La apuesta arriesgada del conde Capítulo 14
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Capítulo 14

—Últimamente me pregunto qué ofensa habré cometido ante Dios para que mis hermanas terminen pagando las consecuencias, pues no encuentro otra razón para que ambas se hayan visto en esta desagradable situación, ¿o es que vio lo que le pasó a la primera y decidió probar suerte a ver si funcionaba con la segunda?

Patrick intentó no mostrar su fastidio, a pesar de que las palabras distaran de ser amables. A fin y al cabo, no era que pudiera culparlo. Supuso que en su situación, habría actuado de manera similar. A él tampoco le gustaría que alguien se aprovechase de su hermana.

Patrick se sentó en la pequeña silla ubicada frente al escritorio del marqués. No lo había invitado a hacerlo, pero puesto que lo peor que podía pasar era que lo mirara con desdén, cosa que ya había estado haciendo desde que entró, se arriesgó a tomarse la licencia.

Rhodesay se limitó a beber de su copa. No era ni siquiera medio día, pero Patrick apostaba que no era la primera que se tomaba. Tampoco tuvo la cortesía de ofrecerle, algo que no lamentase. En el estado en que se encontraba, no se veía capaz de tener contención si empezaba a beber.

—Dime, Middleton, ¿cuándo quieres que sea la boda? ¿Qué tan urgente necesitas el dinero?

Esa conversación era un golpe a su orgullo, no podía negarlo. Pero el odio de toda esa familia era una consecuencia que había terminado aceptando por un bien mayor.

No así el odio de Becca. Se negaba a aceptar ese todavía.

—En una semana, máximo diez días.

Le quedaban solo seis para que se cumpliera el plazo que le había dado Johnny, pero estaba seguro de que, con ese matrimonio en puerta, podría retenerlo unos días. O el duque podría poner el dinero.

«A fin y al cabo, ya tiene su garantía», pensó con amargura.

Esperaba que su madre le quitara la palabra por un buen tiempo. No era el único que merecía sufrir consecuencias por eso.

Su expresión imperturbable no agradó al marqués. Rhodesay apretó con tanta fuerza su copa que Patrick temió que la quebrase.

—¿En qué estás metido, Middleton?

—En nada que afecte a Becca.

O eso estaba rezando. Era muy consciente de que casarse con ella implicaba una debilidad con la que podían atacarlo, aunque quería creer que Johnny no la usaría porque no sabría que tanto significaba para él, pues a fin y al cabo, Patrick dejaría claro que solo se casó con ella por conveniencia.

Esperaba de verdad que fuera así. Estaba confiando en eso, y en solucionar todo lo más pronto posible.

—No sé qué vio mi hermana en ti en un principio —espetó el marqués—, le dije que no me parecías un pretendiente adecuado.

Patrick se tensó. Sintió curiosidad de preguntar a qué se refería.

Posiblemente Becca debía de haber inventado algo sobre ellos para justificar sus encuentros, pero nunca le había dicho qué.

No la veía fingiendo con verosimilitud un amor desesperado, por lo que lo que debió contar debía de ser una mezcla entre la mentira y la verdad para que resultara creíble.

¿Habría dicho algo de él que en su momento consideró cierto?

Quizás. Pero, ¿importaba ya? Cualquier pequeña cosa que Becca hubiera apreciado de él se debía de haber esfumado con lo sucedido la noche anterior.

Y era todo su culpa.

—No pienso defenderme —dijo, cansado de esa discusión—, sé bien lo que piensa de mí, y está en su derecho de juzgarme.

Justificar mis razones poco va a cambiar su opinión.

Sin embargo, hay una cosa que le dije, y no me retracto: no pienso hacerle daño a Becca.

La aprecio, y la aprecio de verdad. Haré lo que esté en mis manos para que me perdone.

Rhodesay lo miró con intensidad, intentando descifrar la veracidad de sus palabras.

—Suerte con eso —dijo finalmente—. Entonces, la boda será en diez días. Asumo que te harás cargo de conseguir la licencia especial. Mis abogados redactarán el contrato matrimonial y te lo hará llegar en cuanto esté listo. Hasta entonces, preferiría no seguir viéndote.

Le señaló la puerta de manera poco amable. Patrick se levantó con un suspiro.

—¿Al menos puedo ver a Becca?

—Ella no quiere verte.

Patrick decidió no insistir.

Salió del despacho hacia la que recordaba que era la salida. Nadie se interpuso en su camino, nadie lo guio. En esa casa era menos que un invitado, era una presencia obligada e indeseada.

Cuando estaba ya llegando al vestíbulo, sintió un movimiento a sus espaldas. Una cabellera negra se agitó en el aire antes de esconderse detrás de una de las paredes. Por un momento, creyó que se lo había imaginado, pero segundos después, una cabeza asomó con cautela por detrás de esa pared.

La joven, que sabía tenía unos dieciséis años, pero no aparentaba más de trece, reveló su presencia con lentitud, como si dudara en hacerlo. Vestía un sencillo vestido blanco que apenas le llegaba a los tobillos y su mirada lo juzgaba en silencio.

—Escuché que quiere hablar con Becca.

Patrick entrecerró los ojos. Estaba convencido de que no pudo haber escuchado la conversación tras la puerta principal, pues esta era muy gruesa y estaba lejos de donde ellos estaban sentados, así que, o bien estaba pegada a alguna pared contigua, o se había escondido en algún lugar del despacho.

