La apuesta arriesgada del conde Capítulo 8
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Capítulo 8

Una vez de regreso al salón, Patrick estaba de muy buen humor, tanto, que tolerar a la señorita Morgan fue un precio muy pequeño por todo lo que había ganado, y vaya que la dama estaba intensa.

—Sigo sin entender por qué ha tenido que salir a los jardines con ella.

—No he salido a los jardines con ella —dijo con paciencia practicada—. Solo caminamos un poco por el salón. La marquesa de Rhodesay me la puso en el camino, habría sido grosero no pedirle un baile ante su insistencia poco disimulada.

Helen le dejó claro con la mirada que no le creía en lo absoluto, pero Patrick se mantuvo en su versión de la historia.

A fin y al cabo, parte de la venganza de Becca consistía en hacerle perder la paciencia a la señorita Morgan.

Ella los había visto salir, pero si él lo negaba, no podía comprobarlo, y tampoco era que pudiera hacer algo al respecto.

Así que se carcomería con la verdad que solo ella sabía.

Buscó con la mirada a Becca, pero no la encontró. ¿Se habría marchado?

Después del beso pareció, sin duda, conmocionada.

Patrick esperaba que eso no la distanciara. Había aprendido a conocerla lo suficiente para sospechar que, si algo amenazaba contra su posible autonomía, alzaba barreras difíciles de cruzar.

Besarla había sido una apuesta arriesgada.

Y nunca le había ido bien en las apuestas.

Pero tenía la esperanza de que el beso le hubiese gustado lo suficiente para que, al menos, considerar la idea de no rechazarlo de inmediato.

Por suerte, no se podía deshacer de él por el momento. Si había cometido un error besándola, todavía tenía tiempo de resarcirlo.

—¿Cuándo será nuestro matrimonio?

Patrick casi se atraganta con la limonada que estaba tomando. Habría deseado que pasara un mesero con algo más fuerte.

Hasta el momento, Helen solo había lanzado insinuaciones llevaderas al respecto. Supuso que la situación con Rebecca había acabado con su paciencia.

—Estoy esperando el momento propicio…

—Lleva diciéndome eso semanas. ¿Por qué decidió desvelar su identidad si no era para seguir adelante con el compromiso? Mi madre está ansiosa, yo también. ¿Cuánto tiempo me va a tener esperando?

Si la situación fuese real, y si ella no fuese un alma maliciosa, Patrick se hubiera sentido como un canalla, pues su reclamo tenía sentido, un caballero que cortejaba a una dama y no mostraba intención de formalizar estaba falto de honor.

—Ya he estado hablando con mi madre al respecto —dijo para tranquilizarla—, pero tiene un carácter complicado, y… bueno, desconfía un poco de la viabilidad de este matrimonio. Ella es más práctica, sabe. No piensa en sentimientos, como yo, sino en conveniencia.

—No me es difícil creerlo.

El doble sentido de su frase enfureció tanto a Patrick que tuvo que apretar los dientes para no hacer mala cara. Era en esos momentos donde se podía ver a la verdadera Helen. No era una dama solícita, ni sumisa, como quería hacer ver. Sino una víbora con una gran capacidad para hacer daño.

Patrick podría haberlo pasado por alto si no se hubiera metido con su madre. Ivory podría ser muchas cosas, pero Dios sabía que, al menos, el dinero no había sido la razón por la que se quedó con el duque.

No la principal.

Aunque eso hubiese sido más creíble que pensar que estaba enamorada de él, como le gustaba afirmar.

—Lograré convencerla —dijo, con un tono persuasivo que él mismo se creyó. Para enfatizar sus palabras, tomó su mano y depositó un corto beso en ella—. Recuerda que mi corazón está unido al tuyo en una alianza silenciosa.

Ante uno de los versos que le había «escrito» durante su «intercambio», Helen se tranquilizó un poco. Su mirada aún delataba desconfianza, recelo e ira por quien quería robarle la única oportunidad que tenía de conseguir un esposo, pero su esperanza era mayor a sus celos, así que le sonrió.

