La ambición de Lucifer 51. El perdón
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51. El perdón

Habían pasado cuarenta y ocho horas desde su detención.

La puerta blindada de la sala de seguridad, en el Ala Norte de la Casa Blanca, seguía custodiada por dos agentes del Servicio Secreto.

Bradford, aislado por completo del exterior y sentado frente a una mesa metálica, llevaba horas luchando contra el insomnio y la ansiedad.

El ataque que Whitmore había ordenado contra la central nuclear española lo tenía angustiado, y desconocía las consecuencias que podría desencadenar aquella locura.

Unos pasos amortiguados resonaron en el exterior, seguidos de una conversación en voz baja que no alcanzaba a entender. La cerradura emitió un chasquido y la puerta se abrió lentamente, dejando ver la silueta de alguien familiar recortada por la luz blanca del pasillo.

—¿Bill? ¿Qué haces aquí?

—Vengo a sacarte de este agujero, Robert. Es hora de que vuelvas a donde debes estar.

—¿Qué ha pasado?

—Whitmore canceló el ataque en el último momento y ha ordenado tu liberación inmediata. Quiere verte.

—¿Ahora mismo?

—¿Es que tienes algún compromiso ineludible?

—No… supongo que no. Vamos.

—Tienes un aspecto lamentable.

—No me han dejado salir ni para ducharme. Me he tenido que asear con la botella de agua que me dejaron anoche.

—Tranquilo…, el presidente tampoco tiene buen aspecto por lo que he visto. No desentonarás.

Caminaron hasta la antesala del Despacho Oval. Los agentes permitieron el paso a Bradford. Sullivan se quedó fuera, aguardando.

Al entrar, encontró al presidente sentado tras su mesa, hundido en el sillón, con el rostro marcado por el cansancio.

—Hola, Tom. Aquí me tienes.

—¿Estás bien?

—Tan bien como puede estar alguien al que acaban de liberar de su cautiverio.

—Te debo dos disculpas y no sé por cuál empezar.

—Puedes empezar por explicarme qué ha ocurrido. Aún no lo sé.

Whitmore suspiró; las palabras le pesaban.

—Lo que ha ocurrido es que te acusé de traición… cuando el traidor fui yo. Te fallé al no escucharte, y me fallé a mí mismo al dejarme arrastrar por mi ambición. Justo aquello que siempre critiqué en los demás.

—Rectificaste, Tom. Quédate con eso.

—No, Robert… Puse en riesgo la vida de millones de personas. Eso no puedo perdonármelo.

Bradford lo observó pensativo. Su viejo amigo estaba roto, y podía imaginar el tormento que llevaba encima. Y, aun así, tenía razón: su orden había sido temeraria, difícilmente perdonable en alguien con su responsabilidad.

—¿Qué piensas hacer ahora?

—A primera hora de la mañana comunicaré a la nación que voy a dimitir como presidente de los Estados Unidos. Los medios ya han sido convocados para una rueda de prensa.

—¿Y cómo lo explicarás?

—De la forma más honesta posible: diré que he demostrado ser incapaz de liderar una situación de emergencia nacional y que ha llegado el momento de que alguien más apto para ello tome las riendas.

Falta casi un año para las elecciones; el vicepresidente Warren asumirá el cargo hasta ese momento. Después, será el pueblo quien decida.

Bradford no sabía exactamente qué sentir.

Una parte de él lo lamentaba profundamente; pese a todo, seguía viendo en Whitmore a un hombre honorable y a un presidente digno.

Al mismo tiempo, sentía alivio por su amigo; después de lo ocurrido, ya no podría seguir en el cargo sin destrozarse por dentro; permanecer allí sería un tormento. Tal vez lo más sensato era marcharse.

—Me sigues teniendo a tu lado para lo que necesites.

—De momento, solo necesito que vuelvas a tu puesto y sigas de cerca las investigaciones. Quiero encontrar a los responsables. Quiero irme sabiendo que acabarán entre rejas.

—Cuenta con ello, Tom.

Se estrecharon la mano y se abrazaron brevemente antes de que Bradford abandonara el Despacho Oval.

Al salir, se encontró con Sullivan en el pasillo.

—Bill, ¿tienes un momento?

—Claro.

—¿Cómo van las investigaciones? ¿Habéis localizado a los de la lista?

—A todos menos a uno: William Harlam. Ha desaparecido. Burló la vigilancia y llevamos desde ayer buscándolo.

—Es crucial dar con él. Es el único que puede llevarnos hasta el líder de esta conspiración.

— Lo sé. Tengo cincuenta agentes en la calle. Lo encontraremos.

—¿Se sabe algo de los españoles?

—Ya lo creo… Los muy cabrones consiguieron anular la instalación de Lucifer en la central. No fue sencillo y lamentablemente hubo algunos heridos, pero la operación salió bien. En cuanto inutilizaron el sistema, las comunicaciones empezaron a restablecerse.

En ese instante, el móvil de Sullivan vibró con insistencia.

—Perdona, Robert, es uno de mis agentes. Puede que hayan encontrado algo.

—Sullivan al habla. ¿Qué tenemos?

Su expresión se tensó al instante.

—Entendido. Que se acerquen los de criminalística y el forense. Voy para allá de inmediato.

Bradford lo observaba sin parpadear. Intuyó que aquello no era una simple novedad en la investigación.

—Bill… ¿Qué ha pasado?

Sullivan, desconcertado, le puso la mano sobre el hombro y le susurró al oído.

—Han encontrado el cadáver de William Harlam en Rock Creek. Su coche estaba detenido en la carretera principal. Lo localizó un guarda forestal, junto al arroyo que cruza el parque. Tiene cuatro disparos en la cabeza. Se aseguraron de terminar el trabajo.

Bradford no sabía qué decir; se sintió impactado, pero no demasiado sorprendido. Era evidente que alguien estaba eliminando cabos sueltos o cualquier vínculo directo con la verdadera cúpula de la organización. Por desgracia, el único hilo que podía conducirles a ella acababa de romperse.