La apuesta arriesgada del conde Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—No te he preguntado a ti —espetó ella.

—Digo lo que él no se atreve.

Victoria le ignoró.

—¿Qué clase de dama le parece agradable?

El joven futuro marqués miraba a los lados como si alguien pudiera salvarlo de esa horrible situación.

—Las de carácter pasivo —murmuró entre dientes, claramente disgustado.

Si Victoria captó la indirecta, fingió que no.

—¿Y…?

—Déjalo —intervino George—. ¿Por qué tanto interés?

—Solo intento ser agradable.

—Creo que está empezando a detestarte.

El niño aprovechó la discusión entre hermanos para salvarse.

—Si me disculpan, debo ir a ver cómo está mi hermana.

—¿No está con la niñera? —replicó Victoria.

—Si no me ve en mucho tiempo se pone triste. Debo hacer actos de presencia constante. Sí, es duro. Hablamos después.

Se alejó todo lo rápido que pudo sin que lo acusaran de correr.

—Interesante —murmuró Gritsmore, que también había presenciado la escena. Luego, posó sus ojos en el marqués, como si evaluase la conveniencia de ir a hablar con él en ese momento.

Desde los lejos, Ivory ubicó la mirada de su esposo, y como era una mujer a la que pocas cosas se le pasaban por alto, ató los cabos después de ver cómo el niño escapaba.

Debía conocer a esas alturas la mirada calculadora del hombre con el que se había casado, y si había visto a los pequeños hablar, no era difícil deducir sus pensamientos.

Negó con la cabeza, pero Gritsmore lo tomó como una provocación.

—Vaya, parece que pronto me considerará de nuevo digno de escuchar sus reproches. Supongo que es mejor actuar antes de que eso suceda. Lástima que tú no tendrás tanta suerte.

Se marchó sin dar ninguna explicación, pero Patrick no la necesitó, pues apenas el duque se fue, la joven que tanto se parecía a su futura esposa empezó a acercarse con una mirada que prometía guerra.

Gritsmore ni siquiera se despidió antes de desaparecer.

—Milady —saludó Patrick con cortesía—. No nos han presentado.

—Tampoco creo que sea necesario —respondió ella con desdén—. No es difícil adivinar su identidad.

Él no supo qué decir al respecto, pero ella no esperaba respuesta.

—Becca en este momento lo odia bastante —dijo sin tapujos—, y yo no le profeso sentimientos mejores.

—Comprendo —dijo entre dientes, aunque no veía el sentido de que ella fuera a decírselo. Dudaba que tuviera idea de cuánto lo martirizaba ese pensamiento.

—Sin embargo, me gusta hacerme mis propios juicios, y quiero creer que debe haber una razón que haga su accionar sino justificable, al menos entendible.

Espero que la haya, lord Middleton, o Becca le hará la vida imposible, y ella se la arruinará también.

Y si Becca es infeliz, yo haré lo imposible por llevarla a donde usted no la encuentre nunca.

Tras decir la advertencia, se marchó.

Un encanto de cuñada.

Patrick se empezó a poner nervioso a medida que pasaban los minutos y su prometida no bajaba. Recordó la bolsa de viaje a medio hacer que había encontrado en su habitación, y la posibilidad de que se hubiese escapado le aceleró el corazón.

«No, Becca, por favor», pensó.

No podía cometer una insensatez similar.

Por suerte no sucedió. Becca apareció segundos después, con un vestido verde que le quedaba precioso pero una expresión tan fúnebre que cualquiera pensaría que estaba despidiendo a un muerto.

Sus ojos se encontraron, aunque solo fue por un segundo, porque ella no fue capaz de sostenerle la mirada. Caminó directamente al centro del salón, donde se ubicaba el párroco, e hizo una reverencia mecánica.

—Estoy lista —dijo con dignidad de alguien que acababa de aceptar su sentencia de muerte.

Así se sentía. Becca miró a su alrededor. No había casi personas, pero respiraba como si el ambiente la asfixiara.

Patrick se acercó a ella.

—Hola, Becca.

Ella quiso gritarle que no le hablara, que no usara el diminutivo de su nombre como si entre ellos todavía existiera la confianza que se profesaron.

Necesitó de mucho autocontrol para no ceder al deseo primitivo de gritar como una desquiciada. En cambio, asintió en reconocimiento y volvió su vista al párroco.

El hombre se aclaró la voz y abrió el librito que tenía en la mano. Pidió a todos silencio y que por favor se ubicaran en las sillas que se habían dispuesto para la ocasión.

Becca ni siquiera fue capaz de acordarse de los votos. El vicario preguntó si se encontraba bien al menos dos veces durante la ceremonia y tuvo que pasar por la vergüenza de que le recordara qué era lo que tenía que decir.

Patrick no dejó de mirarla en ningún ni un segundo, y cuando llegó el momento de colocarse las alianzas, Becca quiso retirar su mano. No quería sentir su tacto cálido y reconfortante. No quería nada de él.

Cuando la ceremonia terminó, Becca murmuró unas disculpas y salió del salón. Nadie la siguió, ni siquiera su hermana, así que Patrick supuso que todos entendían que querían estar solos.

—Las acciones tienen consecuencias, querido.

