49. La misión #2
La velocidad y altura de vuelo disminuyeron considerablemente para reducir el alcance del ruido de sus motores y la posibilidad de ser detectados.
Sobrevolaban una zona de vegetación dispersa en un terreno ondulado y calizo, con lomas y pequeños barrancos.
El helicóptero empezó a maniobrar para descender hacia un pequeño claro rodeado de arboledas que permitiría ocultarlo.
A escasos metros, el cauce del Tajo serpenteaba a través de los taludes.
El camino de tierra que llevaba hasta las cercanías de la central seguía el curso del río durante los primeros kilómetros.
Tan pronto el helicóptero tomó tierra, cuatro miembros del equipo bajaron y tomaron posiciones para asegurar la zona. Después, lo hicieron el resto, agrupándose a unos cincuenta metros.
—Bien…, a partir de aquí, mi equipo y yo avanzaremos por el sendero marcado. Según lo planeado, el equipo de Aguilera nos seguirá a una distancia de unos cien metros. Mantengan una formación en columna de avance con diez metros de separación. Que cada operador cubra su sector.
La oscuridad en la zona era casi absoluta. El cielo mostraba un impresionante manto de estrellas que hacían imposible no quedarse absorto contemplándolo.
Germán seguía a Jorquera manteniendo toda la atención posible a su alrededor. La sensación de peligro era inevitable ante lo que estaba por llegar.
Los binoculares GVN permitían evitar el uso de linternas por el camino, aunque no ofrecían una visión completa de las irregularidades y accidentes del terreno, por lo que tenían que avanzar con precaución.
Cruzaron el barranco Hondo y alcanzaron el cauce del arroyo Cifuentes. Al atravesarlo, una suave elevación les separaba de la central nuclear, a menos de dos kilómetros. El resplandor de su iluminación surgía por la cumbre de ese montículo, ofreciendo una imagen inquietante entre tanta penumbra.
Al coronar la cima, la silueta de la central se dejó ver completa y cercana, recortada inquietante contra la oscuridad. A la derecha, el edificio donde se encontraba el objetivo destacaba por la iluminación de sus tres plantas superiores.
El capitán observó a sus hombres y, con un gesto del brazo, ordenó a los tiradores desplegarse y ocupar posiciones a media altura de la loma, desde donde dispondrían de un ángulo de tiro óptimo.
Poco después, el resto del equipo se situó cerca de la valla perimetral, preparados para aproximarse a la entrada del recinto y neutralizar a los vigilantes.
—Sargento, todo listo. ¡Adelante! —ordenó Villalobos por radio.
El equipo de Aguilera, que aguardaba en la cara posterior de la colina, inició el ascenso con rapidez. Germán y Jorquera, algo rezagados por el peso del equipo, respondieron bien y alcanzaron al grupo poco después.
—García y Jorquera, ustedes permanezcan en la retaguardia hasta que demos la señal. Cuando les avise, entren en el recinto y corran hacia el lateral ajardinado a la derecha de las oficinas y esperen allí nuevas órdenes.
—Recibido, capitán.
El recinto de la central de Trillo abarcaba unas setenta y dos hectáreas, protegido por un perímetro de seguridad y accesos controlados. El más cercano al edificio era el del lado norte, justo donde ellos estaban posicionados. También era el más vigilado.
—López, ¿qué tiene a la vista?
—Un blindado ligero con torreta en el acceso. Diría que un Humvee. Cuatro hombres: dos en la puerta y otros dos en la caseta. Ninguno dentro del vehículo.
—¿Algo más a media distancia?
—Desde aquí no veo a nadie más. Parece haber vía libre hasta el edificio, aunque distingo una cámara en la fachada orientada hacia la entrada.
—¿Puede neutralizarla?
—Tendré que afinar, pero creo que sí. Está a unos cien metros de la puerta. No creo que los vigilantes lo noten, aunque los que están dentro controlando las cámaras se darán cuenta en cuanto revisen el sistema.
—Entendido. Cuando dé la orden, cárguese la cámara. Inmediatamente después, usted y sus dos compañeros se encargan de esos cuatro de la puerta.
—Recibido, mi capitán.
—Sargento, atentos. Cuando la vigilancia quede neutralizada, despliéguense con rapidez y aseguren la zona. El resto, esperen. A mi orden, iremos directos a tomar el edificio. Cabo López, si detectan a cualquiera aproximándose a menos de cien metros de nuestra posición, elimínenlo.
—Copiado.
El corazón de Germán latía con tanta fuerza que temía que los demás pudieran oírlo.
Permanecía agazapado, oculto entre la vegetación, intentando controlar la respiración.
Nunca había participado en una operación real.
Nada de aquello se parecía a las sesiones de entrenamiento de la academia.
Le temblaban las manos, pero no estaba dispuesto a permitir que el miedo o la inexperiencia lo paralizaran; debía demasiado a aquellos hombres y había llegado el momento de empezar a saldar esa deuda.
—Mi capitán, estamos listos y en posición —informó Aguilera.
—López, proceda…
El cabo apoyó con sumo cuidado su fusil de precisión calibre .338 Lapua Magnum, comprobó el silenciador y se tendió por completo sobre el terreno para ganar estabilidad. En el visor, la cámara de vigilancia de la fachada quedó perfectamente fijada. Fallar no era una opción.
