Capítulo 12
Había llegado el momento.
Becca no recordaba la última vez que se había sentido así de emocionada.
O bien, sí lo recordaba. Fue el día que su venganza no se dio.
Pero había llegado el momento de que se diera, y no había perdido ni un poco de su entusiasmo que sintió aquel día.
Becca caminó a través del salón de baile, su mirada inquieta intentaba localizar al que iba a ser el organizador de todo. Seguramente debía estar hablando con Helen, planeando cada detalle.
Sacó de su ridículo el reloj de bolsillo que solía cargar consigo.
Eran las nueve y treinta. Tendría que encontrarse con él a las diez.
Solo treinta minutos.
Contuvo el impulso de sonreír como una niña victoriosa.
Venganza.
Dulce venganza.
No importaba que Rose estuviera feliz, Becca seguía muy contenta de cobrarle esa afrenta a la víbora que se había atrevido a engañarlas.
Mientras esperaba con impaciencia, observó a su alrededor.
A pesar de que el salón de baile no era inmenso, había la cantidad de personas suficientes como para pasar entre ellas de forma disimulada si se tenía cuidado.
No podría quedarse demasiado tiempo fuera de la vista de Ray, pues desde lo que había pasado en Vauxhall, apenas podía escabullirse de él, pero Becca esperaba tener tiempo suficiente para gozar de su victoria.
—Lady Rebecca Astor, ¿no es así?
La voz femenina provenía de sus espaldas. Becca se giró, temiendo por un momento que alguna matrona desesperada quisiera presentarle a su hijo, pues a veces, las mujeres solteras no eran las únicas que eran una preocupación en la familia. Pero cuando puso rostro a la voz, quedó sorprendida.
—Lady Gritsmore —musitó.
Hizo una torpe reverencia, sin duda, culpa de la sorpresa.
La mamá de Patrick, esa era la mamá de Patrick.
Y al lado estaba su padrastro.
Becca echó una mirada de reojo al duque. Tenía la expresión de alguien que quería estar en cualquier lado menos allí. De cerca, era un hombre realmente intimidante.
—Ya nos habían presentado en una ocasión, ¿verdad?
—Estoy segura que sí.
En el mundo tan pequeño en el que se movían, era más bien difícil no conocer a quienes se movían en su círculo. Ya fuera en una cena, alguna tertulia, o un simple paseo por el parque, era imposible no toparse con alguien que presentase a otra persona.
—Y a mi esposo, ¿lo conoce?
—Por supuesto.
Todos lo conocían. Que se lo hubiesen presentado formalmente, que era a lo que ella se refería, lo dudaba, pero Becca no se sentía cómoda intercambiando saludos protocolares con ellos.
Quizás porque ya había compartido momentos con Patrick que no debería haber compartido, y hablar con su familia reforzaría una intimidad en la que no quería pensar.
—La vi en Vauxhall hace dos días —comentó con tono casual—, asumo que presenció aquella desagradable escena. Quería preguntarle cómo se sentía el respecto. Fue todo un acontecimiento.
Si la pregunta tenía el objetivo de tranquilizarla, lo consiguió. Saber que el tema de conversación no sería, al menos por el momento, por qué Patrick la estaba cortejando, le daba tiempo de pensar con más claridad.
—Oh, sí. Por suerte, no pasó a mayores. Mi hermano nos sacó de allí de inmediato. ¿Usted se encuentra bien? —preguntó con tiento.
No era un secreto que la bala había estado a punto de matarla.
Ese había sido el chisme de la casa al día siguiente, y el tema de conversación mantenía ocupado en ese momento al menos a la mitad de los asistentes esa noche.
Aún no sabían si había sido un intento deliberado de asesinato, o solo casualidad, aunque se apostaba por lo segundo, después de todo, ¿quién querría matar a la mujer de un hombre tan poderoso como el duque?
Nadie era tan idiota. Y, si ellos tuvieran miedo de algo, no estarían en la fiesta.
O, al menos, ella no parecía tener miedo.
