Capítulo 5
Patrick odiaba las cenas con su madre, no por su madre, a ella la adoraba, sino por el duque, que la mayor parte de las veces le otorgaba su indeseada presencia precisamente porque sabía que él la detestaba.
Cada vez que lo trataba, Patrick se lamentaba de tener la culpa de que su madre se hubiera visto involucrada con él.
No tenía los detalles de cómo se había formado ese vínculo, ni tampoco los quería, solo sabía que un día su madre le estaba jurando que no eran amantes y otra le comentó con desenfado que se iban a casar y que iba a tener un hermano menor —que al final resultaron ser dos—.
Por suerte que Patrick estaba en ese momento intentando enderezar su vida, o quizás habría opuesto más resistencia de la que le hubiera agradado a Gritsmore. O a su misma madre.
Ivory no era una mujer a la que le gustase que le dijesen que hacer, lo cual hacía su relación con el duque extremadamente conflictiva. Al menos para Patrick. Ellos parecían estar bien.
—Entonces, cariño, ¿cómo has estado? —preguntó su madre después de que sirvieran el primer plato—. No hemos tenido oportunidad de conversar en mucho tiempo.
—No hay muchas novedades. Llega un punto en que la vida se vuelve muy aburrida, ¿no crees?
—Cásate, la vida se vuelve más entretenida —respondió Ivory con una sonrisa pícara—. Y hablando de matrimonio, creo que ya estoy preparada para escuchar cómo terminaste cortejando a la señorita Morgan
Para enfatizarlo, tomó su copa de vino y bebió un trago con exageración. Patrick hubiera sonreído si a Gritsmore no se le hubiera ocurrido intervenir en ese momento.
—¿A la señorita Morgan? Y yo pensaba que habías empezado a tomar decisiones sensatas.
El hombre lo odiaba, Patrick no tenía dudas, pero tampoco tenía inconveniente con ello, pues él tampoco le agradaba en demasía. Sin embargo, discutir frente a su madre nunca dejaba de ser incómodo.
—En realidad —dijo, intentando que no se notara su fastidio—, estaba considerando cortejar a lady Rebecca.
Hubiera sido mejor no replicar, no darle el gusto a Gritsmore de intentar justificarse, pues eso era lo que él deseaba, pero el duque tenía el don de sacar de quicio a las personas, y a Patrick aún le costaba no caer, pues si una cosa detestaba era que el duque lo tomara por estúpido.
—Una mejor opción —comentó Gritsmore, aunque el brillo malicioso en sus ojos le advirtió sobre su próximo comentario cortante—, aunque no creo que su hermano apruebe ese cortejo.
Patrick hizo acopio de su fuerza de voluntad para no dejarle ver lo duro que había dado el golpe, pues si algo tenía el duque, era una gran precisión para hacer doler una herida.
—¿Y por qué no lo aprobaría? —soltó Ivory con una amenaza presente en sus ojos—. Es un conde y un buen partido.
—Pero hace unos años no lo era, y su situación económica podría rayar en lo precaria. Para Rhodesay, será evidente que él no desea a su hermana, sino su dinero.
—Me sorprende que amonestes ese modo de actuar, querido. Yo habría creído que lo aprobarías.
El duque curvó levemente los labios, algo raro de ver.
Cualquiera que conociera al respetado duque de Gritsmore, le hubiera extrañado que sonriera ante tal impertinencia.
Para todos, era un hombre que inspiraba miedo, y que alguien se atreviera a desafiarlo era inconcebible.
Pero supuso que por eso se habían casado.
Como pocos se atrevían a desafiarlo, encontraba muy entretenido que Ivory lo hiciera.
—Lo apruebo —confirmó él con orgullo—. Solo comento que el marqués no creo que lo haga.
—No tiene derecho a ponerse minucioso —replicó ella—.
Lady Rebecca no es la mejor de las hermanas Astor.
Todos saben que su carácter es huraño y poco femenino.
La reina de la temporada era su hermana, y después del escándalo en el que se vio involucrada, creo que el apellido de la familia quedó lo suficientemente manchado para que se atreva a hacer concesiones.
Patrick quería a su madre, apreciaba lo mucho que lo quería, pero no podía permitir que siguiera defendiendo o perdería el poco respeto que podría tenerle el duque.
—Que lo apruebe o no pronto se volverá indiferente —comentó Patrick después de dar un largo sorbo a su copa—.
Dentro de poco, lady Rebecca cumplirá veintiuno.
No necesitará autorización de su tutor para casarse, y el marqués, si no quiere armar un escándalo, tendrá que aceptarlo.
Después de todo, no siempre podemos controlar que las personas que queremos se casen con pretendientes indeseados.
Si su comentario lo afectó, Gritsmore tuvo mucho cuidado de no demostrarlo. Patrick también odiaba eso de él. Era muy difícil desestabilizarlo.
—Supongo que ser optimista no cuesta nada, aparte de tiempo, por supuesto —respondió con indiferencia.
—Hay algo que no entiendo —intervino Ivory alejando la conversación de la discusión—. Si deseas cortejar a lady Rebecca, ¿por qué también has estado cortejando a la señorita Morgan?
