Capítulo 4
Estimado lord Middleton.
Habría preferido que los detalles del plan lo discutiéramos en persona, pero dado que la situación se complica, temo que tendrá que leer esta extensa carta.
He estado analizando la situación con calma, y creo haber descubierto la mejor manera de proceder.
El viernes hay un almuerzo en los jardines de lady Pembroke, al que, asumo, está invitado. Sé que Helen lo está, y, por ende, sería un momento excelente para llevar a cabo el plan.
Verá, puesto que la correspondencia que se supone intercambió con la señorita Morgan fue usted muy efusivo con sus sentimientos, no veo viable que se acerque a mí sin ninguna razón, por lo tanto, seré yo la que me acerque a usted.
Seré agradable y lo persuadiré de ir a dar un paseo conmigo.
Usted se mostrará receloso, pero finalmente aceptará, lo que, estoy segura, hará que Helen enrojezca de rabia.
Pasearemos durante un rato, y después regresará con Helen quien nos interrumpirá en algún punto de nuestro paseo para volver a atraer su atención.
Después de lograrlo, intentará hablarle mal de mí, y es ahí cuando el plan inicia, pues usted me defenderá.
No con fervor, sería sospechoso. Bastará, por el momento, con decir que le parecí agradable.
Eso despertará sus alertas, aunque tengo que advertirle que quizás su insistencia por que pida su mano se volverá un poco más asidua.
Detalles que, espero, sabrá manejar.
No tengo nada más que agregar por el momento. Confío en que en nuestro paseo podremos conversar mejor.
Atentamente,
lady Rebecca Astor.
Patrick dobló las hojas y se las guardó en el bolsillo del chaleco, mientras buscaba con la mirada a la remitente.
No había llegado, o, al menos, no la había visto.
Sintió la necesidad de volver a leer la carta, pero se contuvo.
Creía haber entendido bien cómo iban a proceder, y aunque sentía un miedo latente a equivocarse —dudaba que lady Rebecca perdonara cualquier error—, todavía tenía suficiente confianza en sí mismo para ser optimista.
Sus ojos se posaron en Helen, no porque quisiese, sino porque mientras divagaba, la joven se ubicó frente a él y le estaba haciendo gestos con la mano. Parpadeaba con tanta rapidez que Patrick se preguntó si tendría algo en el ojo.
Y se estaba acercando.
Contuvo una maldición, recordándose que todo era parte del proceso.
La señorita Morgan llegó hasta donde había estado ocultándose.
La señora Morgan los observaba desde lejos, como un buitre que ya había atrapado a su presa.
Patrick no dudaba que Helen ya le había comentado sobre su supuesto interés en ella.
Tampoco tenía dudas de que lo debía de saber media sociedad.
—Lord Middleton —dijo con voz chillona—. Me alegra verlo.
Ojalá él pudiera decir lo mismo.
No tenía nada personal en contra de ella, solo le parecía una persona irritante.
Sin embargo, creía poder juzgarla por lo que le habían contado.
La desesperación por un esposo era entendible, pero los medios que había usado para obtenerlo los consideraba de los más cuestionables, y él, que no era un modelo de virtud, no usaba esa palabra a la ligera.
Era una dama peligrosa. Quizás menos lista que Rebecca Astor, pero sí mucho más propensa a meter a alguien en problemas.
Patrick se obligó a esbozar su mejor sonrisa.
—Señorita Morgan, dichosos ojos que tienen la gracia de deleitarse con su belleza.
Halagar se le daba bien, su madre siempre se lo decía. Era algo que le salía natural, y que funcionaba más de la mitad de las veces. En pocas ocasiones las destinatarias se daban cuenta de que no estaba siendo sincero.
Ella se sonrojó y Patrick se sintió un poco culpable por engañarla. Solo un poco.
—El día está hermoso, ¿no cree?
Él entendió la indirecta, pero no sabía qué tan conveniente sería proponerle un paseo, considerando que así sería más difícil para Rebecca interceptarlos.
Hizo un rápido reconocimiento con la mirada y esta vez sí la localizó.
Ella los estaba observando y, con un leve asentimiento de cabeza, le dio a entender a Patrick que el plan daría marcha.
—Sí, lo es. En particular, prefiero los almuerzos al aire libre que las fiestas ostentosas de noche. Es más privado y agradable, ¿no cree?
Ella arrugó el ceño.
—Creo recordar que una vez comentó que las veladas nocturnas le gustaban porque le parecían románticas.
Patrick se obligó a mantener la sonrisa.
Lady Rebecca tendría que decirle qué escribió en esas cartas.
—Así es, pero últimamente siento cierto encanto por los almuerzos al aire libre. Más aún si el día está tan lindo como hoy. A veces la tranquilidad de estas reuniones no se compara con el bullicio de la noche, ¿no cree?
Ella no estaba de acuerdo, lo supo por la forma en que su ceño se frunció.
—Estoy de acuerdo con usted, milord.
Patrick ya había supuesto que ella no diría lo que en verdad pensaba.
No era extraño. A las jóvenes casaderas se les educaba para ser complacientes, creyendo que esa era la mejor manera de atraer a un hombre.