—Muy bien. —Sonrió y lanzó una pequeña mirada a su esposo. Becca estaba segura de que lo había escuchado gruñir—. Tengo dos hombres que se preocupan mucho por mí y me sacaron de allí a salvo. Sobre eso, ¿no ha visto a mi hijo? Sé que venía, pero no he podido localizarlo.
Que le hiciera esa pregunta justamente a ella hizo que Becca volviera a levantar las barreras. Lo sabía, por supuesto que lo sabía. Era imposible que no estuviera al tanto que su hijo la estaba cortejando, y había conseguido una manera eficaz y educada de obtener información.
Becca al menos podía admirarle que estuviese siendo disimulada, aunque su mirada ávida revelaba sus intenciones.
—No lo he visto esta noche.
—Creo que está bailando con la señorita Morgan —comentó el duque.
Era la primera intervención que hacía y no era un comentario casual.
Becca no lo conocía lo suficiente para afirmarlo, pero juraría que fue un comentario malintencionado.
Por instinto, sus ojos se fueron a la pista de baile, y no tardó en ubicarlo, pues la pieza estaba por comenzar y estaban ubicados uno frente al otro.
«Es parte del plan», pensó, ignorando una extraña punzada en su pecho. Debía, hasta el último momento, fingir que la quería. Así el golpe sería más duro.
—Es verdad —comentó con desenfado—. Ahí están.
No parecía ser la reacción que la duquesa quería, pero Becca moriría antes de demostrar que estaba celosa.
Si lo estuviese, pero no lo estaba.
—No me agrada demasiado esa niña —comentó lady Gritsmore, con una mueca de desdén—, parece bastante pretensiosa.
—Y ese es uno de sus muchos defectos —murmuró Becca.
El comentario tenía la intención de ser solo para ella, pero se percató de que lo dijo más alto de lo esperado cuando dos miradas inquisidoras se posaron en ella.
—A mí tampoco me agrada demasiado —confesó, porque no veía nada de malo en admitirlo. Nunca fue un secreto, y no le gustaba mentir solo por cortesía.
—¿Acaso la ve como una competencia?
Becca le dirigió al duque una mirada indignación.
Real y pura indignación.
Ver a alguien como una competencia significaba sentir celos de esa persona. Que solo lo insinuara le parecía absurdo.
—Para que haya competencia debe haber algún punto de comparación, milord.
Su enfado era tal que ni siquiera pensó en que otras connotaciones podía tener esa afirmación tan estúpida.
—¿Y no lo hay?
—Mi hermano es un marqués, mi madre era hija de un duque. Ella solo tiene la amargura de que se va a quedar soltera.
Muy tarde se percató de que había soltado mucho la lengua.
Maldijo en su interior. Aunque Becca no era grosera, intentaba en la medida de lo posible de que sus sentimientos no guiaran sus palabras, pues era consciente de que había una línea delgada entre decir la verdad y ser maleducada.
Ella había cruzado esa línea. Sin embargo, lo único que recibió de los duques fue una mirada curiosa de la duquesa y una leve sonrisa de él. O algo que se asemejaba a una sonrisa, pues sus labios apenas habían abandonado el rictus severo característico.
Mientras tanto, el baile estaba finalizando. Sus ojos se cruzaron con los de Patrick, que no ocultaron la sorpresa de verla junto a los duques. Al menos sabía que no había aprobado la idea de asaltarla.
Se recuperó de la sorpresa con rapidez y le hizo un pequeño gesto con la cabeza hacia la salida del salón. Era la señal.
—Si me disculpan… Fue un gusto haber disfrutado de su compañía, pero me están buscando.
Hizo una elaborada reverencia y se marchó antes de darle oportunidad de detenerla.
—Ya que has satisfecho tu curiosidad —dijo el duque cuando Becca ya estaba lo suficientemente lejos para no oírlo—, ¿podemos marcharnos?
Ivory lo ignoró. No se había pasado todo un día convenciéndolo de que asistieran a esa fiesta solo para irse temprano.
