La apuesta arriesgada del conde Capítulo 7 #2
36%

Capítulo 7 #2

—Una teoría interesante —concordó Patrick—. Pero creo que usted llegó a comentarlo aquella vez en el almuerzo. Lo que frena al hombre de actuar como quiere es el miedo a las consecuencias. Si no hay riesgo a consecuencias, no hay miedo.

—¿Y no cree que quizás vivimos con demasiado miedo?

Es decir, asumo, bajo una perspectiva de malicia, que quienes se encuentran buscando cobijo en las sombras son amantes infieles, pero ¿qué sucede si solo son dos jóvenes enamorados que desean conocerse mejor, pero la sociedad no lo permite?

Muchas penas se ahorrarían si le permitiesen a las parejas descubrir qué tan compatibles son en verdad.

—Ah, pero muchas tragedias ocurrirían si se dejase a todos hacer lo que quisiesen.

—No se trata de ser permisivos en exceso, sino de saber cuándo hacerlo.

Si se trata de algo que no hace daño a nadie, más que, quizás, a la misma persona involucrada, ¿por qué negarlo?

Por ejemplo, me parece ridículo que un hombre que no beba alcohol sea considerado extraño, pero una mujer que lo haga es inapropiada.

¿Por qué no merecemos nosotras una copa?

Cuando estamos agotadas intentando no romper ninguna regla, o cuando se tolera a un caballero especialmente molesto, sería agradable poder beber algo sin que te miren con reproche.

—Sin duda, es una idea que mi madre aprobaría —dijo con sarcasmo—. No tengo nada en contra de que las mujeres beban o fumen si quieren, pero debo decir que, como ambos son vicios difíciles de dejar, que obliguen a mantenerse alejadas puede ser más una ventaja que un inconveniente.

—Pues deberíamos tener el derecho de decidir si queremos o no caer en ello.

—No siempre se toman las mejores decisiones.

—¿Lo dice por experiencia propia?

Becca era consciente de que era una pregunta impertinente, pero no había podido resistir la tentación de hacerla.

Aunque no había querido dedicarle muchos de sus pensamientos, su historia le causaba curiosidad.

Escuchar de jugadores empedernidos que no volvían a tocar las cartas era extraño.

Por lo general, el juego era un vicio que pocos podían dejar, y los que lo hacían, demostraban una gran fuerza de voluntad para no recaer.

Conocía poco a lord Middleton, pero parecía tan contenido que le era difícil imaginárselo adicto a las cartas.

—Sí.

Eso fue todo lo que respondió. A Patrick no le gustaba hablar del tema. Si por él fuese, enterraría esa parte de su pasado y fingiría que nunca existió. Pero la sociedad no olvidaba fácil, así que había aprendido a rehuir la conversación todo lo que pudiese.

Por suerte, ella no insistió. Se quedaron en silencio unos segundos, mirando a los valientes que paseaba por los jardines y desaparecían en algún rincón oculto. El espacio estaba iluminado, pero la noche sin luna proporcionaba muchos rincones para aquellos fugitivos.

Había silencio, mucho silencio.

—Considero que es inútil intentar proteger a alguien. Nadie aprende si no es por sus propios errores. ¿Tiene un cigarro?

Ante petición tan atrevida, Patrick no pudo hacer menos que parpadear con asombro.

—Ni lo sueñe. Como su hermano lo sepa…

—No se va a enterar. Apenas entre, tomaré una limonada, y si comenta algo, argumentaré que un caballero con mal aliento me pidió un baile y no pude evadirlo.

Para no ser una dama coqueta, se le daba bastante bien poner una expresión tierna para conseguir lo que quería. Patrick, que se creía a esas alturas inmune a las tretas de manipulación femenina, se vio sacando su caja de puros solo con la esperanza de sacarle una sonrisa.

Le tendió uno, sacó las cerillas del bolsillo y lo prendió. Ella lo observaba con fascinación infantil.

—Tiene que inhalar lento y…

La advertencia llegó tarde. Ella se llevó el puro a la boca y, apenas inhaló, se ahogó. Estuvo tosiendo por tanto tiempo que Patrick estuvo tentado a darle unas palmadas en la espalda.

—Pues ya ve —dijo con voz ronca cuando se calmó—. He aprendido la lección.

Le tendió el cigarro y Patrick lo presionó contra un árbol para apagarlo. La burla con la que tomó la situación lo sorprendió.

—Por un momento temí que me dijera que había sido la mejor experiencia de su vida, aunque fuera para no darme la razón.

—No soy tan intransigente. Sé admitir cuando me equivoco —replicó ella, ofendida—. Solo que no me gusta que me digan qué hacer. Prefiero descubrirlo por mi cuenta. Y he descubierto que no me gusta fumar.

—Se le agarra el gusto cuando se aprende a hacerlo —admitió Patrick—, pero toma su tiempo.

—Tiempo perdido. ¿Por qué la gente invertiría minutos en eso?

Él se encogió de hombros.

