La apuesta arriesgada del conde Capítulo 17
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Capítulo 17

Becca no quería bajar a desayunar, pero tenía hambre y pedir que le llevaran el desayuno a su habitación le parecía cobarde, así que llamó a su doncella y le pidió que le ayudara a vestirse.

Tuvo la fortuna de que la joven no hiciera ningún comentario imprudente, aunque sí se vio en la obligación de soportar su mirada pícara.

La doncella le indicó donde quedaba el comedor, y mientras bajaba las escaleras, Becca rezó porque él no estuviera allí. Parecía la clase de aristócrata que se levantaba tarde. Esperaba que al menos le hubiera quedado eso de sus años disolutos.

No tuvo tanta suerte. Ni siquiera había entrado al salón cuando lo vio sentado en la cabecera de la pequeña sala. Consideró la opción de retirarse, pero apenas había dado un paso atrás cuando lo escuchó decir:

—Buenos días, Becca.

Ella hizo una mueca de desagrado. No sabía si era peor habérselo encontrado allí, o que la hubiera atrapado huyendo.

Podría fingir que no lo escuchó y seguir su camino, pero estaba segura de que él continuaría llamándola, y si Becca lo ignoraba, estaría demostrándole lo mucho que la afectaba su presencia, o lo mucho que lo despreciaba.

Pero aunque no tenía problemas en que supiera lo segundo, le daba un poco de miedo que pensara lo primero.

Y supuso que no podría evitarlo toda la vida.

Se sentó, procurando dejar una distancia considerable entre ambos. Sobre la mesa había una gran variedad de platos: tocino, huevos, pan y mermelada. El té estaba recién hecho.

—No esperaba que te levantaras tan temprano —dijo él mientras untaba mantequilla en su pan.

—Solo porque esperaba que tú no lo hicieras —admitió con resquemor. Supuso que una cosa era enfrentarlo, y otra disimular su desagrado.

Él, sin embargo, no se lo tomó mal. Sonrió.

—Si deseas tomarlo en cuenta, desde que dejé las fiestas no tiendo a levantarme después de las ocho. Aunque preferiría que pudiéramos desayunar juntos —dijo con ternura.

Becca detestaba ese tono. Le hablaba como si fuera una niña encaprichada a la que intentaba contentar, como si lo que le hubiera hecho no fuera lo suficientemente grave para que ella no quisiera verlo.

No respondió, y él entendió su mensaje.

Por unos minutos, él no dijo nada más, y ella creyó que al menos tendría el consuelo de un desayunó silencioso.

Se equivocó.

—¿Te gustaría dar un paseo esta tarde, Becca?

—Pensaba familiarizarme con la casa.

No porque quisiera cumplir con sus deberes como esposa, sino porque sabía que ese trabajo sería una de las pocas distracciones que se le permitiría. En su casa, siempre había algún libro que leer, alguna actividad a la que asistir, o alguien con quien conversar.

Ahí estaba muy sola.

Tomó su segunda rebanada de pan como una excusa para no dirigirle la mirada. Él no se dio por vencido.

—En la noche, ¿entonces? Escuché que estaban presentando en la ópera a una cantante española.

Becca apretó los labios.

—No hagas eso.

Él parpadeó, confundido.

—¿No hacer qué?

—¿No hacer qué?

—Intentar hacer una vida conmigo como si no hubiese pasado nada.

Rebecca sentía que estaba a punto de perder el control. Creía que ya había superado el momento inicial de rabia, pero no era así. El rencor era un veneno que manifestaba su presencia ante la mínima provocación, recordando, incitando a odia.

El semblante de él se volvió serió, dejó la taza de té sobre la mesa y la miró con una intensidad que casi la desarmó, pues no veía en esos ojos mentiras o engaños, solo un profundo deseo de ser sincero.

—No puedo cambiar lo que hice, Becca, pero te aseguro que sí quiero hacer una vida contigo. Mi intención jamás fue hacerte desdichada en este matrimonio. Cuando te dije que podía ser diferente a lo que esperabas, te lo dije de verdad.

Ojalá pudiera creerle. Sintió que los ojos le picaban, pero se prohibió llorar frente a él.

No le mostraría esa debilidad.

—¿No podríamos ni siquiera intentarlo? No puedo cambiar la decisión que tomé, pero puedo hacer mi mayor esfuerzo porque nuestro futuro no esté condenado a la desdicha. ¿Podrías intentarlo tú también, Becca?

Sus ojos suplicaban que respondiera que sí, y una parte de ella quiso hacerlo. Pero la otra no podía olvidar con facilidad.

—Entonces, ¿quieres que te perdone solo porque no me queda otra opción? —preguntó con voz ahogada.

Era injusto. Muy injusto.

Él suspiró y se puso de pie.

—No, Becca, quiero que me perdones porque voy a hacer todo lo posible por que lo hagas. Te dejo tranquila.

Se despidió con una inclinación de cabeza y una sonrisa triste.

A Becca se le quitaron las ganas de comer.

¿Por qué dolía tanto? ¿Por qué quería creerle?

