Capítulo 15
El día de la boda llegó como suelen llegar los momentos menos deseados: con mucha rapidez.
Becca estaba en su habitación. Un vestido que había sido hecho con prisas para la ocasión descansaba sobre la cama. Era hermoso, de un verde esmeralda que combinaba con sus ojos, mangas anchas, faldas con muchos volantes y un escote más que generoso.
Lástima que no lo fuera a usar.
Se miró en el espejo desanimada.
Llevaba un sencillo traje de algodón que solía usar para dar paseos matutinos, era de un azul pálido algo deprimente y estaba pasado de moda, pero para Becca, combinaba perfecto con la ocasión.
Su peinado sí era más elaborado, solo porque su doncella no quiso seguir sus órdenes y se tomó muy en serio la orden de Hattie de dejarla hermosa.
Había recogido el cabello largo en la coronilla, y calentó las tenazas hasta que fueron capaces de hacer unos rizos perfectos en su insípido cabello, que en ese momento adornaban su frente y parte de su cuello.
También había llenado su cara con polvo de arroz, pero Becca se la había lavado apenas salió. No necesitaba nada para verse blanca, porque su piel ya estaba pálida. Empezó a dar golpecitos con su pie sobre el suelo.
No estaba segura de cuánto faltaba para la boda, ni si había llegado el novio o el párroco. Becca quería encerrarse allí y nunca salir.
Al menos, una de las ventajas de casarse por licencia especial era que podía permanecer encerrada allí hasta el momento de la boda, y después de esta ir a encerrarse otra vez.
No tendría que hacer un espectáculo público en una iglesia, y si Hattie le había cumplido lo que le pidió, no habría en el salón ni un invitado que no perteneciera a la familia directa.
No quería que nadie presenciase su derrota, su desdicha.
Alguien tocó la puerta, pero Becca no contestó. Temía que le dijera que ya era la hora, que tenía que ir y casarse. ¿Aún podía poner en práctica el plan?
Lo dudaba. Le había escrito a Rose para decirle, de mala gana, que había reflexionado y que no podría huir.
Porque, a fin y al cabo, Becca era impulsiva, pero no insensata.
La persona en el pasillo insistió, y Becca decidió seguir fingiendo por un rato más que no escuchaba. No era una táctica que le ganaría mucho tiempo, pero cuando se estaba a punto de ir a prisión, cada segundo de libertad contaba.
Abrieron la puerta porque había olvidado pasarle seguro. Había esperado ver a Hattie, a Ray o a incluso la misma Alison, pero cuando vio a la recién llegada, casi se echa a llorar.
—¡Rose!
Becca nunca había sido amante de las demostraciones físicas de afecto, pero cuando vio a su hermana, se le lanzó encima. Rose la recibió con los brazos abiertos, apretándola fuerte y sobándole la espalda mientras Becca sentía que las lágrimas le picaban la boca.
—Oh, Becca. ¿Acaso pensaste que no iba a venir?
—No pensé que te daría tiempo —musitó.
Becca le había enviado la segunda nota hacía apenas una semana. No sabía si esta llegaría a tiempo, o si Rosemary se quedaría esperando su llegada al campo.
—Oh, tuvimos que apurar un poco los caballos. Dom no está muy contento, dice que no me puedo someter a eso, pero ¿cómo no iba a acompañarte en ese momento?
Becca se separó un poco para observar mejor a su hermana. No habían pasado ni seis meses desde que se había ido, pero la notaba diferente. No por el embarazo, pues este aún no se notaba, sino por la forma en que le brillaban los ojos.
Puesto que el último recuerdo que tenía de ella era que estaba llorando por el futuro que le esperaba, a Becca le alegraba verla contenta.
—Hattie me ha contado un poco lo que ha sucedido —dijo Rose tomando el lugar que Becca había dejado frente al tocador—. Becca. ¿Por qué lo has hecho?
—Se lo merecía —siseó.
—Yo la he perdonado —murmuró Rose.
—Pues yo no. Aunque en este momento Helen ocupa un lugar muy bajo en mis pensamientos.
Solo había una venganza que tenía en mente, y era contra el que iba a ser su esposo.
—Oh, Becca. No sabes cuánto lo lamento.
A Becca nunca le había gustado ser objeto de lástima, pero lo que le ofrecía su hermana no era precisamente eso, sino un consuelo fraternal.
—Yo confiaba en él, Rose. Creí que era mi amigo.
Decirlo en voz alta hacía que doliese más.
¡Qué tonta había sido!
—¿Al menos te ha dado una explicación?
—¿Acaso puede haber alguna que lo justifique? —replicó su hermana, indignada.
—Aunque parezca sorprendente, existe la posibilidad de que todo tenga una explicación lógica.
Becca sabía por qué lo decía, pero sus situaciones, por más que parecieran semejantes, eran diferentes.
—Siempre hubo la posibilidad de que tu esposo fuera inocente, Rose. Nadie podía asegurar que hubiera matado a sus esposas anteriores. En cambio, yo sí puedo asegurar que él me traicionó.
—Al menos escúchalo, Becca. Se van a casar. Si no hablan, su vida se convertirá en un infierno.
—Pues espero que esté preparado para ello —siseó.
