La apuesta arriesgada del conde Capítulo 13
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Capítulo 13

La traición sabía a limón.

O quizás a esas infusiones raras que alguna doncella te obligaba a tomar para la gripe.

Tal vez sabía a cualquier cosa horrible y fea que Becca jamás hubiese probado, y aun así no se le comparaba, porque el mal trago de cualquier alimento se pasaba con agua, pero el amargor que sentía en ese momento en la boca no iba a desaparecer, y lo sabía porque no era solo un mal que estaba atacando su sentido gustativo, sino que le hacía pitar los oídos, le aceleró el corazón e incluso le nubló la vista por un momento.

Miró al hombre que hasta hacía unos segundos había considerado su amigo, el que le había dicho que la quería, y él no fue capaz de sostenerle la mirada. Parecía sentirse culpable, pero ¿qué importaba si así era? Lo había hecho.

La había traicionado.

La había atado a él.

Observó a los participantes. La fila la encabezaba Helen con su madre. La joven tenía un semblante de dolor muy similar al de Becca. Ella no pudo sentirse contenta. La venganza se había cumplido, pero a costa de su propia libertad.

Tras de ella, estaban los duques de Gritsmore. Era imposible leer el semblante del duque, pero la duquesa parecía muy furiosa. Becca empezó a tener esperanzas de que podía dejar el inconveniente en un secreto cuando entró Raymond junto con Hattie, con la anfitriona a su lado.

Se había arruinado.

—¿Qué significa esto? —gimoteó Helen.

Eso era lo que Becca quería saber, pero no quiso volver al desgraciado que tenía a su lado para obtener una respuesta. En cambio, miró a su familia. Raymond estaba al límite de su contención, lo supo por la postura tensa de su espalda.

Supuso que era entendible. Tener que casar a dos hermanas en las mismas circunstancias podía con la paciencia de cualquiera.

Tendría suerte si no la mataba antes de la boda.

Aunque, dadas las circunstancias, tendría suerte si la mataba antes de la boda.

Solo pensar en boda la hacía querer morir.

—Creo que es evidente lo que significa —dijo con sequedad la anfitriona—. Al parecer, las conductas inapropiadas vienen de familia.

Becca quiso golpearla. Era injusto. Había dos personas involucradas en ese escándalo, pero la atacaban a ella.

—La dama siempre tiene que mostrar un comportamiento ejemplar, ¿verdad? —dijo con sorna—. Pero nadie le reprocha a él no comportarse como un caballero.

Becca no pudo soportar permanecer allí. No podía ver la decepción en la cara de su hermano, la satisfacción de Patrick o el reproche en el rostro de la anfitriona. Simplemente, no lo soportaba.

Salió corriendo antes de que alguien pudiera detenerla.

—¡Becca!

El nombre fue pronunciado por varias bocas, una de ellas la de Patrick. En cuanto la vio huir, sintió la necesidad de ir tras ella, le dolía verla así, quería explicarse, pedir que lo perdonara, aunque sabía que eso no sucedería.

No había dado ni siquiera dos pasos cuando el marqués de Rhodesay se ubicó delante de él. Su esposa había salido tras Becca, pero él parecía dispuesto a aclarar todo.

—¿No crees que has hecho ya suficiente?

Lo sabía, por supuesto que sí. Tampoco era tan difícil suponerlo. Debía conocer bien a Becca para saber que no era una joven que tendía a escapadas románticas, por más cosas que les hubiera hecho creer ella en ese teatro. Y sabía qué era lo que Patrick quería.

—Déjala en paz —le espetó—. Ya has conseguido lo que querías, al menos dale la oportunidad de estar sola. —Empezó a caminar hacia la entrada—. Me gustaría hablar contigo mañana a primera hora, te avisaré si he logrado contener el instinto de asesinarte.

Y se marchó.

La estancia quedó en un silencio tenso, solo interrumpido por un sollozo de Helen, quien llegado un punto no pudo soportarlo más y salió corriendo, con su madre tras de ella.

«Al menos el plan se ha cumplido a cabalidad», pensó Patrick con resquemor. La anfitriona, quien sin duda estaba allí porque de alguna manera Gritsmore lo había organizado, estaba a punto de hacer algún comentario que no le agradaría. Sin embargo, su madre se adelantó.

—¿Nos puede dejar solos, lady Winchester?

No era una petición y ella lo sabía. Murmuró una disculpa y se marchó.

Entonces, toda la rabia de Ivory cayó sobre ellos.

—Son despreciables —les dijo. Apuntó a Patrick con el abanico que tenía en su mano—. ¿Cómo has podido hacerle eso a esa pobre dama? ¿Acaso te eduqué así?

Patrick soportó con estoicismo los dos golpes que le dio con el abanico en el brazo, sabiendo que si ella no se desahogaba, sería peor.

—Y tú —le dijo a Gritsmore—, todo esto es tu culpa.

—No fui yo quien contrajo esa deuda —dijo con desinterés, como si a esas alturas no supiera que con Ivory en ese estado era mejor ser más prudente.

