La ambición de Lucifer 49. La misión #3
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49. La misión #3

—Aguilera, tomen posición en la puerta y prepárense.

Momentos después, apareció Germán acompañado del gigantón Jorquera, ya algo castigado por el peso que cargaba.

—Mucho han tardado… —gruñó Villalobos.

—Nos paramos a saludar a esos dos de la entrada, capitán.

—Sí, estaban muertos de ganas… Hemos localizado la ubicación del sistema; tiene que prepararse.

Le sugiero que vaya montando por aquí esa cafetera que se ha traído, mientras nosotros entramos a tener una conversación con los cabrones que hay ahí abajo.

Cuando le avise, vaya sin demora. Jorquera… , usted viene conmigo.

Germán sintió que había llegado su momento. Se acercó a quien parecía el director técnico de la sala…

—¿Es usted el responsable de esto?

—Sí señor, soy el director técnico de la central.

—¿Dónde está el EOF?

—¿Perdone?

—Donde tienen el Centro Alternativo de Emergencia. El terminal de conexión satelital autónomo. Todas las centrales tienen uno para situaciones extremas.

—No funciona, lo probamos al perder todas las comunicaciones. No fue posible utilizarlo.

—No se preocupe por eso, solo necesito el acceso a la antena para poder transmitir una señal.

—Entiendo. Lo encontrará en aquel terminal del fondo. La caja de conexiones la tiene al lado.

—Estupendo…, ¿puede ayudarme a llevar este aparato hasta allí?, me duele un poco la espalda por el paseo, gracias.

—¿Preparados?

—Preparados, mi capitán.

Entraron en fila, con las armas apuntando en la dirección del avance. Recorrieron con rapidez los cincuenta metros del pasillo hasta llegar a las escaleras. Tenían doble vertiente y desembocaban en otra antesala con una puerta metálica que permanecía cerrada.

—Vamos a tener que utilizar el Halligan. Jorquera, usted es el especialista del grupo; si no le importa, haga los honores.

Aguilera sacó de su mochila una barra de acero macizo, con una uña curva y afilada en un extremo y una horquilla en forma de U en el otro.

La herramienta mostraba las marcas de haber sido usada en multitud de misiones.

Se la entregó al soldado, que deslizó despacio la uña entre la puerta y el marco, procurando no hacer ruido.

Luego empezó a aplicar fuerza: primero suave, después creciente, hasta que finalmente el enganche cedió y la puerta quedó liberada. Solo faltaba empujarla.

El capitán levantó la mano, preparado para dar la señal de entrada. Todos apuntaban sus armas hacia la puerta.

—¡Adelante!

Jorquera abrió la puerta de una patada. El Fassi y Ramírez lanzaron bombas de humo y dos granadas aturdidoras que estallaron dentro de la sala. Sonaron disparos dirigidos hacia ellos, aunque ninguno alcanzó su objetivo.

El equipo se dispersó rápidamente por los estrechos corredores. Fueron momentos interminables de confusión: humo blanco por todas partes, gritos ahogados y disparos que resonaban con violencia.

Finalmente, los disparos cesaron y el humo comenzó a disiparse, arrastrado por los sistemas de ventilación.

La claridad reveló una terrible escena: varios cuerpos en el suelo; la sargento Aguilera estaba sentada, con la espalda apoyada contra una vitrina de cristal y una herida de bala en la parte alta del pecho que le dificultaba la respiración.

A su lado yacía el cadáver de un hombre, al que había destrozado la cara de un disparo.

El Fassi yacía gravemente herido en uno de los pasillos, alcanzado por dos disparos: uno en el costado y otro en el cuello.

El capitán había logrado abatir al atacante.

Jorquera había reducido de un golpe a otro enemigo, que permanecía aturdido y esposado.

Ramírez, tras una lucha cuerpo a cuerpo, había acabado con el último, clavándole su cuchillo táctico en el corazón.

El capitán Villalobos atendía a El Fassi, examinando las heridas.

—Ramírez, venga y ayúdeme a incorporarlo. ¿Cómo lo ve?

—La herida del cuello es escandalosa por la sangre, pero parece superficial; aun así, hay que cubrirla. En esta ha tenido mucha suerte, pero la del costado me preocupa.

Ramírez, que tenía algunos conocimientos médicos, comenzó a colocarle gasas hemostáticas y un vendaje de presión en el cuello y el abdomen.

—Compañero, esto te va a doler un poco. Te pondrás bien, ya verás. Aprieta aquí…

—¿Dónde está Aguilera?

—¡Estoy con ella, mi capitán! —gritó Jorquera.

Villalobos se acercó a verla. La sargento estaba consciente. El disparo había entrado con una trayectoria lateral y ascendente. Le había afectado a alguna costilla y la clavícula. El pulmón no parecía tocado. Le costaba respirar, el dolor era muy intenso.

—¿Cómo está, sargento?

—Le diría que jodida pero contenta… aunque esas no son formas de hablar —respondió con voz entrecortada.

—García, ¿está usted ahí?

—Sí, capitán. Acabando.

—Deje lo que está haciendo y venga aquí ya. Ha llegado su turno.

—Bajo enseguida.

Germán se levantó de la mesa y se dirigió rápidamente por el pasillo hacia el acceso.

Percibió el intenso olor a pólvora y a humo de las granadas que aún se retenía en el ambiente.

