La apuesta arriesgada del conde Capítulo 1
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La apuesta arriesgada del conde

La apuesta arriesgada del conde

Por Catherine Brook

© inepub.com

Capítulo 1

Había tres cosas que lady Rebecca Astor amaba:

Las matemáticas, el té sin azúcar y la venganza. Esta última, en particular, era la que más satisfacción le causaba.

Venganza, dulce venganza.

Sonrió con perversidad mientras veía, a través de las hojas del árbol que la ocultaba, cómo Helen Morgan se adentraba en el jardín, mirando con cautela a su alrededor.

Sería una desgracia que atraparan a una jovencita como ella, sin mayor atractivo que una cara común y un linaje apenas aceptable, vagando sola por el jardín.

Al no tener a nadie importante que la respaldase, su reputación se arruinaría.

Esa sería una buena venganza dada la afrenta.

Pero Rebecca no era de las que pagaba con la misma moneda.

Ella prefería un desquite más elaborado, con consecuencias quizás visiblemente no tan graves, pero emocionalmente destructoras.

Quería que se acordara el resto de su vida por qué no debía meterse con las hermanas Astor.

Quería que, si no que se arrepintiera, porque dudaba que alguna vez una víbora como ella pudiera llegar a sentir algo semejante, sí que lamentara haberle arruinado la vida a Rosemary, aunque fuera porque su hermana se lo hizo pagar.

Mientras la observaba, se preguntó cuál sería el tiempo ideal para dejarla esperando a un pretendiente que no iba a llegar.

¿Diez minutos? ¿Quince? ¿Treinta? No, no se arriesgaría a tanto, y Rebecca tampoco podía hacerlo.

Había notado, por las cartas que habían intercambiado, que Helen había prendada de ese hombre imaginario que le escribía poesía y le hacía promesas de matrimonio, pero no era lo suficientemente tonta para arriesgar su reputación solo por conocerlo.

Quince minutos de espera y ansiedad estarían bien.

Mientras la observaba mirar de un lado a otro, se deleitó imaginando su cara cuando Rebecca le dijera que ese hombre con el que llevaba meses escribiéndose no existía, que todo había sido solo un juego de su parte.

Si conocía lo suficiente a Helen, intentaría fingir que no le importaba, haría una mueca de disgusto y se marcharía.

Pero Rebecca sabía que sí le importaría, lo sabía porque había leído sus cartas.

Desde que su primo la había dejado sin dote —con justa razón—, Helen Morgan no había tenido ningún pretendiente.

Por eso, que uno apareciera de la nada manifestándole interés por cartas no generó en ella ninguna sospecha; al contrario, la ilusionó tanto que mostró su debilidad: la desesperación.

Durante dos meses, Rebecca la había endulzado con poemas sacados de los viejos libros de su hermana, palabras bonitas que Alison le ayudaba a redactar, y promesas de que, cuando estuviera seguro de su cariño, se presentaría ante ella.

Helen le había dejado muy en claro su cariño, así que era momento de presentarse ante ella.

Contuvo una carcajada de júbilo. Quizás Hattie le diría que estaba actuando mal, tal vez otros opinaran lo mismo, pero Rebecca no podía sentir empatía por quien había arruinado la vida de su hermana.

Y no era que Rosemary le hubiera pedido que se vengara, al contrario.

Rebecca había estado leyendo con afán sus cartas, en donde, después de dos meses, parecía que ese matrimonio que Helen orquestó, con malicia y envidia, entre su hermana y el barón de Mowbrat no iba a terminar en tragedia.

Rosemary no se lo había dicho, pero Rebecca concluyó que su gemela se estaba enamorando del hombre que hacía poco creía que la iba a matar —Rebecca tenía que admitir que tres esposas muertas en su historial no era una perspectiva alentadora—.

Sin embargo, aunque Rosemary ya no tenía motivo para odiar a Helen, Rebecca creía que si a una persona no se le enseñaba que las acciones tenían consecuencias, esta se creería con poder para seguir haciendo su voluntad.

Y eso no iba a volver a pasar. No con las hermanas Astor.

Observó el reloj de bolsillo que le había robado a su hermano.

Habían pasado diez minutos. Helen empezaba a impacientarse.

Sus manos arrugaban su falda y su expresión mostraba un ligero tinte de prisa.

Cinco minutos más y saldría.  Se regocijó como una niña a punto de cometer una travesura.

No podía dejar de imaginarse la cara de Helen.

Intentaría ocultar su decepción, no había duda de ello, pero dudaba que pudiera hacerlo del todo, y para ella era suficiente apreciar por un segundo su expresión triste para darse por satisfecha.

Cuatro minutos más.

Si tenía un poco de suerte, la conmoción sería tal que Rebecca tendría más que unos pocos segundos para regocijarse.

Tres minutos.

Si era muy afortunada, Helen perdería el control e incluso lloraría. Sería algo poético y divino, considerando todo lo que lloró Rosemary por su culpa.

Dos minutos.

Estaba a punto de dar saltitos de alegría. La anticipación llenaba sus venas de un placer macabro.

Un minuto.

Había llegado el momento.

