La apuesta arriesgada del conde Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Aunque no podía llamarse a sí misma una mala actriz, no era buena siendo hipócrita. Cuando algo o alguien le desagradaba, no lo disimulaba bien, y lord Middleton había hecho muchos méritos para que no le fuera ni un poco simpático.

—¿Algún tema en particular del que desee hablar? —preguntó él cuando su caminata fue invadida por el silencio.

—¿Le han quedado claros los detalles del plan?

Él no se sorprendió de que ese fuese su tema de conversación.

—Así es. Aunque sería conveniente que me hiciera llegar un resumen de la correspondencia que mantuvo con la señorita Morgan, pues temo que he pasado de amar las veladas nocturnas a disfrutar más del aire libre.

Rebecca hizo una mueca de disgusto.

—Mañana se las enviaré —musitó—, pero si llega a surgir el tema: ama la carne de cordero y su deporte favorito es la caza.

—¿Por qué?

—Porque Helen ama la carne de cordero y le parecen apuestos los hombres a los que se les da bien la caza.

—Temo que siempre he tenido mala puntería.

—Esperemos entonces que no tenga que demostrar sus habilidades mientras dure la falsa —comentó con desenfado. De pronto, una leve sonrisa curvó sus labios, dejando ver unos pequeños hoyuelos—. En cualquier caso, dijo que era amante de la caza, no que era bueno en ella.

Patrick también sonrió.

Buscó con la mirada a Helen. Estaba en el mismo lugar donde la habían dejado, y observaba a Rebecca con la intensidad de un asesino. Sin embargo, más allá de la furia, Patrick logró distinguir algo más en sus ojos: miedo.

Miedo de que él cediera.

—¿No siente ni un poco de remordimiento? —preguntó con curiosidad.

Becca echó un vistazo a Helen, pero no le dedicó más de un segundo de su atención.

—No. ¿Usted sí?

—Tal vez un poco —aceptó—. Al final, ¿no es solo una joven que intenta no quedarse desamparada? Usted tiene a su hermano, y entiendo que tiene ya un sobrino que heredaría el título, pero, si no lo tuviera, ¿no se sentiría desesperada?

—Eso no justifica su accionar. He conocido mujeres en su misma situación que jamás se habrían atrevido a hacer lo que ella.

Una cosa es estar dispuesta a hacer lo que sea por conseguir un esposo, y otra destruir a alguien inocente solo por envidia.

Pudo haber condenado a mi hermana a vivir con un loco.

—Por la forma en que lo dice, entiendo que no sucedió.

—Eso no importa —dijo con énfasis—. El daño lo hizo y debe pagarlo. Quizás lo considere cruel, pero no es usted mejor que yo. Pudo haber ido conmigo a aclarar el malentendido y, en cambio, propuso esta farsa solo por razones egoístas.

Touché.

—Así es —admitió—. No quiero creerme moralmente superior. Solo comento que, de vez en cuando, me pesa un poco la conciencia.

—Eso está bien —dijo ella—. La conciencia es lo que diferencia a una persona mala de un promedio.

—Y si usted no tiene remordimientos, ¿es entonces una mala persona?

—Es diferente —acotó ella—. Yo tengo razones para querer vengarme, razones fuertes, por las que mi falta de remordimientos es entendible si se ve desde la lógica.

Usted no tiene nada personal contra Helen, si no sintiera remordimientos, sería, como mínimo, una persona egoísta con la que habría que tener cuidado.

La línea entre lo malo y lo promedio está en la conciencia.

—¿No querrá decir lo malo y lo bueno?

Becca negó con la cabeza.

—Creo que puede haber personas completamente malas, pero no por completo buenas. El ser humano por naturaleza egoísta, ¿o por qué cree que existen las leyes? Cada quien haría lo que quisiese si no hubiera consecuencias.

—«El hombre es un lobo para el hombre» —citó él.

Becca se detuvo para mirarlo con sorpresa.

—¿Le sorprende que haya leído a Hobbes? —preguntó él.

Ella se recompuso de inmediato.

—Lo cierto es que no tendría por qué. Los caballeros suelen tener buena educación. ¿Le sorprende que yo lo haya leído?

—Un poco, sí.

—Mi hermano y mi cuñada son lectores aficionados a temas controversiales.

—¿Y ha heredado el gusto?

—Sí, ¿le extraña?

—Es… particular.

Muy particular. Patrick podía contar con las manos a las mujeres que leían, y no podía mencionar a ninguna a la que le gustase la filosofía. Rebecca seguía dando sorpresas.

—Me lo han dicho.

Su tono evidenció que estaba levantando una barrera, y Patrick se vio en la premura de explicarse.

—No particular en el mal sentido, sino en que es poco común conseguir a una dama interesada en el tema.

—Quizás hubiera más si se les diera la oportunidad de conocer sobre ello. Lamentablemente, a veces las leyes, como las normas sociales, oprimen más de lo necesario.

Un silencio tenso se formó entre ambos. Becca miró a su alrededor, se percató de que se habían alejado mucho de los otros grupos, aunque aún seguían a la vista de cualquiera que deseara comprobar que no hacían nada indecente. Helen había desaparecido, y Hattie no les quitaba la mirada de encima.

Tendría que responder muchas preguntas al regresar, y ella misma admitía que sería difícil.

Patrick, que había disfrutado de la conversación fluida, se negó a que el momento acabara. Quería hurgar más en sus pensamientos porque le parecían interesantes.

—Ahora bien, si defiende que el hombre es malo por naturaleza, ¿por qué odiar a la señorita Morgan, que no está más que siguiendo sus instintos primarios?

—Porque no somos animales, lord Middleton, sino seres pensantes con capacidad de decidir.

Si algo bueno han traído las leyes, es enseñarnos que no habitamos solos en el mundo.

Nos enseñaron que existe el bien, y visto desde la lógica, tiene sentido.

¿Por qué voy a dañar a un inocente solo por mi deseo egoísta?

¿Me gustaría que me hicieran lo mismo a mí?

Lo ideal sería que la respuesta fuese no, y si la mayoría fuera consciente de ello, el mundo sería más bonito y tranquilo.

Pero como no todos lo son, hay que aplicar el castigo para que midan el peso de sus acciones.

Así quizás recapaciten y no hacen más daño a la sociedad.

—Creo que lo está llevando al extremo para justificar su punto.

Ella sonrió con malicia.