Capítulo 2
Rebecca no odiaba a los hombres. Tenía un hermano al que apreciaba, y uno que otro familiar masculino que no le desagradaba, sin embargo, tenía la fiel creencia, muy comprobada, de que estos tenían un único e inigualable don: arruinarlo todo.
Ya fuera de forma consciente o inconsciente, siempre lograban destruir algo perfectamente planeado. Y lord Middleton acababa de arruinar una venganza que le había tomado meses planificar.
La rabia fue más fuerte que el sentido común. Salió de su escondite sin meditar las consecuencias solo para tener el placer de observarlo con rabia.
Dos meses. Había pasado dos meses alentando las ilusiones de Helen mediante cartas, todo con el fin de romperle las esperanzas cuando estuviera lo suficientemente enamorada, tal y como ella había roto las esperanzas que tenía su hermana de casarse por amor.
Había planeado todo con meticulosidad, ¡y él lo había arruinado!
Vaya ironía de la vida. Su hermana le diría que el destino intentaba evitar que se convirtiera en una persona cruel.
Rebecca solo creía que era mala suerte. Muy mala suerte.
Pues, ¿cuántas posibilidades había de que un caballero joven, soltero y con título se encontrara con Helen en los únicos quince minutos que estuvo afuera?
Ni siquiera parecía que hubiera salido a fumar.
—Lady Rebecca —dijo con galantería, intentando recomponerse de la extraña conversación—. La estaba buscando. Me prometió este baile —aclaró al ver su mirada de desconcierto.
Rebecca observó de reojo su carnet de baile, donde, tal y como dijo, estaba anotado el nombre de lord Middleton para una cuadrilla que debían de estar tocando en ese momento.
Rebecca lo había olvidado, aunque tampoco era que le importase.
Solo había acepado bailar con él porque si no bailaba con ningún caballero durante toda la fiesta Henrietta se enojaría, y Rebecca la apreciaba lo suficiente para evitar discusiones innecesarias con ella.
Era difícil decirle a una mujer a la que habían presionado toda su vida para que se casara, y que había convertido eso en su única aspiración, que ella no tenía ningún interés o apuro en buscar esposo. No la entendería.
Rebecca sabía que, en sí, su personalidad era difícil de entender para muchos.
Y por eso no se quería casar.
—¿Y le pareció prudente venirme a buscar al jardín? —preguntó con sorna.
—¿A usted le pareció prudente salir sola al jardín? —contraatacó él con una sonrisa burlona que le sacaba hoyuelos en la mejilla.
Ella apretó los labios.
—Ya que la he encontrado, y que temo que nos hemos perdido el baile, quizás podría explicarme qué acaba de suceder. Me ha dado a entender que lo sabe —continuó.
Y Patrick deseaba con ansias una explicación.
Rebecca consideró si dársela o no. No le debía nada. Sí, no negaba que lord Middleton acababa de involucrarse en un problema muy grave. Sin embargo, había sido por completo su culpa. Nadie lo había forzado a ir a ese jardín, ni a quedarse escuchando a Helen.
Bien, a lo mejor, Helen sí lo había forzado un poco. Rebecca admitía que, si hubiera estado en su lugar, tampoco habría sido tan fácil aclarar el malentendido cuando la joven no lo dejaba pronunciar palabra. No obstante, él pudo alzar la voz y obligarla a escucharlo.
Le faltó carácter.
Y a Rebecca le faltó astucia.
De no haber estado tan anonadada observando todo, habría salido de su escondite y confesado la verdad. Eso hubiera silenciado a Helen el tiempo suficiente para que lord Middleton se explicara, y la vergüenza de la verdad hubiera sido peor para Helen, pues habría un testigo de desdicha.
Sí, pudo haber sido una buena forma de proceder, y una excelente venganza también. Sin embargo, al igual que todas las buenas ideas, aparecía cuando su momento había pasado.
Qué desdicha.
—Ya se lo he dicho: ha arruinado mi venganza.
Y era el momento de preguntarse qué iba a hacer. Tal vez debería apartarlo y dejarlo morir con el problema. Suponía que tarde o temprano encontraría el valor de decirle a Helen que no pensaba casarse con ella, y entonces Rebecca podría regresar y confesar la verdad.
Pero, ¿y si no se lo decía?
No lo creía tan idiota como para seguirle el juego, pero con los hombres siempre existía una tendencia alta a que se comportaran como tontos.
—Quizás pudiera ser más explícita.
Ella le lanzó una mirada hostil, con la que pretendía disuadirlo de su interrogatorio. No tenía muchos ánimos de confesar su macabro plan, no porque le interesase lo que podía pensar de ella, sino porque revelar verdades siempre era peligroso.
Sin embargo, la mirada de él le dio a entender que no se marcharía sin una explicación.
En ese momento, sí odió a los hombres. No solo lo arruinaban todo, sino que, además, se mostraban indignados.
«Calma, Becca, entiéndelo»
Aunque era enteramente su culpa la situación en la que se encontraba, tenía que ser un poco objetiva. Ella, en su lugar, también querría una explicación.