Patrick, que en otro momento se hubiera sentido mal por su actuar, no fue carcomido por ningún remordimiento. Algunas personas obtenían solo lo que merecían.

Cuando llegó a su casa, otra nota lo esperaba.

La abrió con rapidez, a pesar de que la mano le temblaba. Las palabras que había dentro no fueron una sorpresa, pero tampoco eran recibidas con entusiasmo.

Si no pagas, lo lamentarás

Patrick suspiró con cansancio.

No tenía firma. Solo un garabato muy bien cuidado, igual que la advertencia anterior.

Había pasado tanto tiempo que había olvidado cómo se sentía la ansiedad de tener deudas que pagar.

Se había permitido relajarse, pensando que todo estaba solucionado.

Al parecer no.

Fue al estante de su pequeño despacho, donde una botella casi vacía le ofrecía pobre consuelo. Una manera que había encontrado de no beber tanto era no comprar alcohol suficiente que representara una tentación continua. En ese momento, lo lamentaba profundamente.

Se sirvió lo que le quedaba de brandy y lo bebió de un trago. El calor del alcohol apenas y lo reconfortó. Su corazón latía rápido, preso de un ataque de nervios.

—No puede ser —musitó.

Se suponía que ese asunto había quedado resuelto hacía años. Gritsmore se había encargado de ello, y el duque pocas veces, por no decir nunca, dejaba cabos sueltos.

Se preguntó si debería comentarlo con él, pero negó con la cabeza.

No. Al menos, no de inmediato.

Llegado un punto tendría que hacerlo, pues aunque lo mantuviese en secreto, pocas cosas escapaban a los oídos que tenía el duque en toda la ciudad. Pero mientras tanto, Patrick prefería confirmar por sí mismo a que se enfrentaría.

Él se había metido en ese problema hacía años.

Y prefería ser él quien saliese de él.

Becca optó por regresar temprano a casa. Hattie preguntó la razón, pero ella se negó a hablar.

De hecho, se negó siquiera a pensar en el tema, pues cualquier recuerdo de lo acontecido le coloreaba las mejillas como a una adolescente enamorada, y eso le molestaba mucho.

«¿Qué diablos sucedió?», se preguntó una vez estuvo en su cuarto refugiada por las sábanas. Ella solo quería matar la curiosidad, saber que se sentía, pero no imaginó que su cuerpo se encendiera de tal manera.

¿Sería normal?

Tenía que serlo, y debía ser lógico que lo fuese, porque si no, no sería prohibido.

Como se sentía muy bien, era muy posible que, de no prohibirlo, cualquier dama cayese en la tentación con nefastas consecuencias. Entonces, su reacción no tuvo nada que ver con el conde, simplemente era algo natural, ¿verdad?

«Mentirosa» le gritó una voz fastidiosa en su mente, pues mientras intentaba convencerse de esa verdad, sabía muy bien que no era así.

No se imaginaba sintiendo lo mismo con otros caballeros que había tratado.

No había besado a otro para comprobarlo, pero tampoco necesitaba hacerlo.

Ninguno le había provocado un cosquilleo cuando tomaba su mano para un baile, ni le erizaba los vellos de anticipación.

Era algo que, aunque le costase admitirlo, solo le sucedía con lord Middleton.

—Sigue sin significar nada —se dijo a sí misma.

Quizás le agradaba físicamente, y eso no tenía nada que ver con el amor.

Becca había escuchado una vez una conversación sobre eso de sus doncellas.

Que alguien resultase para otro agradable de vista no significaba que se estaba iniciando un enamoramiento, pues este involucraba muchos sentimientos.

Solo era… ¿Cómo lo habían llamado? Deseo.

Sí, deseo. Pasión. No tenía que haber algo romántico de por medio.

Eso debía ser lo que le pasaba.

Se convenció de ello para poder dormir, aunque no quedó, ni de lejos tranquila, pues el recuerdo del beso la invadió incluso en sueños.