizó un par de fichas al centro para iniciar la apuesta—.
Y no porque sea mi hijo y admitir que no es un buen hombre sería confesar que hice mal mi trabajo como madre, no, nunca he tenido problemas en reconocer mis errores. Lo digo de verdad. No es un mal hombre.
Rebecca no supo qué responder, así que igualó la apuesta. Sus ojos fijos en las cartas de la mesa, pues temía que revelaran demasiado, y no precisamente del juego.
—El matrimonio puede ser difícil incluso cuando dos personas están dispuestas a intentarlo, pero lo es aún más si no es así —continuó Ivory.
Becca no pudo seguir guardando silencio.
—No tengo por qué intentarlo. No se lo merece.
—No —concordó ella—, ¿pero que ganas guardando rencor?
—Venganza.
El ambiente se tensó. Ivory dio la vuelta a la cuarta carta sobre la mesa: una Reina de corazones.
—¿Una que también te carcome a ti? —replicó Ivory con la sabiduría que solo dan los años.
Miró las cartas y subió la apuesta—. Lo sé por experiencia, querida, la venganza es una pérdida de tiempo, sobre todo porque no siempre tenemos toda la razón.
Sabes, somos egocéntricos por naturaleza, creemos tener todo el derecho de cobrar justicia por mano propia cuando muchas veces no vemos toda la historia.
—Sé toda la historia —objetó Becca, igualando la apuesta—, y sigue sin parecerme justo.
—No lo es —concordó Ivory—, pero, querida ¿nunca te has equivocado? Que sería del mundo si no personamos a quien se arrepiente de verdad. Te aseguro que mi matrimonio sería un infierno si no pudiera perdonar al duque lo que me ha hecho, y él la mayoría de las veces ni siquiera se arrepiente.
—¿Y eso le parece correcto?