Capítulo 18
Rebecca no podía dormir. Quizás porque se había tomado demasiado tiempo ese día para analizar su futuro y ya no podía sacar esos pensamientos de su cabeza.
Decidió bajar por un té, mientras seguía divagando.
¿Cuál sería su vida de ahora en adelante?
Había conocido a todos los criados, y se había enterado de cómo se manejaba una cosa.
No era nada difícil para una mente ágil, y le deprimía un poco pensar en que esa sería su obligación más importante a partir de ese día.
Becca siempre había tenido ciertos debates sobre el sentido de la vida.
Era buena para muchas cosas, pero para nada que a una mujer le sirviera.
Los días en monotonía pasaban en su casa entreteniéndose con sus hermanas o preparándose para algún baile al que ni siquiera quería ir.
Si comparaban su vida con la de su hermano, que llevaba las propiedades familiares, administraba gastos y resolvía problemas, no tenía ningún objetivo.
Se había intentado consolar con que no era demasiado, y conformarse que, cuando fuera oficialmente soltera, tendría un poco más de libertad, aunque sin saber bien qué más podría ser.
Quizás ayudar a su hermano con las cuentas, como hacía Hattie, puesto que este siempre había preferido no contratar a un administrador.
Pero nunca sería su tarea principal, ¿entonces?
El objetivo de una mujer de clase alta siempre había sido casarse y llevar bien una casa, pero nadie decía qué hacer cuando no era solo eso lo que se quería, quizás porque no quererlo era considerado una tontería.
Por otra parte, estaba el tema su matrimonio. ¿Intentarlo o no intentarlo? He ahí el dilema.
Había pensado mucho en eso desde la conversación con Rose. Si lo perdonaba, le estaría dando el derecho de volver a dañarla, pues él creería que ella era blanda. Si no lo hacía… pues sería un matrimonio muy desagradable, pero ya se había estado preparando para ello.
Suspiró, y estaba tan centrada en sus pensamientos que casi choca con Patrick, quien venía subiendo las escaleras.
Becca ni siquiera hizo un comentario respecto a su hora de llegada.
No lo había visto en todo el día, pero supuso que se habría ido a algún club de caballeros para vanagloriarse de su nueva adquisición.
Fue una posibilidad que le generó tanta rabia que prefirió no seguir por esa línea de pensamientos.
Sin embargo, apenas la luz del farol le apuntó el rostro, supo que no estaba de juerga. Al menos no una entre caballeros.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó, horrorizada.
—Un encuentro con unos ladrones —dijo como si no tuviera importancia.
Becca no le creyó.
No olía a alcohol, ni siquiera a cigarro, así que si se había ido de juerga, no había tomado ni una copa. La excusa de los ladrones hubiera sido plausible si no le hubiera estado evitando la mirada.
—Hay que desinfectar ese corte —dijo, observando con atención el pequeño corte en su mejilla. No parecía profundo.
—No es nada, Becca. ¿Qué haces despierta a esa hora? ¿Me esperabas?
Ella bufó.
—No podía dormir, eso es todo. Iba por un poco de leche.
—Entonces te acompaño, porque creo que yo también necesito uno.
A Becca no le agradó demasiado esa idea, pero la curiosidad por descubrir qué le había pasado pudo con ella.
Dejó que la siguiera, intentando fingir indiferencia y reprochándose haberse visto tan preocupada. Después de todo, ¿qué le importaba a ella lo que le pasara a él?
«Mucho», le dijo una voz desdeñosa en su cabeza. Porque la idea de pensar que tenía alguna herida de gravedad le erizó la piel.
«Es normal», intentó convencerse. Que lo detestase no significaba que le deseara la muerte. Tendría que ser una persona horrible para eso.
Su preocupación no significaba nada más.
Llegaron a la cocina, y Becca dejó la lámpara sobre el mesón. Apenas alumbraba el gran espacio, pero pudo encontrar el lugar donde guardaban los vasos, y en la despensa halló la leche.
La olió. No parecía estar dañada todavía.
