Capítulo 11 #2
—Cuando un hombre dice esas palabras, casi siempre se trata de lo primero —suspiró con dramatismo—. ¿Qué sucedió?
Patrick le contó todo con detalle, incluida la parte en que la defendía. Becca se tomó su tiempo para analizarlo.
—No es tan terrible, de hecho, creo que todo está saliendo muy bien, ¿no crees? Empieza a pensar que perdiste el interés en ella por mí.
—Eso si vuelve a hablarme.
—Lo hará —aseguró—. Está desesperada. Ya lo dejó en evidencia.
Él asintió.
—Sabe, si no fuera tan insoportable y cizañera, sentiría pena por ella. No debe ser fácil tolerar lo que sea en pro de conseguir un esposo.
—Vaya, hasta que por fin un hombre admite que no tenemos una vida sencilla —dijo Becca, verdaderamente sorprendida—.
Nunca ha sido fácil, Patrick. En esa sociedad, una mujer siempre tiene más posibilidades de perder que un hombre.
Sobre todo cuando no tienes ningún familiar masculino que te respalde.
Yo puedo considerarme afortunada de tener un hermano, y que este ya tenga un heredero.
—¿Y es por eso que no te quieres casar?
—Por eso y muchas otras razones.
—¿Cómo cuáles?
Becca dudó sobre si contarlo o no. Él le agradaba, pero había cosas de su vida privada que no todos podían entender, y a veces era mejor no hacer el esfuerzo.
Él leyó en su silencio la respuesta.
—¿Y si hacemos un trato? Me respondes esa pregunta y te respondo cualquier otra que desees.
Una propuesta tentadora, pensó Becca, mientras lo meditaba.
Concluyó que podía ser un buen trato, pues le picó la curiosidad sobre ciertos aspectos de él.
—Trato.
—Las damas primero.
Becca ni siquiera lo dudó.
—¿Qué te llevó a caer en el juego?
Esa siempre había sido una curiosidad genuina, no solo en el caso particular de Patrick, sino en general.
Cada año escuchaba de al menos un aristócrata que había caído en desgracia por el juego, y Becca siempre había querido saber ¿por qué?
¿Qué motivaba a alguien a seguir apostando cuando veía que lo estaba perdiendo todo? ¿Cómo funcionaba esa lógica?
Patrick ya se había esperado esa pregunta, y, aunque no era una historia que le agradase contar, tampoco era algo que no pudiese responder. Se recostó en el árbol y cruzó los brazos.
—La inmadurez, supongo —dijo, pensativo—.
Cuando te caen de golpe todas las responsabilidades de un condado encima, y ya tu prioridad no es ir a tomar unas copas con los amigos de la universidad, se puede caer en un estado angustia y negación muy difícil de superar.
Te niegas a cambiar tu vida porque tienes miedo de no dar la talla, quieres quedarte en tu zona de confort, pero como el cambio es inminente, intentas, en la medida de lo posible, aferrarte a tu pasado, y es eso lo que te lleva a los extremos.
Cuando se juega, surge algo extraño, sabes, es como si un rayo de emoción recorriera todo el cuerpo y te mantuviera en un estado de alerta satisfactoria, a la expectativa de qué va a pasar, de cuál sería el otro movimiento.
Cuando se pierde, esa energía baja y, de alguna manera, quieres volver a experimentar la satisfacción anterior, diciéndote que esta vez te irá mejor, poniendo como excusa que quieres recuperarte, pero solo quieres no sentirte decepcionado.
Entonces, todo se vuelve un círculo del que, llegado a punto, no puedes salir.
—¿Y cómo lograste salir?
Él sonrió.
—Era una sola pregunta, Becca. Y es mi turno. ¿Por qué no te quieres casar?
Ella bufó.
—No es que no quiera hacerlo nunca, o que reniegue del matrimonio, solo que, en mi caso, lo veo inviable.
Los hombres tienen cierta tendencia a querer controlar todo, ¿sabes?
Si se casan con una dama, esperan que esta haga ciertas cosas para que refuerce su imagen, que se vista de determinada manera, que mida sus palabras, que sea recatada y sociable…
No puedo ser todas esas cosas, y no quiero pasarme toda una vida fingiendo que sí puedo.
Como joven soltera quizás algunos me verán mal, pero pensarán que soy excéntrica.
Los que me cortejan, buscan mi dinero y mi posición, y se consuelan con la idea de que una vez se dé el matrimonio, pueden forzarme a cambiar.
¿Y por qué no lo pensarían? Una mujer pierde su independencia cuando se casa, y el esposo puede aplicar infinidad de técnicas para conseguir que ella haga su voluntad, y nadie lo objetará.
—No siempre es así —objetó él.
—No —concordó ella—. Pero yo prefiero no arriesgarme. Las estadísticas están en contra.
—Las estadísticas fallan —musitó él, dando un paso hacia ella.
Era consciente de que las razones de Becca tenían solidez.
Patrick no despreciaba a su género, pero todos, él incluido, habían impuesto su voluntad sobre una dama una que otra vez, ya fuera una madre, una hermana, o una esposa.