Rebecca empezó a salir con lentitud de su escondite, haciendo tiempo deliberado para prolongar la agonía de su víctima. Estaba solo a unos pasos cuando Helen jadeó, no porque la hubiese visto, sino porque alguien más se acercaba.

Un hombre.

Con rapidez, Rebecca volvió a ocultarse. ¿Qué diablos…?

Mientras caminaba por los amplios jardines de lady Marlborough, Patrick Langdon se dijo a sí mismo que se estaba tomando muchas molestias por una mujer.

Sin embargo, también se recordó que no era cualquier mujer: era Rebecca Astor. Un buen partido por donde se mirase, aunque más escurridiza que arena entre los dedos.

Patrick observó con cuidado a su alrededor, preguntándose dónde estaría la dama que le debía el próximo baile, y si no se habría confundido cuando creyó verla salir por la terraza hacia los jardines.

Rebecca Astor era, sin duda, un dolor de cabeza. Pero él estaba acostumbrado a mujeres que le daban dolores de cabeza. También estaba habituado a dárselos a sí mismo, así que, a diferencia de otros, su renuencia nunca le había supuesto mayor inconveniente.

A lo lejos, divisó un vestido violeta. Al principio, creyó que al fin había dado con la esquiva joven.

No obstante, esa impresión solo le duró un segundo.

La dama que se encontraba a unos pasos de él tenía los cabellos castaños, no rubios, y su vestido vaporoso y a la moda no se asemejaba a la simpleza y austeridad que caracterizaba a lady Rebecca.

Porque era una dama particular, ya lo había notado.

Muchos lo habían notado.

Solo que, a diferencia de otros, a él no le importaba. Desde hacía unos años, Patrick prefería evaluar cada situación en ventajas y desventajas, y las extrañezas de Rebecca no eran nada comparadas con su dote y posición.

Se dispuso a dar media vuelta para marcharse.

Una cosa era ir a buscar a la huidiza dama que quería cortejar, y otra diferente arriesgarse a que alguien lo viera en el jardín con una joven, posiblemente soltera, cuyo estatus social desconocía.

Si terminaba forzado a un matrimonio, prefería que fuera uno conveniente.

No había terminado de girarse cuando un jadeo de sorpresa le indicó que había tardado demasiado en reaccionar.

Consideró la idea de fingir demencia y continuar su camino, pero, ante todo, era un caballero educado. Alzó la mirada para identificar a la dueña del jadeo y casi maldice en voz alta cuando la reconoció.

Helen Morgan.

Ella no era, desde ninguna perspectiva, un buen partido. Y también estaba lo suficientemente desesperada para que cada segundo a solas con ella resultara muy peligroso. Patrick debía salir de allí.

—Lord Middleton, oh, Dios, no imaginé que fuera usted —dijo.

Sus mejillas se tiñeron de un rubor sospechoso.

¿Por qué hablaba como si lo estuviera esperando?

—Señorita Morgan, yo…

—Solo en mis mayores fantasías, un hombre como usted se fijaría en mí. Veo que los sueños pueden cumplirse.

Patrick parpadeó, confundido. No entendía de qué le estaba hablando, y su instinto le gritaba que era mejor marcharse sin saberlo.

—Creo que es conveniente que me marche.

Su expresión se convirtió en horror. Ella se aferró a su brazo con excesiva confianza.

—¿Se ha arrepentido?

¿Arrepentido de qué?

—¿No le dejé claro por las cartas mi afecto por usted?

—Señorita Morgan…

Quería preguntarle de qué diablos estaba hablándole, pero le estaba costando ordenar las palabras, y ella parecía dispuesta a no dejarlo hablar.

—Sé que el tema de mi falta de dote puede ser desalentador —continuó—, sin embargo, creo que, ante un hombre de su distinguida categoría, mi primo puede ceder un poco.

Está algo molesto conmigo en este momento, pero estoy segura de que no le negará mi mano.

Tiene que escribirle con prontitud y, si no le responde, tendrá que ir a buscarlo al norte.

No creo que lo último sea un problema para usted, ¿verdad?

—No…

«No entiendo», quiso decir, pero, de nuevo, ella lo interrumpió.

—¡Lo imaginé! —dijo con alegría—. Si consigue su autorización pronto, podremos casarnos justo al final de la temporada. Me gustaría que así fuese. No soportaría pasar otro año soltera.

¿Matrimonio?

El corazón de Patrick se aceleró, advirtiéndole de un peligro que aún no terminaba de entender. Le estaba hablando de matrimonio, no como si estuviese a punto de tenderle una trampa, pues no había señales de ello, sino como si él hubiera aceptado, en algún momento, casarse con ella.

¡Pero si apenas habían cruzado palabra antes!

De hecho, recordaba que era una de las jóvenes que se esmeraba en evitar.

Aunque Patrick se consideraba un partido decente debido a su título, y quizás también porque su madre había tomado la insensata decisión de casarse con un hombre muy poderoso, no tenía unas arcas demasiado abundantes, por lo que era selectivo respecto a qué damas perseguir, o a cuáles dejar que lo persiguieran.