Sirvió los dos vasos y le tendió uno. Lo calentaría, pero dudaba que alguno de los dos supiera prender los fogones, y no era como que valiera el esfuerzo.
—Gracias Becca.
Ella se limitó a hacer una inclinación de cabeza. Se sentó frente a él en el mesón y lo observó. Aparte del corte en la mejilla, tenía un moretón y sangre seca en la boca. Lo había golpeado con saña. Hizo una mueca solo de imaginarlo.
—Hacía tiempo que no escuchaba de asaltos violentos en Londres. ¿En qué zona fue?
Él sonrió. Sabía, por supuesto, qué era ella quería conseguir, pero aunque no le creyera, no estaba seguro de decirle la verdad. ¿Para qué? Sería preocuparla innecesariamente, si era que le importaba lo suficiente para generar ese sentimiento en ella.
Quería creer que sí, quería pensar que lo que había visto en sus ojos hacía un rato era genuina inquitud por su salud.
—Cerca de Covent Garden.
Ella abrió los ojos, sorprendida.
—Pero, ¿qué hacías por allí?
—¿Preocupada?
Como supuso, la pregunta hizo que ella guardara silencio.
Patrick bebió del vaso, seguro de que allí quedaría la conversación. Le sorprendió cuando ella dijo:
—Fuiste a llevar el dinero del chantaje, ¿verdad?
Había olvidado que era una chica muy lista. Se sintió tonto por intentar engañarla.
—Así es.
—¿Y por qué te golpearon?
—Porque ofrecía algo de resistencia a seguir siendo chantajeado. Consideré que mostrarme demasiado pasivo hubiera sido sospechoso.
—Estás loco.
Él se encogió de hombre.
—No es lo peor que he pasado.
Becca recordó que el día anterior él le había contado que casi lo mataban. En aquel momento estaba demasiado furiosa para pedir detalles, pero en ese instante la curiosa le generaba un cosquilleo irritante en la lengua.
Lo mejor sería ignorarlo y regresar a su cuarto, pero antes de que pudiera hacerlo, la venció la maldita curiosidad:
—¿Cómo dejaste el juego?
Patrick bebió del vaso antes de responder, no porque fuera una pregunta difícil, pues habían pasado tantos años que el recuerdo ni siquiera dolía, solo era una parte triste de su vida que había intentado remendar lo mejor posible. Solo que no siempre era agradable recordar.
—Creo que hay un momento en que, o se toca fondo, o te dedicas a caer eternamente en un pozo sin fin.
Me pasó lo primero. Querían darme una advertencia, así que me golpearon hasta la inconsciencia y me hicieron saber que, si no actuaba rápido, mi madre sería la siguiente.
No podía permitirlo, Becca. No podía permitir que mi madre sufriera por mi irresposabilidad.
Fue cuando le pedí ayuda al duque, le prometí que le pagaría todo, y él se encargó.
Vendí la casa que teníamos en Londres e ingresé a la universidad.
Había muchas deudas que pagar, así que la venta de la casa solo cubrió las más importantes y parte de la matrícula.
Por lo que estuve pagando durante años la deuda que había contraído con el duque.
Te habrás dado cuenta de que no es un hombre agradable de trato, así que no quería deberle ni un penique a pesar de que hubiese dejado pasar ese tema por mi madre.
Mis arcas quedaron afectadas, pero funcionó, porque nunca he tocado un mazo de cartas desde entonces.
A veces sentía la tentación, en muchas ocasiones estuve tentado de recaer, pero siempre recordaba las consecuencias de esos pequeños momentos de emoción y lograba contenerme.
Y aquí estoy, ocho años sin jugar. Supongo que no está tan mal —dijo lo último con humor.
Pero Becca no encontraba nada de humor en eso.
Era triste, muy triste. Y también un poco, solo un poco, admirable.
Podía haberse desentendido de esa deuda, per había decidido enfrentarla con honor.
Haber salido de un hueco era, de por sí, admirable, pues si fuera fácil, no habría tantas personas perdidas en el vicio.
—Debes creer que soy una persona desastrosa —dijo, al ver que ella guardaba silencio.
