La apuesta arriesgada del conde Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Tal vez la conveniencia no fuera la base más romántica para iniciar un matrimonio, pero los años habían demostrado que sí era una de las más sólidas, y Patrick ya había cometido muchos errores en el pasado como para casarse solo por amor.

No era algo que descartara ni repudiara, pero si el romance venía acompañado de una joven con buena dote, estaría infinitamente agradecido.

Hacía ocho años, se había quedado sin casa en Londres y con una deuda al duque de Gritsmore que no lo había mandado a la cárcel de deudores por pura benevolencia del destino, y ayuda de su madre.

Había pagado la deuda y había llegado el momento de rellenar sus arcas en un período corto.

Nadie de los que vivían en esa mansión lo juzgaría.

Su adorable y gentil padrastro incluso aprobaría la idea.

Patrick solo quería paz, y una novia rica se la daría.

La señorita Morgan no era esa novia, y él tenía que salir de allí.

—Señorita Morgan…

—Helen —interrumpió ella—. Me comentó varias veces que le gustaba mi nombre.

Esa conversación estaba cada vez más extraña. Evidentemente lo confundía con alguien, pero no entendía cómo. O le faltaba una información, o, en definitiva, la dama que tenía enfrente estaba perdiendo el juicio.

—No podemos estar aquí solos.

Necesitaba hacerla entrar en razón.

—Es verdad, ha pasado mucho tiempo —comentó ella, pensativa—.

Demoró un poco en salir, ¿su familia lo retuvo?

¿Sospechan de lo nuestro? Entiendo por qué la relación no les parezca conveniente, pero le prometo que, una vez sea su esposa, me esforzaré por agradarles.

Los duques me amarán una vez se convenzan de que seré una excelente condesa.

Patrick lo dudaba. A su padrastro, el duque de Gritsmore, le agradaban muy pocas personas, y el número de las que le desagradaban era aun menor, pues para que el duque llegara a sentir desprecio por alguien, este primero tendría que haber demostrado ser lo suficientemente importante para merecer su atención, algo que, con el ego del Gritsmore, no sucedía casi nunca.

Su madre, por su parte, podría aceptar con resignación aprendida cualquier decisión insensata que Patrick tomase, no sin antes advertirle que estaba cometiendo una tontería y que tendría que cargar con las consecuencias él solo.

Eran dos personas poco impresionables, y la señorita Morgan no recibiría de ellos más que indiferencia y, con suerte, cordial educación.

Pero, ¿qué importaba? Él no pensaba casarse con ella.

Consideró la prudencia de obligarla a escucharlo para aclarar cuál fuera el malentendido.

No obstante, hacerlo significaba quedarse más tiempo a solas con ella, lo cual era muy contraproducente.

Por otra parte, no hacerlo era igual de peligroso, pues ella podría ir diciendo por allí que él iba a pedir su mano.

Su madre alguna vez le comentó que tenía un don para buscarse problemas, y era verdad, pero empezaba a creer que también tenía un don para atraerlos.

No podía concebir cómo había terminado en esa situación.

—Señorita Morgan…

—Helen —corrigió y soltó una risita—. No lo imaginé tan penoso, lord Middleton. Tengo que irme, pero anotaré su nombre en el último baile, y mañana mi madre estaría encantada de recibirlo.

No lo dejó responder. Desapareció con la rapidez de un halcón, o quizás fue Patrick quien, conmocionado, no atinó a reaccionar a tiempo.

¿Estaría ante una nueva técnica de las señoritas solteras para forzar la atención de un caballero? Ante tales proposiciones, sin duda sería difícil para un hombre que presumiese de cordial negarse, sobre todo cuando la dama no daba espacio a escuchar palabra.

—Maldita sea —musitó.

Helen Morgan ni siquiera le agradaba, y no solo porque su falta de dote hacía que se sintiera desalentado a cortejarla, sino que su carácter no tenía nada bueno que destacar.

Se comportaba como cualquier joven soltera y desesperada.

Intentaba mostrarse sumisa, agradable, pícara, pero no siempre le salía bien.

El brillo en sus ojos delataba un ego superior al que su posición le permitía, y cada palabra de su boca revelaba un temperamento autoritario con el que ningún hombre sensato querría lidiar. Por no decir que no se callaba.

No, no era agradable de trato.

Aunque, si por eso se guiaba, Rebecca Astor tampoco. Pero esta última tenía algo particular en su forma de ser que Patrick aún no lograba encasillar en virtud o defecto.

De lo que sí estaba seguro era que el carácter de ella y la persistencia de él le habían jugado una mala pasada. No debió haberla perseguido hasta el jardín.

Si era que estaba en el jardín.

Pero, ¿cómo iba a imaginar que se iba a encontrar con Helen Morgan? O, mejor dicho, ¿cómo podía saber que le iba a salir con tal absurdo?

—Ni siquiera puedo entender qué pasó —dijo en voz alta—. ¿Qué diablos pasó?

—Que acaba de arruinar mi venganza. Eso pasó.

Patrick siguió el sonido de la voz. La dueña no era otra que Rebecca Astor, quien lo miraba furibunda desde un árbol ubicado en la esquina del jardín.

Bien, al menos ya sabía que sí estaba en el jardín.

Solo era necesario descubrir por qué quería asesinarlo.

Espléndido. Una loca lo consideraba su pretendiente y otra quería matarlo.

Nunca, pero nunca, podría entender el funcionamiento del cerebro de las mujeres.