—La señorita Morgan hizo un daño muy grande a alguien de mi familia, por lo que creí justo tomar venganza.
—Él arqueó las cejas. Rebecca bufó y continuó—.
Llevo meses escribiéndole cartas de amor y firmando como un pretendiente anónimo.
Le pedí que viniera aquí hoy con el fin de confesarle la identidad.
Estaba a punto de salir a informarle que yo era el hombre del que se estaba enamorando cuando usted ha llegado.
Cuando ella terminó de hablar, cada palabra que le había dicho Helen Morgan encajó en su cabeza como un rompecabezas.
Incrédulo, observó a la dama frente a sí.
A simple vista, no parecía capaz de elaborar un plan tan macabro, con sus cabellos rubios de ángel y esas facciones delicadas que evocaban a una joven tierna.
Sin embargo, lo confesaba sin ninguna culpa.
Ni siquiera había remordimiento en sus ojos.
—No me mire así —dijo ella, su tono defensivo—, esa dama por la que está sintiendo pena provocó que mi hermana se viera obligada a casarse con un hombre que ni siquiera conocía. Alguien debe enseñarle que las acciones tienen consecuencias.
Patrick había oído hablar de esa historia.
Hasta el momento, había sido el mayor escándalo de la temporada.
Lady Rosemary Astor había sido encontrada a solas en una habitación con el barón de Mowbrat.
Considerando que este no vivía en Londres y solo había asistido a la ciudad para la boda de su prima, no era difícil creer que no se conocían y que todo fue un malentendido.
Sin embargo, la sociedad no podía aceptar esa versión porque no era tan entretenida como la historia de un romance clandestino.
Intentó recordar lo que sabía sobre el tema. El barón de Mowbrat era el tutor de lady Helen, uno que, importante acotar, la había dejado misteriosamente sin dote.
Bien, todo empezaba a tener sentido. Al parecer, lady Helen no era la víctima de esa historia.
No justificaba, sin embargo, la actitud de lady Rebecca.
Patrick jamás se atrevería a considerarse a sí mismo un ejemplo de bondad y valores cristianos, pero había ciertos límites que la conciencia no le permitía cruzar, quizás porque jamás se había considerado una persona vengativa.
Patrick había aprendido que todo mal que se hacía tenía consecuencias a corto o largo plazo, así que desde hacía años no perdía tiempo elaborando venganzas cuando tenía cosas más importantes en las que ocuparse.
Pero, por supuesto, él pensaba así por distintas circunstancias que había vivido, y no podía culpar a la joven frente a sí por pensar diferente.
A lo mejor, ocho años atrás habría reaccionado igual.
Dios sabía que las ganas que tenía hacía años de vengarse del duque de Gritsmore le hubieran comprado un lugar en el infierno.
Sin embargo, era más fácil abandonar la idea cuando la realización de esta era difícil, por no decir problemática.
En ese aspecto, lady Rebecca tenía ventajas.
Dudaba que lady Helen pudiera tomar represalias.
En cualquier otra circunstancia, Patrick no habría intervenido en su forma de pensar. No era un vicario con la obligación de propagar el bien, y mucho menos alguien con la moral para hablar sobre buenas conductas. Sin embargo, esa pequeña venganza ya lo involucraba.
—Temo que las consecuencias han recaído sobre mí.
—No puede culparme por eso —replicó con desdén.
Patrick contuvo el impulso de poner los ojos en blanco. En ese momento, su carácter estaba tendiendo más a desagradable que a gustarle, pero su dote seguía teniendo mucho peso para que le tomase importancia.
—Habría sido conveniente que, mientras la señorita Morgan hablaba sin parar, usted hubiera salido a aclarar el malentendido.
Rebecca le lanzó una mirada hostil.
—Lo sé —dijo. Aún se lo reprochaba—, pero su llegada me desconcertó tanto que no lo pensé a tiempo. No crea que me agrada esta situación. He sido yo quien se ha quedado sin la satisfacción de haber cobrado la afrenta.
—Entonces, ¿qué sugiere?
—Supongo que aún podemos ir a decírselo —musitó, pensativa.
Empezó a caminar de un lado a otro evaluando la situación.
Confesarlo era lo único que se le ocurría para que el plan pudiera salir más o menos bien.
Por supuesto, lord Middleton tendría que acompañarla, pues Helen no le creería de otra manera, y no podía ser en el salón, donde cualquiera la escucharía.
Podía soportar quedar ante el conde como una desalmada, pero no sería conveniente que se esparciera el rumor.
—Tendrá que citarla fuera de los oídos de todos, pero no creo que pueda ser hoy. No se atrevería a escaparse de nuevo, y, a decir verdad, yo ya llevo también mucho tiempo afuera.
Pero después habría tiempo de pensar en cómo esquivar los reclamos de Hattie.
—Podría ser mañana, o en dos días —continuó—. ¿Asistirá a la velada de lady Sussex?
—Sí, pero temo que, si dejamos pasar esos días, habrá tenido tiempo de decirle a todos que me voy a casar con ella. No creo que le haga bien a mi reputación.