La ambición de Lucifer 48. Plan suicida
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48. Plan suicida

Robert Bradford regresaba a su despacho tras haber pasado un largo rato paseando por la columnata Este, frente a lo que fue el colorido Jardín Jacqueline Kennedy, hoy transformado en un espacio sobrio y apagado por cortesía de la actual primera dama de la Casa Blanca.

Trataba de calmar su angustia tras el nuevo desencuentro con Whitmore, en el que había desaparecido cualquier esperanza de hacerlo reflexionar.

La terrible medida estaba ya en marcha y el presidente no estaba dispuesto a retroceder.

En pocas horas, el B-2 Spirit lanzaría su carga destructiva sobre Trillo y podría desencadenar una catástrofe capaz de arrastrar al mundo al borde del abismo.

Se sentía moralmente obligado a avisar a Corbos; a decirle que sus hombres se dirigían a una muerte segura, que todo el esfuerzo que pudieran hacer sería en vano. Si lo hacía, sería también su propio final político: lo destituirían o, tal vez, algo mucho peor.

—¡Maldita sea! Yo no puedo formar parte de esta locura…

Se sentó frente a su ordenador y puso de nuevo en marcha el sistema WGS. Asumía las consecuencias de sus actos, pero conservaría su integridad moral. No podría vivir con esa carga el resto de su vida.

Marcó los códigos de conexión y el sistema comenzó a emitir la llamada a través del satélite. La voz de Corbos, alerta a cualquier novedad que pudiera llegar por Hermes, no tardó en escucharse.

—Corbos al habla. ¿Señor Bradford?

—General, vuelvo con algo urgente que debe saber.

—Soy toda oídos…

—¿Cómo llevan lo de la misión?

—Estamos finalizando los preparativos. ¿A qué se debe su llamada?

—No me entretendré en detalles: antes de que sus hombres salgan hacia el objetivo, deben saber que ya se ha dado orden de bombardear la central y que un B-2 Spirit dejará caer una bomba GBU-57 MOP tan pronto alcance su vertical.

Aunque no es un arma nuclear, son dos mil setecientos kilos de explosivo capaces de penetrar sesenta metros bajo el suelo y destruir todo lo que haya en un área extensa de la central.

La general reaccionó indignada. Esperaba esa orden, pero había conservado un hilo de esperanza.

—¿Qué ha sido del sentido común y de los valores morales del señor Whitmore? Lo tenía por un hombre cabal… Ese ataque es un crimen.

—Estoy de acuerdo, general Corbos. Le pido que tenga presente que, si le estoy diciendo esto y asumiendo un enorme riesgo personal, es porque lo he intentado todo para evitarlo. No merece la pena perder más energías en dar respuesta a su pregunta.

—Tiene razón ¿Y qué es lo que usted sugiere?

—Deben actuar ya. Solo disponen de unas horas. Si lo hacen, también debe saber que es muy probable que sus hombres se enfrenten a una muerte casi segura, en caso de que no puedan detener el sistema antes de que el bombardero llegue a la vertical de la central.

—Pondré al corriente al equipo. En todo caso, en el supuesto de que logren su objetivo, ¿cómo podremos comunicárselo a ustedes para que detengan el ataque?

—Lo siento, tendrán que encontrar el modo; es probable que ya no podamos establecer más conexiones a través de esta línea.

—De acuerdo, señor Bradford. Le agradezco sinceramente esta información. Intentaremos hacer todo lo que podamos para evitar esta locura.

—Le deseo mucha suerte, general, por el bien de…

La comunicación se cortó bruscamente, dejando solo un pitido continuado en el terminal. Corbos tuvo un mal presentimiento.

Bradford, con el cuerpo tenso y la mirada aterrorizada, se quedó quieto, observando cómo dos agentes del servicio secreto habían irrumpido en su despacho y le apuntaban con sus armas desde la puerta.

—Señor, aparte inmediatamente las manos del teclado y levántelas muy despacio, por favor. No se lo repetiré otra vez.

El otro agente se lanzó con rapidez hacia él y le forzó a poner la cabeza sobre la mesa mientras le esposaba.

—¿Por qué están haciendo esto? —gritó indignado.

—Señor Bradford, queda usted detenido, acusado de conspirar contra el presidente de los Estados Unidos y de traición, por dar información secreta a un país extranjero.

En Rioseta, la general Corbos no perdió ni un segundo en reaccionar. El tiempo era un recurso del que apenas disponía.

—Carmen, avise al capitán Ruiz. Que convoque al Mando Operativo. Yo iré enseguida.

Cuando, minutos después, la general entró en la sala de mando, donde el resto ya la esperaba, su expresión no les auguró buenas noticias.

—Señores, nos enfrentamos a un momento decisivo y extremadamente arriesgado. Acabo de ser informada de que el presidente de Estados Unidos ha ordenado un ataque de gran intensidad destructiva contra las instalaciones de Trillo que ya está siendo preparado.

El desconcierto general de los presentes fue inmediato. Nadie esperaba esa postura tan precipitada por parte de los americanos y sin dar margen para otra alternativa.

