La apuesta arriesgada del conde Capítulo 19
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Capítulo 19

Él estaba siendo muy agradable, y Becca lo detestaba por eso.

Cuando le había dicho que se había propuesto conquistarla, no esperaba que de verdad hiciera algo lo suficientemente importante para que Becca reconsiderase su opinión al respecto.

Se había equivocado, y eso no le gustaba.

Los primeros días fueron detalles sencillos. Todas las noches, durante la cena, le servía un vaso de licor diferente. Recordaba muy bien que Becca le había expresado su curiosidad al respecto y, al igual que en su noche de bodas, lo usó para tentarla.

Y funcionaba. Becca no podía dejar pasar la oportunidad de probar lo que siempre que fue negado, así que aceptaba a regañadientes el vaso y probaba del licor por si no volvía a obtener la oportunidad.

Nunca le servía lo suficiente para que ella pudiera acusarlo de querer emborracharla, pero algunos tragos eran tan fuertes que su juicio se veía afectado después de terminar la primera copa.

En una ocasión lo vio y llegó a pensar en que quería besarlo de nuevo.

¡Vaya absurdo!

Después, siguió con algo más elaborado. Becca se estaba preparando para dar un paseo a caballos por Green Park cuando él se unió sin invitación a la salida. Con el fin de molestarlo. Rebecca había montado a horcajadas sobre la yegua, y él se había limitado a responder:

—Me alegra que tengas esa habilidad, porque así serán más equitativas las carreras entre nosotros.

Lo había dicho como si estuviera seguro de que iba a suceder.

Becca, quien nunca había sido tímida cuando de un reto se trataba, dio todo el paseo montada a horcajadas.

Las personas los miraron, murmuraron, pero él no dio ninguna muestra de sentirse afectado por ello.

Se limitó a conversar sobre el agradable clima y a intentar entablar una conversación en la que Becca no quería participar.

Cuando regresaron a casa, ella no pudo más con su fachada de amabilidad y le espetó:

—¿Qué se supo que estás haciendo?

Él la miró, confundido:

—¿De qué hablas, Becca?

—De esto —dijo, señalando al caballo como si fuera su argumento más sólido.

—Temo que tendrás que ser más específica.

—Paseé por todo Green Park a horcajadas, y no te quejaste de las murmuraciones ni una sola vez.

—Querida, ¿por qué habría de quejarme?

Porque todos lo hacían. Su hermano y Hattie siempre se lo comentaban, no porque les importase o les pareciera incorrecto, pero acotaban con delicadeza (o al menos Hattie lo hacía)  que era mejor no llamar negativamente la atención, pues rumores malintencionados habían arruinados futuros prometedores.

Becca, que siempre le había fastidiado tener que contenerse por tonterías, tuvo que limitarse a cabalgar como le gustase en el campo, lejos de ojos curiosos y juzgadores. Siempre había pensado que si se casaba, ese pequeño placer también le sería restringido.

—Porque deben estar diciendo que tu esposa es una atrevida.

Él la miró con diversión.

—A lo largo de los años, creo que han dicho cosas mucho peores de mí que el hecho de que mi esposa sea una atrevida.

Ella lo miró sin comprender, y a Patrick le causaba gracia su confusión. Ella de verdad se había hecho una idea muy particular del matrimonio, una tan mala que no le extrañaba que no hubiera querido casarse desde el principio.

—¿Hasta cuando vas a estar actuado así?

Él no la entendió.

—¿A qué te refieres?

—Así —chilló haciendo un ademán de manos que no explicaba absolutamente nada—. fingiendo que me das la libertad que deseo.

—¿Y por qué estaría fingiendo? —replicó él, con calma—. Te lo prometí una vez, Becca, no tiene por qué ser tan terrible como te lo habías imaginado.

Como no respondió, él dio un paso hacia ella.

—Quizás en ese momento no me conocías lo suficiente para creerme, pero estoy dispuesto a demostrártelo.

No pienso como los demás, Becca. Al menos en cuanto de educación de mujeres se refiere.

No has conocido bien a mi madre, ni a mi abuela.

Creo que te caerían bien. No son mujeres fáciles de trato, ni ordinarias.

E igual son mujeres increíbles. Tú eres una mujer increíble como eres, sería un tonto si intentara cambiarlo.

Ella no quería creerle, pero parecía tener un poder para que sus palabras le calaran hondo.

No supo qué responder, y él tampoco esperó que lo hiciera, sino que se limitó a seguirla cuando ella entró a la casa.

El mayordomo los estaba esperando con una carta sobre la bandeja.

—Milord, esto llegó para usted.

Patrick la tomó, casi con recelo. Hacía poco había entregado las mil libras a Johnnyh, y este había insinuado que quizás pronto supiera de él. Patrick temía que hubiera decidido aparecer más pronto de lo esperado.

No era Johnny, pero el remitente era igual de sorpresivo.

Abrió la carta con curiosidad, y una expresión de fastidio cruzó su rostro cuando leyó el contenido.

—Vaya, parece que mi madre al fin a decidido regresarme la palabra, aunque sea por escrito.

Quería Becca, ya que te acabo de mencionar sus grandes virtudes, tienes la oportunidad de confirmar que no miento.