—Porque todos saben que lady Rebecca y ella no se toleran. Pensé que, quizás, podría llamar su atención despertando en ella el deseo de robarle un pretendiente a su enemiga.
No era del todo mentira. Había ideado ese plan con el fin de tener una oportunidad de acercarse a lady Rebecca y, aunque a medida que la conocía lo veía más improbable, Patrick era un hombre de fe.
Notó que Gritsmore lo veía con interés. Era imposible descifrar sus pensamientos, pero Patrick quería pensar que era un plan que aprobaba. ¿Por qué no lo sería? Era la clase de maquinaciones que le encantaban.
A su madre, sin embargo, no le gustó en absoluto la idea. Lo miró con evidente desaprobación.
—Me ofende pensar que crees que somos tan estúpidas, querido hijo. Pero dadas las circunstancias, dejaré que te golpees con cualesquiera que sean las consecuencias de esa absurda idea.
No dijo más durante todo el plato principal. Patrick se sintió un poco mal. No le gustaba hacer sentir mal a su madre porque ya la había hecho sufrir demasiado, así que optó por cambiar de tema.
—¿La abuela por qué no ha bajado a cenar?
Desde que habían vendido la casa en Londres para poder saldar las deudas de Patrick, su abuela pasaba gran parte del tiempo en la mansión de campo ligada al título.
Decía que ya no tenía la edad para estas fiestas londinenses, pero de vez en cuando, y para conservar viejas amistades, se quedaba unas semanas en Londres con los duques.
A Patrick le sorprendía que a este no le molestase, pero supuso que se debía a que su abuela era de las que evitaban conflictos, y su presencia no molestaba.
—Se quería acostar temprano. Le dolía la cabeza.
Sabía que, a medida que pasaban los años, cada dolencia de la baronesa perturbaba a su madre. No obstante, Patrick veía a su abuela bastante bien. Tenía fe de que duraría al menos diez años más.
—¿Y mis hermanos?
—No nos han dejado asistir a la cena.
La voz que respondió era femenina y aguda. Provenía de la entrada, y venía de una niña de cabellos negros como el ébano y una mirada gris llena de picardía. Contaba apenas con ocho años, pero la astucia de sus ojos revelaba una inteligencia peligrosa.
A su lado, con expresión resignada, estaba un niño de la misma edad. Se había recostado en el marco con la resignación de un soldado que quería estar en otro lado, pero tenía un deber mayor que cumplir.
—Deberían estar durmiendo —les reprochó Ivory con una mirada de advertencia que Patrick conocía muy bien. Sin embargo, o su madre estaba perdiendo facultades, o esos niños tenían un carácter más difícil de manejar, porque ni siquiera se inmutaron.
Victoria bajó la mirada con fingida inocencia, y en un tono demasiado tierno para hacer que el receptor mantuviera el enfado, dijo:
—No teníamos sueño, y queríamos ver a nuestro hermano.
—Yo sí tenía sueño —dijo George sin preocuparse por ser cortés—. Ella me sacó de la cama.
Ciertamente ambos ya tenían las batas de dormir puestas. Patrick no dudaba que su institutriz se había ido a descansar con la fiel creencia de que había cumplido con su deber.
Niños manipuladores.
—Pero me alegro de verte —acotó el niño, que al menos había desarrollado la consciencia de saber cuándo estaba pasando la línea entre la pedantería y la grosería.
—Podrían verlo si su hermano decidiese visitarlos con más frecuencia a horarios apropiados —dijo Ivory con calma.
—Lo apropiado es aburrido, ¿no es así?
Patrick se levantó y se acercó a ellos. Tomó a Victoria entre los brazos y la hizo girar en el aire.
La niña soltó una carcajada de puro júbilo.
George dio un paso preventivo hacia atrás, aunque Patrick ya desde hacía años no jugaba eso con él porque al niño no le gustaba. Victoria le echó los brazos al cuello.
—Oh, Patrick, ¿por qué no vienes más seguido? ¿Ya no nos quieres? ¿Nos detestas?
Parpadeó con una decepción que haría sentir culpable al más temible de los delincuentes.
—Los adoro, bruja manipuladora —dijo dejándola en el suelo—. Solo he estado un poco ocupado.
«Y no quiero toparme con tu padre», pensó para sí.
—¿No es momento de que regresen a la cama?
Gritsmore por fin se hizo notar. Sus palabras, para sorpresa de Patrick, no fueron bruscas, pero tampoco dejaban lugar a la réplica.
Victoria, sin embargo, no era alguien que se diera por vencida tan fácilmente. Si algo tenía la niña, era una fuerte determinación.
—¿No podemos quedarnos un rato, padre?
Si Patrick hubiera estado en el lugar del duque, habría cedido.
Era difícil resistirse a esos ojos de cachorro y su tono cantarín.
Sin embargo, la niña aún no había desarrollado la increíble habilidad de romper la barrera de hierro con la que se protegía Gritsmore, aunque no dudaba que un día lo lograría.
Él se limitó a alzar una ceja y ella suspiró con resignación. No porque se rindiera, sino porque era lo bastante inteligente para saber que lo mejor era estar en paz con sus padres si después quería conseguir objetivos mayores.