Capítulo 11 #4
—¿En dónde? Porque no estuvo ni en mi visión, ni en la de mi esposa. Lo cual, comprenderá que no es adecuado.
Maldita sea.
—No salimos de la rotonda, milord. Hay mucha gente, quizás nos descuidamos en no ubicarnos donde pudiera localizarnos.
—Esos suelen ser descuidos bien planeados —atacó el marqués.
—Jamás ha sido mi intención.
Y no era del todo mentira. Las conversaciones a solas solía instarlas Becca.
—¿Qué intenciones tiene con mi hermana?
—Le aseguro que todas mis intenciones son honorables.
Tampoco era mentira. Patrick siempre había tenido como objetivo el matrimonio, y eso era honorable.
«Aunque no se vaya a dar», pensó con melancolía.
Recordó el encuentro de hacía un rato.
Por un pequeño momento, creyó que la podría convencer. Vio en sus ojos la duda, la tentación, y, después, nada.
No podía negar que el golpe de la decepción fue más duro de lo que esperó, quizás porque deseaba que ella dijera que sí más de lo que había querido admitir. No era solo no querer tomar medidas drásticas, sino el deseo de que ella confiara en él lo suficiente para que aceptara.
Que Dios lo ayudase. Ella le agradaba más de lo que había planeado.
—Honorables y deshonestas no siempre son sinónimos.
Era un hombre listo, situación que era buena para las mujeres a su cargo, y muy inconveniente para Patrick.
—Sé lo que piensa de mí —dijo, con sinceridad.
A hombres como esos no era fácil mentirles, y Patrick sentía que no se lo ganaría con una historia falsa—.
Y no voy a negar mis intenciones. Mi situación económica no es la mejor.
Sí, la dote de su hermana me sería muy conveniente, pero no signifique que no la aprecie, ¿sabe?
Es una mujer lista, audaz, atrevida. Se puede conversar con ella como con ninguna otra y es… agradable, aunque muy a su manera.
Patrick no se percató de que estaba sonriendo hasta que el semblante del marqués se ablandó.
—¿No le harás daño?
—Nunca ha sido mi intención.
Y esa era, posiblemente, la mayor verdad que había dicho en esa conversación. Buscó con la mirada a Becca y la encontró observándolo. Parecía preocupada, así que le dirigió una sonrisa para informarle que todo estaba bien.
Becca.
Recordó los momentos que habían compartido desde que ese malentendido había unido sus caminos. La conversación en aquel almuerzo, el baile de disfraces del que se escaparon, esa misma noche.
La pequeña y maquiavélica Becca.
No podía hacerle daño.
Y justo cuando había tomado la determinación de tragarse su orgullo y pedirle dinero al duque, un disparo resonó en medio del jardín.
Entonces, todo se volvió un caos. La gente empezó a correr, despavorida, llenando el lugar de gritos y maldiciones.
El marqués de Rhodesay echó a correr a donde había dejado a las mujeres que tenía a su cargo, y, por suerte, las ubicó antes de que la avalancha de personas se las llevara.
Con la certeza de que Becca estaría a salvo, Patrick inició una batalla para llegar a los recintos privados, donde su madre había estado conversando con las hijas de Gritsmore.
Cuando por fin logró llegar, el duque ya estaba ahí, junto con el conde de Londonderry, el marqués de Rogarth y el vizconde de Sherington, que también se habían acercado para verificar el estado de sus esposos.
Sin embargo, ninguno tenía la mirada asesina del duque, fija en la pared ubicada detrás de la mesa.
Había una bala incrustada en la obra de Francis Hayman que decoraba el recinto, una que estaba justo encima de la cabeza de su madre.
Ivory hizo su mayor esfuerzo por quitarle importancia al asunto, comentó algo de que se debería restringir más la entrada y que quizás deberían esperar un poco para irse a casa, porque todo estaba muy ajetreado.
Sus hijastras comentaron que sería buena idea, pero el duque no dejó ni siquiera fluir la conversación.
—Nos vamos.
—Pero querido, creo que…
—He dicho que nos vamos.
Ivory suspiró. Le dirigió a Patrick una mirada de fastidio mientras se levantaba con toda la dignidad posible después de una orden tan cortante. Era probable que su madre no saliera de la casa en un buen tiempo, y Patrick apoyaría esa idea.
Las hijas del duque no tenían por qué obedecer la orden, pero no debieron ver prudente abandonar a la única mujer que había sido capaz de aguantar a su padre, así que con sonrisas de ánimo, la tomaron de la mano haciendo comentarios de lo violentas que estaban las calles.
Mientras se abrían paso hacia la zona de carruajes, el duque se le situó al lado.
—¿Vas a solucionar este problema o lo tendré que solucionar yo?
Patrick observó a su madre. Parecía calmada, pero la ligera tensión en los hombros revelaba su verdadero nerviosismo. Sería fácil dejar que el duque se encargase. Tenía más dinero, más contactos, y era su mujer y sus hijos quienes corrían peligro.
Pero Patrick no podía desentenderse, no solo porque no le permitiría olvidarlo jamás, sino porque, al final, él había sido el causante del problema, y pensar que su madre pudo morir por su culpa era algo con lo que no podía cargar.
Él tenía que contribuir a solucionarlo, costase lo que costase.