La ambición de Lucifer 49. La misión
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49. La misión

María observaba con enorme preocupación cómo Germán terminaba de colocarse el chaleco táctico y la protección balística sobre el uniforme Multicam. Habían pasado muchos años desde la última vez que lo vio vestido así.

No quiso decirle nada, sabía que no tenía opción y prefería que se marchara sintiendo que contaba con su apoyo en aquella peligrosa misión; eso era mejor que el despedirse de él con un reproche por no haberla rechazado.

—No te olvides de ponerte el casco… —le dijo en broma, con una sonrisa entre lágrimas.

Germán la abrazó, sin poder ocultar una angustia que se dejaba entrever en sus palabras, entrecortadas por el nudo que le cerraba la garganta.

Dejaba a su familia una vez más, en esta ocasión sin saber si volvería a verlos.

Era un trago muy duro para él, pero que debía hacer, igual que otros arriesgaron antes sus vidas por salvarlos a ellos.

Un amargo beso y el último te quiero antes de que Germán comenzara a avanzar por aquel pasillo subterráneo en dirección a la salida, donde ya le esperaba el resto del equipo al que iba a acompañar. No quiso mirar atrás, sentía que, si lo hacía, no se iría.

Subió decidido por las escaleras auxiliares, no quería perder ni un segundo esperando al montacargas. Al salir a la galería principal, vio al fondo al grupo de soldados; diez hombres y dos mujeres liderados por Villalobos, quien, al ver a Germán acercarse, sonrió satisfecho.

— Sí, señor... Aquí tenemos a un digno miembro de las fuerzas especiales. Bienvenido a los MOE, señor García, ¿está preparado para la gran aventura?

—Lo estoy, capitán. A sus órdenes.

—Así me gusta. Manténgase atento a través del auricular de lo que vayamos diciendo. ¿Recuerda usar un arma?

—Sí, claro…

—Aquí tiene una; tenga cuidado, está cargada. Pistola reglamentaria HK USP Compact de 9 milímetros y dos cargadores; uno de los modelos que solemos utilizar.

Germán la examinó con mucha soltura, demostrando su conocimiento de ese modelo. Después, la colocó en una de las fundas de su uniforme, a la altura del muslo. Villalobos lo observó atento y gesticuló con la cabeza, mostrando su aprobación.

—Si surge cualquier duda durante la operación, pregunte a quien tenga más cerca. Si es algo urgente o relevante, comuníquelo por radio. Todo irá bien, ya lo verá.

—Gracias, lo haré —respondió Germán con seriedad.

—Perfecto. ¡Equipo, en marcha! ¡Dos filas, hacia el helicóptero!

Todos se colgaron las mochilas y el resto del equipo, avanzando con rapidez hacia el NH90. Sus aspas giraban ya con fuerza, preparándose para un trayecto de alto riesgo.

—Bienvenidos de nuevo, caballeros —resonó la voz del piloto por los altavoces internos—. Nos alegra que hayan vuelto a elegir nuestra compañía para este viaje. Por favor, tomen asiento, ajusten los reposacabezas y acomódense. Nuestras azafatas pasarán en breve con café y refrescos…

—Son unos cachondos estos de la aviación, siempre nos llevan al matadero, pero con un excelente servicio de catering. Serán cabronazos… —susurraba López a sus compañeros, mientras colocaba su mochila en el suelo.

—¡Cállese, cabo! —replicó la sargento Aguilera con sequedad, pero dejando escapar una sonrisa por el comentario entre las carajadas de los compañeros.

Se acomodaron en orden, alineados a lo largo de los laterales del fuselaje, colocando las mochilas entre las piernas y revisando sus armas con atención.

—Siento que le haya tocado a usted, Jorquera —se disculpó Germán con el soldado encargado de cargar con la pesada mochila que contenía el dispositivo Hermes.

—No se preocupe, estoy acostumbrado a llevarles el peso a estas nenazas… —dijo con cierta resignación.

—Eres nuestro grandullón, Jorquera. ¿Para qué coño quieres esos musculitos de Sandokán si no puedes darles una utilidad? —bromeó López de nuevo.

—Y tú eres nuestro payaso, López. Además, recuerda que los musculitos puedo usarlos también para estampar este trasto contra tu cabeza.

—No te pongas tan tierno, joder, que aún pareces más feo.

—¡Callaos de una vez! —resolvió Aguilera— ¡Estamos listos, mi capitán!

—Gracias, sargento. Piloto… adelante.

Las aspas del helicóptero aceleraron y el aparato comenzó a elevarse entre las imponentes paredes del barranco de Rioseta, avanzando a través de la garganta del río Aragón en dirección a Jaca.

Debido a la carga, no era aconsejable superar las cimas para acortar tiempo, así que seguirían la misma ruta que los trajo de vuelta de la última misión en Barcelona.

La noche había caído por completo sobre aquellas montañas.

Las luces de la ciudad se reflejaban entre las nubes, creando un resplandor azulado hacia el sur.

A partir de ese momento, el silencio y la concentración se impusieron entre los soldados.

Nadie hablaba, aunque unos y otros se miraban entre sí, conscientes de la importancia de lo que debían hacer.