Se quedó en la sala del desayuno hasta que una criada le anunció que alguien la buscaba. En cuanto Rebecca preguntó quien, Rosemary entró por la puerta. Llevaba un coqueto vestido rosa a juego con un sombrero con demasiados adornos, y sonreía como si fuera la mujer más dichosa del mundo.

—Hay que mejorar la seguridad en esta casa —dijo Becca con humor—. Hacen pasan a cualquiera a espacios privados.

—¿Por qué es difícil saber que somos familia, no? —respondió, jocosa—. Él mayordomo me ha mirado extraño cuando pregunté por ti. Tuve que explicarle que era tu hermana para que no creyera que estabas loca.

Rose tomó asiento en el puesto que Patrick había abandonado y observó con curiosidad lo que quedaba sobre la mesa.

—Oh, mermelada.

Sin pedir permiso, tomó una de las rodajas de pan y le colocó una cantidad generosa de mermelada.

—Siento mucha debilidad por la mermelada últimamente —dijo, justo antes de darle un mordisco.

—Siempre has sentido debilidad por la mermelada —acotó Becca.

—Pero ahora, si la veo, no puedo controlarme.

—Yo siento que usas el embarazo de excusa para no controlarte.

Ella la miró sin culpa, y dio otro gran mordisco al pan.

No la esperaba allí tan temprano, pero apreciaba su compañía. Si alguien podía comprender lo que era sentirse perdida en el día después de una boda no esperada, era ella.

—Hattie me dijo que no quisiste mandarte a hacer un ajuar, y he venido a convencerte de ir de compras.

—Ni lo sueñes.

—¿Por qué no? —preguntó—. Si una de las increíbles ventajas de estar casada es tener la excusa para comprar ropa nueva y a la moda.

—Nunca me ha gustado vestir a la moda, y como digas que ahora debo hacerlo, te echaré de mi casa.

Rose se echó a reír.

—Tenía que intentarlo, pero sí deberíamos ir de compras. Si al final es tu dote la que lo ha elevado su posición económica, es justo que disfrutes también de ella, ¿no?

Supuso que sería poético gastarse una cantidad infame de dinero en ropa y decirle con desdén que al menos tenía cómo pagarlas, pero no era una venganza que entusiasmase a Becca.

De hecho, en ese momento, no lograba pensar en ninguna que satisficiera el dolor de la herida que él le había causado. No, no quería vengarse, ni siquiera tenía ánimo para ello.

—Quizás otro día —dijo, para desviar el tema—. ¿Cuánto tiempo te quedarás en Londres?

—Tal vez hasta final de temporada. Oh, Becca, si debo agradecerte algo, es que fuiste la excusa ideal para que convencer a ese ogro que tengo por esposo de venir. Ya no me aburro tanto allá, pero no es tan divertido como Londres.

—Ne alegro que mis desdichas te sirvieran de algo —dijo de mal humor.

La expresión de Rose cambió, se volvió más comprensiva.

—Perdóname, Becca. ¿Cómo estás?

Becca se encogió de hombros. Era una pregunta un tanto ambigua, con muchas respuestas.

Jugueteó con la taza que contenía un té ya frío, miró el líquido como si pudiera darle la respuesta.

—Se siente raro. No estoy segura de qué hacer ahora, Rose.

Rosemary entendía el sentimiento. Puso una mano sobre la de ella y le dio un apretón reconfortante.

—Podrías intentar ver cómo fluye la situación. Sé por experiencia que no tiene por qué terminar mal.

—Nuestros casos son diferentes, Rose. El barón era otra víctima, como tú. En no se hizo pasar por tu amigo, ni te embaucó para tenderte una trampa matrimonial.

—¿Al menos te ha dado una explicación?

Rebecca recodó a la conversación que había tenido la noche anterior, Había pasado mucho tiempo analizándola, pensando en qué haría ella en sus circunstancias.

—Creo que puedo entenderlo —dijo de mala gana—, pero no perdonarlo. Puedo haber tomado otras opciones, y eligió la que me dañaba a mí.

Y eso era lo que más le dolía. No era que no entendiera su proceder, lo que no entendía, era por qué había decidido involucrarla a ella.

Y pensar que Becca había llegado a considerar…

Se reprendió por ser tan tonta.

—Creo que está arrepentido —dijo Rose—. Y no me parece un mal hombre.

—¿En qué te basas para deducirlo?

—Pues a juzgar por tu forma de comportarte hoy, me atrevo a asumir que anoche ni siquiera te exigió nada.

Rebecca se ruborizó.

—No lo hubiese dejado.

—Lo sé. Pero no tuviste que resistirte porque no lo intentó. Creo que, si lo hubiera intentado, habrías pasado un mal rato, y podría notarlo. Tu rencor no estaría centrado en lo que te hizo, sino en lo que continuaba haciendo. Y no es así.

A veces odiaba que la conociera tan bien.

