La apuesta arriesgada del conde Capítulo 7
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Capítulo 7

Patrick no era fanático de los bailes de disfraces.

La mayoría de las personas creían verse espectaculares con sus trajes, pero gran parte de las veces todos parecían unos bufones.

Él mismo se sentía así, con esa pesada cota de malla, las botas gruesas y la espada que colgaba de un cinturón improvisado.

Al menos había desistido de usar casco, porque con el calor que hacía, habría terminado cocinándose como la comida de un dragón.

Una lástima que para la señorita Morgan, él se viera encantador.

No lo había soltado en toda la noche. Llevaba uno de esos vestidos medievales elegantes, rojo, ajustado con lazos en la espalda, mangas que terminaban en forma de campana y una falda que caía en pliegues pesados o abundantes.

Podría haberle quedado bien a una mujer más voluptuosa, pero el escote profundo solo revelaba su falta de senos y lo ajustado su carencia de cintura.

Quizás a Patrick le hubiera dado igual si la dama fuera siquiera un poco agradable, pero considerando que llevaba casi treinta minutos resaltando cualidades que estaba seguro que no tenía y cotilleando con malicia sobre otros, no estaba de humor para ser amable.

Aun así, se obligó a sonreír ante uno de sus comentarios, algo de que lord Snowdon lucía muy gordo.

Sin duda, tolerar a la dama era la manera en la que Dios lo castigaba por su mal actuar, y Patrick lo aceptaba, no solo porque era consciente de que se lo merecía, sino porque tenía la esperanza de conseguir una recompensa mayor.

Si iba a sufrir, al menos podrían darle algo a cambio.

Helen siguió parloteando y Patrick se preguntó cuándo llegaría Becca.

No le había dicho de qué se disfrazaría, pero tenía el presentimiento de que la reconocería.

Se había dado cuenta de que, sin querer, había grabado ciertos detalles de ella, como su forma segura de caminar y esa mirada penetrante que observaba a todos como un halcón desde las alturas. No intentaba llamar la atención, y esa discreción era su arma más poderosa.

Helen estaba hablando sobre una última tendencia de la moda cuando Patrick la vio. Estaba en la otra esquina de la sala. Llevaba máscara, pero habría reconocido a una milla de distancia el brillo astuto de sus ojos verdes y los destellos brillantes de su cabello rubio bajo la luz de las velas.

Se había familiarizado con mucho más que sus gestos.

Ella le devolvió la mirada e hizo un pequeño asentimiento de cabeza. Patrick sabía que tenía que ponerse en marcha, pero algo dentro de sí se había quedado prendado de su imagen.

Llevaba una túnica blanca, con un escote en V que dejaba vislumbrar sutilmente sus pechos, y caía en una falda ligera y delicada que moldeaba sus piernas e insinuaba unas caderas generosas.

Era ceñido a la cintura, y las mangas acampanadas que en Helen se veían como un chiste a ella la hacían parecer una divinidad.

En la cara, una máscara de plumas blancas como las de un cisne ocultaba su rostro, dejando a los espectadores con la curiosidad de saber quién era la dama que, además, tenía guindadas en la espalda unas grandes y bellas alas.

Un ángel.

O eso pensaría cualquiera que no le tomara demasiada importancia a la espada que llevaba colgada del cinto de cuero que tenía en la cadera, revelando su verdadera identidad.

Némesis. Diosa de la venganza y la justicia.

No podía negar que Rebecca tenía un sentido del humor muy poético.

—¿Lord Middleton?

Se había quedado mirándolo como un idiota, lo supo porque Rebecca lo estaba instando con la mirada a actuar mientras la señorita Morgan lo miraba con preocupación, no por él, por ella.

—Disculpe. Este traje da algo de calor. Voy por una limonada, ¿desea una?

Helen asintió, recelosa.

Patrick se dirigió a la mesa de las bebidas, pero no tomó una limonada. Estaba acalorado, sí, pero no era algo que pudiera calmar con zumo. Necesitaba algo más fuerte.

En cuanto vio a la distancia que Helen se distrajo, aprovechó para huir.

Rebecca, siempre lista, había cambiado de lugar y se había situado muy cerca de la pista de baile, donde los invitados ya se agrupaban para la pieza siguiente.

Patrick había tenido que bailar la primera con Helen, en donde ratificó que entre sus escasas virtudes no estaba el baile.

En ese momento, las botas gruesas fueron una bendición.

—De haberlo sabido, habría venido disfrazado de Zeus. Hubiera sido poético.

Ella lo estaba esperando, porque no se inmutó ante las palabras susurradas en su oído. Ni siquiera giró para verlo.

—No es el mito que más me gusta de la historia de la diosa —admitió ella sin mirarlo.

—Pero lleva una máscara de plumas de cisne.

—Combinaba con las alas —respondió, con un deje coqueto.

No fue su intención, Patrick ni siquiera se atrevería a insinuarlo, solo fue algo que le salió natural.

—Algo me decía que entendería la referencia —continuó ella, esta vez sí fijó sus ojos en él—. ¿También es avezado en la mitología?