—Pero pudiste pagarla. Soy tu esposa, y están tus hijos de por medio, maldito seas.

—No tengo por qué perder dinero por él.

—¡Es por nosotros! Él te lo hubiera pagado, lo sabes. Pero, aun así, decidiste provocarlo hasta que cometiera este acto tan infame.

—No soy un niño manipulable, madre.

—No, eres un hombre incapaz de dejar a un lado su orgullo. Cediste a la provocación de Víctor y le desgraciaste la vida a esa pobre muchacha.

—No quiero hacerla desgraciada —se justificó.

—Creo que es muy tarde para eso —dijo con resquemor. Después, soltó un suspiro resignado—. Regreso a casa. Tú puedes ir pidiendo otro carruaje —le dijo a Gritsmore mientras caminaba hacia la puerta.

—Mujer, has perdido el juicio si piensas que te dejaré ir sola en el carruaje.

—¡Pues puedes internarme en Bedlam! Pero juro por lo más sagrado que no compartiré contigo ni los saludos protocolares.

Gritsmore soltó un gruñido mientras seguía a la furiosa dama fuera de la estancia. Patrick se quedó solo y pensativo.

Su madre posiblemente le quitaría la palabra por días. Su prometida lo detestaba y aún debía resolver el asunto de las amenazas en su contra. No podía decir que estaba en uno de sus mejores momentos.

Y vendrían peores, no tenía duda de ello.

Becca nunca había deseado tanto desaparecer como ese día.

Por lo general, solía aceptar las consecuencias de sus acciones con estoicismo, pero siempre era porque ya las había tomado en cuenta al momento de efectuar cualquier plan peligroso que se le ocurriese.

En este caso, no había tenido tiempo de asimilarlas con antelación, pues jamás imaginó que él la fuera a traicionar.

Solo de recordarlo, hacía que un odio inmenso enrojeciera sus mejillas. ¿Cómo pudo haber sido tan ilusa? ¿Cómo podía haber confiado en él?

Y le había dicho que la quería.

Le parecía una broma cruel, dadas las circunstancias, porque había parecido sincero.

Tan sincero, que por un segundo Becca se cuestionó si no valdría la pena intentarlo.

«Tonta», se dijo.

Lo único que había conseguido era terminar en un matrimonio con un cazafortunas, y no poder mirar a su familia a la cara.

—Rebecca —dijo Raymond con suavidad.

Ella no giró la cara. Continuó con la cabeza recostada en la ventanilla del carruaje, y la vista fija en el paisaje que se desdibujaba con el movimiento a medida que avanzaban.

—Lo siento, Ray. No lo imaginaba, de verdad que no.

Y eso hacía todo aún peor.

—No te culpamos por ello, Becca —dijo Hattie, amable.

—Solo quiero saber qué paso —acotó Raymond—. Ya te estaba cortejando, había tenido mi aprobación, ¿qué necesidad tenía de hacer esto?

Era una respuesta que a Becca también le gustaría saber, pues aunque sus intenciones nunca fueron un secreto, una de las razones por las que no previó que eso podía suceder era porque él no tenía necesidad.

Al menos, no una inmediata. Sí, quería dinero para mejorar su situación económica, pero no había rumores de ruina que pudieran instarlo a actuar con prisas.

Al menos, no que ella supiera. Podía haber cortejado a otra dama, y habría podido conseguir un matrimonio ventajoso sin usar esa vil artimaña.

—No lo sé —contestó Becca, aún sin mirarlo—, no lo sé.

Raymond no quiso insistir.

Cuando llegaron a casa, Becca fue a refugiarse de inmediato a su cuarto. Su doncella, que la había estado esperando, la ayudó a cambiarse, y una vez en camisón, Becca se quedó mirando por la ventana. Esa noche no dormiría, y era absurdo intentarlo.

Había pasado aproximadamente una hora cuando alguien tocó a la puerta.

Becca consideró fingirse dormida, pero las lámparas prendidas delatarían su mentira.

—Adelante —dijo sin ánimo.

Hattie entró. Estaba en camisón, y llevaba un té en su mano.

—Creí que quizás necesitarías esto —dijo, tendiéndoselo.

Becca lo olió. Manzanilla.

—No creo que nada logre calmar mis nervios esta noche —comentó, pero decidió darle un sorbo.

—Lo imagino —respondió Hattie mientras se sentaba en el borde de la cama.

—¿Has venido a preguntar por qué lo hizo? Dije la verdad, no lo sé.

Hattie negó con la cabeza.

—Estuve pensando, y hay una parte en su historia que no encaja.

—¿A qué te refieres? —preguntó sin interés.

A ese punto, le daba igual todo.

—Si estuviese desesperado por dinero, lo sabríamos.

Las deudas no son algo fácil de ocultar, sobre todo cuando se tiene un pasado con el de él.

La sociedad siempre está atenta a si vuelve a caer en los vicios, por lo que el rumor se hubiera difundido rápido.

