Capítulo 11 #3
A Becca se le ocurrían muchas razones, la principal era que ella no tenía la certeza de nada.
Podría darle un voto de confianza, él podría estar siendo sincero, pero nada le garantizaba que después esa promesa no le pesara.
Becca era quien era, no pensaba cambiar, y sentía que, aunque él dijera que no, esperaría ciertas cosas que ella no podría darle, e intentaría forzarlas.
Entonces, cuando no lo lograra, se decepcionaría, y creía que no había nada más triste que estar atado de por vida a una persona a la que ya no se ve con la misma ilusión.
«Pero él sabe quién soy, nunca le he mentido», le dijo la voz en su cabeza que consideraba la propuesta tentadora.
Porque sí, que Dios la ayudase, pero había llegado a considerar la propuesta, pues si en algo tenía razón el conde, era que las mujeres casadas tenían cierto nivel de libertad superior al de una soltera.
Podría probaba más cosas, sentirse menos restringida… y no estaría sola.
No era algo que quería admitir, pero desde que Rosemary se fue, Becca se sentía muy sola.
Su hermana era la única con la que podía ser siempre ella misma.
Ante Ray y Hattie Becca tenía que fingir que sí consideraba la idea de casarse; ante Alison, debía mostrar cierto grado de optimismo porque era muy sensible.
Pero ante Rose, solo era Becca. La pesimista, la sarcástica y oscura Becca. Rose la aceptaba así.
Y Patrick también.
O eso le había hecho creer.
Al menos, hasta el momento no se había espantado con su odiosidad, conversaba con ella sobre cualquier cosa y parecía estar poco asustado por su forma tosca de ser.
Becca había conocido a suficientes caballeros para identificar a quienes fingían entenderla solo porque necesitaba conquistarla.
Estos solían tratarla con condescendencia, como a una niña a la que se le dice que todo sí solo para mantenerla feliz.
En cambio, a Patrick parecía que su carácter le era entretenido, a pesar de haber conocido lo peor de él.
Ante esa insólita situación, era normal que Becca dudase. Las pocas veces que pensó en el matrimonio, supo que quería exactamente eso: complicidad sin fachadas, conversaciones sinceras, y si se ponía muy exigente, quizás eso que llamaban amor.
Él le ofrecía al menos dos de sus requisitos.
Pero ella tenía miedo.
Miedo de que todo cambiase y se viera atrapada.
Miedo porque, a pesar de las limitaciones, así estaban bien.
—Creo que es mejor mantener una amistad.
Aunque sabía que su negativa posiblemente acabaría con ese recién formado vínculo, Becca no fue capaz de aceptarlo.
El matrimonio no era una decisión que se tomase en un momento de atracción, sino algo que cambiaría por completo su vida.
Podría pensarlo con calma, en su casa, con la almohada sobre la cabeza ahogando sus gruñidos indecisos, pero no en ese momento cuando apenas podía hilar una oración.
Tampoco quería decirle que lo pensaría, pues no deseaba ilusionarlo.
La decepción brilló en sus ojos. Patrick dio dos pasos hacia atrás, sin querer incomodarla más, pero con la mente llena de dudas. Por un momento esperanzador había creído que aceptaría.
Y la desilusión sabía amarga.
—Quizás es mejor que regresemos —dijo él, su voz apagada.
Necesitaba pensar qué hacer, y rápido.
Becca sintió el impulso de consolarlo de alguna manera, y ahí fue donde se dio cuenta de lo mucho que él había empezado a importarle.
Por suerte, contuvo el tonto arrebato y asintió.
Ella se marchó primero. No sabía cuánto tiempo había estado desaparecida, pero cuando llegó a la plaza central, Hattie estaba histérica.
—Tu hermano está furioso —le informó en voz baja, tomándola del brazo—. Le he tenido que mentir diciéndole que sabía perfectamente dónde estabas, pero no me ha creído.
A Becca no le extrañaba. No era que Hattie mintiese mal, de hecho, se defendía bastante bien en una situación extrema, pero solía hacerlo con tanta frecuencia para salir de problemas que Raymond ya había aprendido a identificar cuando intentaba engañarlo.
—¿Dónde diablos estabas?
—Con Patrick.
El nombre lo dijo de forma instintiva, como si ya lo considerase alguien cercano.
Hattie arrugó el ceño.
—¿Te refieres a lord Middleton?
Asintió. Sabía que no iba a recibir ningún reproche de parte de Hattie, o, al menos, ninguno demasiado grande, no mientras la creyera enamorada. El problema era su hermano.
—Deberías decírmelo. Te puedo ayudar, pero no puedes escaparte así, tu hermano… Oh, no.
Becca siguió la mirada de Hattie, y la misma exclamación cruzó su mente.
Oh, no.
Patrick acababa de entrar a la rotonda, y Ray acababa de interceptarlo.
Hizo ademán de caminar hacia ellos, pero Hattie la detuvo.
—No, deja que hable.
—Pero…
—Si lord Middleton quiere hacer las cosas bien, lo correcto es que pida autorización a tu hermano para cortejarte.
Becca quería lanzarse al mar. Eso no había estado en el trato. Sí, era lo correcto, pero también complicaría todo, y mucho.
—Lo va a asustar —dijo en un murmullo lastimero.
Tenía la esperanza de convencer a Hattie de que fueran a interrumpirlos, pero ella desestimó la idea con un ademán de mano.
—Tonterías. Ese hombre tiene como padrastro al duque de Gritsmore. Sabrá lidiar con hombres de carácter complicado. O eso espero.
Ante la mirada consternada de Becca, Hattie añadió:
—Si te quiere, no debería tener problema en hablar con tu hermano.
Sí, lanzarse al mar sonaba como una idea increíble.
Patrick no vio acercarse al marqués de Rhodesay hasta que casi tropieza con él.
Era un hombre corpulento, y de altura bastante intimidante.
Le recordaba un poco al duque, pero su presencia era, quizás, menos amenazadora.
O suponía que lo era, porque la expresión que le estaba dedicando bien podría hablar de que quería matarlo.
—Lord Middleton, ¿no es así? Temo que no nos han presentado debidamente.
Había una calma peligrosa en su tono, una advertencia silenciosa.
—Lord Rhodesay. Un gusto.
Se dedicaron una inclinación de cabeza cortés, aunque sus ojos habían iniciado una batalla. Los del marqués buscaban cómo atacar, mientras los Patrick se encerraban con recelo.
—Me comenta mi hermana que ha mostrado interés en ella, y creo haberlos visto juntos hoy. Me genera curiosidad por qué no he recibido una visita formal de usted.
Patrick tuvo que contener una maldición.
No supo por qué no había pensado en que eso sucedería.
De acuerdo a las reglas formales, si pensaba cortejar a una dama, se debía pedir primero permiso a su tutor.
No hacerlo ponía en duda que los intereses del caballero fueran honestos, y cualquier familiar masculino y responsable se acercaría a aclarar el asunto.
—Pensaba hacerlo.
—¿Ah sí?
—Justamente mañana. Puede preguntarle a Bec… a lady Rebecca. Se lo comenté hoy.
La casi mención del diminutivo no pasó desapercibida a Raymond, quien entrecerró los ojos en un gesto de sospecha.
—¿Quiere decir que estuvo hoy hablando con mi hermana?
—Así es.