La ambición de Lucifer 52. La liberación
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52. La liberación

Las icónicas torres inclinadas de Plaza Castilla se alzaban como testigos de los difíciles momentos vividos en la ciudad.

La larga columna de vehículos de la brIPAC avanzaba lentamente entre ellas, entrando por el Paseo de la Castellana.

El estruendo de los motores contrastaba con el silencio que todavía se mantenía presente en las calles y que había reinado durante semanas.

A ambos lados de la avenida quedaron apartados numerosos camiones de gran tonelaje, que antes fueron utilizados por los invasores para crear una barrera, bloqueando el acceso a Plaza Castilla.

Allí habían improvisado un puesto de control.

Los soldados observaban desde sus vehículos, con indignación, la extraña imagen de una ciudad que se había tornado desconocida.

Apenas habían empezado a circular algunos coches.

Las calles, siempre bulliciosas, se mostraban ahora casi desiertas y las heridas en edificios emblemáticos se apreciaban por todas partes.

Poco a poco, los ciudadanos habían empezado a asomarse tímidamente entre los portales.

Conforme iban viendo la identificación de las Fuerzas Armadas y perdían la sensación permanente de peligro que los había mantenido mudos, se comenzaron a escuchar vítores y euforia;

el grito de liberación de miles de personas después de haber sufrido la angustia y la incertidumbre durante largas semanas, subyugados por un ejército de mercenarios que no dudó en imponer la crueldad y el terror en las calles para mantenerlos encerrados en sus casas.

A medida que los vehículos recorrían la emblemática avenida, los daños se hacían visibles en cada esquina.

Tras dejar atrás la Plaza de Cuzco, el Ministerio de Defensa surgió a la derecha, con la tercera parte de su fachada destruida por las explosiones y el fuego.

Más adelante, en el eje financiero de Azca, la arquería porticada que delimitaba el Ministerio de Transportes yacía desplomada, convertida en un amasijo de escombros.

Esa misma imagen se repetía en múltiples lugares de la ciudad, como testimonio de la violencia y el sufrimiento que Madrid había soportado.

El Vamtac que lideraba la columna frenó e hizo detenerse al resto de los vehículos.

Un niño de apenas ocho años se había colocado frente a ellos.

Ante la mirada orgullosa de su padre, se acercó y les entregó una rosa y una bandera.

Un simple gesto de felicidad y de agradecimiento por no haberse olvidado de ellos.

En Rioseta, la general Corbos seguía permanentemente la entrada de las tropas en la capital, atenta a cada información que llegaba. Todo estaba transcurriendo con tranquilidad; con demasiada tranquilidad…, sin rastro de resistencia ni de presencia enemiga.

El capitán Ruiz entró con cierta urgencia en el despacho.

—Con su permiso, mi general. Acaba de llegar un mensaje del coronel jefe de la brIPAC en Base Príncipe. Confirma que todas las unidades han entrado ya en la ciudad y han alcanzado los puntos de control. Las salidas están bloqueadas con excepción del sur. Van a comenzar a peinar la zona.

—No va a servir de nada; no los encontrarán y el enemigo escapará. A estas alturas, ya deben de estar perfectamente camuflados entre una población de diez millones de habitantes.

—¿Qué le hace pensar eso, mi general?

— Con el monstruoso operativo que han desplegado en España estos días y que nos ha puesto al borde del fin, no iban a olvidarse de tener un minucioso plan de escape preparado.

Saldrán del país y lo harán delante de nuestras narices.

Y no solo eso… Sospecho que las bombas ya no están en Madrid, puede que ni en España; son demasiado valiosas y difíciles de conseguir como para desperdiciarlas o detonarlas sin más.

—¿De verdad lo cree?

—Desde luego, capitán. Estoy convencida de que esas armas del demonio ya navegan en un barco mercante rumbo a algún puerto lejano. Habrán aprovechado la ausencia de controles que ha habido en el país hasta hace apenas unas horas.

