Capítulo 6
Patrick nunca se había considerado un hombre romántico, pero al leer la correspondencia que le había «mandado» a la señorita Morgan, no podía describirse como poco menos que un poeta.
Si lo que lady Rebecca había escrito era similar a esos borradores que le había hecho llegar, no le extrañaba que la dama suspirara cada vez que lo veía, pero sí le desconcertaba que no se hubiese extrañado de que su actitud en persona difiriera tanto de la mostrada por carta, aunque quizás se debía a que lady Rebecca se había inventado todo un drama sobre unos padres que no aceptarían su matrimonio y que era preciso esperar el momento apropiado para el cortejo.
No dudaba que tendría una excelente carrera como escritora si se lo llegaba a proponer.
Guardó las notas en la gaveta de su escritorio y se debatió sobre si escribirle para confirmar la recepción o no.
Decidió que sí. Era algo importante.
Si tenía un poco de suerte, ella le respondería.
O, mejor dicho, iba a asegurarse de que respondiera.
Querida lady Rebecca.
Le escribo para confirmarle la recepción de las misivas. Las he leído, y no he podido hacer menos que sorprenderme con mi increíble conocimiento de poesía y mi capacidad para expresar mis sentimientos.
Es una fortuna para ambos que la señorita Morgan no sea demasiado fanática de la lectura, o quizás se hubiera percatado de que muchos de los versos que le dediqué se asemejan bastante a los de lord Byron. Pero supongo que eso ya lo había tenido en cuenta.
Por otra parte, considero que debería hacer un repaso de los tomos de poesía que tengo en mi biblioteca, ¿o mi encanto será suficiente para no levantar sospechas?
Atentamente,
lord Byron Middleton
Becca no se quiso reír. Hizo un gran esfuerzo por no reírse, pero no pudo evitar curvar los labios ante la misiva.
Oh, qué ocurrente era. Se suponía que no debía haber respondido. O, en el peor caso, habría bastado con que confirmara la recepción de la misiva. Sin embargo, se había extendido para que ella se obligara a responderle.
Becca debería haberlo ignorado, no ceder a su provocación, pero la había provocado tanto que ignorarlo sería más un acto de cobardía que de buen juicio.
Y Becca no era cobarde.
Antes de que pudiera pensarlo mejor, se encontró respondiendo a la nota.
Estimado lord Middleton.
Como bien supuso, sí, ya había tomado en consideración que Helen lo único que lee son los panfletos de chismes.
Por otra parte, si ha reconocido a lord Byron en mis versos, creo que su conocimiento en poesía es lo suficientemente bueno para que pueda solventar cualquier inquietud de Helen, pues, como bien mencionó, no es la mujer más avezada en literatura.
También tome en cuenta que lo que le he enviado son las primeras versiones de las notas reales.
En algunas no fui tan romántica porque habría resultado sospechoso.
Me alegra saber que ha recibido sin inconvenientes todas las misivas.
Si necesito comentarle algo, me pondré comunicaré con usted.
Atentamente,
lady Rebecca Astor.
Rebecca asintió, satisfecha, antes de darle la carta a un lacayo para que se la hiciera llegar al conde.
Sus palabras debían bastar para cortar el intercambio.
El problema era que Patrick no quería cortar el intercambio.
Querida lady Rebecca
Ya que ha mencionado lo de mantener el contacto, creo que sería un buen momento para establecer nuestro próximo encuentro.
Me comentó la señorita Morgan que asistirá a la fiesta de disfraces de lady Snowdon, por lo que supongo que es un buen lugar para el desarrollo del plan.
Ella ha dicho que iría de doncella medieval, y que le gustaría que yo fuese su caballero.
Sin embargo, me veo más inclinado a disfrazarme de dragón.
¿Usted qué opina? ¿Sería demasiado rebelde de mi parte?
Quedo atento a su respuesta.
lord Middleton
Becca recibió la misiva apenas una hora después de haber enviado la anterior. La trajo su propio lacayo, así que el conde debía de haberle pedido que lo esperara y responder con prisas. Pero, ¿qué iba a responder? Ella había cerrado definitivamente la conversación.
Leyó la nota.
Bueno, era una sugerencia interesante. Becca había pensado en esperar un poco más para que su próximo encuentro no fuera tan evidente, pero una fiesta de disfraces siempre presentaba muchas oportunidades, sobre todo porque la mayoría llevaba máscara, y se podía permitir ciertas licencias.
