La apuesta arriesgada del conde Capítulo 3
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Capítulo 3

Patrick estaba convencido de que había hecho un buen trato, y se sintió orgulloso de ello, pues negociar era una habilidad que le había costado desarrollar con el tiempo. Normalmente no hacía buenos tratos, menos si los negociantes eran tan acérrimos como Rebecca Astor.

Aunque ya casi no bebía, se dijo que el momento merecía una copa, así que tomó un vaso de coñac de la bandeja de un criado y se lo tomó en sorbos lentos y silenciosos.

Miró a su alrededor con cautela. No ubicaba a Helen Morgan, y, aunque sabía que era mucho pedirle a la vida, esperaba que se hubiera marchado temprano, para así no tener que bailar con ella la última pieza.

No había acordado los detalles del plan con lady Rebecca, pero asumió que si iba a pasar de cortejar a una dama y luego a otra, tendría que tolerar a Helen en cierta medida.

Un pequeño remordimiento por lo que iba a hacer se despertó en su conciencia, pero lo acalló con rapidez. El mundo era cruel, y Helen no era una dama inocente. Él velaría por sus intereses, que incluían a lady Rebecca.

Se preguntó si eso de verdad podría funcionar.

La joven no le había especificado la razón por la que no deseaba casarse, y podría jurar ante el libro sagrado que no estaba esperando al hombre de su vida.

A esas alturas, podía distinguir a una dama romántica y a una sensata.

Y lady Rebecca no entraba en lo primero. Quizás tampoco en lo segundo.

Ella estaba en una categoría hasta el momento indescifrable.

—¿Bebiendo, Middleton? Últimamente eso es como ver a Jesús resucitar.

La broma vino de un hombre joven a sus espaldas. Etan, se percató con fastidio. Y no estaba solo, sino que iba acompañado de su padre y otro par de caballeros, Atholl y Kent.

Patrick los conocía a todos. En otra época, habían sido compañeros de juerga.

Patrick había dejado de ser un invitado grato en sus salones cuando las deudas lo ahogaron, y volvieron a hablarle solo cuando su economía dio indicios de mejorar.

Él nunca volvió a aceptar, aunque de vez en cuando los saludaba y toleraba sus bromas pesadas solo porque era bueno mantener todo tipo de relaciones.

—Hay momentos que lo ameritan —respondió con parsimonia.

—¿Y el momento que te insta a celebrar con alcohol no te anima a acompañarnos a una partida? Atholl nos está invitando.

—No lo creo.

Aún le costaba rechazar esas propuestas. Había pequeños indicios de tentación que se despertaban cada vez que alguien lo invitaba a jugar. Era como si recordara la emoción del juego y quisiera volver a experimentarlo.

Repetirse que la dicha era pasajera y las consecuencias duraderas lo ayudaba a mantenerse firme.

—Vamos, Middleton, hace tiempo que no participamos en una buena partida —dijo Kent.

Tenía un brillo malicioso en los ojos y Patrick sabía por qué.

El problema de Patrick no era jugar, sino que lo hacía muy mal.

O, al menos, sus competidores lo sabían hacer mejor.

En el caso de Etan, no era un secreto que se le daban bien las trampas, aunque era difícil atraparlo durante las partidas.

Patrick no era bueno ocultando sus reacciones, o en aquel momento no lo era, y siempre terminaba con miles de libras menos en los bolsillos que intentaba con desespero recuperar y que, inevitablemente, lo llevaba a perder más. Un círculo sin fin de ruina y deudas.

Estuvo a punto de pagar muy caro esa obsesión y se había propuesto tener la fuerza de voluntad suficiente para no caer otra vez.

Pensó con cuidado en qué responder. No debía ceder a la provocación, pero tampoco ser lo grosero para molestarlos. En una sociedad donde pocos tienen poder, era mejor llevarse bien con todos, al menos en la medida de lo posible.

—Patrick, querido, llevo tiempo buscándote. Tu abuela quiere saludarte.

Le gustaría decir que la salvación vino de alguien inesperado, pero lo cierto era que la dama a sus espaldas había aplicado tantas veces la misma estrategia que Patrick se habría extrañado si no hubiera aparecido.

Ivory Davies, antigua condesa de Middleton y actual duquesa de Gritsmore, sonrió con un encanto que solía dejar a los caballeros embelesados.

Para ser una mujer que tenía poco más de cuarenta, sus cabellos negros brillaban con la misma intensidad que en los mejores años de su juventud, y las pocas arrugas que había en su rostro parecían haberse confabulado para otorgarle un encanto natural. Era difícil verla y no envidiarla.

También era complicado ignorarla, pues su tono, aunque dulce, tenía un deje imperativo que no pasaba desapercibido.

—Madre, no sabía que habían llegado. Caballeros, ¿recuerdan a mi madre?

—Es difícil olvidar a una dama tan encantadora —dijo Atholl, saludando con galantería, aunque había un leve nerviosismo en su voz—. No te quitamos más tiempo, Middleton. Nos vemos.

Los otros murmuraron despedidas rápidas y se marcharon como si temieran represalias solo por estar allí.

—En otra época —comentó su madre con coquetería—, alguno me hubiera invitado a bailar. ¿Habré perdido el encanto con los años, Patrick?