—Relaja, aunque no lo crea. Pero me alegra que no le haya gustado. —Guardó silencio un momento, midiendo sus próximas palabras—. Sin embargo, si le interesa seguir experimentando, hay vicios menos desagradables.

Rebecca lo miró con sospecha. Había un matiz jocoso en su tono que le advertía que tuviera cuidado, pero como nunca había sido cobarde, preguntó:

—¿Ah, sí? ¿Cómo cuál?

—¿Alguna vez la han besado?

Becca hizo todo lo posible porque su cara no evidenciase sus pensamientos. Había sospechado que quizás saldría con algo así, pero ni estando preparada evitó que un pequeño cosquilleo de anticipación le aruñara la piel.

No era la primera vez que le pasaba cuando estaba cerca de él. Lo había sentido cuando sus manos desnudas se juntaron para el baile, o la primera vez que conversaron y quedaron muy cerca. No sabía muy bien qué le sucedía, pero le preocupaba.

—No es buena idea intentar coquetear conmigo, lord Middleton. Creo que se lo advertí.

—Es verdad. Además, en este preciso momento debe saber a cigarro.

Becca se rio, y ni siquiera supo por qué, puesto que debería de haberse sentido ofendida.

Pero era difícil mostrarse molesta ante el tono que usaba.

Tenía una manera de tratar el tema que le impedía alzar sus defensas.

Su coquetería no era invasiva o practicada, más bien natural.

Casi le hacía creer que lo decía de verdad, sin ninguna intención oculta.

Casi.

No hablaron por unos minutos, pero el silencio no era incómodo. De hecho, era tan agradable que a Becca le extrañó. Era raro sentarse al lado de alguien, no cruzar palabra, y no sentir la necesidad de llenar el silencio. Pocos apreciaban el gusto de no decir nada.

Lo observó de reojo. Nunca lo admitiría en voz alta, pero le parecía atractivo.

Becca nunca había sido de las que se mentía a sí misma, y negar que el conde de Middleton era apuesto sería una actitud muy infantil de su parte, puesto que sí lo era.

Tenía los cabellos castaños oscuros, cerca del negro, y rasgos que, aunque delicados, no dejaban de ser masculinos.

Los ojos, verdes y rasgados como los de un gato le daban un toque de misterio a su rostro, haciendo preguntarse al que lo mirara quién era realmente el conde de Middleton.

Becca también se hacía esa pregunta. Sentía que había mucho de él que no dejaba ver. No era una actitud que criticase, pues ella también era reservada, pero no negaba que le causaba curiosidad.

Y esa propuesta…

Becca ni siquiera debería de estar considerándola. Era absurdo, peligroso, pero también tentador.

Muy tentador.

Porque nunca la habían besado.

Porque sentía que, si no aprovechaba la oportunidad, nunca sabría que se sentía.

—Solo un beso, sin compromisos —advirtió.

La aceptación tomó a Patrick desprevenido, quien incluso antes de hacer la propuesta había asumido que esta sería rechazada. Lo había comentado porque vio el ambiente propicio, porque nunca estaba demás intentarlo. No significaba que no estuviera sorprendido.

—Sin compromisos —le prometió.

Y le juraría lo que fuera con tal de probar sus labios.

Quería decirse que era parte del plan, que se trataba solo de un paso para persuadirla a que aceptara ser su pretendiente, pero lo cierto era que sí quería besarla.

Negar que era una mujer bonita sería tonto.

Quizás no tenía la belleza despampanante de otras damas, pero había un aire seductor en ella que otras no podían ni siquiera igualar.

Tal vez era su mirada penetrante, o la seguridad que emanaba al caminar.

Todo en ella instaba a un pobre incauto a averiguar qué tanto le podía ofrecer.

Y él no se avergonzaba de admitir que no tenía la voluntad para resistir.

Se inclinó hacia ella con lentitud, haciéndole saber que se alejaría si se arrepentía, pero deseando con todas sus fuerzas que eso no sucediera.

Y no pasó. Ella mantuvo la barbilla hacia arriba, y sus labios entreabiertos le gritaban una invitación silenciosa.

Entonces, sus labios se rozaron.

No sabía a cigarro, al contrario, sus labios eran dulces como la miel, como una mermelada recién hecha que instaba a comer más y más.

Patrick quiso ir lento, pero se encontró a sí mismo devorando su boca como un hombre que no había comido en días, y ella no se negó. Respondió al beso con la misma curiosidad, incluso con necesidad.

Solo se alejó cuando la respiración comenzó a faltarle. La observó. Estaba jadeante.

—Mejor que el cigarro, espero —dijo con humor.

Ella no respondió.

Becca nunca se había sentido así.

Algo en su cuerpo se encendió cuando sus labios se tocaron.

En ese momento, podía entender por qué algunas jóvenes arriesgaban su reputación para unos besos robados con su amado. Daba esa clase de satisfacción por la que valía la pena afrontar las consecuencias.

Daba más que satisfacción.

Generaba una necesidad.

Una muy peligrosa.

—Es posible —respondió, aunque su conciencia la llamó mentirosa—. Creo que ya es momento de volver.