Lo último lo que veía poco probable, pues aunque la joven era pequeña y delgada, no habría podido salir de allí sin que su hermano lo notase.

O eso suponía. Si era hermana de Rebecca Astor, debía ser todo menos una niña tonta.

—Así es. ¿Podrías pedirle que venga? —preguntó.

Esperaba no asumir en vano que la pequeña quería ayudarlo.

Sus esperanzas se rompieron cuando negó con la cabeza.

—Si le digo que usted la está esperando, no va a querer bajar. Si no le digo quién la está esperando, sospechará y no querrá bajar, y si le miento sobre quién la está esperando se enfadará conmigo.

Patrick suspiró. Entonces, ¿por qué se había acercado a él?

Ella no tardó en darle la respuesta.

—También escuché que la apreciaba, y que lo hacía de verdad.

Él volvió a asentir, sin saber a qué venía esa conversación. La joven parecía estar evaluando algo en él, y finalmente, debió haber llegado a alguna conclusión de esas que no agradan, pero son necesarias, porque soltó un suspiro resignado.

—Su habitación está en la segunda planta, el pasillo de la derecha, la tercera puerta. Trate de que no lo atrapen, y si pregunta, yo no le di esa información.

La joven desapareció antes de que Patrick pudiera siquiera procesar lo que le había dicho.

Lo que le proponía era arriesgado, pero demasiado tentador para desaprovecharlo. ¿Qué era lo peor que podía suceder? Tal vez que algún criado lo viera y diera aviso, en cuyo caso el marqués iría a sacarlo fúrico de su casa, pero ya no tenía nada que perder.

Valiéndose un poco de las habilidades que había aprendido en su juventud para escabullirse, subió las escaleras hacia la segunda planta.

La suerte estuvo de su lado, algo muy extraño, y llegó hasta la habitación señalada sin encontrarse con nadie.

Por instinto, alzó la mano para tocar la puerta, pero cambió de idea.

Si hacía eso, ella preguntaría quién era, y al no recibir respuesta, existía la posibilidad de que no le abriese.

Así que Patrick probó suerte y giró el pomo.

La encontró sentada en el suelo, buscando algo en la última gaveta de su tocador. A su lado, estaba una bolsa de viaje, la cual parecía tener dentro unas cuantas prendas.

Patrick frunció el ceño. No creía que estuviese empacando para su nueva vida, ya que, sin duda, iba a requerir algo más que una bolsa.

No tuvo demasiado tiempo para analizarlo. Ella se giró apenas escuchó la puerta abrirse, y lo que fuera que iba a decir murió en cuanto lo vio.

—¿Qué haces aquí? —chilló—. No quiero hablar contigo.

—Lo sé —dijo él, adentrándose en la habitación lo suficiente para cerrar la puerta tras de él, pero no demasiado para que ella no se sintiera intimidada—, pero yo necesito hablar contigo.

Ella cerró con fuerza la gaveta y se incorporó.

—Yo no quiero escuchar nada que tengas que decir.

Notó que tenía en la mano una linda y sencilla cadena de oro, de esos regalos valiosos pero discretos que la familia suele darle a las jóvenes solteras con el fin de resaltar con disimulo su belleza.

La pregunta que se había hecho al inicio regresó, y esta vez la formuló en voz alta.

—¿Qué estás haciendo, Becca?

Volvió a fijarse en el equipaje que estaba a su lado. Becca también lo hizo, y tuvo que contener el impulso de esconderlo porque sabía que eso sería más sospechoso.

La ira estaba apoderándose de cada parte de su cuerpo como un veneno letal. ¿Qué hacía ahí? ¿Cómo se atrevía a irrumpir de esa manera en su habitación? Y lo más importante, ¿cómo había llegado?

—Lo mismo me pregunto yo, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Cómo llegaste?

—Quería hablar contigo, tu hermano me dijo que no bajarías, así que me arriesgué a venir a buscarte.

—¿Cómo has encontrado mi habitación?

Él se encogió de hombros.

—He tenido suerte. ¿Responderás mi pregunta? ¿Por qué pareciera que estás empacando para un viaje corto y ligero?

Becca se tensó.

Parecía que toda su suerte se debió de haber esfumado en algún punto, pues no había otra razón para que él la hubiera atrapado justo en ese momento. Debió haber cerrado la puerta con llave, pero ¿cómo iba a saberlo? Nadie en esa casa irrumpía en su habitación sin tocar, ni siquiera Alison.

—Solo aparto cosas que no me sirven —dijo, a la defensiva—. Y no tengo por qué darte explicaciones. Aún no eres mi esposo.

«Y espero que nunca lo seas»

Verlo era como revivir la traición. Becca tenía en su mente demasiados buenos momentos con él, tanto, que solo rememorar lo que le hizo hacía que doliera, y mucho.

—Becca, lo lamento.

Ella sintió que los ojos le picaban, y eso la enfureció más.

—¿Pretendes hacerme creer que estás arrepentido?

—No estoy arrepentido —dijo con calma—, pero me duele hacerte daño.

Ella sintió el impulso de lanzarle algo, cualquier cosa. ¿Qué debía interpretar de eso? ¿Acaso se estaba burlando de ella?

—Podría explicarte por qué lo hice.