La apuesta arriesgada del conde Capítulo 9
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Capítulo 9

Hacía varios años que no pisaba Covent Garden, tantos, que había olvidado la oscuridad de sus calles y la putrefacción de su aroma.

Guardando su mueca de disgusto, Patrick siguió caminando a paso tranquilo.

Cualquiera diría que era un estúpido por pasear con calma de noche en uno de los barrios más peligrosos de la ciudad, pero aunque había transcurrido tiempo desde la última vez, no habían pasado los años suficientes para que olvidara que mostrar miedo era peor que mostrar calma.

Escuchó un sonido. Provenía de uno de los múltiples callejones oscuros a su alrededor.

Agudizó los sentidos, pero no aminoró el paso.

En menos de un minuto, un niño se ubicó frente a él.

Era difícil saber de dónde había salido, pero estaba sucio, su ropa se encontraba rota y sus ojos hablaban de inocencia perdida, aunque su voz quisiese decir lo contrario.

No tenía más de ocho años.

—Señor, me da una moneda.

Patrick metió la mano en el bolsillo de su chaleco y sacó su cartera. En menos de un minuto, otro niño apareció de la nada e intentó arrebatársela. Habría funcionado si hubiera estado desprevenido. Pero no era así.

Era el niño que se había confiado demasiado.

Patrick lo tomó por el brazo antes de que pudiera huir. La criatura se sacudió con violencia, pero no pudo zafarse del agarre. El otro se debatía entre si ayudar o salir corriendo.

—Me han robado lo suficiente por aquí para conocer todos sus trucos —dijo Patrick con calma—. Puedo darles más de una moneda si me ayuda a encontrar a alguien.

Los niños se miraron, dubitativos.

—¿Quién? —preguntó el que estaba frente a él.

—La última vez que supe de él lo llamaban Johnny.

Ellos se tensaron. Sabían quién era. No había manera de que no lo conociesen. Los bajos fondos de Londres era un círculo muy cerrado, quien alcanzaba poder se había posicionado teniendo muchas muertes en su espalda y se había mantenido allí valiéndose del miedo.

Preguntar por Johnny en Covent Garden era como preguntarle a un ciudadano común si sabía el nombre del rey.

—¿Pa qué lo busca? —preguntó a la defensiva el niño que tenía apresado.

—Yo diría más bien que él me está buscando a mí. Yo solo le he ahorrado tiempo y he venido a verlo.

El niño que estaba delante de él miraba hacia los lados. Parecía debatirse seriamente en huir y dejar a su compañero abandonado.

—Solo necesito saber dónde está —dijo Patrick con el fin de persuadirlos—. No me tienen que llevar. Conozco sus casas de apuestas. Solo dígame un nombre, se llevarán una corona de regalo y nunca se enterará de cómo llegué ahí.

Los ojos de los niños se iluminaron ante la magnitud de la recompensa, difícil de resistir.

—En el Owl —dijo el que tenía apresado.

Patrick lo miró fijamente, buscando algún indicio de mentira, pero los ojos del niño le devolvieron la mirada con seguridad.

Podría estar mintiéndole, pero por algún lado tenía que iniciar. Sacó dos monedas y se las lanzó. Después, les mostró la cartera vacía.

—Por si quieren dar aviso a alguno de sus amigos, solo traía esas dos coronas. No pensarán que me iba a pasear por aquí con una fortuna, ¿verdad?

Quizás tenía una que otra moneda escondida en un bolsillo oculto de su camisa, pero confiaba en que eso bastaría para disuadirlos. Aunque se había vestido de acorde a su posición, se cuidó de llevar accesorios que llamasen la atención, y una rápida inspección por parte de los niños se los confirmó.

Los niños se marcharon sin decir más. Patrick siguió caminando, mientras, hacía memoria de la ubicación de la taberna. Sintió uno que otro ruido en el camino, pero nadie se acercó.

La taberna estaba, en teoría, mejor que cualquier otro espacio similar en el barrio.

Tenía un letrero pintado en letras rojas que revelaban el nombre y desde afuera se veía que estaba bien iluminado.

Una vez dentro, lo primero que llegó a sus oídos fue el escándalo de quienes llevaban ya muchas copas encima y estaban emocionados en el juego.

Patrick recordaba ese lugar. Había jugado una que otra vez allí, cuando su grupo de juerga quería ponerse aventurero. El olor a opio llenaba gran parte de la sala, y tuvo que hacer un esfuerzo por no buscar de dónde venía.

En otra época, cuando apreciaba cualquier vicio que le impidiera centrarse en la realidad, hubiera buscado con desespero el refugio del opio, pero por suerte, su fuerza de voluntad había evolucionado con los años.

—A lo que has venido, Patrick. A lo que has venido —se dijo para centrarse.

Tampoco quería poner mucho a prueba su temple.