—¿Sabemos cuándo llegarán a la zona?

—Lo desconozco. Solo podemos suponerlo. Atacarán con un bombardero estratégico B-2 Spirit para evitar ser detectados.

Esos aparatos solo pueden despegar desde una base aérea en territorio norteamericano o desde la base británica de Fairford.

Si lo hacen desde esta última, no tendremos ninguna posibilidad de llegar antes que ellos.

Así que recemos para que, por una vez, los ingleses nos hagan un favor y se nieguen a autorizar su uso.

Señor García…, ¿qué puede aportarnos su mente analítica y sus conocimientos sobre el grave problema que tenemos ahora?

Germán, que aún trataba de asimilar lo que acababa de anunciar Corbos, tardó unos instantes en reaccionar.

—Bueno…, déjeme que sea optimista por una vez: estoy convencido de que nuestros amigos británicos decidirán mandarlos al carajo; dudo mucho que quieran verse implicados en una barbaridad en suelo europeo.

El bombardero tendrá que partir de una base norteamericana, por lo que necesitarán unas ocho o nueve horas de vuelo hasta Trillo.

Además, tengamos en cuenta que necesitarán añadir al menos otras seis o siete horas de preparación: la carga y configuración del armamento que van a utilizar exige protocolos de seguridad extremos y verificación múltiple.

Eso nos ofrece una ventana de unas catorce horas… aunque hay que descontar el tiempo que ha pasado desde que dieron la orden. Yo diría que tenemos, como máximo, unas diez horas desde este momento.

—Señor Ortega, ¿cómo van los preparativos?

—El equipo al completo está listo, mi general.

—Me alegra oírlo. ¿Y la logística?

—Únicamente disponemos del helicóptero de transporte táctico; el Tiger no puede participar en esta misión. Solo podemos enviar doce hombres equipados si queremos garantizar seguridad, maniobrabilidad y autonomía.

El trayecto desde Rioseta hasta la central es de aproximadamente cuatrocientos kilómetros, siempre que no seamos atacados en ruta o no tengamos que desviarnos por cualquier otro motivo.

Con lo cual, es evidente que no podremos regresar a la base, ya que la autonomía máxima del NH90 con esa carga es de unos seiscientos kilómetros.

En función de cómo evolucione la situación, en el regreso intentaremos alcanzar la base más cercana posible para tratar de repostar allí.

—Todo esto carecerá de sentido si no logramos meternos hasta la cocina cuando lleguemos a la central ¿Qué sabemos del emplazamiento y de la ubicación probable del sistema?

El coronel Ortega compartió en la pantalla una imagen aérea de las instalaciones. Todos comprendieron la dificultad a la que se iban a enfrentar aquellos soldados.

—La central se alza junto al curso del río Tajo. El terreno circundante es ondulado, con escasa densidad de población. Eso es positivo: menos riesgos colaterales.

Las instalaciones se dividen en cuatro edificios principales.

Uno es el reactor; dos albergan las turbinas de presión, los condensadores y el sistema de transformación.

Nuestro objetivo es el cuarto bloque, separado del resto.

Allí están el área de control y las oficinas: tres plantas superiores y dos inferiores.

Pensamos que en alguna de ellas debe encontrarse lo que buscamos.

Se escuchó a alguien desde el fondo:

—¿Qué sabemos sobre la posible resistencia enemiga que puede haber en la zona?

—Las imágenes de satélite indican fuerte vigilancia en los dos accesos principales y en los interiores.

Sobre el tejado del edificio hay lo que parece un sistema lanzadera de drones, suponemos que similar a los que atacaron Madrid y Guadalajara.

Eso nos obliga a aproximarnos a pie desde un punto alejado, aprovechando la oscuridad de la noche.

Esta misión exige minimizar exposición. Afortunadamente, tendremos prácticamente Luna nueva.

—¿De qué distancia hablamos, coronel?

—Serán aproximadamente seis kilómetros desde el punto de inserción. En condiciones normales, los MOE cubrirían esa distancia con el equipamiento en hora y media. Lo prudente es calcular dos horas, contando con las pausas para observación y seguridad.

La general giró la mirada hacia Germán, que permanecía callado.

—¿Podrá mantener el ritmo, señor García, o habrá que llevarlo a cuestas?

Germán esbozó una sonrisa algo forzada. Poder seguir el ritmo de Villalobos y los suyos era una de las cosas que le intranquilizaba.

—Ya paso de los cuarenta y tengo el entrenamiento de marcha táctica algo oxidado, general. Haré lo que pueda, al menos me vendrá bien tomar aire después de tantas horas en esta cueva.

—Perfecto… ¿Puede explicarnos, en un lenguaje llano que podamos entender todos y cómo se supone que es lo que debemos encontrar allí?

Germán asintió y, tras un breve silencio, activó la pantalla.

—Lo que tratamos de encontrar, debería ser algo similar a una sala dividida en cuatro secciones: una plataforma de control, un clúster de servidores de alto rendimiento, un sistema de refrigeración y una zona de almacenamiento digital.

Todo ese conjunto estaría rodeando a un núcleo de procesamiento central completamente aislado por una cámara a temperatura controlada.

