Capítulo 16
Se sentía extraño, muy extraño, casi sin vida.
Becca observó la que sería su nueva casa.
El vestíbulo era grande, y las escaleras que llevaban a las plantas superiores, majestuosas.
Estaba limpia, olía a flores y ni un solo peldaño del piso rechinó antes sus pisadas, pero aun así, se sentía vacía.
Y no se refería a la falta evidente de mobiliario, que claramente se debía a que había sido adquirida recientemente, sino al extraño desasosiego que la invadía al estar bajo ese techo.
Una inquietud producto de saber que no era su hogar, y que no lo había sido por voluntad propia.
—Me gustaría saber cuál es mi habitación —dijo después de que todos los criados se hubieran presentado.
No se lo preguntó a Patrick, sino a la dama que se había presentado como el ama de llaves, quien cambió su expresión amable por una de preocupada. No dudaba que la mujer sentía su poco ánimo ante su nueva vida de casa.
—Por supuesto milady.
La dama empezó a guiarla hacia las escaleras y Becca la siguió.
—Hoy no cenaré. No tengo hambre —anunció a nadie en particular, aunque Patrick sabía que era para él.
La habitación era bonita, aunque demasiado rosada para el gusto de Becca. Había un tocador, un armario, y una cama que ocupaba todo el centro de la estancia. Los baúles con sus pertenencias descansaban en una esquina, como el único resquicio de su vida pasada.
se dirigió a la ventana y observó el paisaje.
El patio trasero estaba bien cuidado, y a los lejos se veían otras mansiones de la elegante urbanización de St James.
Incluso podía distinguir los árboles altos y frondosos de Green Park.
Sí, era una casa bonita. Se preguntó si la habría comprado o solo alquilado.
No era como si le importase demasiado.
Recorrió la habitación con desánimo, mientras recordaba los últimos momentos en su verdadero hogar.
Su familia, exceptuando a Rose, no entendía por qué no se había quedado a cenar, y Becca sospechaba que debían creer que él la había obligado a marchar.
Quizás les explicara después sus razones.
O tal vez Rose lo hiciera. Ella sí entendía.
Su hermana le había dado un abrazo fuerte y le había prometido que siempre estaría allí para cuando Becca la necesitase, no importaba cuan absurda o insensata fuese la idea que se le ocurriera.
Rebecca lo interpretó como que la ayudaría a escapar si así se lo pedía.
Lo agradeció, pero la idea perdía cada vez más fuerza en su cabeza.
Quizás en un futuro, cuando los rumores se aplacasen, podría huir.
Él, por orgullo, nunca admitiría que lo abandonó, así que tal vez dijera que Becca se había ido a vivir al campo, por lo que Alison y su sobrina no tendrían que sufrir las consecuencias de su decisión.
Sí, a lo mejor se decantaba por esa opción. Lo evaluaría llegado el momento.
Se sentó en la orilla de la cama y miró hacia la chimenea apagada.
¿Cómo sería su vida de ahora en adelante?
¿Tendría que ejercer el papel de una condesa ejemplar?
¿Qué esperaría él de ella? Esperaba que no demasiado, porque Becca nunca había sido un buen ejemplo social, y él en ese momento no le agradaba lo suficiente para que se diera a la tarea de al menos intentarlo.
Se recostó en la cama y empezó a sentir sueño. La noche anterior no había dormido por los nervios, así que en cuanto cerró los ojos, se quedó dormida.
La despertó un golpe en la puerta. Observó la ventana. Ya había oscurecido. El golpe en la puerta se repitió. Becca murmuró un «adelante» somnoliento mientras se incorporaba. Su doncella entró, sonriendo como si fuera el día más feliz de su vida.
—¿Quiere que la ayude a cambiarse?
Becca se percató de que todavía llevaba el vestido que había usado para la ceremonia, así que asintió. La doncella abrió el baúl y empezó a mover ropa.
—Quería arreglar todo esto hoy, pero toqué hace un rato y no respondió, así que asumí que se había dormido.
Las novias no suelen dormir mucho el día de la boda por los nervios —comentó.
Lily tenía esa costumbre de hablar sin parar, y por eso su relación funcionaba tan bien, pues nunca esperaba que Becca contestara o se uniera a la conversación—.
Pero me alegro que haya repuesto energía —dijo con un tono pícaro.
Sacó de su baúl uno de los camisones de Becca y lo miró con el ceño fruncido—.
No entiendo por qué no ha querido comprarse un ajuar. Esto… esto no sirve de mucho.
Becca no entendía a qué se refería. Veía el camisón en buen estado, era uno de que siempre usaba.
—Aunque, supongo que lo importante no es el envoltorio sino lo que está dentro, ¿no?
Rebecca abrió la boca para preguntar a qué diablos se refería, pero el brillo pícaro en su mirada dijo mucho.