Rosemary la observó con preocupación. Conocía a su hermana lo suficiente para saber que esa era una afrenta que no dejaría ir con facilidad, y no era que no tuviera todo el derecho del mundo a estar furiosa, pero la rabia pocas veces era buena consejera.
Se iba a casar y no podía hacer nada por evitarlo.
Lo único que le quedaba era buscar la mejor manera de hacer más amigable su futuro.
A Rose le había costado mucho entender esa lección.
En ese momento, Hattie apareció en la puerta. Se mostró muy preocupada al ver el vestido sobre la cama.
—No te has cambiado.
—Y no pienso hacerlo —declaró Becca.
Ella suspiró con resignación. Tampoco era algo que la tomase por sorpresa.
—Él ha llegado, y el párroco también.
Becca sintió que se le iba el color. Quiso ponerse ese vestido solo para ganar tiempo, pero nunca había sido cobarde.
Respiró hondo y enderezó los hombros.
—Entonces bajemos.
Pero Rosemary se puso de pie y se interpuso en su camino cuando Becca iba hacia la puerta.
—Mandaré a llamar a una doncella para que te ayude con el vestido.
—No pienso arreglarme para él, Rose.
—Tampoco vas a bajar así. Le darás la satisfacción de ver lo mal que te tiene este matrimonio.
—O lo poco que me importa.
—¿Quieres arriesgarte? Quizás él entienda su mensaje, pero el párroco podrá decir por allí que lady Rebecca estaba tan desdichada que no fue capaz de ponerse un vestido decente.
Becca gruñó. Rose sonrió.
—Llamaré a tu doncella, y te esperamos abajo.
—Espero que no me pidas que sonría.
—No, eso ya sería demasiado, con que te veía bonita bastará. Aunque, si te ayuda a fingir, te gustará saber que hemos hecho una parada en nuestra casa de la ciudad para cambiarnos y el llanto de Helen se escuchaba en toda la mansión.
Le guiñó un ojo antes de salir.
Becca solo quería desaparecer.
Nadie le hablaba.
No era que le sorprendiese, pero no dejaba de ser incómodo.
Desde una esquina del salón, Patrick observó a los invitados.
No había muchos, el marqués, su esposa —quien se acababa de ausentar—, lady Alison, su madre, su abuela, el duque y un hombre que no conocía, pero cuya identidad sospechaba.
Ah, y, por supuesto, sus hermanos, que estaban muy entretenidos hablando con otro niño que, asumió, sería el próximo marqués de Rhodesay.
Ya se había imaginado que no sería una gran celebración, pero ver tan pocas personas lo sorprendió.
Supuso que Becca no quería testigos de su desdicha.
El párroco se encontraba junto al marqués, bebiendo una copa y con una sonrisa forzada. El ambiente tenso debía ser evidente para él, y de seguro rezaba por que la novia apareciera rápido solo para poder marcharse.
—¿Ya sabes qué vas a hacer?
La voz provino de la única persona allí que le hablaba, pero que Patrick no hubiera deseado escuchar. El duque.
—He hablado con Johnny. Prometí entregarle el dinero mañana. ¿Alguna novedad de tu parte?
—Es difícil conseguir información sin levantar sospechas —murmuró—, estoy intentando infiltrar a alguien en su bando.
Parecía una opción arriesgada e imposible, pero no dudaba que el duque debía tener bajo su mando incluso a los mejores espías de la corona, esos para los que ninguna misión era irrealizable.
Patrick se atrevería incluso a asegurar que no se estaba gastando ni una libra, sino que cobró viejos favores.
Observó a las damas que hablaban en la otra esquina del salón. Una cruzó mirada con él, pero no tardó en desviar la vista como alguien que se había encontrado con una persona no grata.
—¿Mi madre sigue sin hablarte?
La expresión de Gritsmore no se inmutó, aunque sus ojos revelaron algo de molestia.
—Se le pasará pronto.
Patrick sonrió.
—Tu optimismo es encantador.
Porque Patrick conocía a su madre, y no les dirigiría la palabra en semanas.
El duque se limitó a mirarlo con fastidio.
En ese momento, la marquesa y otra dama entraron al salón.
Por un momento, Patrick creyó que era Becca, pero no tardó en descartar la posibilidad.
La dama que acompañaba a lady Rhodesay era físicamente igual a su prometida, pero sonreía y caminaba con una gracia y encanto que Becca no podría ni siquiera imitar.
Lady Rosemary, sin duda. O lady Mowbrat, pues acababa de confirmar que el hombre desconocido no era otro que el barón del cual se rumoreaba que había matado a sus tres esposas anteriores.
Debían de haber llegado ese día.
Los ojos de la baronesa se encontraron con los de él y la sonrisa desapareció.
Patrick decidió centrar su vista en otro lado. Sus hermanos estaban a unos metros de ellos, junto con el otro niño. George tenía su acostumbrada expresión de querer estar en cualquier otro lado, mientras que Victoria esbozaba una sonrisa muy grande. Logró escuchar retazos de su conversación.
—Mi padre es el duque de Gritsmore —decía con orgullo—. El tuyo es el marqués de Rhodesay, ¿no?
El joven asintió, no muy entusiasmado con la conversación. Pero Victoria nunca había sido de las que se daba por vencida.
—Me da la impresión de que podrías ser un niño agradable. ¿Por qué no hablas más?
—Quizás porque no lo has dejado hablar —replicó George.