Nos ha invitado a cenar. La parte buena es que estoy seguro de que se llevarán bien, pues se indignó tanto con lo que te hice que no me ha hablado desde entonces.

La parte mala: seguramente el duque también estaría allí.

Pero conocerás a mis hermanos, así que lo compensa. ¿Vendrás?

Becca no tenía muchas ganas de ir a esa cena, por no decir ninguna. Sin embargo, su hermano y Hattie habían ido a visitarlos hacía dos días, y se habían autoinvitado a cenar.

No había sido una comida agradable. Ray hizo demasiados comentarios odiosos que Patrick tomó de la mejor manera posible y Hattie, aunque más discreta, no ocultó bien la preocupación por que él le hubiera hecho daño, lo cual, si se ponía en el lugar de su no deseado esposo, debía ser un poco insultante.

No era como si no le hubiese hecho daño con su traición, pero no la había dañado de la manera en que Hattie podría estar imaginando, y Becca sintió un poco de pena por él, a pesar de que al final su cuñada se había ido tranquila y murmurando un consejo de llevar la situación lo mejor que se pudiera.

Odiaba sentir que se lo debía, pero a Becca no le gustaba la desigualdad de condiciones.

—Está bien.

Él la recompensó con una sonrisa adorable.

«¿Y por qué estás pensando que su sonrisa es adorable?», gruñó una voz en su interior.

Dio media vuelta y se fue a su habitación.

La casa del duque era una mansión como pocas. Gigante, con pisos de mármol, columnas corintias y una decoración tan exquisita que Becca sentía que estaba visitando lo más cercano al palacio real.

La duquesa, tal y como la recordaba, era una mujer hermosa, de cabellos negros brillantes y una sonrisa acogedora.

—Bienvenidos —dijo cuando el mayordomo los hizo pasar al que, supuso, era el salón principal.

Un espacio grande donde habían dispuestos al menos cuatro sofás, y una mesa de centro.

Sobre la chimenea descansaba un cuadro del duque y la duquesa, posando frente al pintos con expresiones serias, pero miradas cálidas, como quien se pone una máscara al publico pero guarda en su interior algo más noble.

Al menos en el caso de ella.

—¿Ya llegó Patrick?

Dos niños aparecieron en la entrada, acompañados de una señora mayor que debía rondar los setenta años. Los pequeños tendrían unos ocho años, y Becca recordaba vagamente haberlos visto en su matrimonio.

La niña, que era la que había hecho la pregunta, corrió hacia Patrick y se lanzó a sus brazos. Él la atrapó y la hizo dar vueltas hasta que ella rompió en carcajadas.

—Tiempo sin vernos, hermano.

—Nos vimos hace dos semanas, pequeña.

Dos semanas. Era el tiempo que había pasado desde su boda. A veces parecía más y a veces parecía menos.

—No nos presentaste a tu esposa ese día —dijo lanzando una mirada curiosa a Becca—. Creo que se marchó después de la ceremonia.

Un buen eufemismo para no decir que había huido. No sabía si era una niña educada o inocente.

—Mi nombre es Rebecca —dijo ella haciendo su mejor esfuerzo por esbozar una sonrisa amble, pero los niños nunca habían sido su especialidad.

—Un gusto Rebecca, soy Victoria —La joven hizo una educada inclinación de cabeza y decidió que esa era suficiente cortesía.

El niño, en cambio, murmuró algo de que estaba encantado de conocerla y le pidió su mano. A Becca le pareció un gesto cómodo viniendo de alguien tan pequeño, pero era demasiado tierno pare negarse.

La mujer mayor se presentó como la baronesa viuda Minford, madre de la duquesa. Su forma de hablar era lenta pero firme, de esas personas que se acostumbraron demasiado tiempo a hacer lo que querían, pero sin perder la sensatez. Se parecía mucho a su hija físicamente.

—Abuela —saludó Patrick con un abrazo tan fuerte que la dama tuvo que apartarlo de un manotazo. Él solo se rio.

—¿Dónde está su encantador padre?

—Trabajando, supongo —respondió la niña con indiferencia y se sentó en uno de los sillones de forma tan poco elegante que solo podía permitirse por tener ocho años. Su hermano la acompañó.

—Viene en un momento —respondió la duquesa.

Patrick se dejó caer en el sillón con un gesto dramático.

—Espléndido.

El sarcasmo fue evidente incluso para los niños, porque la pequeña se carcajeó, y él recibió una mirada de advertencia de su madre.

—Querida, ¿por qué no te sientas?

Becca observó la disposición de los sillones. Los niños estaban ocupando uno de los sofá grades y la baronesa se había sentado en uno de los individuales. Becca estaba debatiendo qué tan grosero sería sentarse en el otro puesto único cuando la duquesa ocupó ese lugar.

Y no dudaba que lo había hecho a propósito, así que se ubicó al lado de su esposo.

Patrick sonreía y, quizás para molestarla, se acercó un poco a ella.

—Rebecca —dijo Victoria con un pequeño brillo travieso en su mirada—. En tu casa había un niño, se presentó como Robin.

—Es mi sobrino —respondió, sin entender bien a qué venía ese tema.

—Me pareció todo un caballero —continuó la joven—. En unos años, sería un buen esposo.