Capítulo 5 #2
Cuando fuera grande sería un dolor de cabeza para ambos, sobre todo considerando que su belleza y posición harían que muchos sangraran solo por obtener su mano.
—Regresar a dormir me parece una excelente idea —dijo George, apoyando el comentario con un bostezo—. Un gusto verte, Patrick.
El niño dio media vuelta y empezó a caminar hacia los dormitorios.
Aunque físicamente se parecía mucho a su padre, estaba dando indicios de tener un carácter más llevadero.
No era manipulable, ni mucho menos. Era callado pero inteligente, aunque había dos mujeres que podían controlarlo, y ambas estaban en esa sala.
—Nos vemos, hermano —dijo la niña—. Ven más seguido. Eres más divertido que George.
—¡Te escuché! —gritó el niño a lo lejos.
Ella se rio con picardía y se marchó. Patrick también sonrió. El servicio sirvió el segundo plato, pero los niños habían aligerado el ambiente.
Incluso Gritsmore parecía de mejor humor.
La cena terminó sin ninguna muerte inesperada. Una vez en su habitación, no pudo evitar pensar en Rebecca.
Se dijo que era normal. Si deseaba conseguir que ella lo aceptara, tenía que evaluar muy bien su carácter para saber cómo tratarla.
Aunque le era difícil decidir si su misión se estaba complicando o facilitando, pues a medida que la conocía, descubría una nueva particularidad de ella. Había pasado de ser la joven huraña y vengativa a una inteligente y con gran capacidad de análisis. Dios sabría cuántas sorpresas más escondería.
Pero a Patrick le agradaba eso. No podía decir de sí mismo que era un hombre de letras, pero no despreciaba los libros, y no siempre tenía con quien compartir opiniones interesantes.
No le daba vergüenza admitir que estaba convenciéndose de que el matrimonio entre ambos podría funcionar muy bien. Solo esperaba lograr convencerla a ella de lo mismo.
Desde que Rosemary se había casado, Becca odiaba las cenas familiares, porque el tema de conversación era, en su mayoría, ella.
Esa noche en particular Hattie estaba muy emocionada, y Becca sabía que intentaba preparar el terreno para plantearle a Ray su interés en el conde de Middleton, y lo sabía porque la misma Hattie le había revelado su plan poco antes de la cena.
Becca ni siquiera intentó negarse. Sería sospechoso, y tampoco era fácil disuadir a Hattie de algo. Por lo tanto, respiró con paciencia cuando la escuchó decir:
—El conde de Middleton también me parece un buen partido.
Raymond arrugó un poco el ceño, mientras intentaba recordar. Ubicar a todos los candidatos que Hattie había mencionado para llegar «disimuladamente» al conde no era su actividad favorita, pero era un hombre responsable, y sabía que involucrarse en los pretendientes de su hermana era su deber.
Y también llevaba años acostumbrado al parloteo de Hattie.
—Hace varios años perdió casi toda su fortuna en juegos y vicios. Tuvo que vender su casa en Londres y le debía una gran cantidad de dinero a su padrastro que tardó años en pagarle.
Vaya que Ray tenía buena memoria. Becca solo había escuchado esa historia porque de vez en cuando a alguien le apetecía hacer un comentario al respecto cuando veía al conde, pero era un chisme del que ya poco se hablaba.
Sin embargo, supuso que en su momento había sido un gran escándalo, sobre todo porque la condesa viuda de Middleton terminó, de alguna manera, convertida en duquesa.
Algunos decían que había seducido al duque para que le perdonara la deuda a su hijo, que había quedado embarazada y eso había obligado al pobre caballero a tener que cumplirle. Becca conocía al duque solo de mirada, pero no le parecía alguien que se dejase embaucar con ese tipo de estrategias.
Asumía que las mujeres solo estaban molestas porque habían sacado del mercado a uno de los viudos más cotizados de aquella época.
—Pero hace años que no juega —acotó Hattie—. Se debe apreciar el esfuerzo de aquellos que reconocieron sus errores y enderezaron su camino.
