La apuesta arriesgada del conde Capítulo 2 #2
10%

Capítulo 2 #2

Por lo general, la reputación de un caballero no era tan frágil a las habladurías como las de una dama.

Sin embargo, era delicado meterse con las promesas y el honor.

Quizás no sería tan grave, pues nadie lo había visto cortejar a Helen y todo podía tomarse con las fantasías de una joven, pero Patrick preferiría no arriesgarse.

Le había costado volver a formarse la reputación de un hombre respetable al que un padre adinerado le confiaría su hija.

—No creo que sea usted el perjudicado —dijo ella con objetividad—. Temo que sería ella la que más quedará en ridículo.

Sus ojos brillaron con malicia, delatando lo mucho que le gustaba la idea. Era una mujer con la que había que tener cuidado. Odiaba con mucha intensidad.

Patrick le dirigió una mirada hostil que la hizo sentir regañada.

—También puede hablar con ella y pedirle que lo mantenga en secreto por el momento —comentó, a regañadientes—. Al menos hasta que surja la oportunidad de aclarar todo.

«De destrozarle las ilusiones». Patrick no se consideraba el hombre más considerado, pero imaginar la escena le dejaba un sabor en la boca un tanto amargo.

En la medida de lo posible, intentaba no ser cruel con quienes le mostraban un interés que no era correspondido.

Una cosa era elegir a conveniencia, y otra menospreciar a otros.

—Me incomoda un poco esta situación —confesó.

Ella le dirigió una mirada burlona.

—¿Prefiere casarse con ella? —Ante su resoplido de fastidio, Rebecca sonrió—. Eso imaginé. A veces, lord Middleton, hay que pasar malos ratos para ahorrarnos un problema mayor.

Una verdad dura y cruel.

—Bien. Acordado el modo de actuar, puede mandarme una nota notificándome la próxima reunión. Si me disculpa…

—Espere. ¿No cree que me debe una compensación por los inconvenientes?

Ella arqueó las cejas, incrédula.

Patrick sabía qué estaba pensando ella, era fácil inferirlo por su expresión indignada dispuesta a dar pelea.

Tenía que reconocer que una de las virtudes de su carácter —o defectos, según se viera— era ese brillo de vitalidad que la diferenciaba de la sumisión que mostraban muchas jóvenes.

Le hacía saber que hablaba con una persona real y no con una muñeca.

Aunque fuera alguien realmente odiosa.

—¿El inconveniente que usted mismo provocó? —replicó con más calma de la que evidenciaban sus ojos.

—No habría interrumpido su venganza si no hubiera tenido que buscarla para reclamar el baile que me prometió.

—No habría tenido que buscarme si hubiera entendido con mi ausencia que no quería bailar con usted.

A Patrick su sinceridad le sacó una sonrisa.

Aunque era una respuesta maleducada, su brusca sinceridad era algo refrescante cuando había pasado toda la noche hablando con cortesía que tendía a lo hipócrita.

Y sí, por supuesto que había entendido su indirecta, solo había decidido hacer caso omiso de ella porque él se consideraba un hombre persistente.

Y no era que tuviera por costumbre imponer su presencia a damas que no la deseaban, pero a veces había ciertas jóvenes por las que valía la pena hacer segundos intentos. Por Rebecca Astor, incluso un tercero.

—¿Alguna razón en particular?

—No creo que lo entienda.

—Puedo hacer el esfuerzo.

Rebecca suspiró con cansancio. Miró a su alrededor. No había nadie, pero cada minuto que pasaba allí era peligroso. No obstante, no podía marcharse sin terminar de acordar lo que harían con Helen.

—No quiero casarme —dijo con paciencia—. No con cualquiera.

—No la veía como una romántica.

No lo era, pero Rebecca no tenía tiempo de explicarle su verdadera forma de pensar. Para muchos, en especial para los hombres, era difícil comprender por qué una mujer no quería buscar esposo.

—No me conoce. Y, si le soy sincera, no creo que sea un pretendiente que mi hermano aprobaría.

Es un poco inflexible, ¿sabe? Se centrará en el hombre que fue y será difícil convencerlo de que puede darme una vida tranquila.

Solo verá, al igual que yo, que quiere las diez mil libras de mi dote.

Le recomendaría que ahorre tiempo y busque otra candidata.

Escuché que la dote de lady Margaret asciende a los quince mil, y, si está dispuesto a bajar un poco, lady Sophia tiene ocho mil.

Patrick, que creía que se estaba acostumbrando a su descaro, se quedó sin palabras.

Rebecca supo el efecto que su sinceridad tuvo en él, y con una mirada de suficiencia que solo podía tener la hija de un marqués, sonrió.

—Entonces, ¿aclara el malentendido o se casará con Helen? Considero que lo segundo sería una elección poco conveniente para ambos.

Patrick soltó una carcajada.

No fue una risa suave, fue una carcajada tan fuerte que Rebecca temió que alguien se asomara a ver de dónde venía el sonido.

—¿Qué diablos le pasa? —siseó, temerosa.

Patrick respiró hondo, pero le fue difícil calmarse.

Porque sí, le causaba gracia, y mucha, aunque era complicado explicar por qué.

Quizás se debía a la particularidad de su personalidad.

Tenía la arrogancia nata de la hija de un aristócrata, pero no intentaba esconder ni un poco su manipulación, ni su maldad.

Era… auténtica.

Realmente auténtica. Si se tenía la paciencia suficiente para tolerarla, nadie se aburriría a su lado.

A lo mejor, valdría la pena unos cuantos intentos más.

—Le propongo algo —dijo, intentando sonar desenfadado. Dependiendo de la dama en cuestión, podía ser muy bueno, o muy malo, persuadiendo —. Algo que nos beneficiará a ambos.

—Creía que librarse de Helen ya lo beneficiaría suficiente —dijo con sorna.

Patrick la ignoró.

—Creo recordar que a su hermana y a la señorita Morgan las pretendía el mismo caballero.

—Recuerda mal. A mi hermana la pretendía el señor Cooper. Helen solo se encaprichó con él.

—No importa —continuó—, puedo asumir que la mala jugada que le hizo a su hermana fue instigada por la envidia.

—Asume bien, pero no encuentro la relevancia de eso en el asunto que debatimos.

Rebecca se estaba impacientando, pero Patrick se tomó su tiempo.

—El ser humano en general, y las mujeres sobre todo, desean lo que otras tienen.

Somos tan egoístas que creemos que tenemos más derecho a lo que peleamos que los demás.

Por ejemplo, si se corriera el rumor de que la cortejo, otras damas de buena cuna, quienes quizás desconfíen hoy de mis intenciones, tendrán más interés en llamar mi atención solo para creerse superiores a usted. ¿Entiende a qué me refiero?