Nada más sobrevolar Jaca, el helicóptero inició el ascenso hasta alcanzar la altura de crucero, a unos doce mil pies, buscando menor resistencia del aire para así optimizar en lo posible el consumo de combustible.

Germán permanecía con la mirada fija en la alianza de boda que hacía girar lentamente en su dedo anular. Sus pensamientos se perdían en recuerdos de juventud, cuando todo era ilusión y futuro, cuando soñaba con iniciar una vida junto a la persona que amaba desde casi la niñez.

Repasó mentalmente lo ocurrido en las últimas semanas: desde el instante en que todo comenzó y decidió lanzarse a la carretera para regresar a casa.

El destino, caprichoso, lo había llevado hasta aquel helicóptero, formando parte de un grupo de militares que se enfrentaban, posiblemente, a una muerte casi segura para salvar al mundo de las consecuencias de la ambición desmedida por el poder.

Él nunca tuvo alma de héroe; odiaba la política y despreciaba a quienes perdían el tiempo en discusiones vacías sobre problemas que nadie se preocupaba en resolver.

Ahora, debía ser coherente con esa forma de pensar.

Las circunstancias lo habían colocado frente a un problema enorme que afectaba a millones de personas, y su resolución dependería, en última instancia, de él.

La voz del capitán interrumpió su introspección…

—Presten atención. Revisaremos el plan una vez más. Pregunten si tienen cualquier duda.

—¡Sí, mi capitán! —exclamaron al unísono.

—El punto de inserción está a unos seis kilómetros del objetivo, en una vaguada rodeada de árboles que ofrece cobertura para el helicóptero y un mínimo de seguridad.

Está muy cerca del campo de entrenamiento de los GEO y lo conozco bien; tuve ocasión de hacer parte de mi adiestramiento allí hace años.

Deberemos atravesar esa zona para alcanzar la central.

No son las montañas del Pirineo, pero se trata de un entorno natural exigente y arriesgado, así que mantengan la atención.

Tal como hicimos en Barcelona, avanzaremos inicialmente en dos grupos, dejando una distancia de seguridad de unos cien metros.

Los tres tiradores vendrán en la avanzadilla conmigo; tomaremos posiciones tácticas en los puntos acordados y esperaremos al despliegue del grupo de la sargento Aguilera.

Nadie se moverá hasta que la zona esté asegurada y todos en posición.

—¡Sí, mi capitán!

—García, usted se mantendrá junto a Jorquera en la retaguardia hasta que les demos luz verde para avanzar. López les tendrá cubiertos en todo momento. No se muevan un milímetro hasta que yo lo ordene. ¿Queda claro?

—Cristalino, capitán.

—Cabo, cuando dé la orden, usted y los suyos eliminarán a los guardias de la puerta norte.

En ese mismo instante, el equipo de Aguilera entrará para asegurar el sector.

Cuando terminen, el resto iremos hasta la entrada del bloque.

Allí se nos unirán Aguilera y El Fassi. Entraremos cinco en el edificio.

Controlarlo en los primeros minutos será esencial.

Sargento, ¿algún comentario que quiera añadir?

—Sí, mi capitán. Solo quiero recordar que, después de neutralizar el acceso norte, no tardarán en descubrir nuestra presencia; hay cámaras de seguridad repartidas por todo el perímetro.

Los refuerzos llegarán desde todos los puntos del recinto.

Los informes hablan de unos veinte hombres distribuidos por la zona, posiblemente sean más; no sabemos los que hay dentro del edificio.

La amplitud del complejo nos ofrece algo de margen para tomar posiciones, aunque será esencial la labor de nuestros tiradores para evitar que se acerquen.

Todos asintieron. Las indicaciones estaban claras y se habían repasado varias veces. A partir de ahí, el silencio se adueñó del helicóptero, solo roto por el ruido de los motores, avanzando a ciento cincuenta nudos y acercándose cada vez más a la zona de inserción.

La concentración era absoluta; sabían a qué se enfrentaban y lo decisivo que sería para muchos el desenlace de aquella operación.

También eran conscientes de que quizá no todos regresarían con vida.

Tal vez ninguno. La tensión se palpaba y en sus miradas se intuía determinación, disposición al sacrificio por el compañero que tenían al lado y la tranquilidad moral de que estaban haciendo lo correcto.

Germán lo percibió en aquellos jóvenes soldados y sintió, por primera vez en días, una sensación de alivio; también una esperanza en la victoria frente a un enemigo que encarnaba lo peor del ser humano: la vulnerabilidad ante la ambición y la corrupción, y su inclinación al mal por ello.

—¡Diez minutos! —anunció el piloto por el transmisor.

—¡Equipo, prepárense! —ordenó Aguilera.

Todos comenzaron a colocarse la balaclava táctica para cubrirse el rostro, el casco con el binocular GVN de visión nocturna y las mochilas. Germán hacía lo mismo, aunque con cierta torpeza, observando de reojo, admirado, la destreza con la que los demás se preparaban.

—Comprobamos visión nocturna —ordenó la sargento.

—¡Correcto! —respondieron, uno tras otro, los doce miembros del equipo.

—Llegó la hora. Recordad nuestro lema: nadie se queda atrás. Volvemos todos de pie o con los pies por delante.

—¡Sí, mi capitán! —corearon al unísono.