—Sin embargo, creo que aprecio más a los que tuvieron la sensatez de no cometer dichos errores en un principio.
Ya había supuesto que Ray diría algo semejante. No era un hombre de mentalidad piadosa.
—Pero, si a Becca le gustase…
—¿A Rebecca le gusta?
Sus ojos se posaron en ella y Becca maldijo a Hattie. Nunca había llegado a ser disimulada.
—¿Becca, estás enamorada? —preguntó Alison con emoción.
Hablar de pretendientes siempre era algo que le emocionaba a su hermana menor. Aunque no podría describirla como una romántica empedernida, Alison sí tenía una misión de vida clara: casarse.
Ninguno le había dicho lo difícil que era ese objetivo dada su condición.
Desde pequeña, Alison sufría de los pulmones.
Los doctores dijeron que se podía deber a su nacimiento prematuro, y aunque había vivido más que los cinco años que le habían pronosticado, era inevitable notar que se cansaba con facilidad, que su estatura era más baja que la del promedio y que estaba muy flaca.
Cuando la principal razón de un matrimonio era la procreación, una mujer que parecía no estar apta para concebir no era una muy buena opción, por más dote que tuviera o la posición que ocupara.
Pero romper las emociones de una joven de dieciséis años era demasiado, incluso para Becca. Además, sospechaba que su hermana era muy consciente de la desventaja que tenía ante otras, y solo había decidido tomarlo con optimismo.
—¿Rebecca? —insistió Raymond.
Ella respiró hondo y, con un tono que esperaba no fuera demasiado ansioso, pero tampoco desinteresado, respondió:
—Puede que me llame la atención.
—¿Por qué?
Raymond de verdad no lo comprendía, pero era debido a que su hermano siempre había sido partícipe de elegir la mejor opción.
Irónico, porque Hattie nunca había sido la mejor opción.
—Es interesante conversar con él.
Al menos no era del todo mentira. Después de su última charla, Becca le cedía eso.
—¿Es guapo? ¿Tiene todos los dientes? No te cases con un caballero sin dientes, Becca. Dicen que es incómodo besarlos.
—¿Dónde has escuchado eso? —preguntó Hattie, escandalizada.
Una pregunta interesante, puesto que Alison, como no había sido presentada en sociedad, asistía a muy pocos eventos. Seguramente se lo había oído a alguna de las doncellas.
Raymond, por su bien, fingió que no había escuchado el comentario. Un problema a la vez.
—No creo que su interés principal en ti sea que aportas una buena conversación.
Ella intentó no sentirse ofendida. Sabía que no era la intención de Ray que sonase horrible, pero pocas veces había maneras bonitas de decir la verdad.
Porque antes de hacer ese absurdo trato, tenía muy claro lo que lord Middleton deseaba de ella.
Su dote y posición eran lo único por lo que la mayoría de los caballeros la toleraba, no valía la pena negarlo.
Y fingir que no lo sabía sería insultar la inteligencia de su hermano y dejar por el suelo la suya propia.
Así que optó por otra salida.
—Rosemary solía decir que la razón por la que un caballero se te acerca no tiene que ser la misma por la que se queda. Solo quiero darnos la oportunidad de ver si algo puede salir de esto. ¿Me la vas a negar, Ray?
A Raymond le hubiera encantado decir que sí, lo supo por la mirada de recelo en sus ojos. Sin embargo, con los años su hermano había aprendido a ser más permisivo, así que refunfuñó.
—Como quieras. Solo… ten cuidado.
Becca sabía a qué se refería, pero no era algo de lo que Ray tuviera que preocuparse. Después de lo que le había pasado a su hermana, no cometería la insensatez de volver a confiar en alguien.
—Tengo esperanza de que todo saldrá bien, Ray.
Y de verdad lo esperaba, porque con toda su familia involucrada en la mentira, ver a Helen destruida sería la única recompensa que recibiría para mitigar la incomodidad de tener que dar después explicaciones sobre la ruptura.
Por suerte, Becca también era optimista cuando le convenía.