Se acercó a una de las camareras, que lucía un escote pronunciado y una falda corta y sin enaguar.

—¿Quieres un servicio, guapo? —preguntó mirándolo con interés.

Los aristócratas siempre daban buenas propinas.

Patrick sacó uno de los chelines que tenía escondidos en la camisa.

—Solo información. ¿Dónde está Johnny?

A ella se le borró la sonrisa de inmediato. Miró hacia los lados, como si temiera que alguien los descubriera.

—No sé de qué me hablas.

—Oh, sí que lo sabes. Vamos, no se va a molestar por mi visita. Al contrario.

Ella le arrebató la moneda de la mano y señaló hacia la izquierda. Una puerta de madera vieja separaba el bullicio de lo que era, posiblemente, un recinto privado.

Patrick caminó hacia allá. Un hombre en la puerta le bloqueó el paso cuando quiso entrar. Sin duda, la apariencia del hombre cumplía la función de intimidar. Tenía una cicatriz que le atravesaba media cara y era tan alto como ese establecimiento

—Dígale a Johnny que el conde de Middleton lo busca.

El hombre lo observó con desprecio, quizás por el tono impositivo de su voz.

Patrick sabía que sentía deseos de mandarlo a la otra esquina de un puñetazo, pero se negó a mostrar miedo.

Eso siempre era peor. Entró al cubículo sin decir nada, y salió pocos segundos después.

Lo único que recibió de él fue un seco asentimiento de cabeza.

Patrick se adentró en el lugar. El espacio era pequeño, apenas para albergar una mesa vieja y cuatro sillas. Sin embargo, no era el mobiliario lo que puso en alerta todos sus sentidos, sino el hombre sentado en el medio que lo observaba con una sonrisa torcida.

—Lord Middleton. Qué gusto saber de usted.

—No has cambiado demasiado, Johnny —dijo, aunque su piel se erizó.

Johnny no era la clase de hombre que, a simple vista, generaría temor.

Su estatura era promedio, su complexión también, y lo más aterrador de su rostro eran algunas cicatrices y la nariz rota que insinuaba una que otra pelea.

No obstante, eran sus ojos los que inspiraban respeto.

Había que ser idiota para no leer en ellos la perversidad y la malicia.

No había ninguna clase de compasión en su alma, y era tonto creer que sí.

Patrick había sido un tonto en otra época.

En un acto de valentía, se sentó frente a él a pesar de que no había recibido invitación a hacerlo. Johnny arqueó las cejas, pero él no se intimidó.

—Pareciese que tú sí.

—Dejar el opio puede reponerte bastante. Deberías intentarlo.

Johnny sonrió y Patrick se estremeció. Quizás sí había algo diferente en él desde la última vez que lo había visto. Parecía aún más cruel.

—Mi padre está muerto.

La confesión no sorprendió a Patrick. Ya lo había supuesto.

Cuando Gritsmore le dijo que se había encargado de los prestamistas, no le dio muchos detalles, pero algo le decía que había muerte de por medio, pues era difícil de otra forma deshacerse de ellos.

Los prestamistas de Covent Garden no eran como los de la alta sociedad.

Si se tenía una deuda con un caballero, este lo más que podría hacer era mandar al deudor a Fleet y confiscarle los bienes que tuviera, lo que, para un aristócrata, era una tragedia, por lo que la amenaza solía ser suficiente para que buscara el dinero.

En los bajos fondos las deudas que no se pagaban con dinero, sino con sangre.

Y la banda de Johnny era una de las más peligrosas.

Patrick había cometido el error de pedirles dinero cuando sintió que se ahogaba. No solo le debía a Gritsmore, sino a otras personas, y la amenaza de la cárcel impidió que valorara las consecuencias.

Casi había muerto él y su madre por su idiotez.

Y, al parecer, la pesadilla no había terminado.

—No puedo decir que lo lamento.

Quizás no era el comentario más oportuno, pero Patrick debía mostrarse en la medida de lo posible seguro de sí mismo. No había nada más gratificante para un chantajista que oler el miedo de su víctima.

—Fue el maldito esposo de tu madre.

No, no se había equivocado. Guardó silencio.

—Quiso darnos una lección, decir que con su mujer nadie se metía. Tu madre debe ser una buena puta para que alguien a quien le debías una fortuna se tomara tantas molestias por ustedes.

Patrick apretó los puños. Quiso añadirle otra cicatriz a la cara, pero sabía que de actuar, estaría muerto antes de que pudiera salir de allí.

—No creo que más que la que te trajo a ti al mundo.

El comentario le sacó otra sonrisa a Johnny.

—No, yo tampoco lo creo.

Hubo un silencio tenso. Patrick sostuvo su mirada cada segundo, a pesar de que estaba empezando a perder la batalla contra los nervios. Necesitaba que hablara, saber qué quería.