Estimado lord Middleton
Temo que vestirse de dragón sería un mensaje que incluso la misma Helen podría entender.
Yo sugeriría que le siguiera la corriente y se disfrazara de caballero medieval, después de todo, no tiene que salvar precisamente a esa damisela cuando hay otras que pueden llamar su atención.
Sería interesante que esta vez fuese usted quien me invitase a bailar.
Alegará que desconocía mi identidad, y que solo lo hizo porque acapararla toda la noche sería muy mal visto.
Yo, por supuesto, me encargaré de dejarle en claro a Helen quién soy.
Casi puedo sentir su ira. Creo que podría ser una fiesta bastante interesante.
Atentamente,
lady Rebecca Astor
Becca se imaginó la dinámica de la fiesta y sonrió con perversidad. Si todo iba bien, en un mes, o poco más, Helen se encontraría con que su flamante caballero la iba a dejar por ella, y eso hizo que sus ojos brillaran de júbilo.
La venganza estaba cerca.
Patrick, aunque no pudo ver su cara, se imaginó su satisfacción. Era difícil no hacerlo cuando se leía con precisión en cada detalle del plan.
Una pequeña bruja malvada era la mujer con la que quería casarse.
Alguien sensato desistiría.
Pero Patrick nunca había poseído esa cualidad.
Al contrario, siempre se había sentido atraído por lo peligroso.
Querida lady Rebecca
Me sorprende, es difícil asociar tanta malicia a la dama que escribió poemas tan encantadores y palabras tan románticas.
Había incluso llegado a creer que estaba equivocado con usted, y que sí le gustaban las historias de amor, pues no veo otra manera razón para crear con tanta precisión a un hombre tan perfecto.
Sin embargo, me doy cuenta que estaba en un error.
Atentamente,
Patrick
La respuesta demoró más de lo esperado. Dos horas, aproximadamente, como si ella hubiese dudado en contestar. O como si se hubiera ocupado, aunque sospechaba que era lo primero.
Estimado lord Middleton.
Por supuesto que estaba equivocado. Ver en mí una mujer romántica es casi tan desacertado como suponer que su padrastro es un hombre de trato agradable.
Sin embargo, me llama la atención que describa al personaje que creé como un hombre perfecto, considerando que yo solo quise elaborar un caballero que tuviera las cualidades mínimas que cualquier dama merece.
Pero si usted ve a mi personaje como un imposible, no me extraña que los caballeros de ahora sean tan malos prospectos.
Una lástima
Atentamente,
lady Rebecca Astor
Patrick sonrió y, de inmediato, se puso a escribir una respuesta. Suerte que le había pedido al lacayo que lo esperase.
Querida lady Rebecca.
Primero que nada, aunque el término es correcto, preferiría que no se refiriera al duque como mi padrastro.
No nos propiciamos ni siquiera el respeto suficiente para que nuestra relación sea más que tolerable, y si llega a hacer un comentario similar en su presencia, quizás sea víctima de una mirada despectiva e intimidante, cosa que no me gustaría que pasase.
Respecto al otro tema, no se trata de que el hombre creado sea un prototipo imposible de imitar, solo que me es difícil imaginarme a mí en el papel de alguien que recite poesía y diga palabras tan bien cuidadas.
Me sorprende que la señorita Morgan no se haya desilusionado todavía.
Ahora bien, ya que mencionó que eso es lo menos que merece una mujer, ¿acaso es eso lo que usted espera?
Atentamente,
Patrick
Rebecca apretó los dientes y se dijo a sí misma que no iba a responder. La conversación iba por temas que no le agradaban, y él se estaba tomando demasiadas confianzas. Ni siquiera estaba firmando con su título. Usaba su nombre, como si fueran amigos.
No podía alentarlo más.
Pero tampoco pudo contener la necesidad de responder.
No podía dejar pasar la provocación.
Estimado lord Middleton.
Las miradas despectivas del duque no serán nunca la mayor de mis preocupaciones, pero no me cuesta nada complacerlo y evitar el término.
En relación a su pregunta, con lo que me acaba de responder, he confirmado que siempre es mejor no esperar demasiado de los hombres. No se preocupe por la señorita Morgan, la desilusión no llegará por su falta de palabras románticas, sino por el plan que estamos llevando a cabo.