—No hemos venido solo a satisfacer mi curiosidad, sino a que las personas me vean y sepa que no tengo nada que temer. Recuerda, querido, ocultarse es motivar a que todos piensen que alguien me persigue.
—Te persiguen —gruñó Gritsmore.
—Ya, pero otros no tienen por qué saberlo.
Víctor apretó los dientes. Su desafío era una prueba a su escasa paciencia.
Sus instintos primitivos de protección le pedían que la sacase de allí a rastras si era necesario, pero se contuvo.
Si lo hacía, sería muy tedioso convencerla después de que le volviera a hablar, sobre todo cuando pronto tendría otros motivos para quitarle la palabra.
—Cálmese, excelencia. Esto no es Vauxhall.
Será más difícil introducir aquí a un tirador de los bajos fondos —dijo ella con tranquilidad, como si hacía pocos días no hubiese estado a punto de morir.
Él iba a replicar, pero ella desvió el tema con habilidad—.
Tiene carácter la joven. No estoy segura de por qué a Patrick le gustaría esa paloma.
Yo creería que ya tiene suficientes problemas en su vida.
—Esa no es una paloma —respondió Gritsmore—, es un cuervo. Y si tu hijo no se cuida, le sacará los ojos.
—Y tú estás deseando verlo, ¿verdad?
El duque sonrió.
—Me ofende que lo dudes.
Patrick logró deshacerse de Helen con la excusa de que quería ir a saludar a su madre.
Al principio, esta se molestó, pero le pidió que fuera a las diez y quince a la biblioteca con la baronesa viuda, pues Patrick iba a enfrentarse por fin a su familia y pedir su mano, la rabia fue sustituida por dicha.
Quizás en otro momento hubiese sido preso de algún remordimiento por lo que estaba por hacerle, pero en ese sus preocupaciones eran tan grandes que lo menos que le importaban eran los sentimientos de Helen.
No era como si todo no estuviese a punto de irse por la borda de cualquier forma.
Con paso cansando, salió del salón, no sin antes intercambiar una corta mirada con Gritsmore.
Becca debía de estar esperándolo en la biblioteca, tal y como habían acordado en la nota que le había dejado esa mañana, la que le indicaba que había llegado el día de cobrar su venganza.
Debía de estar contenta, y eso solo hizo que se sintiese peor.
Cuando llegó a la biblioteca, ella ya estaba allí. Como una joven inteligente, se había ocultado entre la sombra de los estantes previniéndose por si la persona que entraba era alguien diferente a Patrick. Al comprobar que sí era él, reveló su presencia.
Tenía una sonrisa tan linda que Patrick sintió que algo le apretaba el pecho. Estaba feliz, mucho, y le dolía pensar en arruinar esa felicidad.
—¿Vendrá? —preguntó emocionada.
Él solo asintió. Ella estaba tan contenta, que no detalló su expresión fúnebre.
—Sabes, me debato entre dos maneras de proceder.
La primera, era la acordada, fingir que nos vamos a casar y que me dejas porque te enamoraste de mí, y la segunda, simplemente decirle la verdad, que nos estuvimos burlando de ella por semanas.
Me tienta más lo segundo, pues considero que al actuar de la primera forma, cuando el compromiso se rompa, ella estará feliz, y esa idea no me gusta, aunque piense que fui yo quien lo abandonó.
—Haz lo que consideres mejor.
—¿En serio? Pero si me voy por esa opción, cortaremos contacto, y tú no podrás cumplir tus objetivos.
Ah, su objetivo.
«¿Qué importaba ya?», pensó Patrick.
En el centro de la biblioteca había una pequeña mesa, rodeada de tres butacas individuales y un sofá de dos puestos que parecía más ornamental que cómodo. Patrick decidió sentarse allí.
—¿Preocupada por mi futuro? ¿A qué se debe ese inusitado arranque de solidaridad? —bromeó.
Pero el comentario no fue lo suficientemente jocoso para ser creíble. De hecho, Becca por fin notó su expresión fúnebre.