La sociedad se había pasado tanto tiempo convenciéndolos de que tenían ese derecho, que era difícil olvidarlo.
Comprendía sus miedos. Comprendía sus argumentos, pero tenía que intentar derribar su muro, porque si no lo hacía, la otra opción sería peor.
Y no tenía mucho tiempo.
—Me voy a arriesgar a hacerte una propuesta —dijo lentamente, sin querer asustarla.
—Espero que no sea de matrimonio —dijo con burla.
Sonrió, pero al ver que él no lo hacía, se puso a la defensiva.
—No —dijo, antes de que él pudiera hablar.
—¿Al menos podrías escucharme?
—Mi respuesta seguirá siendo no.
—Becca…
—No arruines la noche, Patrick. No lo arruines.
Y él supo que se refería a algo más que la noche.
Quizás, de no ser necesario, Patrick hubiera optado por detenerse allí.
También le gustaba lo que tenían, esas conversaciones clandestinas, sonrisas reales, bromas pesadas.
Y, sobre todo, la confianza de confesar algo sin miedo a ser juzgado.
Una amiga. Tenía una amiga verdadera, como no había tenido nunca.
Él tampoco quería arruinarlo. Pero esa era una apuesta que sí tenía que hacer.
—¿Por qué crees que sería tan terrible? ¿No te cedí un puro para que fumaras? También te aseguro que me es indiferente si bebes, o cómo te vistas. Un matrimonio también puede dar una libertad que siendo soltera no conseguirías, Becca.
Ella lo sabía. Era algo que, en su momento, también había evaluado, y había concluido que nunca se tenía una libertad absoluta, por lo que se debía elegir la opción más factible a largo plazo.
—Con el paso de los años, cuando salga de sociedad y mi hermana menor se case, nadie esperará que tenga un comportamiento ideal.
Podré beber con frecuencia, fumar a escondidas y vestirme como quiera.
Seré solo una pobre solterona excéntrica que busca la manera de ser feliz ante la falta de un esposo.
Después, dejaré de importarles. Casada siempre estaré en el ojo de alguien.
Solo tengo que disimular que soy rara por unos años más.
—Ah, ¿es que lo habías estado disimulando?
Ella le dirigió una mirada hostil que él respondió con una sonrisa.
—¿Qué pasó con tu plan de buscarte otra heredera? ¿Por qué has regresado tus intereses a mí? ¿No has conseguido a nadie más?
Lo cierto era que Patrick ni siquiera se había molestado en buscar. Tampoco había investigado qué decían las damas sobre él, y no lo había hecho porque la única mujer con la que podría tolerar irse al altar estaba frente a él, mirándolo ceñuda.
—Y no se te ocurra comentar que soy la única persona que deseas, o me marcho —advirtió.
A poco estuvo de ponerle un dedo en el pecho a modo de regaño.
Él dio un paso hacia ella. Estaban a una distancia donde era fácil sentir la respiración del otro, y aunque hubiese sido sensato que Becca se alejase, no pudo.
Había algo hipnotizante en su mirada que la mantuvo fija en el suelo.
Era una promesa silenciosa, un murmullo suave que le decía que confiara, que todo podía salir muy bien.
—¿Te sería tan difícil creerlo? —preguntó con ternura.
Su mano fue a parar a un mechón de cabello que se había zafado de un moño hecho con prisas. Era suave, sedoso, como tocar la más delicada de las telas.
—Un poco. Hay damas con una dote más atractiva que la mía.
Él se acercó, atraído por su perfume. Una mezcla de sándalo con otra especie más potente, más amarga. Una perfecta combinación para ella.
—Tu dote me parece muy atractiva, es verdad —dijo, con la nariz rozando apenas su cuello—, pero tú también.
Por un segundo, Becca se quedó sin habla. El leve roce, apenas un cosquilleo, le quitó la capacidad de pensar. Solo podía concentrarse en eso, y en por qué se sentía tan bien.
—Piénsalo —dijo, separándose un poco. Pero no le dio tregua, sus dedos se fueron directo a su mejilla, acariciando con precisión practicada—.
Si te casas conmigo, no tendrás ninguna razón para no ser tú misma.
Serás una increíble condesa a quien la mayoría tendrá que respetar por su título, y no estarás atada a las mismas normas sociales que una señorita.
Por mi parte, tendría el dinero para estabilizarme y la esposa que necesito. Los dos ganaríamos.
—¿Cómo sé que no me mientes? —preguntó, y odió la súplica en su voz. ¿Por qué quería que fuera cierto? ¿Por qué lo necesitaba?
—No tienes razones para confiar en mí, pero tampoco para no hacerlo —musitó—. Yo diría que este matrimonio es una apuesta segura. También hay muchas cosas de las que podríamos sacar ventaja.
Le alzó un poco la barbilla y se inclinó para besarla.
Becca quería dejarlo. Estuvo a punto de permitírselo, pero una pequeña gota de razón se coló entre la neblina que atontaba su cerebro.
—No —musitó—. No —repitió, más alto, no para alejarlo, pues él se retiró a la primera negativa, sino para convencerse a ella misma.
—No creo que sea buena idea.
—¿Por qué no? —preguntó con dulzura.