La ambición de Lucifer 47. Stealth B-2 Spirit
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47. Stealth B-2 Spirit

Alice, soy Robert. Necesito hablar con el presidente. ¿Podrías solicitarle unos minutos para mí? Es por un asunto importante.

—Sí, señor, enseguida.

La secretaria estaba al tanto de la fuerte discusión que ambos habían tenido. La había escuchado desde la sala anexa, por lo que se apresuró a hacer la consulta:

—Señor presidente, el señor Bradford solicita hablar con usted unos minutos. Dice que es importante.

Whitmore guardó silencio y, por un instante, estuvo a punto de denegar la solicitud. Seguía molesto y consideraba seriamente destituirlo, tal como le había aconsejado Warren. Creyó que quizá su viejo amigo había recapacitado y quería arreglar las cosas.

—Está bien, Alice. Dígale que tiene diez minutos.

—Sí, señor presidente.

Bradford recorrió los pasillos hacia el despacho oval con gran nerviosismo. No sabía cuál sería la reacción del presidente, aun así, debía informarle de la situación y tratar de convencerlo una última vez.

La secretaria lo recibió.

—El presidente le espera. Puede pasar directamente.

Bradford respiró profundamente y entró al despacho.

—Hola, Tom, con permiso.

Whitmore lo esperaba sentado frente a su mesa, revisando aparentemente unos documentos.

—Pasa y siéntate, por favor.

Bradford tomó asiento frente a él. El presidente aún no le había dirigido la mirada. Continuaba leyendo, en una clara intención de hacerle entender que seguía molesto. Bradford, impaciente, decidió hablar:

—Tom, tengo que informarte de novedades importantes sobre la conspiración. El FBI ha detenido a Richard Prescott y lo ha interrogado hace un par de horas. Ha aportado información muy relevante que está siendo analizada y que debes conocer ya, antes de que tomes cualquier postura.

El presidente levantó la mirada con una expresión de decepción. Ya veía que su amigo no venía a disculparse, sino a insistir en su postura.

—¿Todavía estás con lo mismo? Me parece que fui bastante claro al respecto.

—Tom…, tengo razones para pensar que lo de la central nuclear es una trampa para acabar contigo. Destruir esas instalaciones no servirá de nada. Harán estallar las bombas de Madrid igualmente y, después, lanzarán contra ti a la opinión pública para sacarte del poder.

—¿Y quién ha dicho eso, Prescott? ¿No te das cuenta de que están jugando contigo?

—Deja que los españoles intenten pararlo. Tienen gente muy preparada que puede actuar sobre el terreno y tratar de neutralizar la amenaza.

—No digas tonterías, por favor. Tienen las comunicaciones bloqueadas, y sus fuerzas militares no pueden moverse porque hay diez millones de personas secuestradas y amenazadas de muerte si intentan hacer algo.

¿A quién van a mandar allí? ¿A un grupo de soldados, sin apoyo y a la desesperada, para que fracasen?

No pienso arriesgarme a eso ni a que se nos adelanten los rusos o los chinos.

Por cierto…, te hago saber que hemos recibido la respuesta de sus gobiernos esta mañana: han rechazado la propuesta que les hicimos y nos han dado menos de cuarenta y ocho horas.

Si no destruimos esas instalaciones antes de la medianoche de mañana, se acabó.

—Por favor, no lo hagas. Te estás equivocando.

—Ya lo he hecho. He comunicado mi resolución y he ordenado al jefe del Estado Mayor Conjunto que ponga en marcha el ataque. Un bombardero Stealth B-2 Spirit despegará esta tarde desde la base RAF Fairford, en el sur de Inglaterra, y acabará con esa amenaza a los Estados Unidos.

—Esa amenaza es para todos, no solo para los Estados Unidos. ¿Es que no te importa poner en riesgo la vida de toda esa gente?

—Esa gente ya está en riesgo desde hace muchos días y no los he puesto yo en esa situación. Esta reunión ha finalizado —le espetó, mirándole fríamente a los ojos.

Bradford entendió en ese momento que todo estaba perdido. Nada haría cambiar ya al presidente. Había puesto en marcha la cuenta atrás de su propio final y, posiblemente, el de todos.

—Que Dios te perdone por esto, Tom —le reprochó, mientras se levantaba y encaraba la puerta sin decir nada más.

Al salir, Whitmore, enfurecido, tomó el teléfono y llamó a James Miller, el responsable del Servicio Secreto.

—Señor presidente, a sus órdenes.

—Miller…, quiero que pongan en vigilancia a Robert Bradford. Tengo la certeza de que maniobra en contra de su país. Háganlo con la máxima discreción y avísenme sin demora ante cualquier novedad.

—Cuente con ello, señor.

Whitmore intuía que Bradford no se quedaría quieto; intentaría actuar a sus espaldas. No era posible destituirlo sin tener un motivo para justificarlo de forma creíble ante la prensa. Necesitaba un motivo y estaba decidido a encontrarlo.

Momentos después, el teléfono del despacho sonó de nuevo. Su secretaria le comunicaba una llamada urgente del general Coburn, jefe del Estado Mayor.

—Charles, ¿está todo listo?

—Tenemos un problema, señor presidente. El gobierno británico acaba de denegar la utilización de la base aérea de Fairford para que despegue nuestro bombardero.

—¿Cómo? ¿Por qué se han negado? Tenemos acuerdos…

—Alegan que no pueden aceptar que salga de su territorio un bombardero con la intención de lanzar un ataque de esas proporciones contra un país europeo y aliado.

Whitmore se mostró irritado.

—¡Esto es intolerable! Exijo que autoricen ese despegue. Hágaselo saber al primer ministro.

—Señor presidente, su planteamiento es firme y no creo que lo vayan a cambiar en ningún caso; han sido muy contundentes con eso.

Entrar en negociaciones con ellos nos llevaría un tiempo que no tenemos y no hay garantías de éxito.

Sugiero optar por despegar desde una base en territorio norteamericano.

—¿Qué tardarían en llegar allí?

—La mejor alternativa es la base Whiteman AFB, en Missouri. Pueden llegar al objetivo en unas ocho horas con abastecimiento en vuelo.

—¿Cuándo podrían despegar?

—Los preparativos son complejos y, además, deben hacerse en máximo secreto. Calculo que podríamos estar listos para despegar en unas seis horas. Alcanzaríamos el objetivo hacia las ocho de la mañana; las dos de la madrugada aquí.

—Bien, adelante.

—A sus órdenes, presidente.