Quizás funcionaba con algunos, pero a él alguien que le dijera sí a todo le resultaba tedioso.
—Me preguntaba si… —comenzó ella.
—Lord Middleton.
Al principio, Patrick tardó en reconocer la voz. No tenía ese deje brusco y autoritario de costumbre, aunque su intento de sonar suave y coqueto no fue del todo exitoso.
Se giró.
Estaba diferente, y tardó un poco en averiguar por qué.
Llevaba un vestido nuevo.
O, al menos, a la moda.
Patrick, que había estado observándola por un tiempo, se había percatado de que, por lo general, usaba ropa que parecía de hacía años. Faldas poco voluminosas, mangas sin relleno. Una dama que anteponía la comodidad a la moda. Sin duda, una de sus rarezas.
Ese vestido, sin embargo, estaba bastante bien. Aún les faltaba volumen a las faldas, apostaba lo que fuera a que le había quitado al menos dos enaguas, pero las mangas eran abultadas, y tenía un escote que atraería una que otra mirada curiosa.
Interesante.
—Lady Rebecca —saludó con educación, pero sin parecer interesado.
Jamás había sido buen actor, así que esperaba hacerlo bien.
—Lady Rebecca —dijo Helen entre dientes. Su cuerpo estaba tan tenso como una vara.
Rebecca sonrió. Era evidente que no estaba acostumbrada a hacerlo, porque los labios le temblaban, pero Patrick sospechaba que Helen estaba demasiado furiosa por su presencia para notarlo.
—Lo vi desde lejos y quise disculparme por no haber podido bailar con usted ayer. Me sentí mal y tuve que ir al tocador. Me preguntaba si quería pasear conmigo en compensación.
Un comentario atrevido para una dama soltera. No podía decir que era la mejor actriz del mundo, pues no había sonado muy entusiasmada, pero Patrick concluía que se defendería bien.
Tuvo que contener la sonrisa…
—En realidad…
—Lord Middleton estaba hablando conmigo, lady Rebecca —interrumpió Helen con desdén.
—Oh, pero no pensará en acapararlo, ¿verdad? Eso es de mala educación, señorita Morgan.
Helen apretó los dientes. Patrick no sabía muy bien qué decir. La rencilla entre ambas era difícil de ignorar. Cualquier caballero en su circunstancia se sentiría incómodo.
—No tiene que disculparse, lady Rebecca. Entiendo.
Sí, una respuesta neutral.
—¿Pero no va a aceptar mi paseo? Al menos deme esa oportunidad para saber que me perdona.
Podría hacer bien el papel de coqueta si su expresión no fuera tan expresiva. Patrick tuvo que contener una carcajada cuando las palabras le salieron forzadas.
—Está bien.
Helen iba a protestar, pero él le dedicó una sonrisa tranquilizadora y le susurró.
—Regreso en un momento, querida.
El apelativo cariñoso logró que no replicara. Le ofreció el brazo a Rebecca, que lo aceptó con la misma resignación que alguien condenado a la horca.
Empezaron a caminar.
—Si quiere que esto funcione, creo que tendrá que mejorar sus dotes de actuación —comentó Patrick con tranquilidad, como si fuera un comentario casual.
Nadie que lo viese de lejos entendería por qué ella le lanzó una mirada furibunda.
—No creo que a usted lo lleguen a contratar en Drury Lane.
—No, pero al menos no la miré con desagrado ante cada palabra que decía.
—Tenga en cuenta que pedirme que sea agradable con usted requiere de mucho esfuerzo.
—¿Tanto me odia?
—No es mi persona favorita en este momento.
Rebecca estaba perdiendo la paciencia, pero, ¿cómo no hacerlo? El día había comenzado complicado desde que Hattie entró a su cuarto con uno de los vestidos que Rosemary no se pudo estrenar, diciendo que ya que lord Middleton estaría en el almuerzo, Becca podría querer ponerse eso.
Ella le había dicho que no, pero Hattie era una mujer persistente, y puesto que ya se había involucrado en el papel de joven enamorada, consideró sospechoso negarse a algo tan lógico como verse bien para la persona que le gustaba.
Como supuso, el vestido era incomodísimo. Las mangas le picaban y la falda le pesaba, a pesar de haberle quitado dos enaguas. Después, tener que actuar como una tonta intentando obtener la atención de un caballero fue un duro golpe a su orgullo. No estaba de humor para seguir fingiendo.
—¿Siempre es así de impertinente?
—Solo cuando tomo confianza, o cuando considero que alguien no merece mi cortesía.
—¿Y mi caso es…?
Ella lo miró, considerándolo una pregunta absurda.
—El segundo, por supuesto.
Su sinceridad era tan brutal que contuvo las ganas de sonreír.
—Si sigue mirándome como un insecto del que se quiere deshacer, no creo que Helen piense que está enamorada de mí.
—Nunca tuve como objetivo hacer que ella creyera que yo estaba enamorada. Estoy segura de que sabe que solo lo busqué para molestarla, y eso es lo divertido.
—Entiendo. Pero no sería muy convincente que yo mencionara que usted me agradó si todos notan en su mirada el desagrado que le produzco.
Becca fue consciente de que él tenía razón y ablandó su semblante.
Le costó.