Ella tardó en responder. Intentaba hacerse una imagen de él en su cabeza con esa nueva información.
Ya sabía que era un jugador retirado, pero no todo lo que había pasado para conseguir librarse del vicio.
No quería creer que era admirable, pues había puesto en peligro a otras personas por su imprudencia, e incluso Becca estaba viviendo, indirectamente, las consecuencias de su error pasado.
Sin embargo, no podía negar que al menos se había hecho responsable en aquel momento.
—Todos cometemos errores, pero no todos los reconocemos —murmuró.
No había sido su intención que él la escuchara, más bien había sido una reflexión en voz alta. Pero él no solo la oyó, sino que aprovechó la oportunidad.
—¿Y podrías ser capaz de perdonarme el error que cometí contigo, Becca?
Ella se tensó. Miró el vaso de leche. No había bebido ni una gota.
—Estaba pensando —musitó Becca, sin ser capaz de mirarlo a los ojos—, ¿qué tan justificables puedes ser los actos de una persona, cuando esta tiene razones válidas, pero daña a otros en el proceso?
Hay un límite algo borroso de moralidad allí, supongo.
Porque esta puede tener sus razones, pero ¿qué culpa tiene la otra?
—Ninguna —musitó Patrick—. Pero supongo que gana el egoísmo.
—Sí, en tu caso ganó el egoísmo, y el orgullo —lo acusó ella.
—¿Y no nos ha ganado a todos alguna vez? —replicó él—. Creo que una vez lo debatimos, y comentaste que todos tenían una semilla egoísta, y te parecía ridículo tener que aparentar que no.
—Yo…
—No vas a decirme que no has hecho daño a nadie —interrumpió él con tranquilidad—. Querías hacerle daño a Helen, y lo hiciste. ¿No es un caso similar? Quizás tus razones eran justificables, pero ¿justificaba el daño?
—¡Helen no era inocente, yo sí!
—Quizás sí, pero ¿quiénes somos nosotros para tomar la justicia por mano propia?
—¡Me ayudaste!
—Porque quería acercarme a ti, Becca. Porque mi intención siempre fue que aceptaras ser mi esposa, por tu dinero, sí, pero también porque me gustaba tu forma de ser.
Tu picardía, tu inteligencia, e incluso tu malicia llegó a fascinarme.
Cada conversación contigo era estimulante.
Cada mirada me provocaba robarte un beso.
Y te juro que, si esto no me hubiese puesto en una situación desesperada, lo habría intentado con paciencia, te hubiese cortejado con propiedad y hubiera aceptado tu negativa de haberla obtenido.
Pero no fue así, y no puedo volver a atrás y rectificar todo, solo hacer lo posible por comenzar de nuevo.
Becca estaba tan aturdida por sus palabras que cuando él se acercó para acariciarle la mejilla, no se alejó. Odiaba la sinceridad de su declaración. Odiaba que le gustara su cercanía, y odiaba querer besarlo cuando vio que acercaba el rostro lentamente a ella.
Podría decir que le robó un beso, pero lo cierto era que tuvo el tiempo suficiente para alejarse y no lo hizo. Dejó que sus labios rozaran los de ella, envolviendola en una dulce embriaguez que aislaba sus pensamientos mejor que cualquier sedante.
Qué bien se sentía.
Becca respondió al beso sin ni siquiera dudarlo. Era como una necesidad, una danza que quería ejecutar porque todo su cuerpo ardía de deseo de sentirlo.
Cuando él se alejó, estaba jadeante y ansiosa.
—Dame una oportunidad, Becca —murmuró entre sus labios—. Dame la oportunidad de conquistarle.
Sus instintos más guerreros querían decirle que no, pero su lado más blando estaba tan tentada de aceptarlo que tuvo que levantarse con rapidez para evitar el impulso.
—Buenas noches —musitó, y huyó como una cobarde.
Patrick lo observó con una pequeña sonrisa bailando en los labios. Ella no lo había rechazado.
Tampoco lo había aceptado, pero podría considerarlo como un avance para, al menos, hacer el intento.
La conquistaría, tenía muchas esperanzas de ello.