Quiso preguntar qué le sucedía, pero tenía miedo de la respuesta. Su emoción por lo que se avecinaba casi le había hecho olvidar lo incómodo que fue su último encuentro.
Becca no había querido pensar en ello. Había pasado esos dos días distrayendo su mente con otros pensamientos, cómo la incógnita de quien sería el loco al que se ocurrió disparar en los jardines de Vauxhall, o la manera más cruel de romperle el corazón a Helen.
Había ignorado ese tema con deliberación porque no sabía qué pensar al respecto.
Él había querido pedirle matrimonio. Becca lo sabía, nunca había sido un secreto que él siempre tuvo ese objetivo en mente.
A pesar de su acuerdo inicial, ella supo que debía cuidarse de Patrick, que el hecho de que buscara a otras debutantes no la dejaba de inmediato a salvo, y trató de estar alerta.
Sin embargo, y desde aquella vez en el jardín hasta esa noche en Vauxhall algo había cambiado.
Algo que le impedía decirle que no con la misma facilidad con la que lo hubiera hecho en aquel primer encuentro.
Y Becca no quería analizar qué.
Se negaba a pensar en por qué, después de años resignándose a que una vida en soledad era lo más conveniente para ella, de pronto su propuesta le pareció tentadora.
Y estaba reacia a analizarlo porque le daba miedo caer en una falsa ilusión que al final no tendría arreglo.
Él no esperó que ella contestara. Se recostó en el sillón y cerró los ojos.
Ella se percató de que tenía ojeras. Debía de llevar días pasando mala noche, pero, ¿por qué?
—¿Estás bien? —preguntó con tiento.
Se sentó a su lado, aunque manteniendo las distancias. No le gustaba verlo así, y tampoco le gustaba pensar que ella podía ser la causa de su desasosiego.
«No es tu culpa», se repitió. Pero la congoja en su pecho no desaparecía.
¿Qué le pasaba? ¿Cuándo había empezado a importarle hasta ese punto?
Patrick abrió los ojos. La observó con una intensidad que le erizó la piel. Quería decirle muchas cosas, pero no encontraba la manera.
—Querida Becca, ¿me has llegado a apreciar aunque sea un poco?
Una pregunta extraña, que hizo que Becca levantara algunas barreras. ¿A qué venía? ¿Qué diablos pasaba?
Quiso meditar su respuesta, pero su corazón encontró las palabras más rápido que su cerebro.
—Sí.
Y decir lo contrario era una mentira tan grande que no podía ni siquiera concebir la idea de hacerlo, aunque admitir la verdad la hiciera sentir vulnerable.
Él la recompensó con una pequeña sonrisa vulnerable.
—Te quiero, Becca, y te aprecio mucho.
Y apenas mencionó las palabras, Patrick supo que eran reales.
De alguna manera, esa pequeña criatura de carácter maquiavélico había logrado ganarse más que su simpatía. No sabía si llamarlo amor, o solo aprecio, pero la quería lo suficiente para que le doliera lo que iba a hacer.
Se acercó un poco a ella y le acarició la mejilla. Becca se dejó, no porque quisiera, sino porque estaba demasiado conmocionada para apartarlo.
¿Qué acababa de decirle?
¿Qué implicaba eso?
Su corazón se aceleró, y su mente intentaba procesarlo todo. Él se inclinó hacia ella. Becca pensó que le robaría uno de esos besos que quitaban el aliento, todo con el fin de nublarle por completo el pensamiento. Sin embargo, él se limitó a acercar los labios a su oído.
—Lo siento, Becca. De verdad lo siento.
Ella no fue capaz de entender a que se refería hasta que la puerta se abrió. Al principio, esperó que fuera Helen, y sí, Helen había entrado, pero no lo había hecho sola.
Había varias personas con ella, pero Becca no fue capaz de identificar cuáles, pues la realidad de lo que acaba de pasar la golpeó con una rudeza que la dejó sin aliento.
Él le había tendido una trampa.
Y dolía, dolía mucho.