—Sabes, yo creo que nadie es invencible si se tiene la perseverancia suficiente. Con la muerte de mi padre caímos unos años, pero aquí de nuevo, ¿verdad?

Patrick no sabía bien qué había pasado con ellos, aunque podía suponerlo.

La banda de Johnny no era la única que se peleaba por el poder en los bajos fondos de Londres.

Con la muerte del jefe, debieron caer en un desequilibrio que los sacó de la jugada durante varios años, pues en ese momento el hombre que tenía frente a sí era apenas poco mayor que Patrick.

Pero el tiempo lo había ayudado a posicionarse otra vez.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó, fastidiado.

Quería salir de dudas de una vez por todas.

—¿No es obvio? Mi dinero, solo eso.

No, no era solo eso. El deseo de venganza estaba presente en su mirada, en su voz, en la tensión de sus hombros.

—Si me lo das, no tomaré represalias contra tu familia. Escuché que tienes dos nuevos hermanos, ¿no es así?

«Calma, Patrick, no muestres miedo»

—Si te metes con ello, la próxima cabeza que rodará será la tuya.

No lo dudaba. A Patrick le gustaría atribuirse el mérito de eso, pero lo cierto era que él no habría movido ni un dedo cuando el duque ya se habría deshecho del problema. Si algo podía sacar bueno de su nuevo padrastro era que protegía a los suyos.

—Es posible. Pero me iré con la satisfacción de haber dañado a alguien. No puede proteger a todos, no es omnipresente. No sabe que ayer los estuve observando fuera de la mansión en la que se llevó a cabo la fiesta de disfraces. Tu madre llevaba un hermoso vestido blanco, por cierto.

El corazón de Patrick comenzó a acelerarse, e hizo lo posible por que no se le notara.

—Tampoco sabe —continuó con calma—, que sé que su esposa se reúne todos los jueves con una amiga suya para tomar el té, o que sus hijos salen todas las tardes a jugar en el jardín.

Quizás logre matarme, pero te juro, Middleton, que el primer movimiento que vea de su parte a alguien me llevaré conmigo, ya sea a tu querida madre o uno a tus hermanos.

«Calma, Patrick», se volvió a repetir, aunque su temple flaqueaba.

Miedo.

La amenaza contra su familia surtió el efecto deseado. Estaba asustado, muy asustado, pues aunque confiaba en el duque, sabía que Johnny tenía razón en una cosa: no era omnipresente. No podía preverlo todo.

—Te daré tu dinero —dijo, esperando que su preocupación no fuera tan evidente—. ¿Cuánto eran? ¿Dos mil libras?

—Veo que tienes buena memoria. Sí. Tienes diez días, Middleton. Y adviértele a tu nuevo papá que no se meta, o si no, que se atenga a las consecuencias. Ahora lárgate.

Patrick se marchó, el cuerpo tenso y la mente llena de pensamientos intrusivos.

El primer problema era que no tenía el dinero que le pedía.

Aunque la situación estaba mucho mejor que hacía ocho años, a Patrick le había costado mucho reponerse de ese tiempo de desidia.

Tuvo que vender la casa en Londres para pagarles las deudas a varios caballeros, Gritsmore incluido.

Aunque el duque insistió en perdonarle la deuda, sin duda alentado por un arranque inusitado de generosidad inducido por haberse hecho con su madre, Patrick prefirió dejar todo saldado.

Si quería iniciar de nuevo, quería hacerlo sin compromisos con nadie, por lo que le tomó al menos tres años después de haber salido de la universidad terminar de pagar el saldo negativo que tenía pendiente.

Desde entonces, su economía había mejorado, pero no en demasía.

La propiedad ligada al condado era lo suficientemente próspera para darse una buena vida, y tal vez algunos lujos, pero no para hacerse una fortuna en poco tiempo, sobre todo cuando la mayor parte de los gastos se iban en mantener la casa de campo y su estadía en Londres.

Por eso Patrick había querido casarse. Una esposa con buena dote haría una inversión importante de capital para que sus finanzas por fin se estabilizaran.

Pero no había logrado conseguirla a tiempo.

Mientras caminaba por las oscuras calles, pensó en la mejor manera de proceder. Darle el dinero que Gritsmore podría proporcionar fácilmente no iba a hacer sino una solución temporal. No se iba a conformar con ella, querría los intereses. El chantaje nunca pararía.

Y tampoco le agradaba la idea de volver a endeudarse con su padrastro.

Sin embargo, tampoco quería arriesgarse a que alguien saliera lastimado.

—Maldita sea —musitó, pasándose las manos por los cabellos.

Logró salir de las oscuras calles de Covent Garden sin un rasguño, pero su mente estaba al borde del colapso.

Necesitaba una solución, y la necesitaba rápido, así que tendría que ir a hablar con su persona menos favorita del momento: el duque de Gritsmore.

Con un poco de suerte, los quemaría a todos antes de que Patrick tuviera tiempo de preocuparse.