—Sé un poco de muchas cosas, menos de cómo ganar en el piquet.

Rebecca se rio, una risa sincera y natural producto del comentario con humor negro. Admiraba en secreto a los que se reían de sus desgracias, pero nunca se atrevería a comentárselo en voz alta.

Observó su disfraz. Para haber sido hecho con prisas, o eso imaginaba, estaba bien confeccionado.

La cota de malla que le adornaba el pecho brillaba bajo la luz de las velas, y prometía pesar al menos cinco libras.

Llevaba una espada muy similar a la de ella, plateada, brillante, pero que al momento de la acción no cortaría ni un papel.

Becca había querido usar una real, pero Hattie no quiso ni hablar de ello.

—¿Y su casco, caballero? Un mal golpe podría dejarlo herido de gravedad.

Era lo único que faltaba para completar su atuendo, pero tuvo que admitir de mala gana que de haberlo llevado, se hubiera perdido parte del encanto.

Tenía los cabellos castaños despeinados, salvajes, con ligeras ondas que le daban un encanto particular.

Sus ojos, muy similares a los de ella, brillaban con picardía.

Becca se preparó para un comentario de cuidado.

—He enfrentado amenazas más peligrosas que un golpe en la cabeza.

—¿Cómo cuáles?

—Estar en presencia de una diosa en toda su divinidad. Entiendo que ningún mortal sobrevive a ello.

A Becca le hizo gracia el comentario, pero se cuidó de mostrarlo. Hacerle saber que su coqueteo la entretenía podía alentarlo, y ella no deseaba eso.

Ni siquiera sabía por qué la entretenía. Quizás era la manera en que lo decía. Su tono no parecía, en principio, destinado a halagar, sino una burla suave para aligerar el ambiente.

Aun así, bufó.

—¿Me va a pedir el baile o se ha arrepentido del plan?

Él extendió la mano desnuda hacia ella. Con la excusa del disfraz, ambos habían prescindido de los guantes, lo que hacía el contacto más íntimo, peligroso. La pieza era un vals,

Comenzaron a moverse al son de la música. Casi de inmediato, Becca sintió unos ojos sobre ella.

Helen.

—Nos observa, ¿no es así? —preguntó Patrick.

No había querido girarse porque no sería conveniente, pues cualquier joven enamorado, al captar la mirada triste de su amada, se mostraría avergonzado de estar bailando con mujer.

Y en ese momento no podía fingir que no estaba disfrutando de ese baile.

—Con el ceño de alguien que acaba de tomar algo muy agrio —dijo ella con satisfacción.

Observó a su alrededor. Había muchas parejas, a unos los reconocía, a otros no, pero estaba segura de que pocos lograban reconocerla a ella. Lo había comprobado cuando varios caballeros a los que en su momento había espantado se acercaron a pedirle un baile. Estaba de incógnito.

Y eso la hacía sentirse atrevida.

—¿Qué tan valiente se siente hoy, lord Middleton?

Él la miró con extrañeza.

—Depende de qué proponga.

—Una escapada al jardín.

Él se sorprendió, pero la sonrisa maliciosa de ella descartaba cualquier broma.

—Habla en serio —dijo, incrédulo.

—Solo mi familia y usted conocen mi identidad, y mi familia no está cerca.

—La señorita Morgan la sospechará.

—Pero no se atreverá a delatarnos. Esta vez no le conviene.

Becca sentía una satisfacción infantil al imaginarse a Helen atada de brazos. No había dudado en tenderle una trampa a su hermana, pero la misma lengua que usó para condenar sería la que se tendría que morderse si quería conservar la esperanza de casarse.

La vida podía ser justa si se daba el empujón adecuado.

Empezó a caminar hacia la salida a los jardines. Cuando estaba por salir, se giró hacia Helen y le sonrió. Eso debería bastar.

Patrick la siguió, dubitativo, no porque le pareciese una idea maravillosa, pues lo veía como una gran oportunidad, sino porque era difícil no quedar asombrado ante su atrevimiento y malicia.

Para ella, no había límites cuando se trataba de vengarse, y eso era un rasgo de su personalidad con el que tenía que tener cuidado.

Los jardines no estaban solos. Las mascaradas o las fiestas de disfraces no eran en vano uno de los eventos que la sociedad adoraba. Nunca faltaba alguno en la temporada, y era porque la aristocracia necesitaba con urgencia algo que le permitiese liberarse de la opresión social.

—Es increíble, ¿no cree? —preguntó Becca recostándose en un árbol. Había localizado un rincón apartado y seguro, que les permitía una amplia visión del entorno sin sacrificar la protección de las sombras.

—¿Qué cosa?

—Lo que puede llegar a hacer la gente resguardada en el anonimato.

Me atrevería a asegurar que muchos de los que están en estos jardines, en una velada común, pregonarían las reglas morales con estricta eficacia y no dudarían en sancionar a quienes vayan en contra.

Sin embargo, como hoy nadie puede identificarlos, se atreven a escaparse a los jardines con personas que, asumo, no son sus parejas legales.

No romper ninguna ley si nadie sabe que lo hiciste.