Patrick se giró hacia su abuela. La mujer pisaba los setenta, pero tenía el porte de alguien mucho más joven. Lo miraba con la sabiduría que daban los años, y algo más que no logró descifrar.

—¿Te ha mandado mi madre a decirme eso?

—Tu madre no quiere ni mencionar su nombre. Dijo que nunca antes se había sentido tan decepcionada, y si tomamos en cuenta tu largo historial de errores, eso puede considerarse una hazaña.

Patrick perdonó el comentario pedante solo porque era su abuela, y porque tenía razón. Su vida siempre había sido un caos. Él se había encargado de volverla así.

—Lo estoy haciendo por ella.

—Lo estás haciendo porque no puedes soportar deberle dinero a ese energúmeno que Ivory tiene de esposo. Te comprendo, querido, de verdad. Pero hay que dejar el orgullo de lado si eso implica dañar a otros.

—Yo no quiero dañarla.

—¿No has visto su cara? Ya lo has hecho.

Patrick sintió que algo le oprimía el corazón. Supuso que la verdad solía tener ese efecto.

—¿Sugieres algo?

—Ve a buscarla. Intenta hacerle ver que no eres su enemigo, y quizás su matrimonio no sea un caos.

Patrick decidió seguir el consejo. No había nadie pendiente de él, así que salió del salón.

Lo primero que hizo, fue dirigirse a su habitación.

Esta vez, sí tocó la puerta, pero nadie respondió.

Dubitativo, la abrió. No era su intención violar su privacidad, pero la necesidad de verla e intentar consolarla eran más fuertes.

Se sorprendió al encontrar el cuarto vacío.

«No», musitó.

El miedo a que hubiese cometido una insensatez volvió a aparecer como una amenaza peligrosa. La veía capaz de huir, muy capaz. La tristeza no era amiga de la sensatez.

—A veces, cuando está molesta, se va a la Glorieta que está en el jardín trasero —dijo una voz femenina a sus espaldas.

Lady Mowbrat estaba a pocos pasos de él, recostada de la pared. Patrick no estaba seguro de por qué lo estaba ayudando, pero agradeció la información con una inclinación de cabeza y se encaminó al jardín.

Logró llegar con ayuda de los criados. La Glorieta estaba ubicada casi al final de la propiedad, y Becca estaba recostada en la baranda con la expresión de alguien que ya no le encuentra sentido a la vida.

Patrick se acercó a ella con lentitud. Ella reconoció su presencia con una corta mirada, pero no le dedicó más de un segundo. Tampoco le pidió que se marchara, pero no se atrevió a considerarlo un avance.

—Es injusto, ¿sabes? No tener opciones.

Patrick se situó a su lado, y como no supo qué decir, prefirió guardar silencio. Presentía que de todas formas ella seguiría hablando.

—Quería huir —continuó—. Estaba preparando todo ese día que entraste a mi habitación, pero eso ya lo sabes.

Y hoy, lo he pensado al menos tres veces, antes de la boda, durante, y hace unos pocos minutos.

Me digo a mí misma, ¿y si…? Pero no puedo, no soy tan valiente.

Mis acciones repercutirán en mi hermana, en mi sobrina, y es injusto, muy injusto.

—Suspiró—. Entonces, tengo que tolerar que sea injusto para mí solo para que no lo sea para ellas.

Como nunca he tenido alma de mártir, eso me molesta bastante.

De haber sido otra la conversación, a Patrick le hubiera parecido tierno el puchero que formaron sus labios.

—Además, tampoco tengo muchas opciones si huyo.

Podría buscar trabajo como institutriz, pero incluso para eso nos exigen bastante.

Muchas referencias, y conocimiento sólido de todo.

Hablo un poco de francés y se me dan bien las matemáticas, pero cuando tocaba responder una pregunta sobre arte, Rose se hacía pasar por mí, y viceversa cuando se trataba de números.

Descubrirían mi teatro en menos de una semana, eso si corro con la suerte de que alguien contrate a una jovencita sin experiencia, cosa que es poco probable.

Y aún soy muy joven para ser una buena dama de compañía.

En cualquier opción que se me ocurre, siempre hay una probabilidad muy alta de que algo salga mal, porque, a fin y al cabo, tantas restricciones se deben a que la sociedad nos quiere en un papel específico, y no es el de una mujer que se mantenga a sí misma.

Eso también me parece muy injusto. Pero supongo que la vida es así, injusta.

—Lo es —concordó Patrick—, pero se puede intentar llevar lo mejor posible, ¿no crees? Quizás no sea tan malo.

Becca no respondió. Siguió observando el jardín. Aún era de día, y faltaban unas cuantas horas para el atardecer. Podía quedarse allí un tiempo más, almorzar, forzar una conversación y luego marcharse, pero sentía que solo era prolongar la tortura.

Y él también lo vio así, por lo que le preguntó:

—¿Nos vamos?

—Sí.

A veces los malos ratos había que enfrentarlos pronto para que el momento desagradable pasara más rápido y pudiera volver a la normalidad. Pero su vida jamás volvería a ser como antes. Y ni siquiera estaba segura de que lo desagradable fuera a terminar algún día.

Becca estaba condenada a vivir con un hombre que había traicionado su confianza, y eso también era muy injusto.