Pensé que, quizás, Ray lo había asustado un poco esa noche en Vauxhall y decidió tenerte segura en caso de que tu hermano cambiara de opinión respecto a su relación.

—Oh, te aseguro que no es eso —dijo con desdén.

—Yo tampoco creo que lo sea. Sería un poco tonto, sabes, enemistarte con la familia cuando puedes intentar que todo llegue a buen puerto. Solo se me ocurre que haya hecho algo así porque pensara que tú no ibas a aceptar, pero, si ya habías aceptado su cortejo, ¿por qué no aceptarías su propuesta?

Becca se quedó callada. No había mucho que decir al respecto. Y no dudaba de que Hattie respondería pronto sus propias preguntas.

—Entonces, analicé su relación. En un principio me emocionó mucho, pero no puedo negar que fue extraño.

Nunca antes habías mostrado interés por él, y solo pareciste hacerlo cuando él mostró interés por la señorita Morgan, a quien no es un secreto que odias.

Dime, Becca, ¿existe la posibilidad de que te hayas acercado a él solo por molestar a la señorita Morgan, que él se haya enterado, y que ante el miedo de que no lo aceptaras haya decidido tomar esa decisión?

Becca suspiró y se alejó de la ventana.

—Casi, Hattie. Casi.

Y le relató todo. A medida que iba narrando lo sucedido, la expresión de Hattie se iba volviendo cada vez más horrorizada.

—Oh, Becca. ¿Por qué has hecho eso? Rose no lo hubiera querido.

—Que no lo hubiera querido no significaba que no fuera necesario —respondió con la barbilla en alto—, alguien tenía que darle una lección a Helen, o seguiría dañando a otros.

—¿Y quién ha salido dañada? —replicó Hattie con suavidad.

Becca dejó el té en la mesita de noche y se dejó caer de espaldas en el colchón.

—No imaginé que lo hiciera —confesó—. Yo… creí que habíamos llegado a ser amigos.

«Ilusa, ilusa. Mil veces ilusa»

Hattie se acostó a su lado, y ambas se quedaron observando el techo por un rato. A veces, hacía bien el papel de hermana mayor.

—Yo creo que también te aprecia —se atrevió a decir—. No digo que lo que haya hecho esté bien, pero no parecía contento, ni se estaba jactando de la situación. Creo, de verdad, que había una razón de peso para que tomara esa decisión.

Becca bufó.

—No se me ocurre cuál.

—Quizás podrías preguntarle.

—No quiero hablar con él.

—Ya que les espera una larga vida por delante, creo que en algún momento tendrás que hacerlo.

Becca le dirigió a Hattie una mirada iracunda, pero esta no se inmutó. Tomó su mano entre la de ella y le dio un apretón reconfortante.

—Si se llevaban bien, quizás puedan volver a hacerlo. Eso es más de lo que tenía tu hermana, y has leído lo contenta que está.

Era diferente. Rosemary no esperaba de su esposo sino cosas horribles, por lo que era natural que, al descubrir que no eran ciertas, pudiera darle una oportunidad.

Becca, en cambio, había llegado a confiar en él, había pensado en darle una oportunidad, y él la había traicionado.

Eso era algo que no se podía olvidar.

Hattie debió leerlo en sus ojos, porque suspiró con resignación y se incorporó.

—Estás viviendo las consecuencias por querer buscar venganza. No acumules más rencores, Becca, no sin conocer su parte de la historia.  Al menos dale esa oportunidad.

Hattie se marchó, y Becca se quedó varios minutos pensando en su conversación.

¿Por qué habrá de darle una oportunidad? No veía que nada justificase su manera de actuar.

Ella había confiado en él y él la había traicionado. No había excusa que pudiera ampararlo. Había puesto por encima sus intereses y le había importado poco la convicción de Becca de no querer casarse.

Y ahora se veía obligada a hacerlo.

Esa certeza hizo que su rabia aumentara. Nunca le había gustado que la acorralaran, que la obligasen a hacer algo. Becca siempre había tenido una vena rebelde difícil de domar, y esa era una de las razones por las que no había querido casarse.

Todos querían domarla. Él le había prometido que sería diferente, y le mintió.

Con frustración, Becca tomó la almohada y la lanzó al otro lado de la habitación.

Lo odiaba, y odiaba el problema en el que la había metido. No quería casarse con él. Se negaba a hacerlo.

Entonces, no pudo evitar pensar en cómo podía evitar ese matrimonio. Para una dama nunca había muchas opciones, al menos, ninguna que no requiriera un sacrificio.

Pero a veces un gran sacrificio era mejor a la otra alternativa.

Decidida, Becca fue a su tocador y sacó una hoja. Garabateó unas palabras rápidas. No tenía tiempo de dar largas explicaciones, y tampoco lo creía conveniente. Esa nota tenía que salir lo antes posible hacia Yorkshire.

Y ella también, así que fue al armario, sacó una bolsa de viaje, y se puso a armar su equipaje.