Enrojeció.
La noche de bodas.
No había querido pensar en ello.
Ni siquiera había querido hablar de ello. Hattie intentó entrar a su cuarto la noche anterior, pero Becca se había negado a escuchar una sola palabra de algo que no iba a suceder.
Porque no pensaba consumar el matrimonio. Si él tenía intenciones de hacerlo, iba a tener que emplear la fuerza.
Se estremeció solo de imaginarlo. Si bien lo que sucedía entre marido y mujer era algo en lo que nadie se metía, pues se tenía la absoluta convicción de que el esposo tenía ciertos derechos, Becca quería creer que él no la forzaría.
Todavía había una diferencia grande entre ser un traidor y ser canalla.
Dejó que la doncella le ayudara a quitarse el vestido y ponerse el camisón. El olor familiar de la tela la tranquilizó, pues por un momento sintió que estaba de nuevo en casa, con su rutina acostumbrada.
Lástima que solo fuera un segundo.
Cuando la doncella se retiró, Becca se acurrucó en una de las butacas que estaban ubicadas frente a la chimenea. La noche no era fría, pero, aun así, decidió encenderla. El calor del fuego siempre la había tranquilizado.
Volvieron a tocar la puerta. Becca se tensó. No creía que fuese su doncella, no había olvidado nada.
Miró con recelo la entrada, preguntándose si era prudente responder o si le traía algún beneficio quedarse callada. ¿Podría él pensar que se durmió y marcharse?
No, era demasiado pedir. Lo supo en cuanto sintió que la puerta se abría.
Encontrarlo no fue una sorpresa, aunque sí verlo a medio vestir. Aún conservaba los pantalones y la camisa, pero esta estaba abierta, y no había rastro del chaleco, el lazo o el frac. De alguna manera, eso resultó incluso más íntimo que si lo hubiera visto desnudo.
—Sabes, por lo general se acostumbra a esperar el permiso para entrar —dijo, cortante.
Él se limitó a sonreír.
—¿No puede un hombre asegurarse de que su esposa no ha escapado por la ventana?
Becca observó la ventana. Era grande, pero veía complicado saltar de un tercer piso.
Él se rio cuando la observó considerar la idea.
—Creo que tendré que hacer revisiones frecuentes.
A ella no le causó ni un poco de gracia el comentario, si acaso, la puso de peor humor.
—Ni sueñes que me voy a acostar contigo, Middleton —dijo con dureza, alzando sus mejores defensas en caso de que las necesitase—. Si quieres tenerme, vas a tener que forzarme.
La expresión de él cambió. Se sintió dolido por el comentario, pero se repitió a sí mismo que debía tener paciencia. En ese momento, ella no tenía ninguna razón para confiar en él. Era como un animal herido, no lo dejaría acercarse con facilidad.
—Nunca te forzaría, Becca —dijo, su tono pausado para que no quedara duda—. No he venido para eso. Pensé que podríamos compartir una copa.
Beca entonces se dio cuenta de que tenía una botella bajo el brazo y sostenía dos copas con una mano.
Cómo ella no respondió, él se sentó en la butaca a su lado.
—No quiero —dijo, aunque presentía que ya era tarde.
—La he comprado especialmente para la ocasión —insistió con paciencia—. Creo que te gustará, y así puedes probar algo nuevo.
Esperaba que ella entendiera qué le estaba intentando decir.
Ella miró con recelo la botella y después las copas.
Como una dama a la que nunca la habían dejado probar bebidas fuertes, se sintió muy tentada. Aunque no quería aceptar nada de él porque sabía que su objetivo era ablandarla.
—No tienen droga, te lo prometo. Dejé el opio hace años.
Su tono era de humor, pero había algo más oscuro dentro de esa declaración.
Opio.
La adicción al opio no era algo que se soliese tomar a la ligera. ¿Hasta ese punto había caído? ¿Por qué?
Se quedaría con la duda, porque, por más que lo deseara, no se lo pensaba preguntar.
—¿Cómo sé que no quieres emborracharme?
—Creo que eres demasiado lista para caer en esa treta.
El halago la ablandó un poco y se odió por eso. Volvió a observar la botella. Estaba sellada. No podía haberle echado nada.
La curiosidad ganó, así que asintió.
Él sacó de su bolsillo un descorchador y abrió la botella frente a ella.
Le llenó solo la mitad de la copa. Becca lo probó. Nunca había degustado un licor similar. El sabor no era amargo, pero sí un poco terroso, sabía a frutas secas, uva, sobre todo.
Le gustó.
—¿Te agrada?
Ella asintió. Patrick se sirvió en su propia y bebió.
Por varios segundos, no dijeron nada, solo bebieron de exquisito brandy mientras el silencio se instalaba entre ellos como una carga pesada.