Becca no podía aplaudirle a su esposo que no le hubiera exigido nada después de todo lo que le hizo, pero no negaba que le había sorprendido. Quizás porque su imagen de él había quedado tan deteriorada que ese gesto le recordó al caballero que le caía bien.

—Podrían intentarlo, Becca —dijo con suavidad—. Todo podría ser muy bonito.

Becca lo dudaba. No sentía que pudiera perdonarlo. Su orgullo le impedía hacerlo. Si lo perdonaba, ¿quién garantizaría que no volvería a traicionarla? Pero, si no lo hacía, ¿qué sería de su vida?

Ese era su eterno dilema.

—Solo piénsalo —dijo Rose—. Dale la oportunidad de demostrarte que está arrepentido, y si crees que merece tu perdón, perdónalo. Todos merecemos una segunda oportunidad.

—¿Incluida Helen?

Rosemary hizo una mueca de desagrado.

—Quizás ella sea la excepción. Pensé en pedirle a Dom que nos quedáramos en otra parte durante nuestra estadía aquí, pero admito que me causa satisfacción verla rabiar cada vez que nos ve felices.

El problema de Helen es que ella no se arrepiente, y no creo que tu venganza la haya hecho reflexionar.

A esas alturas a Rebecca le importaba poco. Patrick también le había quitado la satisfacción de regodearse con la desdicha de su enemiga.

—No desvíes el tema —la regañó Rose—. ¿Me prometes que al menos dejarás que lo intente?

Becca gruñó.

—Voy a pensarlo.

Rose sabía que eso era todo lo que podía conseguir de ella en ese momento tan delicado, así que se quedó satisfecha.

Acompañó a Becca a pasear por la mansión, y familiarizarse con los detalles.

No necesitaba darle consejos sobre cómo manejar una casa, porque estabas segura de que Becca lo haría mejor que ella.

Se marchó hacia el final de la tarde, siempre prometiéndole que estaba solo a unas cuadras de distancia para que lo que necesitase.

Lástima que lo único que Becca necesitaba de verdad era perdonar, y Rosemary no podría ayudarla con eso.

Eran alrededor de las diez de la noche, y ya se le habían acercado al menos dos pilluelos con intención de robarle.

Una fortuna que los hombres de Johnny llevarán persiguiendo desde que se adentró en Covent Garden.

Supongo que no le gustaría que algún niño afortunado se quedara con el botín que llevaba en la pequeña maleta de mano.

Llegó a la taberna en donde se habían encontrado la vez pasada. En esta ocasión, nadie le impidió el paso a la oficina. Johnny lo estaba esperando, sentado sobre el sillón como un rey que acaba de obtener una gran victoria.

–Me alegro que al fin saldes esta deuda, Middleton.

Patrick no respondió. Dejó el maletín sobre la mesa y Johnny lo abrió con ojos codiciosos.

—Puedes contarlo si quieres.

—No creo que sea necesario, escuché que el dinero te sobra, pues te has casado con una joven muy rica.

Patrick intentó no demostrar lo mucho que le había disgustado el comentario, pues eso sería también evidenciar lo mucho que le importaba Becca.

—¿Estamos en paz?

Johnny sonrió.

—Estaba pensando, en que después de tantos años, me debes ciertos intereses, ¿no crees?

Patrick bufó.

—Debí imaginarme que saldrías con algo así, después de todo, estoy tratado con un hombre sin honor.

La sonrisa no desapareció, pero sí se tensó.

—¿Habla de honor el que forzó el matrimonio con una dama solo para conseguir dinero?

—No habría tenido que hacerlo si no me hubieras forzado a ello.

—Puedes justificarme, pero no te hace mejor que yo.

Patrick prefirió guardar silencio antes de decir algo de lo que pudiera arrepentirse.

—Estaba pensando, que después de ocho años, los intereses podrían rondar a mil libras, ¿no crees?

—Bastante conveniente para ti, diría yo —espetó Patrick con resquemor.

—¿Acaso olvidas quien tiene las cartas sobre la mesa, Middleton?

—Eso no significa que me voy a pasar la vida complaciéndote caprichos —espetó.

Supuso que tenía que oponer algo de resistencia. Una redención fácil sería sospechosa.

Él sonrió, como si lo esperara. Tocó una campana y dos hombres que no había visto, aparecieron. Sin que Patick tuviese tiempo de reaccionar, lo inmovilizaron sujetándolo por los brazos.

Ni siquiera intentó forcejear. Sabía que era inútil.

Johnny se acercó, la sonrisa macabra bailando en su rostro.

—Yo creo que sí.

El golpe ya se lo esperaba. Sintió el sabor amargo de la sangre en la boca antes de que llegara el otro.

—¿No puedes solo, Johnny? ¿Siempre necesitas ayuda de tus matones?

No, no fue su comentario más prudente, pero no pensaba ponerse a suplicar para interpretar el papel de aristócrata asustado.

El tercer golpe llegó al estómago.

—Tienes diez días —fue tolo lo que dijo.

Los hombres lo soltaron, y Patrick logró mantenerse de pie.

Esperaba que Gritsmore se estuviera movilizando.