La ambición de Lucifer 49. La misión #4
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49. La misión #4

Las cargas detonaron con violencia, dejando el equipamiento inutilizado.

En ese momento, los disparos comenzaron a resonar en el exterior.

Germán ya había accedido al terminal auxiliar y tecleaba sin descanso:

—Vamos… ¿dónde está? —murmuraba, buscando la línea adecuada para introducir el código.

—García, ¿cómo va? —la voz del capitán sonó en su auricular.

—Necesito algo más de tiempo, ya casi lo tengo.

—Tiempo es lo que no tenemos. Dese prisa.

Germán no decía nada. Sus dedos parecían volar sobre el teclado, hasta que lo vio:

—Tiene que ser aquí. Vamos allá…

Introdujo el código. La pantalla se llenó de líneas de programación que se desplazaban transcribiendo órdenes. Al llegar a la última línea, pulsó Intro.

—Ya está… Ahora, que funcione.

En el núcleo, las luces que cubrían la carcasa comenzaron a parpadear con intensidad creciente: la trampa estaba en marcha. Era el momento de sabotear el sistema de refrigeración, pero la sala estaba cerrada.

—¡Jorquera, ayúdeme con esta puerta!

—Apártese.

Se impulsó y estrelló sus casi dos metros y sus ciento veinte kilos contra la puerta, que cedió con estrépito.

—¿Qué fue del Halligan? ¿Ya no le sirve?

—Nunca me gustó ese abrelatas. Si puedo, prefiero hacerlo a la manera tradicional.

—Pues funciona bien…

Dentro, el sistema de refrigeración rugía a máxima potencia: el recalentamiento era evidente.

—Busque el cable de alimentación general. Necesitamos el cuadro de relés.

—¿Esto?

—Sí, ahí está.

—¿Lo desconecto?

—No aún. Primero corta el respaldo UPS. Esa palanca, bájala.

Jorquera obedeció.

—No pasa nada…

—Dame un segundo…

Germán desconectó la alimentación principal. Los ventiladores se apagaron.

—¿Y ahora qué?

—Ahora, a esperar.

Las luces del núcleo parpadeaban frenéticas, señal de que el sistema ya trataba de corregir multitud de supuestos errores que detectaba desde el sistema auxiliar. Se recalentaba cada vez más, sin poder detectar que los sistemas de refrigeración y de paro de emergencia estaban desactivados.

Un zumbido agudo empezó a llenar la sala, seguido de un olor a cable quemado. Las luces del núcleo criogénico se apagaron y el silencio se hizo absoluto.

Germán se había quedado inmóvil, observando la escena y conteniendo la respiración. Momentos después, su voz sonó con fuerza en los auriculares.

—¡Capitán! ¡Lo conseguimos! Sistema anulado.

Un grito de júbilo resonó en todos los canales.

—No se relajen. Aún tenemos a esos cabrones ahí fuera. Que no se acerquen. García, corra hacia su cafetera y reporte a Rioseta.

—Enseguida, capitán.

Germán llegó al dispositivo Hermes tan rápido como le permitieron sus fuerzas. Lo había dejado prácticamente listo; solo faltaba introducir los códigos de seguridad.

Los operarios de la central lo observaban, inquietos ante su evidente ansiedad. No comprendían el motivo, y él tampoco se molestó en explicarlo; de nada habría servido, salvo para contagiarles su propio nerviosismo.

La madrugada avanzaba sin piedad. Quedaban poco más de tres horas para que todo saltara por los aires.

Tecleó los códigos. El sistema comenzó a emitir señal. Los segundos se estiraron, densos, interminables; sin respuesta. Un sudor frío le recorrió la espalda. Empezó a temer lo peor.

—¡Vamos…!

Quizá he conectado mal la parabólica de la central o sería mejor reiniciar todo el proceso.

Pasaron varios minutos angustiosos. Los disparos en el exterior se escuchaban cada vez con más claridad en la sala.

Cuando ya levantaba la mano, dispuesto a apagar el dispositivo y empezar de nuevo, una voz surgió de los auriculares, clara y familiar:

—Buenas noches, Lima5NG, aquí control.

—Buenas noches, control. No se imagina cuánto me alegra escucharla. Solicito conexión inmediata con JEMIT. Prioridad Alfa.

—Le paso.

Instantes después, la voz de la general Corbos sonó con una calurosa nitidez.

—¡Señor García… lo han conseguido!

—¡Afirmativo, Isabel! Un momento... ¿Cómo lo sabe? Aún no le había dicho nada… —preguntó sorprendido.

—Porque acaban de llamarnos desde Capitanía de Zaragoza: se han restablecido las comunicaciones. He supuesto que su llamada solo podía deberse a eso.

—Todavía no ha terminado. Ahí fuera hay unidades enemigas intentando entrar. El equipo de Villalobos las está conteniendo. Hay que avisar a Bruselas.

—Acabo de hacerlo, García. En estos momentos, François Lambert y el subsecretario general de la OTAN están poniéndose en contacto con la Casa Blanca. Esperamos confirmación de la cancelación del ataque en unos minutos.

—La dejo, Isabel. Voy a ver cómo están las cosas ahí fuera, por si puedo ser de ayuda…

—De acuerdo. Deje activa esta conexión. Informe cuando la situación esté controlada y tenga mucho cuidado.

Germán llamó al director y le pidió que se pusiera los auriculares y no se moviera de allí.

Después, se levantó y corrió por el pasillo hacia la entrada del edificio.

Los disparos resonaban por todas partes.

Justo antes de alcanzar la entrada, empezaron repentinamente a disminuir hasta que cesaron por completo.

Al asomarse a uno de los ventanales, distinguió varios cuerpos tendidos en la zona de aparcamiento, a unos cien metros de la fachada.

Fue cuando se dio cuenta de que no llevaba puesto el auricular táctico; se lo había quitado para conectar Hermes.

Al volver a colocárselo, escuchó la voz de Villalobos:

—López, ¿qué puede ver desde su posición?

—Retroceden, capitán. Se marchan…

—¿Cómo? ¿Que se largan?

—Sí, mi capitán. No lo entiendo.

—Mantengan las posiciones. Estén atentos.

Germán permaneció inmóvil, tan desconcertado como el resto. La voz del capitán sonó a su espalda.

—¿Qué hace usted aquí?

—He venido por si necesitaban ayuda.

—Pues me temo que llega tarde. El enemigo se retira para ir a dar por saco a otra parte.

En ese momento, un murmullo creciente desde el exterior captó la atención de ambos.

El capitán salió primero, seguido de Germán.

El sonido venía de detrás de las imponentes chimeneas de la central.

La oscuridad les impedía distinguir de qué se trataba.

Poco a poco, aquel rumor fue ganando intensidad, al igual que la inquietud que se apoderaba de ellos.

Villalobos forzó la vista para identificar qué se acercaba.

—¿Qué coño…?

Instantes después, dos helicópteros pasaron sobre sus cabezas a gran velocidad. Ambos llevaban en el fuselaje el emblema inconfundible de un cuervo con las alas extendidas sobre un círculo trenzado. El enemigo se marchaba definitivamente de allí.