—No, madre, no has perdido el encanto, pero ellos tampoco han perdido el juicio para invitarte una pieza.

Ella sonrió. Para nadie era un secreto que el duque de Gritsmore no era un hombre al que le gustase ver a su mujer bailar con otro.

—No tenías que venir a salvarme —le reprochó.

Patrick quería mucho a su madre, más de lo que otros podrían creer, pero a veces le irritaba que lo tratara como un niño incapaz de resolver un conflicto.

—Solo pasé a saludar —dijo con inocencia.

Patrick arqueó las cejas y su madre le sonrió. Un criado pasó en ese momento frente a ellos, ocasión que su madre aprovechó para tomar una copa. La chocó con la suya a modo de paz.

—¿Al menos es verdad que está aquí la abuela?

—Oh, sí, habla con unas amigas por allá. —Hizo una seña a un lugar tras de sí—. Deberías ir a saludarla.

Una amable orden disfrazada de sugerencia.

—En un momento voy.

Se quedaron unos segundos en silencio, disfrutando del buen brandy.

—¿Hay alguna razón para encontrarte bebiendo?

Aunque lo pareciera, Patrick sabía que no era un reproche. Difícilmente su madre tenía la moral de reprocharle a alguien beber en exceso cuando ella era fanática del buen licor.

—Debo bailar la última pieza con la señorita Morgan —confesó.

Su madre arrugó el ceño.

—¿Helen Morgan? No me parece el tipo de dama a la que cortejarías.

—No lo es.

—¿Entonces?

—No sé si quieras saberlo.

Tampoco sabía si podía decirlo. Seguramente Rebecca lo asesinaría si hablaba.

Ivory consideró su respuesta.

—Quizás después de dos copas más esté de ánimo para escucharlo —dijo finalmente—. No olvides ir a saludar a tu abuela. Yo buscaré un caballero dispuesto a invitarme a bailar.

—¿Y tu esposo? —preguntó con recelo.

—No quiso venir. Yo le informé que sí quería asistir, y me dijo que hiciera lo que quisiese.

—Creo recordar, madre, que las veces que me decías algo similar no esperabas que me lo tomara literal.

—Oh, bueno, él debió saber que yo sí lo haría. Además, es injusto que por ser casada no pueda disfrutar de una buena pieza solo porque mi esposo no deseó acompañarme.

—Suerte buscando un idiota que quiera desafiarlo —murmuró Patrick.

Detestaba al duque, le parecía un hombre insoportable, pero no se podía negar que desafiarlo era un acto de poco juicio. Tenía demasiado poder y dinero para destruir a cualquiera.

—El conde de Hampton de vez en cuando me invita a una pieza. Y su esposa es una buena amiga mía. Quizás logre persuadirlo.

—Ruega que Gritsmore no se entere.

Ella sonrió con malicia.

—Al contrario, cariño, estoy contando con que lo haga.

Sin decir más, se marchó. Patrick no intentaría entender la relación de esos dos, que más que un matrimonio lleno de amor, parecía un reto continuo de quién hacía perder al otro la compostura más rápido.

Su madre le había dicho una vez que así se entretenían, y después de todo lo que había hecho por él, no era quién para juzgarla, por más que le pareciera que su elección de nuevo esposo era del todo cuestionable.

Terminó su copa y observó a su alrededor. Sus ojos se encontraron con los de lady Rebecca, que lo observaba como quien le daba una advertencia.

Una mujer de cuidado, se dijo.

Lo bueno era que ya había tratado con muchas de esas.

De buen humor, sonrió y alzó la copa vacía a modo de brindis silencioso. Entonces, se fue a buscar otro vaso. Bailaría con gusto con la señorita Morgan si de eso obtenía algún beneficio. Y tenía muchas esperanzas de que así fuera.

Rebecca no estaba segura de haber hecho un buen trato, pero, al ser lo único que tenía, debía asegurarse de que funcionara.

Escondida tras una columna, observó a Helen. Sonreía con alegría y presunción mientras hablaba con unas amigas. No dudaba de que les estaba diciendo que el conde de Middleton la cortejaría, chisme que encontraría base cuando él pidiera el último baile.

Su felicidad le hizo fruncir el ceño.

Sin duda, no era el final que había imaginado para la noche.

Había esperado vengar todas las lágrimas de su hermana, no provocarle una alegría a la bruja.

Si tan solo el conde no hubiera sido tan inoportuno…

Suspiró con resignación. Becca no era de las que se lamentaba por algo que ya no podía cambiar, solo se adaptaba.

Y había llegado el momento de adaptarse a ese nuevo plan, aunque no estuviera en lo absoluto convencida.

Pasó su mirada al hombre que lo había arruinado todo. No negaba que lo que le proponía era interesante, una venganza simbólica, solo esperaba que saliera bien. No confiaba del todo en él.

El caballero, en general, contaba con todo lo que solía despreciar en un hombre.

Era presuntuoso e interesado, aunque no negaba que poseía una mente ágil para alguien que había perdido hacía años toda su fortuna en los juegos.

Becca le apreciaba su modo malicioso de pensar, pero detestaba que la chantajearan, por lo que su admiración ni siquiera competía con el recelo que le tenía en ese momento.

Sin embargo, con un plan bien estructurado, todo podía salir bien.

Siempre y cuando él no la traicionara.