Si tan solo él no la hubiera traicionado, todo podría ser muy diferente. Podría haber sido una noche agradable.
—¿Estás abierta a hablar, Becca?
—Nada de lo que digas te justificaría.
—Lo sé, pero aún así me gustaría que me escucharas, ¿podrías hacerlo?
Becca supuso que no podría evadirlo para siempre, aunque su mayor deseo.
—Esa noche, en Vauxhall, la bala sí iba hacia mi madre.
Becca se sorprendió tanto que casi se atraganta con el licor. No se esperaba eso.
—Sabes, hace años, cuando no podía despegarme del juego, me metí en muchos problemas. Le debía dinero al duque, y sabía que mi madre intentaba… persuadirlo para que no me mandara a la cárcel de deudores.
Becca no necesitaba que le explicara a qué se refería. Se estremeció solo de imaginarlo.
—Entonces, ¿se casó con él porque la obligó?
—A mí me gusta pensar que sí, no tengo en mucha estima a Gritsmore.
Pero él tiene un argumento infalible y es que es imposible obligar a mi madre a algo que no quiere.
No, creo que se enamoró de él mientras era su amante y él, en su forma muy extraña, también la ama a ella.
Los niños solo aceleraron la boda. El punto es que, en ese momento, solo pensé que mi madre se estaba sacrificando demasiado por mí, y quería librarla de esa carga, así que no se me ocurrió una idea mejor que pedirle dinero a un prestamista de los bajos fondos.
Ya a este punto te imaginarás que no era el joven más listo.
No, lo cierto era que no, pero Becca podía entender que la desesperación no siempre era buena consejera. Supuso que ella también se preocuparía si imaginaba que su madre estaba por su culpa a merced de un hombre como Gritsmore.
—Todo resultó peor. Amenazaron a mi madre y casi me matan.
Gritsmore tuvo que resolver el asunto, y creí que todo había quedado allí.
Pero hace poco llegó una nota, un chantaje.
El asunto no está solucionado, parte de esa banda empezó a reconstruirse y nos tomó desprevenidos.
Quieren dinero que les debía, y la bala a mi madre fue una advertencia de que nos tienen ventaja.
Tengo que darles ese dinero, Becca, aunque sea para ganar tiempo mientras los hombres del duque logran infiltrarse.
Becca no sabía que decir. Una parte de ella podía comprenderlo, pero la otra se negaba a darle la razón. La necesidad nunca era justificativo para arruinarle la vida a otros, no si había otras opciones.
—¿Por qué el duque no le dio el dinero?
Sabía que Gritsmore era uno de los hombres más ricos entre la alta sociedad.
—Pudo haberlo hecho, pero si dejo que dé el dinero, nunca me dejará olvidarlo.
—¿Entonces decidiste decidir sobre mi futuro para que no saliera herido tu orgullo? —gimoteó, incrédula.
Era demasiado.
Él suspiró.
—Becca…
—¡Vete!
—También eres una mujer orgullosa, Becca, ¿te gustaría ver a tu familia en peligro, saber que tú eres la causante, pero tener que verte obligada a que otro te financie la solución del problema porque eres incapaz de hacerlo tú misma?
No. Rebecca siempre había sido de las que afrontaba las consecuencias de sus propias acciones.
Pero, aún así, no podía entenderlo. No del todo, no en ese momento.
—Vete —volvió a decir, esta vez en un tono más bajo. Una súplica.
Él entendió que no era el momento para continuar ahí. Se puso de pie y se encaminó hacia la puerta.
—Sé que nada de lo que te diga va a justificar mis acciones, pero te pido que al menos intentes entenderme.
Se marchó. Becca observó su copa, todavía llena, y la botella que él había dejado en el suelo. Sintió deseos de emborracharse hasta la inconsciencia, y ver si era verdad que el alcohol hacía desaparecer todos los males.
No sabía qué pensar.
Por una parte, podía entender la sensación de querer responsabilizarse de sus actos.
Becca nunca había dejado que otros pagaran las consecuencias de algo que ella hubiera hecho.
Si había roto algo, lo confesaba, si había cometido una travesura muy peligrosa, aceptaba el castigo y, probablemente, si estuviese en su situación, también hubiese buscado manera de resolver sin que nadie tuviese que pagar por sus errores.
No obstante, ¿hasta qué punto era una solución aceptable cuando involucraba a otro?
Porque él podía tener sus razones, pero ella también tenía derecho a decidir sobre su vida, y él se lo había quitado.
Era complicado, muy complicado.
Becca se acurrucó entre las almohadas, esperando llegar a una conclusión que no obtuvo, y que posiblemente tampoco tendría ese día.
Sin embargo, antes de que el sueño la reclamara, supo que lo odiaba un poco menos.
Solo un poco.