Creo que es mejor que dejemos aquí nuestro intercambio. Se ha hecho de noche y mi lacayo está cansado, así que tiene órdenes de marcharse sin esperar respuesta de su parte, por muy bondadosa que sea la propina que le ofrezca.
Nos vemos en la fiesta de máscaras.
Atentamente,
lady Rebecca Astor
Entregó la nota a su lacayo con instrucciones precisas, y dejó en su mano una generosa compensación por las molestias. Estaba guardando en su cómoda las hojas y la pluma cuando Hattie apareció.
—Si querías hablar con lord Middleton, podrías habérmelo dicho y te hubiera acompañado a su casa para tomar el té. No era necesario tener todo el día a nuestro personal de un lado a otro. ¿Tienes idea de la hora que es?
Becca echó un vistazo por la ventana. Ya se había dado cuenta de que había oscurecido, pero no supo cuando sucedió.
Se había quedado demasiado centrada en pensar qué escribir y esperar con cierta ansiedad su respuesta.
¿Qué diablos le pasaba?
Lo suyo no era más que un trato, no ameritaba que hubiese pasado cada minuto después de que enviaba una nota esperando su respuesta como una jovencita enamorada.
Oh, pero es que el desgraciado era tan provocador que era difícil resistir la tentación de responder cada nota.
Además, tenía una clase de encanto peligroso. No era el caballero que se dedicaba a los halagos, de haber sido de esos, a Becca se le hubiera hecho fácil ignorarlo. Su atractivo estaba, más bien, en su humor particular. Irónico.
Becca, que también manejaba un humor que pocos entendían, no podía resistirse a la idea de debatir con alguien que no se espantaba ante sus palabras.
Y era una atracción peligrosa.
—Me emocioné un poco. Lo lamento.
Y odiaba mucho que no fuera mentira.
Hattie suspiró.
—Podría invitarlo a tomar el té mañana.
Lo que menos quería Becca era estar sentada con él treinta minutos mientras Hattie estaba presente. Sería, como mínimo, incómodo. Y aunque pudiera persuadir a su cuñada de que los dejase solos unos minutos, no era lo que Becca veía más conveniente.
Ya habían acordado el siguiente paso.
No necesitaba verlo.
No quería verlo.
—No será necesario. Nos veremos en el baile de disfraces que habrá ese fin de semana.
—Creí que no querías ir.
No, Becca no quería. Los disfraces daban calor, y le parecían un entretenimiento sin sentido. Pero después de imaginarse lo que podría ocurrir esa noche, estaba más que emocionada.
Por supuesto, solo por tener el placer de enfadar a Helen.
No había ninguna otra razón.
—Si lord Middleton va, me gustaría asistir. ¿Crees que aún pueda transformar uno de mis vestidos en un disfraz?
Los ojos de Hattie brillaron con emoción.
—¿De qué te gustaría disfrazarte?
Becca se limitó a sonreír con malicia.
En Albany, Patrick leyó la nota y supo que era momento de parar.
Si algo había aprendido después de dejar el juego, era que no valía la pena seguir insistiendo cuando las cartas ya no estaban a favor, y que siempre era mejor retirarse con algo que sin nada.
Quizás había aprendido la lección demasiado tarde, pero al menos podría aplicarla en otros aspectos de su vida.
Había conseguido que ella le respondiese, varias veces, eso era un avance.
Algo en él debió de llamarle la atención.
Tenía esperanzas.
Decidió que podría ser una buena noche para ir al White’s a cenar cuando alguien tocó su puerta indicando que había llegado otra nota.
Creyó que a Rebecca se le había olvidado decirle algo, y tomó el papel con una emoción que le daba vergüenza admitir.
Sin embargo, la carta no tenía remitente, y el lacayo le informó que un niño la había dejado y se había ido corriendo.
Patrick abrió la nota con manos temblorosas, preso de un nerviosismo que creyó nunca volver a sentir. Quería pensar que era casualidad.
Deseaba que lo fuese.
En el papel, solo estaba escrita una frase, y, al final, una firma. No se leía ningún nombre, pero el garabato era tan preciso que bastó para derrumbarlo.
Aún tienes una deuda que pagar.
Y sabía perfectamente a qué se refería.