Las gruesas paredes reforzadas de la sala de control de emergencias habían impedido que el sonido de los disparos llegara hasta allí, por lo que la escena que encontró al entrar lo golpeó con fuerza.

—No se asuste, García. Céntrese en su misión. Del resto ya nos encargamos nosotros.

Germán trataba de no perder el control. Alzó la mirada hacia la sala. La distribución de los equipos coincidía bastante con lo que había previsto, aunque la complejidad y el número de dispositivos en cada sección eran mucho mayores de lo esperado.

Nunca había visto una tecnología tan avanzada. Los sistemas cuánticos que él conocía estaban aún en una fase muy inicial. Aun así, pensó que lo que tenía frente a él debía superar en más de una década de desarrollo cualquier cosa que hubiera visto antes.

En el centro de la sala, una sección cerrada y protegida por una mampara de cristal reforzado albergaba el núcleo criogénico: una especie de procesador neuronal central con forma de columna cilíndrica, de unos cuatro metros de alto por otros tres de ancho.

El clúster HPC, las unidades de almacenamiento y el sistema de refrigeración estaban separados unos diez metros entre sí, rodeando lo que sería, probablemente, el cerebro de Lucifer.

No encontraba la zona de control donde debía estar el sistema auxiliar y la situación comenzaba a angustiarle ante lo que empezaba a parecer un inevitable fracaso con unas consecuencias fatales para millones de personas.

Desesperado, se giró y regresó hacia el único hostil que seguía con vida, ya consciente y vigilado por Jorquera.

—¡Eh!, ¿entiendes mi idioma?

El hombre hizo un gesto de desprecio y no respondió. Germán repitió la pregunta en inglés. La respuesta fue una mueca de burla. No tenía intención de colaborar.

Agachado, Germán sostenía su mirada fija en él. Notaba como la ira empezaba a superarle y la expresión de su cara cambió repentinamente: parecía tan fría como el hielo.

Se incorporó lentamente, llevó la mano a la funda del muslo derecho y sacó la pistola que le había entregado el capitán y colocó el cañón en la frente del detenido. La reacción del mercenario fue, de nuevo, una risa sarcástica y puro desprecio.

—¿Dónde está el sistema auxiliar? ¡Habla, hijo de puta, o te reviento aquí mismo!

Jorquera lo observaba sorprendido. No esperaba aquella reacción de Germán.

—¡Habla de una vez! —insistió, fuera de sí.

El mercenario esbozó una expresión de odio y agresividad.

—No te diré nada. No tienes cojones. ¡Que te jodan! —le gritó, antes de escupirle a la cara.

Germán se limpió lentamente el salivazo. Después, con una frialdad inesperada en él, apuntó al hombro del mercenario y le descerrajó un tiro. El hombre lanzó un grito desgarrador de dolor.

El capitán Villalobos, al escuchar el disparo y los alaridos, llegó alarmado, convencido de que el hostil se había liberado. Lo que encontró fue una escena muy distinta.

—Podemos estar así largo rato, cabrón. —le decía Germán, arrimando su cara hasta casi tocar la del mercenario.

Ya no tengo nada que perder; vamos a morir todos aquí y os llevaréis a millones de inocentes por delante.

Antes de eso, me daré el gusto de hacerte sufrir en tus últimas horas de mierda.

¡Habla o te destrozo ahora la rodilla! —le gritó.

Villalobos aún trataba de asimilar lo que estaba viendo. No se atrevió a intervenir; Germán estaba fuera de sí y cualquier palabra sería inútil. Solo trataría de detenerlo si veía intención clara de volver a disparar de nuevo, nunca lo toleraría.

—Está en un armario, junto a la sección de refrigeración. Está cerrado… el código es WR34f-2. Para acceder al sistema es el mismo código —confesó finalmente el mercenario, entre gestos de dolor y con la voz aterrada.

Germán guardó la pistola sin apartar la mirada de él, incorporándose con una frialdad que helaba la sangre. Luego se giró sobre sí mismo y se dirigió hacia la sección indicada, sin decir nada y sin darse cuenta de que Villalobos y Jorquera permanecían a su lado, observándolo atónitos.

La voz de López sonó en ese momento por radio.

—¡Mi capitán! Detectamos movimiento en el sector sur del recinto.

—¿Qué tipo de movimiento?

—Hostiles armados. Se dirigen hacia el edificio. Al menos veinte. Nos han localizado.

—No deje que se acerquen. Fuego a discreción.

—Recibido.

Villalobos giró la cabeza con rapidez:

—García, termine lo que tenga que hacer, no tenemos tiempo; vienen hacia aquí. Jorquera, quédese con los heridos. Ramírez, conmigo.

Ambos salieron de la sala y se dirigieron a la entrada.

—¿Vamos fuera, mi capitán?

—Sí, al tejado. Daremos apoyo desde arriba.

Subieron las escaleras a toda prisa hasta la tercera planta. Una puerta blindada daba acceso a la terraza; la forzaron y salieron. Al fondo, una estructura rectangular del tamaño de un contenedor albergaba la lanzadera: unos cuarenta drones distribuidos en compartimentos.

—Ramírez, encárguese.

El soldado se aproximó, examinó el panel de control y dejó su mochila en el suelo.

Sacó dos cargas explosivas, las fijó a la estructura y activó el temporizador: treinta segundos.

Corrió de vuelta hasta la posición del capitán y ambos se refugiaron en el rellano.