—¿Tiene alguna idea de dónde puede localizarse en el edificio? Son un total de cuatro plantas y tendrán muy poco tiempo para inspeccionarlas todas, si es que consiguen neutralizar antes a la vigilancia…

—Ese equipamiento tiene que estar instalado, necesariamente, en un área con protección electromagnética, por lo que yo apostaría a que está ubicada muy cerca de la sala de control de la central, probablemente en una sala anexa o debajo de ella.

El conjunto del sistema vendría a ser algo parecido al gráfico que ven en la pantalla.

En todo caso, será algo muy diferente a cualquier cosa que hayamos visto antes, por lo que no deberíamos tener problema en identificarlo.

—Cuando lleguen a esa sala, ¿qué necesitará hacer para bloquear el funcionamiento de Lucifer y cuánto tiempo le llevará?

Germán no supo ocultar una mueca de duda antes de responder a esa pregunta. Sentía que las posibilidades de que ese plan funcionara eran mínimas, pero trató de no echar abajo las limitadas esperanzas que sostenían el ánimo de todos.

—En la zona de control deberían existir al menos dos terminales conectados al sistema.

El núcleo QPU está fuera de mi alcance, ya que no sé cómo está diseñado ni soy experto en procesadores cuánticos.

Si intento manipularlo directamente, lo más probable es que se activen los protocolos de seguridad y, si eso pasa, se acabó.

Tal vez haya otra alternativa, pero va a requerir una auténtica carambola a tres bandas…

—No tenemos tiempo para metáforas, señor García. Díganos de una vez qué pretende hacer.

—Verá, Isabel…, si logro acceder al sistema auxiliar que gestiona el clúster de servidores y el módulo de almacenamiento, podría introducir en él un código que lance un mensaje tras otro de error crítico al núcleo.

Como me imagino que todo el conjunto debe necesitar un suministro muy preciso y constante de refrigeración, si conseguimos confundirlo con múltiples incidencias falsas tratará de encontrar el origen de ellas para solucionarlas, pero no lo conseguirá.

Eso debería demandarle cada vez más recursos para poder mantener estable la temperatura de funcionamiento.

Cuando eso empiece a pasar, forzaremos una caída total en el sistema de refrigeración.

Con suerte, provocará un rápido sobrecalentamiento y lo hará colapsar.

Un murmullo entre los presentes invadió de inmediato la sala. El plan no parecía creíble a nadie, pero la general sabía que no tenían otra alternativa y defendió la propuesta.

—La idea es audaz, desde luego. Nada que objetar por mi parte; adelante con ello.

Nos falta resolver una última cuestión no menos crítica: de nada servirá que tengamos éxito en todo lo dicho hasta ahora si no logramos devolver a Whitmore el regalo que nos manda por avión.

¿Cómo podremos avisar a tiempo a los americanos para que no lancen esa bomba en el caso de que logremos desactivar el sistema?

—He estado pensando mucho en eso, Isabel. Tal vez tengamos una opción, aunque no estoy muy seguro.

—Pues ya está tardando en explicarla. Empiece, por favor.

—La idea es llevarnos con nosotros un terminal HERMES y conectarlo desde allí a nuestro satélite.

—Ese trasto debe pesar unos veinticinco kilos…

—Veintiocho y medio, para ser exactos… Si logramos llevarlo hasta la central y conectar desde allí con Rioseta, usted misma podría utilizar la línea abierta con Bruselas y que ellos se encarguen de avisar a los americanos por línea directa. No se me ocurre otra cosa mejor.

Corbos hizo un gesto de aprobación.

—Bueno…, al menos se le ha ocurrido una posible salida. Si no hay objeciones ni otra propuesta que sea mejor, lo tiramos adelante.

Nadie puso objeciones; todos parecieron conformes con la idea. Nadie tenía otras.

—Muy bien. Pues habrá que organizarlo; me encargaré personalmente de la coordinación con Bruselas. Señor García, usted tendrá que discutir con Villalobos quién carga con el chisme ese que usted desarrolló.

—Hablaré con él, Isabel. No voy a ganar bastante para pagar cañas a la vuelta.

El comentario de Germán generó algunas risas que relajaron un poco la tensa reunión; la preocupación por la gran dificultad de la operación pesaba demasiado.

—¿Alguna cosa más, coronel Ortega?

—El equipo del capitán Villalobos ya tiene trazado el plan táctico sobre la base de la información que les he comentado aquí; están totalmente preparados.

—¿Y el transporte?

—El helicóptero acaba de regresar de Jaca para traer con nosotros a López, nuestro mejor tirador de élite, que será imprescindible en la misión. Benali está evolucionando bien, aun así, debe quedarse todavía en el hospital. Está en muy buenas manos.

—Una buena noticia, me alegro mucho. ¿Cuándo estará todo listo para partir?

—El helicóptero estará preparado en menos de una hora. Solo quedará cargar el material y el terminal Hermes. Saldremos hacia Trillo a las 22:00 horas. El trayecto será de unos noventa minutos si no hay incidencias.

—Muy bien. Adelante con ello.