Al decir eso, la general se quedó pensativa durante unos instantes, se mordió los labios y, girándose hacia el capitán, le dio una nueva orden:

—Ruiz, quiero que llame a las Comandancias Navales de Cádiz y de Cartagena. Pídales que comprueben todas las salidas de buques mercantes de las últimas veinticuatro horas con las autoridades portuarias y que nos envíen urgentemente la relación de barcos y su posición teórica.

Póngase también en contacto con François Lambert.

Dígale que necesito una autorización de la OTAN para una operación de control marítimo urgente en aguas internacionales.

Hay que parar a todos los mercantes de la lista que nos facilite la Comandancia y que naveguen por el Mediterráneo hacia el este o siguiendo la costa africana hacia el sur.

—Enseguida, mi general.

Un instante después, el coronel Ortega entraba, con una evidente sonrisa, en el despacho de la general.

—Isabel, el helicóptero con el equipo de Villalobos y el señor García está llegando. Aterrizarán en cinco minutos.

—Una estupenda noticia. Ya los tenemos aquí… Por favor, adelántese usted, yo iré enseguida.

En el exterior, la euforia contenida rodeaba al equipo mientras bajaban del helicóptero: todos se sentían orgullosos por el éxito de la misión, aunque el regusto era amargo.

Solo habían logrado capturar vivo a uno de los hostiles; la huida del resto les dejó una cierta sensación de insatisfacción sobre la victoria.

Por orden de la general, habían regresado a la base dejando antes a la sargento Aguilera, a El Fassi y al prisionero en el Hospital General de la Defensa en Zaragoza.

Corbos quiso quedarse unos minutos a solas en su despacho antes de ir a darles un merecido recibimiento.

El recuerdo de su gran amigo, el coronel Marcos, seguía muy presente en sus pensamientos.

En ese momento, y más que nunca, sentía que nada de aquello habría sido posible sin su sacrificio.

Se secó las lágrimas con un pañuelo que llevaba bordadas las iniciales JM y que ella conservaba desde hacía muchos años.

Intentaba recomponerse antes de unirse a la bienvenida.

Justo en ese momento, el interfono sonó con fuerza, casi sobresaltando a Corbos.

—Mi general, tiene una llamada del teniente coronel Lambert. Es importante.

La general creyó que tal vez se trataba de algún problema burocrático con su petición. Bruselas y sus eternos trámites…

—Dime, François. ¿Tenemos ya la aprobación para la inspección de los barcos?

—Isabel…, no hay ningún problema con eso. En realidad, no va a ser necesario.

—¿Cómo dices?

—Una de las fragatas de la Sea Guardian ha interceptado un buque de bandera chipriota falsa cerca de las costas de Argel, rumbo al Canal de Suez.

Era un control rutinario contra la piratería.

Algo les hizo sospechar y la situación se torció: hubo varios muertos, todos ellos tripulantes del buque.

Al inspeccionar la bodega, encontraron cuatro ojivas nucleares de fabricación norcoreana, ocultas en contenedores que simulaban llevar ayuda humanitaria.

El barco había zarpado del puerto de Gandía hace apenas seis horas y se dirigía a Yemen. ¡Las tenemos, Isabel!

—Gracias a Dios, François…

Corbos sintió cómo el peso que la oprimía se desvanecía de golpe tras haberse librado de una angustia insoportable.

—Parece que la situación empieza a resolverse —añadió Lambert, con tono de satisfacción.

—Querido François… —la voz de Corbos se notaba cargada de emoción y cansancio—, aún quedan muchas cosas por cerrar.

Hemos liberado una extensa zona de nuestro país y salvado a millones de personas de una muerte atroz; sin embargo, esta crisis ha dejado al descubierto lo frágil que es nuestra libertad y con qué facilidad puede corromperla el ser humano.

Hay heridas que tardarán en sanar, amistades y confianzas que ahora están rotas, alianzas que se han demostrado falsas y que tendrán que refundarse.

Si no aprendemos la lección, esta batalla nunca estará realmente ganada. Siempre habrá alguien, enfermo de codicia y ambición, dispuesto a cualquier cosa. Solo espero que algo cambie a partir de ahora y que personas como tú sigan estando ahí para que se cumpla. Gracias, de corazón.

—Somos nosotros quienes estamos en deuda, Isabel. Gracias a ti y a tu gente.