Capítulo 14 #2
—Eso no cambiará nada —espetó ella, dejando el collar sobre la cómoda—. Vete o empiezo a gritar.
—Becca.
—¡No quiero verte!
Estaba perdiendo los papeles, pero no podía controlarse. Él había invadido su vida, se había ganado su confianza y la había traicionado. No conforme con eso, también invadía su habitación, su intimidad.
Patrick se dijo que era mejor marcharse.
No quería que ella empezase a gritar, y no por miedo a que lo descubrieran, que a esas alturas le importaba poco, sino que no se sentía con el derecho de alterarla de esa manera.
Dio un paso hacia la puerta, pero, sin poder evitarlo, sus ojos volvieron a caer en la bolsa de viaje.
—No lo hagas —le pidió.
—No sé de qué me hablas.
—Sí, sí lo sabes. Te quieres marchar, Becca, quieres escaparte porque no deseas esta boda.
Si la lógica no me falla, tal vez quieras hacer una parada en casa de tu hermana en Yorkshire, mientras decides qué hacer, pero eso solo retrasará lo inevitable.
Ella no te puede proteger, y tú no puedes abandonar todo lo que conoces por un capricho.
—¿Un capricho? —gimoteó ella—. ¿Crees que mi libertad es un capricho?
Él vio dolor en sus ojos y su mano se alzó instintivamente para acariciarla. Tuvo que apretar el puño para contener el impulso.
—Creo que estás viendo todo peor de lo que es —dijo con suavidad—.
Entiendo que mis palabras no te generen confianza, pero voy a hacer todo lo que esté en mis manos por demostrarte que el futuro no tiene por qué ser terrible.
Solo te pido que no te escapes, Becca, no te hagas eso a ti misma.
Sabes que el futuro de una mujer sin apoyo no siempre es alentador.
Y si te vas, yo iré a buscarte, e incluso tu hermano irá a buscarte, porque aunque me deteste, sabe que lo mejor para ti y para su familia es que te cases conmigo.
El picor de los ojos se estaba volviendo incontrolable, así que Becca se giró para que él no la viera llorar. Patrick se marchó, no quería incomodarla más.
Cuando la puerta se cerró tras él, Becca se permitió romper en llanto.
No recordaba la última vez que había llorado, quizás fue el día que Rose se fue. Nunca había sido fácil sacarle lágrimas.
Jamás se lo había permitido.
Lloró durante un tiempo indefinido.
Lloró por la traición, por la rabia y por el enfado de saber que él tenía razón.
Aunque Becca se propusiera desaparecer, ¿qué pasaría con su familia?
No tenía esperanzas de que Alison se casara, pero sería muy egoísta de su parte robarle la oportunidad de ilusionarse al respecto, sobre todo por algo que no había sido más que las consecuencias de su propio actuar, de su ingenuidad.
Tomó la bolsa de viaje y la lanzó contra la puerta.
No tenía muchas opciones.
Sin embargo, juraba por lo más sagrado que él se arrepentiría. Y Becca siempre llevaba a cabo sus venganzas.
Patrick se encontró a Helen en las afueras de Albany. Llevaba un traje marrón, austero, y un sombrero que tan grande que era difícil ver su cara.
Supuso que esa era su intención, pues Patrick no la reconoció hasta que se situó delante de él.
—Lord Middleton —musitó en voz baja.
Patrick miró a su alrededor. A esa hora de la mañana, no había muchas personas paseando por Piccadilly.
Por lo general, los aristócratas se levantaban tarde, y las personas trabajadoras habrían salido más temprano.
Aun así, Patrick no quiso arriesgarse. Le hizo una seña a Helen para que lo siguiera y la llevó a la calle de atrás, mucho menos transitada.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Necesito saber por qué —musitó ella, con los ojos llorosos.
En otras circunstancias, a Patrick le hubiera dado tanta pena que se habría tomado la molestia de inventar una excusa que no resultara dolorosa, pero en ese instante, no tenía las fuerzas para ser amable.
La mujer con la que se iba a casar lo odiaba, la familia de esta también, y su futuro no auguraba nada bueno.
La vida no era fácil, ni justa, y Helen tendría que aprenderlo, así como le había hecho aprender esa lección a la hermana de Becca.
—¿Quieres saber la verdad, Helen? —preguntó, agotado.
Ella asintió.
—Yo nunca fui el hombre de esas cartas.
El rostro de ella palideció. No encontraba las palabras con las que expresar su sorpresa, así que Patrick se la ahorró y continuó:
—Ese hombre ni siquiera existió. Rebecca escribió esas cartas para vengarse por lo que le hiciste a su hermana.
La idea era ilusionarte, y el día en que se suponía debías conocerme, ella te iba a revelar la verdad.
Pero yo aparecí primero, no me dejaste ni hablar, y te marchaste sin que pudiera explicarte que estabas confundida.
Entonces, Rebecca apareció, me contó lo que sucedió y nos aliamos.
—¿Se aliaron para hacerme daño? —preguntó, incrédula.
—Rebecca quería hacerte daño. Yo quería una excusa para convivir con ella.
Helen empezó a llorar. Por lo general, Patrick solía sentir empatía con las damas que lloraban, pero la mujer que tenía delante de sí no le inspiraba más que una pequeña lástima.
—¿Cómo han podido?
—¿Y cómo has podido tú obligar a lady Rosemary a casarse con un hombre que ni siquiera conocía solo para que su pretendiente te eligiera a ti? —le espetó—. Discúlpame, Helen, pero no puedo sentir ni siquiera un poco de pena por ti.
Ella dio un paso hacia atrás y se abrazó a sí misma. Era difícil identificar en ella a la mujer prepotente que quería creer que podía manejar a todos a su antojo.
—No lo entiende —siseó—. No entiende lo que es no tener a quien lo proteja, no sabe lo que es sentir la presión constante de que necesitas casarte porque si no estás arruinada, o no fuiste lo suficientemente buena… No comprende cuánto… cuánto…
Su voz se quebró.
«Cuánto se desea un poco de cariño»
No lo había dicho, pero Patrick podía leer las palabras en sus ojos apagados, en su expresión desilusionada y en las lágrimas que adornaban sus mejillas.
Su ira se aplacó, y fue capaz de sentir empatía.
—La vida puede no ser justa, pero sigue siendo la forma en la que actúas lo que te define como persona, Helen —dijo con calma, recordando las palabras de Becca.
Ella le dirigió una mirada asesina.
—¿Ah sí? Me parece irónico que mencione eso después de lo que le hizo a Rebecca.
Se atreve a juzgar mi manera de actuar, a decirme que pude haber obrado diferente, pero ¿qué pasa con usted, lord Middleton?
¿No engañó a Rebecca y le tendió esa trampa, seguramente por su propio beneficio? ¿Qué lo diferencia de mí?
Touché
—Nada, querida.
Patrick se dio media vuelta y se marchó.
—Nada —se dijo para sí mismo.
Eran la misma clase de escoria, y él pronto también tendría que aceptar las consecuencias de sus actos.