—Compañeros, preparados a mi señal para neutralizar al enemigo.
—Listos —respondieron.
López rozó suavemente el gatillo con la yema del dedo índice. Inspiró profundamente, soltó el aire con lentitud y disparó. La lente de la cámara estalló en pedazos, dejándola inservible.
—¡Hecho! —anunció por radio.
Apenas un segundo después, tres de los cuatro vigilantes de la puerta se desplomaron, abatidos por los disparos precisos de los tiradores.
El único superviviente echó a correr hacia el Humvee.
No llegó a abrir la puerta. Una bala rápida y certera de López le alcanzó en la nuca, acabando con su vida al instante.
—¡Vía libre!
La sargento Aguilera y los tres miembros de su equipo, que esperaban ocultos a unos cien metros de la entrada, corrieron hacia ella, entrando en el recinto y desplegándose con gran rapidez en las cercanías del objetivo.
—Capitán, estamos en posición. Su turno.
—García y Jorquera, corran inmediatamente detrás de nosotros, ya saben lo que tienen que hacer…
Villalobos y los dos soldados restantes descendieron la pendiente con gran rapidez, alcanzaron la entrada y cubrieron los cien metros que los separaban de la fachada lateral del edificio, allí los esperaban Aguilera y El Fassi. Germán y Jorquera llegaron instantes después, sin contratiempos.
—Ocúltense tras esos setos hasta que tengamos controlado el edificio. Cuando dé la orden, entren rápidamente. Los demás, conmigo.
Avanzaron pegados a la fachada con movimientos rápidos y coordinados, vigilando todos los sectores. Se alinearon junto a la puerta.
—Adelante, adelante… —indicaba el capitán, liderando el avance y gesticulando con la mano izquierda.
Entraron sin encontrar a nadie. Un pasillo amplio avanzaba hacia la sala de control.
Al final, una puerta metálica daba acceso a una antesala de seguridad.
Se colocaron junto a ella, apuntando con sus armas, listos para entrar.
Desconocían lo que habría al otro lado. El momento era de gran tensión.
Villalobos marcó una cuenta atrás con la mano y, al finalizarla, irrumpieron en el interior.
Nada más entrar, resonaron cuatro disparos, amortiguados por los silenciadores de las armas de Villalobos y Aguilera. Habían abatido a dos hostiles que habían intentado reaccionar con sus AK‑103.
La antesala, rectangular y de unos cien metros cuadrados, tenía un largo ventanal que daba hacia el área de control y que recorría toda la pared hasta la puerta de acceso.
El capitán observó el interior: una gran sala semicircular, con la altura de dos plantas.
Cinco operarios de la central trabajaban aparentemente con normalidad, concentrados en los sistemas y en las grandes pantallas que cubrían la pared frontal.
Decidieron entrar con rapidez, sin dejar de apuntar a los presentes hasta identificarlos.
Los operarios, sorprendidos, quedaron paralizados por el miedo.
Villalobos les pidió silencio con un gesto y señalando la bandera española en el hombro izquierdo del uniforme. Uno de ellos, visiblemente nervioso, levantó las manos y se dirigió al capitán:
—Nosotros no hemos hecho nada. Trabajamos aquí. Llevamos muchos días retenidos. Mataron a los guardias jurados y a dos compañeros…
—Tranquilícense, somos los buenos. Buscamos un equipamiento que han instalado en este edificio. ¿Saben dónde está? ¡Rápido!
—Aquí solo está la sala de control, no hay nada de eso, aunque llevan tiempo haciendo algo en la EOF.
El capitán se impacientaba.
—¿Qué es eso de la EOF?
—La Sala de Control de Emergencias. Es una zona de seguridad totalmente independiente, autosuficiente y con protección estructural reforzada, por si se produce una emergencia en la central. No forma parte de este edificio, pero hay un acceso directo desde aquí.
—¿Un acceso directo? ¿Dónde está? ¡Rápido!
El operario señaló con la mano hacia una puerta en la pared lateral derecha de la sala.
—¿Han visto algo de lo que han instalado allí?
—No sabemos qué están haciendo; no nos permiten acercarnos. Solo vimos llegar camiones con grandes contenedores. Nos encerraron aquí durante dos días mientras descargaban todo y lo introducían por el acceso principal.
—¿Cómo llegamos hasta allí?
—Tras esa puerta encontrarán un pasillo de unos cincuenta metros. Al fondo verán unas escaleras que bajan a la planta inferior. Tengan cuidado: suele haber hombres armados que salen por esa puerta.
Villalobos asintió y se dirigió a todos los operarios de la sala para darles una orden.
—Escúchenme… Si oyen jaleo, no salgan bajo ningún concepto. Permanezcan aquí hasta que les avisemos. Es demasiado peligroso moverse ahora. ¿Entendido?
—No nos moveremos de aquí, se lo aseguro.
—García, Jorquera…, ¿me escuchan?
—Alto y claro, mi capitán.
—Es el momento. Diríjanse a la entrada; está asegurada. Verán un pasillo. Sigan hasta el fondo. Allí encontrarán una antesala y dos fiambres, feos de cojones, en el suelo. Los esperamos en la sala de control. Vengan rápido.
—Vamos para allá.